miércoles, 20 de agosto de 2014

Libertad sin placer - Jose Luis Alvite

Libertad sin placer - Jose Luis Alvite
En momentos de la vida española en los que la doctrina de la Iglesia era casi tan influyente como las leyes civiles, y a veces incluso más temida, a los ciudadanos se nos reprochaban costumbres que se consideraba moralmente licenciosas, aunque se nos toleraban, y hábitos que comprometían nuestra salud. La Iglesia veía mal la promiscuidad sexual y condenaba el adulterio, pero no se metían ni con los bebedores, ni con quienes fumaban. Yo fui en mi adolescencia uno de aquellos creyentes temerosos de infringir las normas morales y al mismo tiempo disfruté con la tolerancia eclesial en relación con ciertos vicios. No sabría decir en qué momento me alejé de la Iglesia, pero soy consciente ahora de las razones por las que me gustaría alejarme también del Estado. Incluso creo que los poderes civiles son en la actualidad más vigilantes y severos de lo que lo fueron en su día las instancias religiosas. De hecho, la Administración civil no solo convirtió en delitos muchas de las infracciones que para la moral religiosa solo eran pecados, sino que ejerce una doble moral al permitir que se comercialicen productos cuyo consumo en teoría tendría que perseguir por razones sanitarias y que en cambio convierte en fuente de suculentas exacciones fiscales. Ningún gobierno se atrevió por ahora a un enfrentamiento frontal con la hostelería dictando medidas disuasorias del consumo alcohólico, pero las restricciones al consumo de tabaco en sus establecimientos suponen un auténtico castigo indirecto a los hosteleros. Vemos ahora que en su constante tentación represora, los poderes civiles extienden su vigilancia a una institución con la que ni siquiera Dios se había atrevido: la taberna. A lo mejor es que los políticos con el pretexto de velar por nuestra salud quieren obligarnos a una cierta sensatez que a donde nos conduce con descaro no es a las dudosas mieles de una longevidad imperativa, sino a la insoportable amargura de un aburrimiento irremediable. A mí las restricciones impuestas por los políticos a mis hábitos y a mis vicios me hacen mucho daño emocional. No comprendo sus criterios para imponerme la salud como un deber, cuando hasta ahora me la habían publicitado como un derecho. Naturalmente, como ciudadano que soy me atengo a las leyes y procuro cumplirlas. De todos modos, cualquier restricción que se me imponga en materia de consumo de tabaco la convertiré en una reducción drástica, y sin embargo, en cierto modo simbólica. Por la cantidad de cigarrillos que consumo cada día, yo mismo me reconozco un fumador compulsivo, de modo que en el peor de los casos, una reducción sensible del tabaco mejoraría relativamente mis esperanzas de vida gracias a haberme convertido en un fumador empedernido. La verdad es que nunca entenderé que para conquistar la libertad los ciudadanos hayamos de renunciar a los goces que la constituyen. En eso el Estado es tan absurdo como la Iglesia cuando recomienda a sus seguidores el orgasmo sin placer. 

domingo, 17 de agosto de 2014

El gángster del Inserso - Jose Luis Alvite

El gángster del Inserso - Jose Luis Alvite
Creo que se celebra estos días un señalado aniversario de los viajes para la tercera edad promovidos con gran éxito social por el Inserso. Gracias a los excedentes presupuestarios de los años de bonanza, millones de personas mayores pudieron disfrutar de viajes y estancias hoteleras pagadas a precio de ganga. Al tiempo que se paseaba a los jubilados, la Administración aseguraba el sostenimiento de los hoteles en temporada baja, siempre amenazados por la retracción invernal del turismo ordinario. Ahora corren malos tiempos económicos, el paro se vuelve insoportable y todo parece indicar que muchos programas sociales verán recortada sensiblemente su contabilidad. Dudo mucho que el Gobierno incluya en las restricciones presupuestarias el gasto en los viajes del Inserso, entre otras razones, porque el de los pensionistas es un voto emocional que suele agradecer explícitamente las atenciones recibidas, igual que agradece el enfermo de próstata la proximidad del retrete. Pero si se actuase con sentido común, las excursiones del Inserso habrían de sufrir un drástico recorte que permitiese emplear una buena parte de sus presupuestos en atender los subsidios de desempleo que salven de la insoportable lacra del paro a los hijos y nietos de los pensionistas viajeros. Ni siquiera en mejores momentos de la economía se entiende muy bien que se gasten tantos millones en programas turísticos para un contingente humano en el que se incluyen personas que recorren las ciudades monumentales de España sobreponiéndose a la obvia incapacitación de sus terribles cataratas oculares. Una tía mía que recurre habitualmente a los viajes del Inserso no solo desconoce a menudo en que lugar del mapa está su destino ocasional turístico, sino que olvida los lugares que visita casi en el mismo instante en el que los recorre. Se incumple de ese modo uno de los requisitos que hacen recomendable cualquier viaje: su recuerdo. Un elevado porcentaje de usuarios de las excursiones del Inserso necesita además cuidados médicos continuados, si es que el tratamiento principal para sus males irreversibles no es en bastantes casos el viático. Por las referencias de algunos beneficiarios me consta el exquisito tratamiento que reciben los excursionistas del Inserso, siempre atendidos por un personal cualificado y diligente que vela por la integridad física de un pasaje en el que la mitad de las conversaciones son un rico repertorio de toses. Eso no excluye que con frecuencia salte la noticia de que a los viajeros del autobús hubo que distraerlos con una pegadiza canción de Georgie Dann entonada a coro por los pensionistas mientras el guía de a bordo se sentaba discretamente al fondo del vehículo al lado del tipo coronario y corticoide a cuyo cadáver habría de cerrarle los ojos antes de colocarle unas ostentosas gafas de sol para que nadie repare en que en la feliz comitiva del Inserso viaja, con impertérrita expresión de gángster, un difunto que parece prestarle al paisaje la misma borrosa atención astigmática que el resto de los ocupantes. Al final la gira concluye en medio de la alegría general, con el cordial recibimiento a los pensionistas, que retiran sus bultos escamoteados en los fondos del ómnibus, mientras al amparo del revuelo los muchachos de la funeraria acomodan al difunto en su féretro y lo sacan del autocar con aseado disimulo, como si fuesen cuatro músicos de la Real Filharmonía de Galicia retirando las flores de la soprano y la caja barriguda con el violonchelo. Yo no sé si este año mi tía tiene previsto apuntarse a uno de esos viajes del Inserso que tanto dinero le cuestan a la tesorería nacional. Está muy mayor y es francamente elevado el riesgo de que regrese de la turné con las gafas de sol de "Bugsy" Siegel y los pies por delante. Ella es muy animosa y no me extrañaría que reincidiese. Con los años que tiene, y lo mal que anda ahora de memoria, incluso cabe la posibilidad de que a su vuelta haya olvidado que vino muerta.

Sexo con kebab - Jose Luis Alvite

Sexo con kebab - Jose Luis Alvite
Tengo dos o tres amigos homosexuales y de acuerdo con las estadísticas que se manejan, supongo que también lo serán algunos otras amistades que jamás lo confesaron. A mi me importa poco la tendencia sexual de la gente. Me alegro de que los homosexuales puedan manifestarse como tales con naturalidad y respeto a quienes prefieren camuflarse como uno más entre los heterosexuales. En ambos casos están en su pleno derecho, igual que uno puede reservarse la profesión que ejerce, el dinero que posee o sus vicios más personales. En nombre de exhibir su libertad, a veces los individuos se sienten presionados a hacer concesiones que no preveían y ventilan su intimidad más restringida solo para no parecer cobardes o reaccionarios. En otros casos, el homosexual se convierte en una especie de muestra gratuita de un falso sentido del humor exhibiendo un repertorio de gestos y frases que no deje lugar a dudas sobre su condición sexual. Eso explica que en el cine español y en las series de televisión nacionales el gay sea siempre un tipo extrovertido y coqueto que no hace en todo el día otra cosa que demostrar su condición sexual, algo tan absurdo como lo sería que el bombero saliese de copas con la manguera y el terrorista dejase constancia de sus sentimientos dinamitando el restaurante en el que acaba de cenar. Se han cometido muchas atrocidades contra los homosexuales invocando curiosamente su defensa desde una óptica supuestamente progresista, como ocurre en el cine de Almodóvar, en algunas de cuyas películas hasta parece que tenga "pluma" el perro del simpático chico gay. A mi no me parece que la dignidad de los homosexuales se repare convirtiéndolos en absurdas caricaturas. Quien haya visto "Brokeback Mountain" comprenderá de qué estamos hablando. Ang Lee puso en imágenes con absoluta seriedad los problemas de una pareja de vaqueros homosexuales enfrentados a los rigores sociales y a los prejuicios morales de los años sesenta, de los que ellos se evaden aprovechando el encubrimiento de su retiro profesional como pastores de ovejas en las inhóspitas y solitarias Montañas Rocosas. Ambos son gay y al mismo tiempo varoniles. Discuten, se enfadan y hasta se sacuden. Un hombre puede ser homosexual sin que se sienta obligado a perder esa cierta mala leche que tradicionalmente se les atribuye a los hombres muy masculinos. No hay nada escrito sobre que un gay no pueda blasfemar haciendo de vientre en el retrete. Es cierto que entre los homosexuales hay corrientes "blandas" y facciones consideradas "rudas", y que en función de cómo se alinee cada cual, así será su comportamiento gestual. A mi me parece muy bien que uno de mis amigos gay se lleve la mano al vientre con el mismo gesto premamá con el que lo hacen las mujeres que presienten en el útero el vacío emocional de la maternidad frustrada, pero también encuentro razonable que mi otro amigo de su misma condición sexual sea un coloso partiendo en mangas de camisa leña para la chimenea y que no descanse de su esfuerzo titánico hasta haber hecho pedazos una tonelada de troncos. Con los dos me siento muy a gusto, sinceramente, aunque sé que uno es ideal para encargarle los regalos para mis amigas y el otro es perfecto para partirse la cara por mí en cualquier pelea. A mi trae sin cuidado lo que hagan con su vida sexual porque para eso tiene cada uno su libertad y su conciencia. Pero tampoco necesito que nadie haga exhibiciones de sus inclinaciones, entre otras razones, porque tengo la impresión de que muchos homosexuales se sienten en el deber de proclamarlo constantemente ante los demás, como si su sexualidad fuese una enfermedad de la que tengan que prevenirnos. Mis amigos saben de qué va nuestra relación y lo llevamos estupendamente bien. No hay problemas jamás. Cada cual hace su papel lo mejor que puede y no recuerdo haber tenido dificultades de convivencia. Ellos evitan considerarme anticuado porque me gusten las mujeres y yo me tengo prohibidos los chistes de maricones. Y no digo que somos una piña, porque, sinceramente, ellos saben que a mi no me van las aglomeraciones ni me gusta sentarme sin haber retirado antes cualquier objeto punzante que haya en la silla. Mi amigo más dulce es amanerado y yo sé que le tienta mucho la feminidad. Yo le miro y encuentro razonable su deseo de que un golpecito hormonal le cambie de sexo. Nunca sería una mujer como las otras, pero eso tendría sin duda la ventaja de que jamás atascaría el retrete del "Corzo" con la "kebab" de sus compresas.

