domingo, 19 de octubre de 2014

Pantalones blancos - José Luis Alvite

Pantalones blancos - José Luis Alvite
No recuerdo mi edad de entonces, pero no tendría mas de diez años la primera vez que vi a un extranjero. Fue en Cambados, durante uno de aquellos largos veraneos en los que llegaba a finales de junio al pueblo con una maleta y la jaula de los pájaros y me quedaba en casa de tía Pepita hasta entrado el mes de octubre. Era un tipo alto y rubio, delgado, zancudo, la nariz más grande que cualquier pañuelo, de unos cuarenta años de edad, pantalones blancos, zapatos a juego y suéter rojo, de aire mundano y al mismo tiempo distraído. Los muchachos no podíamos creer que alguien así apareciese por un pueblo en el que ni siquiera la mar dejaba en los escollos de Tragove, o varado en el estiaje del puerto, el cadáver de un solo náufrago que no fuese de allí. Recuerdo que mis amigos y yo le seguimos un rato por la calle, guardando a sus espaldas las distancias con una mezcla de estupor y prudencia, como si vigilásemos las andanzas de una alimaña que se hubiese extraviado, pensando en apedrearle si se irritaba. Caminaba sin prisa, con una elegancia para mi desconocida, y se detenía en cualquier parte como sin motivo, sin necesidad, como a mi me parecía que lo hacía todo, con aparente interés y al mismo tiempo con relajada despreocupación, como si ser extranjero fuese un delicado acto de resignación, un cansancio que no viniese precedido de un esfuerzo, sino de la circunstancia de ser francés, como dijeron en el bar de Benito Silva unos señores estudiados que le habían escuchado hablar en el atrio de la iglesia con la gárgara inconfundible de un idioma que yo supuse que se lo podría curar el farmacéutico con cualquier jarabe que fuese expectorante. Yo preferí suponer que el señor de los pantalones blancos era alguien que se había confundido al doblar la esquina en cualquier calle de París y cuando quiso darse cuenta estaba al otro lado del mapa, en un país meridional y atrasado en el que no había dos relojes que marcasen la misma hora, ni un solo hombre que no tuviese en el cuerpo más pelo que su perro. Mis amigos desistieron de la vigilancia al atardecer y yo le seguí los pasos hasta llegar el cementerio de Santa Mariña Dozo. Estábamos solos; él, mirando de frente al Cristo crucificado sobre la llama hebraica de una vela en el ábside de las ruinas; yo, diez metros a sus espaldas. Anochecía y desanduve solo el camino hasta casa. A tía Pepita le conté que acababa de ver a un extranjero. Y tía Pepita, que era muy escéptica, sirvió la cena y me dijo muy seria que lo mío seguramente era anemia.

jueves, 16 de octubre de 2014

Azafata de bacaladero - Jose Luis Alvite

Azafata de bacaladero - Jose Luis Alvite
En un tiempo en el que todo el mundo dispone de medios técnicos para comunicarse de manera instantánea, incluso para relacionarse a cualquier distancia en formato audiovisual, ahora que incluso lo inmediato a veces nos parece lento, resulta que la gente se siente más sola que nunca y tiene graves problemas para expresar sus sentimientos, hasta el punto de que la comunicación fulminante por medio de la telefonía móvil amenaza con la destrucción de la gramática elemental después de haberse saltado sin el menor reparo las normas ortográficas y de tergiversar la estructura tradicional de la sintaxis. Los medios que facilitan la comunicación son, irónicamente, los mismos que amenazan con la destrucción del idioma o su transformación en una enfermedad de la garganta. En el caso de mantenerse la progresión de las conquistas tecnológicas y la consiguiente regresión del lenguaje, al cabo de un horizonte temporal no muy lejano nos encontraremos con la paradoja de que los seres humanos dispondrán de enormes posibilidades técnicas para comunicar ideas de las que en realidad carecen. Será como proporcionarle un megáfono a un mudo para que le comunique sus pensamientos a un sordo. Ocurre también que aumenta el número de consumidores de tecnología que al margen de entender la telefonía móvil como una formidable conquista científica, la consideran también un deber, hasta el punto de que se sienten vacíos, o inútiles, en el momento en el que no están haciendo uso de sus medios para comunicarse. Parejas que en sus encuentros físicos apenas hablan entre sí están deseando retirarse a sus domicilios respectivos para conectarse por el teléfono móvil o para coparticipar mediante el ordenador en alguna de las esas redes sociales en las que convergen millones de personas incapaces de decirte algo a la cara, pero verdaderamente locuaces si se trata de hablar enmascaradas en la sofisticada maleza del ciberespacio. Es difícil comprender que la comunicación necesite con tanta urgencia del aislamiento.