jueves, 14 de agosto de 2014

Párrafo de cormoranes - José Luis Alvite

Párrafo de cormoranes - José Luis Alvite
Yo tuve diez años en un momento de mi vida en el que todos los niños de mi edad eran mayores que yo. Bueno, a lo mejor eso me ocurría porque estaba distraído mirando como se estrenaba a mi alrededor la vida y me fijaba poco en ellos. La verdad es que a los diez años a mí me parecía que el mar aún extrañaba la orilla y que, para no perderse de su aroma, la brisa del salitre y el aliento de las flores recorrían al tacto la costa neófita y garrapiñada. Una mañana me adentré en la bajamar de Cambados y me metí hasta la cintura en la paz obstétrica y epidural del agua, caminando sobre un silbante morse de almejas y berberechos, sintiendo en las piernas la suave acupuntura de los camarones, sobrevolado por un párrafo de cormoranes altos, como el bracero infantil y descansado de una azulada plantación de silencio, agua y espuma. Mientras el agua pagana y ladrada me santiguaba las ingles, vi pasar a lo lejos una pañolada de veleros orzando en cursiva para recoger un sorbo de viento en la hernia de sus aparejos. Todo entonces era nuevo para mí y estaba seguro de que a cada rato se abrirían flores en las que jamás antes hubiese estado su aroma y ocurrirían frente a mis ojos cosas fantásticas e inimaginables de las que nadie sabría aún el nombre. Yo sólo tenia diez años, sólo eso, como tú, amiga mía, y, ¿sabes?, entonces me parecía que nada malo podría ocurrirme y que, con el espectáculo de la vida debutando sin ensayos para mí, los trenes se deslizarían sin fatiga sobre la vainica de las vías, como las yemas de los dedos en la bandurria de Santi el relojero; el hambre volvería pan la saliva en rama de los mendigos y sólo la muerte tendría los días contados. Todo era entonces tan hermoso, chiquilla, y tan nuevo, que aún la mitad del humo desconocía cual era exactamente su llama y ni siquiera a los difuntos les habían caído cosas en el olvido. Y te prometo que todo era entonces tan suave, tan fértil, niña, y era todo en aquellos días tan acogedor y entrañable, que podría, si quisiera, recorrer el fondo del mar pisando a oscuras con una campanilla de cera en una mano y una vela ardiendo con sus llamas de miel en la otra mano. Yo tenía sólo diez años, ¿sabes, María del Rocío?, y todo eso sucedió en un momento de mi vida en el que lo malo que pudiese ocurrirme no sería en absoluto peor que encontrarme en la boca el sinsabor de ese puntito cítrico que de paso que te apaga la sed, te cierra los ojos. (A María del Rocío García González).

lunes, 4 de agosto de 2014

Horario de trenes - José Luis Alvite

Horario de trenes - José Luis Alvite

Querida Paloma Pedrero:
Fue hace más de seis años y aún tengo fresco el recuerdo de aquella columna tuya a la que me aferré para salvar la piel en un momento de mi vida en el que la muerte era la única mujer que me atraía. A veces me ponía frente al espejo y me veía sólo la nuca, como si yo mismo me hubiese vuelto adrede la espalda. El mío era por entonces el viaje emocional de alguien desquiciado cuya idea de la liberación era irse en globo al centro de la Tierra. Me había hecho con un horario de trenes y sólo era cuestión de elegir el lugar en el que acostarme en las vías mientras imaginaba a los míos recogiendo en sacas el contrabando de lo que quedase de mí. Había redactado una nota pensando en explicar los motivos por los que me suicidaba, Paloma, pero la rompí porque pensé que con mi mala letra seguramente se entenderían mejor los pedazos de papel. Por lo demás, estaba seguro de que mi muerte en aquellas circunstancias le importaría muy poco a la gente y sólo habría sido tratada en la prensa local como el motivo rutinario de un pequeño retraso en el tren. Fue entonces cuando leí aquella columna tuya, querida Paloma, y decidí darme una tregua y esperar el paso a deshora de otros trenes. Conservo todavía aquel horario del ferrocarril y nunca se fueron del todo mis ganas de morir, pero, ¿sabes, amiga?, tengo también a mano tus ojos y tus palabras, tu generosa amistad y el suficiente sentido común para darme cuenta de que la muerte es un esfuerzo baldío, tedio todo el rato y una mala postura para mucho tiempo. Llueve a cántaros y truena sobre Compostela, las nubes van tan bajas que vuelven musgo el fuego y en mis manos cansadas es más tarde que en mis ojos insomnes, pero releo tus cosas, Paloma, y me digo a mí mismo que mientras haya alguna posibilidad de sonreír aunque sea sin motivo, no tendrá sentido que me quite la vida sin estar yo de pie al lado de las vías para identificar con seguridad los restos apócrifos de mi cadáver. Gracias a ti, Paloma, ahora tengo claro que lo mejor para suicidarme será que me haga con un horario de los trenes que por suerte ya pasaron. Además, querida amiga, he llevado una vida muy confusa y no quiero que haya peleas para no aparecer en mi esquela.

jueves, 31 de julio de 2014

Mujeres - Jose Luis Alvite

Mujeres - Jose Luis Alvite

Cosas que alguna vez les escuché decir a las mujeres con las que, por lo que fuera, tuve algo que ver:
– "Ahora que soy mayor, me doy cuenta de que cuando era joven los hombres que de verdad valían la pena eran aquellos a los que ignoré porque según mis amigas no me convenían".

– "A los diez años de casada recordé que mucho tiempo antes mi madre me había dicho que meterte demasiado tiempo con el mismo hombre en cama es la peor manera de despertar de un sueño".
–"No importa que el hombre al que te unas sea un desconocido. De todos modos, con el tiempo no hay un solo hombre que no se convierta en un extraño".

–"Estoy segura de que jamás tuve un orgasmo con mi pareja. ¿Acaso crees que no despertaría si lo hubiese tenido?"
– "Los hombres nos dicen que nos aman por cualquier pequeño detalle que vieron en nosotras. Por lo general se refieren al pequeño detalle sobre el que tenemos la costumbre de sentarnos".

–"No nos llamemos a engaño. En la relación matrimonial lo más divertido es ser la otra".
–"Lo malo de que un hombre te prometa amor eterno es que tengas la desgracia de que sea cierto". – "Dejó de interesarme mi marido porque siempre tenía un motivo por el que llegar tarde a casa. Entonces me eché un amante y se enteró. Ahora detesto a mi a marido porque siempre tiene una disculpa para volver temprano a casa".
– "Puede que no lo creas, pero mi marido llevaba una vida tan desordenada que una noche en un bar me lo presentó su amante cuando ya llevábamos ocho años casados".
– "Cada vez que un hombre dice que te está mirando a los ojos te entra la duda razonable de que tengas los ojos tan abajo".
–"En cama, lo único interesante que aprendí con el soso de mi marido fue a cruzar las piernas".
– "Desengáñate, hija. Solo hay dos clases de hombres: los infieles y las mujeres mayores de cincuenta años".
– "Por desgracia, los hombres que te causan el dolor de arruinar tu vida suelen ser los mismos que alguna vez te hicieron feliz al deshacer tu cama".
–"Se diga lo que se diga, el hombre que tarda en salir de casa es siempre menos interesante que el que tarda en volver".

martes, 29 de julio de 2014

Gente despoblada - José Luis Alvite


Gente despoblada - José Luis Alvite


Por propia decisión, porque la sociedad se ha vuelto insolidaria o porque les fueron mal las cosas, cada vez hay más personas que viven solas. No hay más que echar un vistazo a los buzones del portal para comprender hasta qué punto es cierta tanta soledad. Un viejo delincuente compostelano me contó en una ocasión que había decidido no entrar a robar en los pisos en los que vivía gente solitaria porque después de desvalijar la vivienda le entraba pena por la situación del inquilino y se veía en el deber moral de darle conversación a su víctima. Aquel tipo era un reputado criminal, un tipo frío acostumbrado a resolver sin miramientos, pero se dio cuenta de que para sus víctimas se había convertido en una visita incómoda pero hasta cierto punto agradable. «Hay gente que está tan sola –me dijo– que te juro que he llegado a un momento en mi carrera delictiva en el que cometo los delitos casi por un inesperado sentido de la misericordia. Hay gente dispuesta a ofrecerte cuanto tiene con tal de asegurarse de que volverás a su casa aunque sólo sea porque sabe que le darás conversación mientras le robas». Aquel hombre era un tipo duro, ya te digo, pero pasó muy malos tragos por culpa de entrar donde no tendría que haber entrado. En una ocasión decidió subir a robar en un piso porque era enero y no soportaba el frío huesudo de la calle. No pretendía otra cosa que abrigarse un rato y aprovechar para sustraer cualquier minucia que encontrase a mano. Así me lo contó él: «Al fondo del pasillo escuché toses al otro lado de una puerta y entré. Vi a una anciana muy delgada metida en cama. Había enfermado y llevaba tres días sin comer. Toqué su frente. Estaba tan fría que pensé que lo peor que podría ocurrirle sería que con la muerte entrase en calor. Entonces te juro que me dije a mí mismo que lo que los suyos le habían hecho era sin duda peor que lo que yo pudiese hacerle. La vieja me confesó que había algo de dinero en un cajón de la cómoda. Y, joder, amigo, aquella pobre vieja me dijo: «Llévate ese dinero, hijo. Te lo has ganado por venir a verme. Es una suerte que hayas entrado a robar. Y no tengas mala conciencia. Date prisa y vuelve a la calle o te acatarrarás». Entonces aquel tipo retiró el dinero del cajón de la cómoda, desanduvo el pasillo y se largó con la sensación de que se cruzaría escaleras abajo con los gusanos por los que esperaba impaciente aquel flaco cadáver despoblado.

martes, 8 de julio de 2014

Una boca entre las piernas - Jose Luis Alvite

Una boca entre las piernas - Jose Luis Alvite
Si se habitúa a convivir con ellos, un hombre desvelado por los horrores de su biografía puede dominar sus remordimientos y conciliar tranquilamente el sueño. No hay en la sabiduría humana una sola enseñanza que no tenga su origen en el aprovechamiento moral de un error. Cuando la muerte es el resultado de una decisión legal, el verdugo no se inmuta al trinchar el pollo del almuerzo con la misma mano con la que horas antes ejecutó al reo. Me dijo de madrugada una fulana en un antro: "Si pienso en la educación religiosa que me dieron mis padres, mi oficio es una inmoralidad, pero cada vez que mis hijos se llevan algo de comida a la boca, entonces, amigo mío, entonces me quedo tranquila porque sé que lo que hago es un esfuerzo laboral. Con esto te quiero decir, cariño, que si yo no ejerciese de puta por culpa de mi conciencia, mis hijos no dormirían por culpa del hambre". Estaba claro que por razones de subsistencia, para ella la moral era la taquilla. Pensé ayer en esto mientras miraba al otro lado de la ventana el revoloteo de una gaviota venida tierra adentro desde el mar. Estaba lejos de su territorio, buscando comida en un lugar sin olas, en un paisaje sin pesca ni salitre que le era ajeno. Si la gaviota fuese culta y conociese al pie de la letra sus hábitos, no se habría alejado del mar. Pero la gaviota era iletrada, tenía hambre y seguramente remontó desde Arousa el curso del río Ulla, se plantó sobre Compostela y su instinto de supervivencia le aconsejó apostarse cerca de donde los chiquillos comen sus pasteles en las puertas de las panaderías. Yo pensé que si la gaviota había cambiado su teatro de operaciones sería porque su instinto es su cultura; y sobre todo, porque las gaviotas saben de si mismas más que los ornitólogos, del mismo modo que el caballo entiende de equitación más que su jinete, que a fin de cuentas llega a la meta gracias a la suerte de no caerse. En mi caso personal, mi afición a los clubes de alterne me planteó al principio serios problemas de conciencia, aunque he de reconocer que no tardé en darme cuenta de que mi conciencia daba más de si que mi dinero. Desde luego es más fácil acostumbrarse a los remordimientos que a la ceguera, así que a los pocos meses decidí mezclar el trabajo con el vicio y escribir sobre temas relacionados con aquel relativo mugre moral. No tardé en darme cuenta de que la bajeza moral solo se percibe desde determinados puntos de vista y que puestos en otro ángulo de observación no hay una sola decisión humana que aun siendo asquerosa no pueda resultar razonable. Aquel mundo era ahora mi lugar de trabajo, el sitio en el que me ganaba el sueldo, y mi conciencia podía admitir sin reparo alguno que lo que hacían aquellas mujeres era amasar saliva, semen y dinero para hacer pan. Puede que el ginecólogo viese entre las piernas de aquellas mujeres la umbría tronera de sus vaginas, pero, ¡demonios!, a mi la experiencia me demostró que teniendo en cuenta que ejercían su oficio para mantener a sus familias, el otorrino del ambiente lo que habría visto asomando a voces entre sus piernas sería sin duda la boca hambrienta de un niño. Y en mi caso fue aun más fácil. Me había metido en aquel submundo en mis primeros momentos como periodista, estaba empezando en el oficio y quería aprender. No niego que al principio aquello me pareció una inmoralidad y un vicio. Pero a medida que fui adquiriendo conocimientos, mi conciencia me permitió tener la certeza de que aquello que parecía una bajeza, una inmoralidad o un crimen, en realidad solo era una asignatura.

miércoles, 25 de junio de 2014

El castigo de la libertad - José Luis Alvite

El castigo de la libertad - José Luis Alvite
Quedan pocos días para que entren en vigor las nuevas restricciones con las que se pretende combatir el consumo de tabaco. No parece que el sentido de esa lucha vaya a invertirse, de modo que a partir del 2 de enero va a ser imposible fumar en los bares, lo que supone que en su lucha contra el tabaco el Gobierno lo que conseguirá de mí es que deje de tomar café. Muchos fumadores se replegarán sobre sí mismos y consumirán tabaco en la vía pública o en la intimidad, renunciando a los bares y cafeterías a los que acudían habitualmente. No sé hasta qué punto la medida redundará en un descenso del consumo de tabaco, pero estoy convencido de que será decisiva en la caída de la venta de café. En una etapa anterior de su cruzada contra el tabaco, los políticos decidieron estampar en las cajetillas mensajes advirtiendo de que el hábito de fumar acortaba la vida o podía incluso matar. No sé si hay estudios serios acerca de la repercusión de aquellas advertencias, pero estoy seguro de que, lo mismo que me ocurrió a mí, muchos consumidores lo que hicieron en vez de dejar de fumar, fue dejar de leer. Nuestros gobiernos siempre consiguen éxitos inesperados mientras intentan conseguir otros resultados, lo que explica que al PSOE se le dé tan bien que gobierne el PP. Ahora me entero de que en su rigor persecutorio contra los fumadores, la Ley reconoce la excepción de las prisiones. Un pacífico ciudadano que cumple con todos sus deberes sin saltarse las normas tiene prohibido fumar en el bar en el que paga sus consumiciones, pero podrá hacerlo en la cárcel a la que le lleven por haber asesinado al camarero que le obligó a apagar el cigarrillo. En prisión todo serán facilidades para que estudie y podrá ganar algún dinero extra haciendo pequeños trabajos que sólo producen fatiga si los dejas. A los reclusos se les ofrecen también espectáculos teatrales a los que jamás habrían asistido si tuviesen que pasar por taquilla y juguetonas chicas de pago. Y ahora, según he leído, a los presidiarios se les permitrá fumar. Yo he llevado una vida irregular y algo turbia, lo reconozco, con vicios diversos y no pocas salidas de tono, temeroso de cruzar la finísima línea que me ponía a salvo de la cárcel. Si volviese a las andadas, creo que cruzaría esa dichosa línea, aunque sólo fuese porque el castigo de perder la libertad tal vez se compensase en mi caso con el premio de fumar. Los presidios se llenarán de ansiosos fumadores hartos de las horribles restricciones de la vida en libertad. Y de vez en cuando entrarán en la cárcel los antidisturbios de la Policía para desalojar a los reos que se resistan a la salir a la calle una vez cumplida su condena. Me pregunto qué clase de sociedad es ésta en la que la salud se ha convertido en un deber y la libertad se considera un castigo...

Mamie Van Doren - José Luis Alvite

Mamie Van Doren - José Luis Alvite
De muchacho me dejaba llevar por los impulsos, y aun así, que yo recuerde, mi impulso más determinante era siempre un impulso lírico y contemplativo, es decir, el impulso de no hacer lo que tendría que haber hecho. Supuse entonces que con el paso del tiempo recuperaría el retraso y haría todo aquello que para entonces aún tendría pendiente de hacer. Me equivoqué.
No perdí mis impulsos y todavía muy a menudo me dejo arrastrar por las corazonadas más que por las razones, pero cuando me pongo reflexivo pensando en la conveniencia de tomar decisiones inteligentes, lo único que consigo es pensar bien los planes que al final dejo de nuevo sin hacer. Sigo siendo cobarde para las cosas que me acobardaron en la adolescencia, sólo que ahora soy un cobarde más reflexivo, es decir, un estoico cobarde sin excusas.
Sólo me queda ante mí mismo la coartada de entender que mi cobardía de ahora ya no es el resultado de un atolondramiento, sino una conquista intelectual, del mismo modo que ciertos nacionalistas consideran un hallazgo ideológico lo que en realidad por lo general no es otra cosa que una patología mental. Yo reconozco haber tenido inclinaciones nacionalistas en una época de mi vida en la que me sentí descontento con el hedonismo de la adolescencia y pensé que un hombre no podría redimirse de su indigencia conceptual si se resignaba a creer que su techo ideológico era la masturbación. Un día al salir de la ducha rompí la foto de Mamie Van Doren y decidí invertir mis energías en la adopción del nacionalismo radical como método de redención vital. Fue uno de mis impulsos menos líricos y mi apuesta adolescente más arriesgada.
Con el transcurso del tiempo comprendí mi error y me pregunté sin éxito adónde diablos habría ido a parar aquella bendita foto de Mamie Van Doren con la que tan a gusto había cultivado mi indigencia ideológica.
Había llegado a la conclusión de que el nacionalismo no sólo no había llenado de sentido mis expectativas intelectuales, sino que había vaciado de contenido mis manos. Ahora soy mayor y, por suerte, lo bastante inmaduro para creer que los pensamientos que calientan la cabeza y envenenan la mente de un hombre, no son en absoluto más recomendables que aquellos otros que simplemente le vician la mano y le joden la letra.

lunes, 23 de junio de 2014

Abrazo con lluvia - José Luis Alvite

Abrazo con lluvia - José Luis Alvite
Fue en una oscura tarde de diciembre, hace ya algunos años. En pleno centro de Compostela un joven delincuente me salió al paso con las manos en los bolsillos bajo la lluvia. Habíamos tenido lo nuestro por culpa de lo que él hacía y de lo que yo contaba. Días antes me había seguido a los lavabos de una cafetería, cerró la puerta tras de sí y me puso una navaja al cuello. Me dijo: «Esperaré a que con el miedo se te suban los huevos a la garganta y entonces te los arrancaré con la punta de la navaja, los tiraré al suelo y los aplastaré como si fuesen dos putos caracoles». Me dejó sin aliento, luego retiró la navaja y se largó mientras yo intentaba recordar cómo meaba antes del miedo. Aquella tarde bajo la lluvia supuse que podría repetirse la amenaza y quise cambiar de acera. Entonces aquel tipo me alcanzó, me cortó el paso y me dijo: «Es Navidad y estoy solo. Eres un cabrón de mierda, pero, ¿sabes?, es Navidad y no tengo quien me abrace». Entonces sacó las manos de los bolsillos, abrió los brazos en cruz y esperó el abrazo que tuve el acierto de no negarle. Yo le pasé con mis manos el afecto que aún conservaba a pesar del susto de aquel café y él me hizo llegar a la gabardina el agua de su ropa empapada. No recuerdo que nos dijésemos nada. Tampoco sé si aquel tipo lloraba o era sólo lluvia aquel brillo en sus ojos maleados por la vida y pasmados por el cansancio. No volví a cruzarme con él desde entonces. Supe de sus fechorías y las conté en mi periódico pero ya nunca pude retratarle como lo hacía antes de aquel abrazo mojado. Cada vez que probaba a describirle me salía un tipo cordial, el muchacho solitario y navideño que mendigaba un abrazo bajo la lluvia. Era como si por culpa de sus actos criminales me remordiese a mí la conciencia y fuese incapaz de contar la realidad sin dejar que interfiriese en ella la piedad. Supuse que él agradecería aquella imagen más cordial, pero al mismo tiempo pensé que tal vez aquel perfil más sensible podría desacreditarle entre los otros delincuentes. Ni siquiera estaba seguro de que cualquier día no resistiese la tentación de intimidarme y me siguiese de nuevo a los lavabos de la cafetería, me señalase la garganta con la punta de su navaja y me dijese: «En aquella ocasión era Navidad y te pedí un abrazo. Bien, me diste el maldito abrazo y ahí tendría que acabarse todo. Pero ahora hablas bien de mí y me estás hundiendo. Mis colegas creen que soy tu confidente. ¿Sabes?, yo aquel día quería tu abrazo, joder, no tu reputación»...