Yo dispongo de teléfono móvil desde hace años, pero me resulta por lo general tan útil para comunicarme como lo sería un pisapapeles porque soy reacio a lo urgente. Ese teléfono me vino en cierto modo impuesto porque mi familia necesitaba conocer mi paradero por culpa de mi costumbre de estar tres días sin aparecer por casa y temían telefonear a las funerarias y hacer el ridículo por no haberse asegurado antes de que estuviese depositado allí mi cadáver. A pesar de su disponibilidad, a menudo estoy incomunicado porque no considero que merezcan la pena la mayoría de las llamadas que recibo. A mí lo que me gusta es vivir de un modo relajado, sin prisas, con arreglo a la idea de que casi nada es tan apremiante como parece, ni tan perentorio que no pueda esperar. Un amigo mío se echó una novia que era azafata de vuelo. Salía de copas aprovechando que ella tuviese vuelo, pero siempre con el temor de que una inoportuna cancelación la devolviese inesperadamente a casa, le saliese al encuentro y se llevase una sorpresa desagradable. Su novia era una chica hermosa, pero trepidante. A mi amigo le gustaba la vida sin urgencias, los compromisos sin agobio, y resulta que buscando a la mujer de su vida sin darse cuenta se había enamorado de un tambor. Rompió con ella cuando ya no pudo resistir más el estrés de las cancelaciones y el consiguiente cambio de planes que le alejaba inesperadamente de sus amigos, unos tipos aplomados que en caso de incendio solo darían un paso más que el fuego. Ella le preguntó los motivos por los que rompían. Y él no se anduvo con rodeos: "Es por tus prisas, por tu estilo de vida trepidante. No puedo con eso, nena, lo siento. Tú resuelves angustiosamente por el móvil las cosas que yo arreglaría tranquilamente por correo. Yo sabía que eras azafata de vuelo cuando te conocí y por eso no puedo culparte de ese vertiginoso modo de vida, hoy aquí y mañana allí, el dichoso jet lag y todo eso􏰀 ¿Sabes?; me gusta que seas azafata. El problema es que para conciliar tu ritmo con el mío tendrías que ser la paciente azafata de un bacaladero". Lo dejaron al final de una agradable noche de copas. No volví a saber de ella. En cuanto a él, me dijeron que tomó la decisión de convivir con una serena chica sin prisas, una mujer que en caso de incendio pediría la vez para alejarse del fuego, una preciosidad que con treinta años de edad le prometió tomar la vida con tanta calma que tardaría por lo menos otros veinte en cumplir cuarenta.