Cadáver con moscas - José Luis Alvite

Cadáver con moscas - José Luis Alvite
De adolescente quería saber qué se sentía al estar enamorado. Después de aquello me enamoré y me entró curiosidad por saber qué se sentía con motivo de que me hubiese dejado una mujer. La verdad es que me he pasado media vida tratando de que fuese por completo distinta la otra media. En mis relaciones sentimentales he tenido siempre mucha suerte y no puedo decir que haya sufrido porque no me amase la mujer a la que deseaba, probablemente porque jamás me propuse mis objetivos más allá de donde estuviese seguro de que pudiese acertar mi discreta puntería. Supongo que eso significa que si fuese cazador, me habría dedicado a la captura de perdices con las alas de alpaca y a dispararle a los cadáveres de los jabalíes presos de los cuervos. También es cierto que una manera de evitar que alguien deje de quererte por iniciativa propia es hacer cuanto puedas para sugerirle que lo haga ella misma en tu nombre. Con esa actitud conseguí que me dejasen unas cuantas mujeres con las que yo jamás me habría atrevido a romper. Entonces reducía mis apariciones hasta que a ella se le hacía evidente que sobraban una entrada para el cine y un cubierto en la mesa. Reconozco que siempre me faltaron agallas para romper con una mujer mirándole a los ojos. También he de reconocer que si es ella quien parece decidida a acabar, me doy cuenta de que mis recursos para evitarlo no son tan sólidos como pensaba. Un amigo mío que presumía de conocer a las mujeres me dijo en una ocasión que para evitar un fracaso sentimental la literatura daba distinción y quedaba muy fina, pero que lo mejor era acudir a la última cita llevando para ella en un estuche un maravilloso reloj de pulsera. ¡Bobadas! Yo lo pasé muy mal con una mujer a la que adoraba pero al poco de conocerla supe que lo del reloj de pulsera no iba con ella. «Me has decepcionado y ya no puedo confiar en ti. He perdido la fe. Ya no me creo tus promesas», me dijo. Ni siquiera acerté con una sola frase con la que pudiese conmoverla. A mí su decisión me parecía exagerada e injusta, pero no hubo manera de ablandar su resistencia al perdón. Entonces desaparecí lentamente de su vida y convertí el dolor en literatura. Le dije adiós a lo lejos con una columna cobarde y cariñosa que le dediqué en el periódico. Nunca supe si ella llegó a leer aquello, pero, ¿sabes?, yo sigo donde solía estar y aún soy propenso a enamorarme, de modo que si acuerda cambiar de opinión no tiene más que desandar sus pasos y decirme: «He vuelto porque sé que estarás solo como un perro y porque un día me dijiste que te gustaría que espantase con mi abanico las moscas de tu cadáver».

sábado, 21 de junio de 2014

El ascensor - José Luis Alvite

El ascensor - José Luis Alvite
Cada vez que entro en un portal me aseguro de que no habrá nadie a punto de utilizar el ascensor, no porque no me agrade compartirlo, sino porque detesto las conversaciones forzadas que suelen darse en las inevitables restricciones de sitios tan pequeños. La meteorología y la salud son temas muy socorridos en esas conversaciones un poco automáticas en las que uno se ve obligado a participar sin el menor interés. La gente mira hacia el techo del ascensor como si se tratase de un fondo de nubes del que derivar la conversación sobre la lluvia inminente o el sofocante calor que hace insoportable la humedad del ambiente. La situación es más incómoda si quien se sube al ascensor es la señora madura y atractiva que no sabes muy bien si desea que la observes con admiración o te vuelvas de espalda para hacerle más cómodo el viaje. A veces suena en el ascensor una de esas agradables melodías de Henry Mancini que sirven de envoltorio para cualquier conversación y te sientes en la tentación de decir algo, lo que sea, una pirotécnica frase vacía, un comentario genérico sobre la soledad o la rutina, cualquier cosa que supones que va a despertar hacia ti la simpatía de la señora madura y atractiva que en realidad no sabes si espera que te fijes en ella o te pondrá una denuncia en el caso de rozarle el pelo con el aliento. A mí la elegante música de Mancini siempre me ha servido para hacer frases, pero eso no suele funcionarme en los ascensores, probablemente porque a las señoras de los ascensores la estrechez del elevador les produce una desconfianza insuperable y creen que aunque yo fuese un canónigo, sería capaz de descuartizarlas y huir luego con sus restos metidos en su bolso de mano. El miedo es, a menudo, un elemento desencadenante del erotismo, aunque se trate de un erotismo asustadizo, incluso criminal, que la señora madura y atractiva no sabe si se resolverá en un beso o en un hachazo. Suena «Snowfall» de Mancini e imagina uno que a su acompañante del ascensor no le desagradaría una de esas frases que parecen pensadas para ser pronunciadas en el vestíbulo de un hotel de Nairobi con un martini apoyado en la cola del piano. A mí me ocurre con frecuencia, pero me contengo. Se me mete en la cabeza que la atractiva mujer madura lo que desea es que me fije en ella sin que se me note que la observo. Y a mí eso me parece muy complicado, tanto como lo sería disparar un obús sin que retumbe el suelo. Por eso cada vez que me tienta confesarle mis emociones a la madurita con la que comparto el ascensor, mi cabeza piensa en sus piernas, en sus clavículas, en sus axilas, pero por la boca sólo me salen el clima, la salud y el precio del pollo.

Agua al fuego - José Luis Alvite

Agua al fuego - José Luis Alvite
Un amigo mío que acababa de romper con su mujer y llevaba dos semanas alojado en una fonda me dijo que las desavenencias venían de antiguo pero se habían agravado en el momento de mayor desahogo económico de la pareja. Después de escucharle un buen rato, estuve de acuerdo con él en que a veces lo que nos separa de nuestras parejas no es la escasez de dinero, la incertidumbre laboral o el desacuerdo en la educación de los hijos, sino, lisa y llanamente, porque hay demasiados muebles y es difícil llegar hasta el otro sin tropezar por el camino. Cuando me casé por primera vez, al instalarme en aquel frío piso de alquiler comprendí que era inmensamente feliz a pesar de que el mueble más valioso resultaba ser la puerta de la calle. Ni mi mujer ni yo sabíamos mucho de cocina. En cambio, ambos teníamos claro que para que una casa fuese un hogar lo primero sería que alguien arrimase las ventanas y encendiese el fuego. Yo me encargué de las ventanas y ella arrimó una cerilla al gas y arrastró sobre la llama una olla con agua. Después esperamos algunos minutos, empezó a salir el vapor, nos miramos a los ojos y sin decirnos nada supimos que aquello era un hogar y que nosotros éramos por fin una familia. Fue cuestión de días que con algo de dinero pudiésemos surtir medianamente la nevera con cualquier cosa que no se pudriese con el frío. No recuerdo haber sido muchas veces tan feliz como cuando conseguimos que hirviese en la olla una comida que no sabíamos si sería sabrosa, pero que al menos sin duda era amarilla. Mi mujer tenía un humilde sueldo de oficinista y a mí el periodismo me costaba dinero, así que nos sentíamos tan unidos como dos fugitivos que hubiesen buscado calor y cobijo a espaldas de la Ley en un figón de la beneficencia. Ahora que lo pienso creo que las nuestras eran las basuras más escasas y más pobres de la calle en la que vivíamos, pero, ¡que demonios!, al menos estábamos seguros de que acudirían a ella los perros más ilustrados, aquellos canes líricos e hipermétropes que husmeaban los folios manuscritos en los que a veces envolvía las helicoidales pelas de las patatas. Ahora recuerdo aquello y comprendo que a mi amigo y a su mujer se les hubiesen atragantado de aquella manera la dichosa prosperidad y tantos muebles. Será por eso que a veces desisto de cobrar las cosas que escribo. Nunca anduve sobrado de dinero, pero, ¿sabes?, cada vez que entra un mueble en casa, echo mano instintivamente del listín con los teléfonos de los hoteles...

jueves, 19 de junio de 2014

Nevada en Facebook - José Luis Alvite

Nevada en Facebook - José Luis Alvite
Desde las restricciones sociales que me he impuesto como una merecida penitencia casi monacal por mis lustros de desarraigo en las calles, tengo la suerte de disfrutar de un mundo intangible e inabarcable gracias a los numerosos contactos virtuales que facilita internet. Me muevo en Facebook desde hace ocho meses y he hecho en ese ámbito amistades tan sólidas como podrían serlo las que recuerdo haber formalizado en las barras de los bares, con la particularidad de que no dispongo a mano del barman de cabecera que tan atentamente me facilitaba en «El Corzo» los posavasos en los que escribir mis notas. En mi muro de Facebook cuelgo la música que me gusta, escribo dedicatorias y he logrado reunir a un variado grupo de personas que comparten mis aficiones literarias, mis inclinaciones artísticas o que, simplemente, se sienten a gusto con alguien que ha prolongado en «La Red» su propia existencia y no tiene inconveniente en ser tan emocional, tan intenso y tan autobiográfico como si Facebook fuese el diván del psicoanalista. Hasta que hace unos días mi muro de Facebook empezó a resentirse, se paralizó y tiene problemas de actualización, de modo que mi gente y yo contactamos de manera esporádica, errática, como vagabundos que se encontrasen encaramados de manera inestable en el techo de un tren conducido a oscuras por un muerto durante la noche lluviosa, en una llanura de mazapán, sobre raíles de azúcar. En «El Corzo» le habría manifestado mi malestar al barman y el asunto estaría resuelto con una ronda de copas pagadas de buena gana por la casa, pero en Facebook es difícil saber a quién dirigirse con las quejas. ¿Hay alguien ahí, en la noche fluorescente de Facebook? ¿Alguien que entienda que mi muro se ha quedado como inmóvil, frío y cada vez más despoblado, convertido casi en la tapia de un cementerio? Es como si una nevada virtual me hubiese dejado aislado en la penumbra catastral de Facebook y no tuviese seguridad alguna de que vayan a venir las máquinas quitanieves, los servicios de socorro, el camión en el que acudan, encaramados con guantes y pasamontañas, los entumecidos muchachos que resuelvan la situación con el recurso de las viejas paladas de sal. Como no tengo otra alternativa, quedo a la espera de que alguien sobrevuele mi aislamiento virtual y tenga al menos la generosa ocurrencia, o el agradable descuido, de arrojarme un paquete con comida y una vieja linterna como la que utilizaba el acomodador del cine Capitol para guiar tus pasos hasta el retrete mientras tu chica se alisaba la falda y al otro lado del pasillo en la garganta de un tipo transeúnte croaba –cansado y culposo– el falso sueño redentor de un criminal.

martes, 10 de junio de 2014

Soledad - José Luis Alvite

Soledad - José Luis Alvite
Conozco a muchas personas que huyen de la soledad como si temiesen arder dolorosamente en ella. A mí la soledad siempre me ha parecido una gran conquista y estoy solo con frecuencia. Se ha dado el caso de procurarme la compañía de alguien aunque fuese para tener a quien contarle lo mucho que me gusta la soledad. Claro que la mía es una soledad deliberada, algo que me ocurre como resultado de un deseo, una especie de soledad de conveniencia que me sirve para reflexionar sobre mi vida y sintonizar en mi conciencia los remordimientos que me causen dolor y me ayuden a escribir. Supongo que me encontraría menos a gusto con la implacable soledad de quien desea compañía y no la encuentra. La soledad como pretexto intelectual es más llevadera que la soledad constante e irremediable que al final evoluciona hasta convertirse en una horrible patología. Tiene gracia que algunos intelectuales presuman de su dolorosa soledad creativa y aleguen que su obra es el resultado de graves páramos emocionales, cuando saben que el suyo es un aislamiento voluntario y momentáneo, una cuarentena más llevadera que la estricta soledad del anciano que duerme echado sobre las vísperas de su cadáver porque ni tiene quien le de la vuelta en cama para espantarle siquiera las moscas verdes y azules que se lo comen vivo. Esa es la verdadera e hiriente soledad y no tiene sentido compararla con la mía, que es una soledad buscada por mi propia mano, un dolor que me ayuda a escribir y me hace digno responsable de mis errores. No puedo comparar esta soledad con la de aquella anciana a la que con motivo de un reportaje humanitario visité en su casa cerca de Arzúa. Olían tanto las heces sobre las que yacía, que yo creo que incluso vomitaban las ratas que merodeaban su cama. Había telarañas e insectos por todas partes. La anciana tenía un crucifijo de madera sobre el pecho, con un Cristo que seguramente llevaba meses asqueado con aquella peste y comiéndose las blasfemias contra Dios. Apenas hice preguntas porque se me llenaba la boca de enormes y lacias moscas consonantes. He estado muchas veces solo y he sufrido mientras pensaba sobre los malditos errores de mi vida, pero, ¡demonios!, la mía no es la soledad de aquella anciana leñosa por cuya sonrisa recuerdo haber visto pasar –como un epitafio, como una sutura del forense– la lentitud autógrafa de un ciempiés.

Recuerdos de nunca - José Luis Alvite

Recuerdos de nunca - José Luis Alvite

En un momento de mi vida en el que me pareció que se me hacía tarde para perder el tiempo en los recuerdos, decidí escribir un diario en el que supuse que podría rastrear luego los términos de mi existencia. Puse empeño durante algunos días y escribí unas cuantas páginas de aquel diario. Desistí cuando pensé que el tiempo que dedicaba a la enumeración de lo que me había sucedido me impedía exponerme a que me ocurriesen cosas nuevas. No negaré que mi resistencia a continuar con el diario fue debida también a que me di cuenta de que lo más relevante que había anotado en aquellos pocos días no era una conversación amena  o un suceso crucial, sino el buen sabor de boca que me había dejado una ración de fabada. Decidí suspender las anotaciones en el diario y romper todo lo escrito hasta entonces. Y seguí dejando que la vida me ocurriese sin preocuparme de transcribirla, persuadido de que las cosas que son importantes se recuerdan luego sin necesidad de anotarlas. Casi nada es tan importante como parece. En realidad la vida está llena de momentos inolvidables que en vano tratamos luego de recordar. A lo mejor resulta que el diario  no hay que escribirlo para llevar cuenta de lo que nos ha ocurrido, sino para ser conscientes de lo que por suerte hemos olvidado. Lo mejor que nos puede ocurrir es que gracias a nuestra mala memoria seamos capaces de recordar aquellas cosas tan hermosas que jamás nos sucedieron. Es gracias a esa visión del pasado que tengo fresco en la memoria el recuerdo de aquel crudo día de noviembre en el que no cabía el agua en la lluvia. Me considero muy afortunado cada vez que pienso en lo azul que tenía la mirada aquella chica con los ojos tan negros.

Fruta con percebes - José Luis Alvite

Fruta con percebes - José Luis Alvite
Con motivo del fracaso de mi primer matrimonio, mi madre aceptó que me instalase en su casa luego de que le prometiese desistir de mi vida nocturna. Dormía ocho horas seguidas, hacía tres comidas al día y podía peinarme mirándome en el brillo de mis zapatos. Ya ni recordaba la última vez que había comido un medallón de ternera que no pareciese guisado en la nevera. Lo cierto es que no había en toda la ciudad una sola calle que no me devolviese a tiempo a casa, ni una sola mujer que me desviase de aquel balneario régimen moral. Por primera vez en muchos años me reencontré con el aroma de las flores y con el olor de la fruta. También mi alma se fue limpiando a medida que se calmaban mis nervios y se aclaraba mi orina. ¿Sabes?, me sentía tan bien, y estaba tan orgulloso de mi nueva vida, que una mañana pensé que en aquella etapa de saludable y gozosa regeneración moral, incluso una pizca más de felicidad podría alborotar mi metabolismo y subirme el azúcar. ¿Sería posible que en aquel orden tan decente y profiláctico, casi cenobial, estuviese el origen de la diabetes? ¿Y sería tanta paz, por otra parte, la causa de que el placer algo automático de la rutina se acumulase al final como grasa en las caderas de las mujeres? Al principio sentí cierto placer al saberme de nuevo comprometido con una sociedad en la que la conciencia estaba regida por normas que a simple vista parecían razonables, aunque no tardé en preguntarme qué ocurriría en el caso de que la gente tuviese que tomar sus propias decisiones si por culpa de una tormenta quedasen fuera de servicio los semáforos. Era evidente que en la vida diurna los instintos habían sido sustituidos por las normas, de modo que no era su conciencia, sino la policía municipal, quien les reprochaba sus errores a los ciudadanos. Una tarde me asomé a la ventana de casa y me quedé un rato mirando a la gente ir de un lado para otro sin saltarse la relojería de sus compromisos, obediente como un tren que en su marcha se atiene sin remedio a los raíles. Me pregunté si aquél era realmente mi destino y si el día no sería en realidad el aburrido trámite que hace más farragosa la existencia y sólo tiene la ventaja de que precede sin remedio a la noche. ¿No eran acaso los túneles lo más excitante del viaje cada vez que de niño iba en tren hasta el Mar de Arousa? Después anocheció y la calle se quedó desierta. Y pensé que la de la santidad era una actitud trivial y aburrida, algo que te ocurre sólo en el caso de que seas incapaz de ser uno de esos hombres que vuelven de madrugada a casa con el culposo sigilo de alguien que entrase a robar.
Destruido mi primer matrimonio, el regreso circunstancial a casa de mis padres fue un intento de regenerarme que yo sabía que estaba condenado al fracaso. Llevaba demasiado tiempo trasnochando y sería difícil que me adaptase a las restricciones de una vida doméstica y organizada en la que sólo corría el riesgo de quemarme los labios con la leche del desayuno. Trabajar, comer y dormir sólo era un buen plan para alguien que pensase en la posibilidad de ser canonizado. Una noche volví tarde a casa y al día siguiente la demora fue aun mayor, hasta que llegó el momento en el que para el desayuno del jueves me presenté en la mesa la mañana del domingo. Para tranquilizar a mi madre probé a acariciarle la cara.
Entonces ella olió mis manos, las rechazó y me preguntó con sorna si aquel olor en mis dedos era porque me hubiese pasado tres noches comiendo percebes. Luego se ausentó y regresó al cabo de unos minutos con una maleta en la mano. «Será mejor que te marches antes de que tu padre salga del baño creyendo llegar a tiempo de que te hayas ido. El prefiere no verte por temor a arrepentirse y yo he pensado que lo mejor es que lleves tu vida y que sólo sepamos de ti por tu firma en el periódico.
Ya no me hago ilusiones contigo. Sé que me olvidarás tan pronto hayas arrugado las camisas que llevas recién planchadas. Sabía que te costaba adaptarte a la decencia, pero nunca pensé que hubiese alguien tan reacio a la felicidad». Iba a despedirme con un abrazo pero ella se volvió de espaldas. «Cuando salgas, por favor, no hagas ruido al cerrar la puerta; no quiero tener la absoluta certeza de que realmente te has ido».

Aquella escena tan amarga no dio para más, pero cada vez que pienso en ella por alguna razón creo que mi madre se quedó con las ganas de un añadido que hiciese aun más evidente la firmeza de su dolorosa decisión: «Y si algún día me llamas por teléfono, que sea sólo para recordarme que te olvide».
Ocurrió aquello una agradable mañana de verano, pero yo encendí la calefacción del coche y aun así recuerdo que al cabo de un rato me cogió el frío.


Al poco tiempo murió mi padre, y aunque estuve en su entierro, a veces pienso que sigue en el baño porque con el ruido cómplice del agua es difícil saber si alguien ha cerrado la puerta para no volver.

Cuestión de afeitado - José Luis Alvite

Cuestión de afeitado - José Luis Alvite
Yo no sé muy bien cuáles eran las expectativas de los monárquicos ortodoxos cuando el Príncipe Don Felipe se casó con la periodista Letizia Ortiz, pero desde mi punto de vista, la boda habría sido un acierto aunque sólo fuese por la decisiva influencia de la locutora en la mayor popularización de la Familia Real. Letizia está llamada a ser una efigie en los sellos, pero a la gente de la calle le gusta también porque podía haber sido el rostro de un perfume o la chica hermosa y dentífrica que envejece con dignidad y empaque mientras se deja macerar lentamente por la luz gomosa del telediario. Como a cualquier vieja institución europea, a la monarquía española le sobraba madera y le faltaba elasticidad. Aun ahora cada vez que me fijo en Su Majestad la Reina, recuerdo que la primera vez que la vi frente a mí, en julio del 76, no me pregunté quién sería el estilista que la peinaba, sino dónde diablos tendría su taller el tipo abnegado y minucioso que le repasaba el pelo con su gubia de ebanista. A mí Doña Sofía siempre me ha parecido una mujer austera, inteligente, culta y encantadora, pero pensaba que si al pueblo llano le resultaba algo distante, no era por su retraimiento natural, por su inteligente discreción o por su actitud sobria y reservada, sino, lisa y llanamente, porque aquella sonrisa suya tan comedida parecía un nudo en la madera de un laúd. Ahora el semblante de Doña Sofía resulta menos agridulce y más confiado, yo creo que porque Doña Letizia ha entrado en la Familia Real arrastrando en su rebufo el aire desenvuelto de una mujer dispuesta a que del Príncipe no sólo se sepa lo que piensa, sino que se entienda incluso lo que dice. Desde hace una temporada, Don Felipe lee sus discursos con aplomo, con entonación, levantando la cabeza con naturalidad, mirando a su auditorio con seguridad, como si supiese que, por fin, los españoles se dan cuenta de que se ha casado con una mujer que no ha llegado a La Zarzuela desde la carpintería endogámica y mortuoria de El Escorial, sino desde la luz popular y cenital de los probadores de Zara. Si todo sale como se piensa, no tardaremos en tener en La Zarzuela una reina moderna y atractiva, distinta de aquellas otras reinas entumecidas y leñosas que en las monedas se distinguían de sus augustos maridos porque, mirados de cerca, sus rostros eran maneras distintas de apurar el afeitado.

jueves, 5 de junio de 2014

Vela sin cera - José Luis Alvite

Vela sin cera - José Luis Alvite


De una carta que mi amiga S. jamás llegó a enviarme: «No me sentó muy bien lo que me dijiste aquella noche en mi casa y sin embargo con el paso del tiempo me he dado cuenta de que no te faltaba razón. ¿Recuerdas? Yo prendí una vela en la habitación y tú echaste a girar en el tocadiscos una canción de Sinatra. Te pregunté cuánto tiempo te quedarías a mi lado. No me fiaba mucho de mi memoria, así que lo anoté en un kleenex tan pronto saliste por la puerta: “No sé lo que esta escena puede dar de sí, pero supongo que para lo que dure esto ni encontraré una canción tan larga ni habrá una vela tan corta”. ¿Cómo pude pensar que aquello era sólo una frase? Sabía por referencias que te habías largado de otras historias dejando unas cuantas canciones recién acabadas y algunas velas sin arder. Estaba advertida y aún ahora no entiendo cómo pude pensar que en mi caso sería distinto. Supongo que entraste en mi vida en un momento en el que tenía las defensas bajas. Estaba sola de madrugada en “El Corzo” y me enviaste por el barman un posavasos con lo primero que se te vino a la cabeza. Guardo aquella nota como quien conserva una amenaza que con el tiempo ha perdido su efecto. Suponía que intentarías abordarme, pero en aquel posavasos escribiste algo con lo que desde luego no contaba: “Puede que esta noche con el cansancio falle mi perspicacia, chica solitaria, pero juraría que a estas alturas de tu vida detestas la idea de dormir sin sueño y despertar peinada”. No contesté nada, ni recuerdo haberte dirigido siquiera la mirada buscando la verdad de tus ojos en el reflejo del espejo empañado detrás de la barra. Sin embargo, supe que habías dado en la diana y me sentí descubierta, como si de repente hubieses abierto los ojos entre las pertenencias de mi bolso, en el interior de mi pecho o entre mis piernas. Me ausenté al baño a releer aquella nota y al regresar a mi taburete me encontré sobre la barra otro posavasos doblado. Me pareció la confesión de un hombre desencantado deambulando casi en sueños por una letra particularmente cansada: “¿Sabes, chica solitaria?, llevo tres días levantado y me conformaría con un café y la posibilidad de volver luego a la calle saliendo sin orgullo de un portal decente. Sólo dejaré las huellas transparentes de alguien que nunca estuvo allí”. Era noviembre y la niebla estaba tan espesa que hasta parecía imposible que no estuviese en otra ciudad la acera de enfrente»... Por más que en nuestra vida hubo otras noches como aquélla, Alvite, sinceramente nunca supe muy bien qué clase de hombre eras, si el tipo áspero y evasivo al que por primera vez subí a mi casa pensando en divertirme, o el que algunas semanas más tarde se fue de mi vida cuando descubrí que era el hombre afectuoso y sentimental del que creía haberme enamorado. A veces pienso que eras ambos hombres a la vez y que el uno era incomprensible sin la existencia del otro, como ocurría cuando en cualquiera de tus pensamientos de madrugada coincidían sin contradicción en la misma frase el catre aún caliente de la puta y el lejano pupitre de tu escuela. Tenías la vida interior y las experiencias de un tipo angustiado, a veces casi la latente agresividad de un criminal y, al mismo tiempo, los ademanes reposados de un hombre tranquilo. Te gustaba sentirte como alguien que en su viaje por la vida va en un tren que se mueve rápido por los raíles mientras él lee un libro sentado tranquilamente en el vagón. Era frecuente que parecieses triste y sin embargo jamás demostrabas rendición o cansancio, a pesar de que la gente que te conocía solía decir que eras el único tipo de la ciudad al que jamás habían visto recién levantado. Personalmente no me importa admitir que hasta conocerte jamás habría creído que hubiese un hombre que pestañease menos de lo que se supone que podría pestañear el día de mañana su cadáver. Conocí casi en las mismas dosis la tenacidad de tu afecto y la literaria agresividad de tus frases y debo reconocer que tenían razón cuantas amigas comunes se encariñaron con tu pasajera furia de seda. Tampoco ellas supieron jamás qué clase de hombre eras. Como me ocurrió a mí aquella primera noche, sentían en su propia garganta la laringe de tu voz calmosa y profunda y al mismo tiempo tenían la extraña sensación de estar a un palmo de alguien que les hablase al oído por teléfono. ¿Sabes?, eras como una hoguera con el fuego estrangulado por sus propias llamas. Aquella primera noche te pregunté qué buscabas a deshora en una mujer como yo. Acababas de prender el enésimo cigarrillo mientras aún ardía en el cenicero la brasa de otro. ¿Recuerdas tu repuesta?: «Quise venir a tu casa porque me apetecía acostarme contigo, aunque sé que el día de mañana por tu bien diré que si te acompañé esta noche fue sólo porque era la única manera de borrar personalmente las huellas que probasen que alguna vez estuve aquí. A veces la vida es más interesante si con el tiempo aciertas a contarla mal». «Por más que me jurases lo contrario, Alvite, en realidad siempre supe que estabas de paso en mi vida y que ni tus cigarrillos se quedarían mucho tiempo en mi cenicero, ni tu ropa amanecería algún día en el tendal de la mía. Quería concienciarme de que eras algo pasajero y, sin embargo, cada vez que te veía me preguntaba quién sería la mujer que retocaba tus frases y desplanchaba tus camisas. Sabía que se te daba bien abandonar tus relaciones y que dejabas a tu paso una estela de amargura, pero me irritaba pensar que ni siquiera fuese yo la destinataria exclusiva de tanto dolor. Temía que lo nuestro desfalleciese en medio de una rutinaria indiferencia que lo redujese a una historia intrascendente y vulgar, sin los estragos personales que lo hiciesen algo verdaderamente inolvidable. Ya que no podía mantener tu amor, deseaba al menos no ser ajena a tu desprecio. Sabía que así como ponías todo tu entusiasmo y tus instintos en conseguir el amor de una mujer, tus mejores frases eran la brillante consecuencia natural de perderlo. Y a mí, sinceramente, me preocupaba esfumarme de tus brazos sin haberme hecho antes un hueco en tus frases. ¿Tan poco me querías que ni merecería siquiera el literario azote de tu agradable rencor? Tú mismo me habías dicho en varias ocasiones que es el rencor lo que hace perdurables los recuerdos y que por sí misma la memoria sólo sirve para evocar lo intrascendente, lo banal, lo que aguanta el paso del tiempo sin necesidad de ser importante “como perduran las cicatrices de aquellas heridas de las que ya ni se recuerda el dolor”. ¿Cuál sería el día de mañana mi lugar en la memoria de un tipo que vivía sin fotos, sin reloj y sin agenda? ¿Desaparecía de tu vida mi rastro tan pronto se esfumasen las manchas de lo nuestro con la última colada? Por más veces que lo intenté, jamás supe contestarme esas preguntas. Ni sé cuales fueron las razones por las que entraste inesperadamente en mi vida, ni acertaría a identificar los motivos por los que sin previo aviso te largaste de ella dejando como recuerdo la estela de alguien que habiendo entrado a robar se marchó luego de haber renunciado al botín y después de haber vaciado su alma y sus bolsillos. Ahora recuerdo con nostalgia y con afecto el amor que me diste y también el dolor que me causaste. Desde entonces dejo cada noche la llave en el felpudo por si acuerdas volver, aunque sólo sea para despedirte dejando en mi espalda mientras duermo una de esas frases hermosas, amargas y expresivas que parecen escritas a la luz de una vela sin cera».

martes, 3 de junio de 2014

Mar sin párpados - José Luis Alvite

Mar sin párpados - José Luis Alvite
Ya sé que pensar de buena fe y hacer cosas decentes puede echar a perder mi mala reputación, pero a veces me emociono con algo por lo que jamás tendré remordimientos de conciencia. Ayer mismo me senté a media mañana en la terraza de un bar asomada al arenal costero en A Lanzada y me reencontré con la fuerza sentimental de lo sencillo mientras el mar descargaba el telar gris de su lento oleaje casi de mercería y un solitario bañista cincuentón tanteaba el agua helada antes de zambullirse en ella y salir huyendo, porque el Atlántico es allí tan frío, que yo recuerdo que cuando era niño un marinero me dijo que si arrojasen al mar un cadáver de pocos días, con seguridad saldría del agua por su propio pie. Un amigo mío que se las daba de buen nadador y de consumado y esforzado fondista, me comentó hace años que en las aguas casi heladas de A Lanzada no habría un solo esfuerzo por el que un hombre pudiese sudar. Yo no sé si aquel tipo exageraba, pero yo creo que en ese lugar en el que ya es casi mar abierto, los peces evolucionaron hasta quedarse sin párpados por culpa de que con la baja temperatura del agua les era imposible dormir. A lo mejor esa del frío era también la razón por la que en mi infancia cada vez que tía Pepita se sentaba en la paya a ganchillar un mantel de hilo, al final le salía sin remedio un jersey de lana. Recuerdo haber visto en Illa de Arousa una playa en la que al llegar noviembre se reunían sobre la sémola de la bajamar la hojarasca y el musgo, un arenal verde y pelirrojo en el que se daban juntas las almejas y el brezo, el trébol y las cerezas. Pensé entonces que el abandono produce a veces una inesperada y desidiosa belleza que se malogra si se pretende ajardinarla, igual que se malogra a menudo el talento del artista si se pretende convertirlo en algo menos emotivo y más funcional. En estas cosas pensé ayer mientras tomaba café con hielo en una terraza asomada al arenal de A Lanzada. Frente al incontestable espectáculo del Atlántico entumecido por el agua casi helada, no me sentí en absoluto en el deber de ser trascendental. A veces mi cerebro le deja ese privilegio a mi vientre. La verdad es que en cualquier posición emocionante en la que me haya encontrado a lo largo de mi vida, a menudo sólo me interesó saber dónde diablos estaría el retrete.

domingo, 1 de junio de 2014

La yegua de John Wayne - José Luis Alvite

La yegua de John Wayne - José Luis Alvite


Parece que planea por ahí la idea de declarar sexistas los cuentos infantiles en los que las mujeres son elementos pasivos, como es el caso de Blancanieves, Cenicienta o La Bella Durmiente. Nada he leído sobre que se prevea redimir al personaje masculino de La Dama y el Vagabundo por considerarlo clasista, aunque no hay que descartar que en una exhibición de celo feminista se condene al protagonista de El Rey León por no haberse preocupado de desarrollar el instinto de amamantar a sus crías. Supongo que lo se pretende es que la pedagogía sustituya a los instintos, de modo que al cabo de un cierto tiempo de severa instrucción las mujeres y los hombres compartan las letrinas y se turnen en la lactancia de sus críos. La censura de los cuentos infantiles es sólo un paso hacia un modelo social en el que, por ejemplo, se considere desafección al Sistema que en una película de vaqueros John Wayne monte en una yegua o que Robert de Niro incurra en la insoportable grosería sexista de abrirle la puerta del taxi a Meryl Streep. Yo si volviese a casarme creo que no me sentiría cómodo si la oficiante fuese una de esas juezas del Régimen que te miran como si casarte con una mujer fuese un delito de larvado acoso sexual. Las últimas veces que salí de copas me previne para no parecer demasiado masculino. No está bien visto que un hombre fume «Ducados», ni que al entablar conversación con una mujer no lo haga con el mismo profiláctico gesto de retraimiento que si ella fuese su dentista. Yo a alguna de mis amigas ya las he advertido de que se ande con cuidado con dónde pone los malditos pies. Porque si se cayesen al mar pueden estar seguras de que me daría la espalda por temor a que el heroísmo de salvarlas fuese interpretado por los rabinos del régimen como un velado intento de propasarme. Una amiga mía que es feminista radical me preguntó una noche: «¿De verdad que no me salvarías si caigo al mar?». Y yo le contesté; «Te arrojaré papel y lápiz. Y sólo te salvaré en el caso de que firmes una declaración jurada en conforme aceptas que te ponga la mano encima para sacarte del agua». «¿Eso harías». Dudé un instante. «Bueno, primero esperaría a ver si eres capaz de llegar a la orilla agarrada al lápiz». Mi amiga se ofendió, metió mi tabaco en su puto bolso y se largó por donde había llegado. Naturalmente, no me preguntó si a mí me ofendería el sexista detalle de pagarle las cuatro copas que se había tomado. Y yo me fui al retrete con la duda de si sería demasiado masculino mear de pie.

viernes, 30 de mayo de 2014

La bicicleta del cartero - José Luis Alvite

La bicicleta del cartero - José Luis Alvite
En una época en la que la religión tenía sobre nuestras conciencias más peso que el dinero y que el tai chi , cualquier alteración del curso ordinario de la vida podía suponer el quebranto de un mandato moral. Aunque mi madre tenía la mano ligera para corregir la insurgencia de sus hijos, lo cierto es que lo verdaderamente temible en cualquier infracción era la reprobación del sacerdote y el consiguiente castigo penitencial. Soñar con una mujer era un asunto escabroso, sobre todo si a mitad del sueño te asaltaba la tentación de imaginarla desnuda. Pero digo imaginarla, sólo imaginarla, porque la única piel abundante a la intemperie en cualquier mujer de mi infancia eran la piel del devocionario y la de su bolso de mano. Tardé mucho en ver a una mujer desnuda, así que antes de que eso ocurriera, imaginar la desnudez femenina era tan aventurado como suponer lo que ocurría al otro lado de la puerta del burdel. Sufrí mucho con las restricciones morales de la adolescencia, aunque he de reconocer que mi imaginación erótica no ha vuelto a ser jamás tan fértil como lo fue entonces. Ahora sé que aquellas mujeres resultaban más tentadoras que éstas, seguramente porque más que en suprimir ropa, el erotismo consiste en ese sutil puntito de abrigo en el que una mujer no sabría decir si tiene calor o está acalorada, si lo que corre por su espalda como una hidra de mercurio es la tentación de seguir adelante y pecar, o es que es en el tacto vertebral de su espalda donde las mujeres presienten que se resuelve la lazada de cretona que acaricia en sus ovarios el tictac untuoso de la lujuria. Tía Pepita, que era comadrona en Cambados, nunca me explicó la relojería de la feminidad, no porque lo considerase escandaloso, sino, pienso yo, porque incluso para ella la obstetricia era un misterio comparable al del revelado de los retratistas del parque que hurgaban con sus manos a través de un fuelle en el interior casi puerperal de sus aparatosas cajas fotográficas. Tía Pepita se había formado en un curso de urgencia durante la guerra civil y sabía de obstetricia y ginecología tanto como de pesca con mosca. Hay cosas que se averiguan sin hacer siquiera indagaciones. Y yo lo de tía Pepita lo sé porque al margen de que mi memoria la haya deformado el tiempo, tengo de su trabajo el recuerdo de aquella tarde de aldea en la que después de haber atendido un parto de gemelos, tía Pepita se quedó mirando hacia lo alto de la casa con un gesto atónito, como si se estuviese preguntando por dónde diablos habría traspasado el tejado la cigüeña. Ella jamás me habló del erotismo. Sin embargo, yo creo que a tía Pepita, como a tantas mujeres de entonces, le resultaba erótico sentarse en el sillín aún caliente de la bicicleta del cartero.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Cadáver empedernido - Jose Luis Alvite

Cadáver empedernido - Jose Luis Alvite
Como soy un fumador empedernido, no mido la vida por el tiempo sino por los cigarrillos, igual que ajusto mis textos echándole un vistazo a las colillas acumuladas en el cenicero. Si a alguien se le ocurriese calibrar la importancia de mi trabajo, yo le sugiero que en vez de preguntarse cuántas páginas he escrito, se ocupe mejor en averiguar cuántos cigarrillos me he fumado. En mi casa se sabe cuál es la habitación en la que escribo porque aunque estuviese vacía, sería la única en la que fuesen marrones las paredes blancas. Al reincorporarse al trabajo después de su día libre, el barman Tino Landeira sabía por el tabaco de la basuras cuanto tiempo había estado en "El Corzo" la noche anterior, calculando a razón de seis cigarrillos por hora, que es mi velocidad de crucero tragando humo. Algunas mujeres con las que tuve algo que ver jamás me reprochan mi vida discontinua, ni mi falta de insistencia, pero en el momento de romper me advirtieron que el dolor que pudiese haberles causado a su corazón no era nada comparado con las quemaduras que les había dejado en la cama. Mi amigo el actor Pancho Martínez fue colega de copas durante muchos años de madrugada entre el humo del tabaco en los bares de la ciudad. Una mañana nos cruzamos en una calle de Compostela y dudó si saludarme. La mañana estaba limpia de nubes y Pancho me dijo que al no haber humo entre nosotros le costaba reconocerme. Fue un encuentro un poco frío, distante, casi como de dos tipos que se hubiesen equivocado al creer reconocerse. Nos encontramos aquella misma noche en "El Corzo" y nos dimos el abrazo fraternal que nos habíamos negado apenas doce horas antes. A Pancho no le faltaba razón. Si lo has conocido en el fondo del mar, será difícil que identifiques en la calle al buzo que pasea sin su escafandra. Se me consume el cigarrillo que prendí al empezar este texto y lo acabaré a tiempo de aplastar la colilla en el cenicero. Solo me falta añadir que la última vez que me miré los pulmones en la consulta del médico, el tipo, al saber que era tan fumador, no me dijo "tosa" para afinar en la auscultación. Se limitó a decirme: "Por su tos ya veo que es usted un fumador consumado, de modo que para auscultarle, y sin que sirva de precedente, le pediré que haga un esfuerzo para no toser". Después me presté a unas placas que el médico miró con austera indiferencia y apostilló con un comentario que me llenó de felicidad: "Supongo que lo que hay detrás de esa nube son los pulmones sorprendentemente sanos de un fumador de cinco cajetillas diarias que lleva camino de convertirse en un cadáver empedernido". Fin del artículo. La colilla es ese gusano que apenas asoma por debajo de la firma. Si esperábais algo mejor, será mejor que los busquéis en el humo.

martes, 22 de abril de 2014

Diagnóstico - José Luis Alvite

Diagnóstico - José Luis Alvite 

Una madrugada en el Savoy me dijo Lorraine Webster: «Raras veces me verás sin un cigarillo entre los dedos. Supongo que ésa es la razón por la que me hago la manicura en el estanco». Con el humeante ademán de su mano derecha, la equívoca diosa del Savoy parecía una mujer recién disparada. Tenía en su porte el escabroso aliciente de alguien que se aliviase el sofocante calor abanicándose con una compresa usada. La primera vez que nos citamos en el callejón a espaldas del club había una niebla tan densa que el humo de su cigarrillo era un autógrafo en un charco de tinta. La conocí por la cadencia de sus pasos, aquel soniquete inconfundible de Lorraine, la clase de mujer al cabo de cuyos pasos entre el humo te preguntabas dónde diablos habrían ido a parar los casquillos. Nos besamos allí mismo. No dije nada, pero me sentí como si aquella mujer fuese a contagiarme un pecado, una extorsión o las señas del perista. Entonces ella me dijo: «Apestamos a tabaco, cielo. Pero a los tipos como nosotros el tiempo nos enseña que lo que verdaderamente dura de un beso no es el dentífrico sino el mal sabor de boca. Saber estas cosas nos ahorrará desengaños». Y tenía razón. Ambos sabíamos que lo sólido de muchas frases no es su sintaxis, ni su ocurrencia, sino su halitosis. En las postrimerías de su voz, Lorraine cantaba como si la hubiesen amordazado con un sonajero. Hizo un intento de ponerle remedio en el hospital. Desistió. El otorrino le dijo que en una voz tan estropeada, gastarse un dólar era como guardar el dinero en una hoguera. De regreso en el Savoy aquella madrugada, me dijo Lorraine: «Renuncio a la claridad de mi voz. A fin de cuentas, lo mío es cantar, no leer noticias». Y el público siguió aplaudiendo a rabiar la malversada voz de aquella mujer en cuya garganta había espacios sin sonido. Por sobrecogedor que parezca, Lorraine le debe al tabaco haber alcanzado el sincero refinamiento de una voz que lo que se merece no es una crítica sino un diagnóstico».




martes, 15 de abril de 2014

Blues de la monja y el ingeniero de caminos - José Luis Alvite


Blues de la monja y el ingeniero de caminos - José Luis Alvite

Incluso en las circunstancias mas adversas, le cabe al ser humano la posibilidad de darle a su vida un giro brillante e inesperado que mejore la apariencia de las cosas. Un tipo me contó de madrugada que su mujer llevaba años engañándole con un amigo común. Al principio trató de remediarlo y se sinceró con ella. Le dio la opción de olvidar el asunto, romper unas cuantas cartas, devolver por correo las llaves de un apartamento y regresar sin represalias al redil. Fue inútil. Ella se mantuvo en sus trece. Entonces el marido optó por darle un giro surrealista a la fatalidad. Una noche se hizo el encontradizo con el amante de su esposa y sin mostrar el más mínimo rencor, le dijo: "¿Sabes que mi mujer te pone los cuernos conmigo?". De lo que se trata es de relativizar los fracasos y de aceptar que las cosas nos ocurren sobrevenidas por el peso muerto de la fatalidad. Nos irá mejor si le aplicamos al análisis de nuestras vidas los criterios aplastantes, mecánicos y racionalistas con los que los matemáticos resuelven en la pizarra, como una pagoda de tiza, sus castillos algebraicos. De niños creíamos que la vocación religiosa era algo que nos inculcaba Dios y que poseídos por el ensalmo de aquella apuesta divina, estábamos llamados al obispado, al cardenalato, y quien sabe si al solio pontificio. Nos dijeron entonces que la santidad era una cosa que te daba de niño, como las paperas, y podía marcarte de por vida. ¡Pamplinas! Al relativizar tu pasado recuerdas el caso de aquellas dos hermanas cuyos caminos se separaron para dar en paraderos tan distintos. En M., que era la fecha de las dos, se fijó Dios y le arrastró a la atmósfera ensimismada del noviciado. En cambio, en su hermana E., que era tan guapa, se fijó un ingeniero de caminos. Me dijo de madrugada mi amigo el ex boxeador: "Muchacho, de niño acaricié el sueño del sacerdocio. Luego eché metro y medio de espaldas y me engordaron tanto las manos que tuve que hacerle bolsillos nuevos a la ropa. Acabé partiéndome la cara encima de un ring. El destino es raras veces correlativo con los sueños. De haberme dejado llevar por mi equivocada vocación sacerdotal, con mi cuerpo sólo podría haberme colocado de capellán en la Mafia siciliana". Eso dijo mi viejo amigo y creo que no le faltaba razón. Su vida fue un derroche de mala suerte. A veces incluso su perro fingía no conocerle. Cayó en bancarrota, y en lo mas bajo de su caída, maldita sea, a mi viejo y querido amigo ya sólo le quedaban de su propiedad las jodidas pupilas azules escondidas bajo las plantas de los pies. Hay tipos que es como si hubiesen nacido con la cara dentro del culo. Pero sobreviven porque saben que en el fondo, a menudo la vida consiste en acertar con los errores...

lunes, 14 de abril de 2014

Perdedores - José Luis Alvite

Perdedores - José Luis Alvite



Está de moda ser perdedor. Hay música de perdedores, literatura de perdedores, cine de perdedores, incluso hay perdedores de éxito. Porque en el fondo la aspiración del perdedor es el éxito, con lo cual lo que alcanzó con el tiempo y el reconocimiento público es el fracaso, que no deja de ser una interesante manera de perder. A John Wayne, aquel facha de «Boinas verdes», el tiempo le lavó la imagen. Ahora se le considera un perdedor. El viejo Duque nunca cambió de forma de pensar, se le echó encima un cáncer de pulmón y siguió haciendo cine y eso es lo que gusta de los perdedores: que sepan salir adelante mascando juntos el tabaco y el cáncer de pulmón. Además, el perdedor genuino es un ser sin aspiraciones políticas, un tipo de paso, un ser transeúnte e introspectivo que se pasa la vida en trenes y autobuses, en bares de carretera, bajo el sol y bajo la lluvia, a la intemperie literal y psicológica, dispuesto únicamente a echar raíces en un resbalón. Almunia no es un perdedor porque el perdedor que se lleva no es el que sale derrotado de las urnas sino el que perdió la familia, el empleo, la salud y la esperanza. En cuanto a Emilio Botín, podía perder una asamblea de accionistas, pero eso no le mete en el «country», como a Waylon Jennings o Johnny Cash, sino en la sala de retratos del banco. No se puede ser perdedor con chófer. Al perdedor se le nota en las canciones, como a Sabina y a Serrano; pero también en las heces, como a Poe, que acabó echando el cerebro por el culo. Sabina y Serrano no son cantautores sociales sino cronistas de la desolación humana, que no es pariente de la soledad política sino de la soledad emocional. Marcelino Camacho fue perdedor ideológico, pero su tabla de salvación era «Mundo Obrero», mientras que la tabla de salvación de Joaquín y de Ismael en el mejor de los casos sería «La Farola». 

domingo, 13 de abril de 2014

Piano de cola - José Luis Alvite

Piano de cola - José Luis Alvite


Cada vez que se incorpora al Savoy una corista nueva, Ernie le ofrece una sencilla recepción, la invita a cenar a su mesa y le hace unas cuantas precisiones. Se trata de puntualizar la filosofía del trabajo. Les dice: «No cometas el error de querer dejar tu huella desde el primer día. A los tipos que vienen por aquí lo que les interesa de tu pie no es la huella, nena, sino el zapato. Y en cuanto a tu aspecto, métete en la cabeza que no estás aquí para vender Biblias sino para impresionar al público. Te quiero decir que conserves tus lunares, si los tienes, y no te obsesiones con el dermatólogo. Pertenecemos a un mundo en el que un lunar todavía no es una patología». A muchos les parecerá un criterio machista pero las cosas hay que verlas en su ambiente natural. Al público del Savoy lo que le interesa de las coristas no es su cociente intelectual sino la carnalidad de su peinado. A veces las coristas tienen un momento de ternura y de ensimismamiento y les da por escribir. La pobre Terry Shelton lo hacía a menudo aprovechando los descansos. Ernie Loquasto se quedaba mirándola y me decía: «En esto precisamente consiste la magia de la carnalidad y del espectáculo». Ernie se refería al instante en el que, en el punto más hondo de su abstracción, la pobre Terry subrayaba su Biblia con el lápiz de labios. Esa mezcla de pensamiento y perfidia surge a menudo en las literarias mujeres de Jardiel, que nos retrata a sus venéreas hembras envueltas en un halo de obstetricia y heliotropo. Y así era también aquella Polina Suslova que arrastró a Dostoievski por los casinos de Europa llenándolo del inefable gozo de la flaqueza. Muchos grandes hombres sucumbieron encantados a esa extraña pócima tan femenina que se fabrica mezclando adecuadamente la poesía y la mercería, la felación y el Ave María. Chopin disfrutó con la misma angustia. Un piano no está completo si en su cola no se pudre el alma de una mujer capciosa, una de esas sofisticadas mujeres a las que el palco de la ópera les sienta como un biombo. 

viernes, 4 de abril de 2014

Buganvilla en la oscuridad - José Luis Alvite

Buganvilla en la oscuridad - José Luis Alvite
Como en cualquier lugar que fuese real, también en el territorio Facebook puede uno vagar sin rumbo mientras mira las lucecitas verdes del chat, como si fuesen el resplandor de las ventanas urbanas en las que al avanzar la madrugada va amainando la luz hasta que sólo quedan prendidas las lámparas de alguien que está enfermo y vela su fiebre, la tulipa del tipo solitario que rastrea una posible e improbable amistad verdadera, o la luz tiffany que alumbra apenas sobre el teclado del ordenador la mano de la mujer que aún confía en la presencia virtual del tipo hosco y transeúnte, pero fiable, que le ayude a cambiar de vida aunque sólo sea para saltarse de vez en cuando a la torera la semanal rutina de las legumbres. Frecuento Facebook por la noche y me he dado cuenta de que proliferan la soledad, el cansancio y la franqueza. A veces elijo a alguien al azar y suelto en el cursor el anzuelo de una pequeña frase para llamar la atención, como quien a merced de las olas lanza el autógrafo fluorescente de una bengala en medio de la noche con la esperanza de que su resplandor les abra al menos los ojos a los peces.
A veces la buganvilla de la bengala se malogra en el aire hasta esfumarse en la oscuridad, pero esta noche la luz casi astral de la bengala le ha abierto los ojos a una mujer que escribe en la ventanita del chat sin ocultar ni su escepticismo, ni su cansancio: «¿Es a mí? ¿Y tú quién eres? Es tarde. No creí que hubiese nadie vivo a estas horas. Estoy algo cansada. Si dijese algo, posiblemente sería sincera y te reirías de mí». Dudé unos segundos y afronté la situación: «Pasaba por aquí y he visto luz en tu ventana. ¿Sabes, amiga?, en medio de una noche tan oscura cualquier luz en la ventana es como un ruido amarillo hecho por el polen de la electricidad al gotear del pincel sobre un cuadro de Hopper». Cliqué, ella lo leyó y al rato tuve su respuesta: «No sé muy bien qué me quieres decir pero me gusta. Suena bien. No sé quién eres pero aunque fueses mala gente puedo decirte que al acercarte me has sonado como las pisadas de un santo».
Prendí un cigarrillo y traté de explicarme: «Celebro haberte encontrado. Tampoco yo sé quién eres. Es tarde y quedan sólo unas pocas luces encendidas en el chat. He clicado al azar y has salido tú. No pretendo nada. Sólo quería asegurarme de que estabas viva. La muerte no da olor en Facebook». Esperé un par de minutos mientras veía el símbolo de la escritura en el renglón inferior. Por fin saltó la banda azul con el numerito rojo. Allí estaba la respuesta: «Gracias por preocuparte. He mirado en tu perfil y sé quién eres. Celebro que no te hayas suicidado. Si lo pasas mal, dile a tu luz que busque a la mía. También yo soy un ser solitario. Y si estoy aquí es porque en Facebook incluso la muerte necesita bengalas para anunciarse»… (A Isa Cava Macías, porque se lo merece).

jueves, 3 de abril de 2014

Una historia sobre "perro de leña" - José Luis Alvite

Una historia sobre "perro de leña" - José Luis Alvite

Jose Luis Rey-alvite 04 de junio de 2010
Querida Ana: Te he dedicado mi columna de mañana en La Razón. Espero que no te moleste Un beso.

Jose Luis Rey-alvite 06 de junio de 2010
Como no me consta que hayas leído el texto dedicado a ti en mi columna de La Razón, me preocupa la posibilidad de que te encuentres indispuesta. Sabes que todo lo que te concierte me interesa, de modo que necesito saber con urgencia algo de ti. Un beso. José Luís Alvite

Ana Serrano 07 de junio de 2010
No, ya no es que me emocione, es que estoy a lágrima viva. Te preocupa que me pase algo. Y, en ese precioso artículo (en el último y lírico párrafo es donde me he puesto a llorar), dices que "Ana Serrano nunca sabrá lo importante que ha sido y sigue siendo para mí." Y que "yo sé que jamás pierde de vista mis huellas y está pendiente de que mis pasos no pierdan el rumbo si por lo que sea les vence de repente el sueño." Jamás las perderé de vista y voy pisando sobre ellas. No quiero que tus pasos pierdan el rumbo por tremendo egoísmo. Hace ocho años que te leo, que un dulce gallego pequeñito, que hacía segundo de periodismo y que entraba en mi foro, colgó un artículo tuyo y me dijo que me fijara porque eras el mejor escritor vivo. Y me fijé y me deslumbré, pero es que, además, desde ese día, el que no sabe lo importante que ha sido para mí eres tú.

Yo me estaba, literalmente, muriendo. Llevaba dos años de terapia que solo sirvió para que no saltara hacia esa acera que, desde un sexto piso, a veces, puede resultar tan atractiva, pero me estaba muriendo y, de pronto, además de la belleza de lo que escribías, de lo que decías y de cómo lo decías (jamás nadie ha dicho nada de modo tan hermoso como dices tú hasta lo cotidiano), sentí esa cosa extraña de que, a seiscientos kilómetros alguien, a quien jamás había visto, una voz que no era mía y que venía de otros sentimientos y desde otro lugar, hablaba dentro de mí y por mí. Y que, desde un intenso dolor, se podía escribir y se podía vivir. No sé quién de los dos tiene esa deuda afectiva que dices, pero seguiré pisando sobre tus huellas porque el camino es mucho más fácil así y cenaremos con velas y con bruma, en tu tierra, que fue mía tres años o en la mía o, como ha escrito tu sobrino en mi foro: "Querida Anacrusa, creo que hoy cenas en el Savoy de la Razón con Alvite...", pues eso, en el Savoy de La Razón.