martes, 14 de octubre de 2014

Pájaros de rimel - José Luis Alvite

Pájaros de rimel - José Luis Alvite
A los más jóvenes de cuantos lean esto les parecerá que algo semejante nunca ocurrió en esta tierra, pero lo cierto es que en las rías gallegas los rellenos no existían y en algunos lugares la orilla del mar estaba mucho más cerca que ahora, las mareas se bastaban para depurar el agua y era tal el silencio en el paisaje, que podías escuchar el viento pronunciando en las blusas de las mujeres y aplaudiendo en las velas de las dornas. Yo no sé muy bien como sucedía aquello, lo reconozco, pero a veces en la noche de Arousa ardía el monte Curota y la gente contemplaba sin alarma desde Cambados aquel escabeche de fuego reflejado en la mica de la ría. No había bomberos, ni aviones, ni estaban para eso los soldados, pero lo cierto es que el monte se apagaba solo y mermaban sobre el cuenco de su propio regazo aquellas benditas llamas, lentas y dóciles como ganado exhausto, que mismo parecían hilaturas de lino. En la dentición de los escollos de Tragove rompían las olas con una espuma muy blanca que se volvía luego sobre su estela formando un impecable plateresco como de sedosas amebas de blonda. Podías hurgar entre las algas en la seguridad de que incluso la mierda acorralada por la bajamar en los recodos estaría más limpia que tus propias manos apenas estrenadas. Recuerdo haber corrido desnudo en O Serrido detrás de las robalizas, pisando como un caballo de cobre y saliva en un palmo de agua, y ver el sol reflejado en sus lomos mientras viraban como cartabones hacia Mar de Frades, aquel paraje azul y verde, sirope de mar y de pasto, en el que desembocaba el Umia, un río en el que entonces incluso desovaban las piedras del fondo. Desde Castrelo bajaban los muchachos de los salesianos y se metían en el río con las sotanas arremangadas, formando una catequética marimba de risas que a mí me sonaban como las meadas de los niños cayendo en sutiles trenzas de ámbar en el paladar desconchado de sus orinales de porcelana. A veces en aquel sagrado verano de Cambados me imponían la siesta vespertina y mientras conciliaba el sueño escuchaba al otro lado de la calle, como un ferrocarril de toses, el aliento bronco de los marineros cavando a destajo el sexo de boj de sus mujeres mientras resbalaba en pelotas por sus espaldas la yegua caldosa del sudor. Al anochecer prendían en las casas las cocinas de leña en aquel litúrgico instante inenarrable en el que en el cuerpo de las niñas cuajaba en grumos la cucaña de la pubertad y ser retiraba a sus paraderos por la calle en penumbra una reata de silencio, una pandilla de viento, un párrafo de perros en cuyo aliento ¡Oh, Dios!, en cuyo aliento te juro, amigo mío,.. ¿sabes?, en cuyo aliento te juro que repetía, como un eco azucarado, como el rebufo de un hambre comestible, el suculento sabor de la merienda mamada de los niños. Y todo esto fue cierto porque yo estaba allí y lo vi. Y no hace tanto de todo esto. Ocurrió cuando yo era apenas un muchacho, en un tiempo hoy inconcebible en el que cada vez que reventaba una cereza era para que de su hueso brotase una de aquellas fresas en las que se desplegaban de azul y amarillo las alas de la mariposa que se metía a ciegas en el incendio del monte Curota y salía luego por la otra parte del fuego convertida en un posta de aquellos pájaros con ojos de mujer que yo sé que existieron porque dejaban a lápiz en el aire un estrambote de rimel. Después se hacían a la mar los barcos de los marineros con las redes estibadas como bocios a babor. Y a los niños del paraíso nos vencía el sueño mientras se esfumaba mar adentro aquel orfeón de motores y en el pecho de las adolescentes se garrapiñaba la talabartería del sexo.

La mercería y el Códice - José Luis Alvite

La mercería y el Códice - José Luis Alvite


Algunos críticos surrealistas consideran que el secuestro por amor tendría que ser considerado un acto de buen gusto, un arrebato propio del carácter poético de quienes se enamoran de manera narcotizada e impulsiva, un derroche sublime y proteico del amor, casi a veces un género literario. Mas benevolentes tendríamos que ser entonces si por culpa de la pasión alguien sustrajese el retrato pictórico de ese ser amado para admirarlo en la soledad de su retiro doméstico, en la solitaria vigilia de sus aposentos. La de la belleza es siempre una tentación excusable que puede arrastrar a un crimen contemplativo, a la clase de delito que lo que supone es un derroche de admiración, una malformación de la sensibilidad artística, quien sabe si incluso una admirable desviación morbosa de la inteligencia para convertirse en talento. Contemplada desde la óptica del coleccionista ávido de singularidad y de belleza, el robo del Códice Calixtino constituiría un acto en el que el calor irreflexivo del entusiasmo pesaría más que la fría calificación del crimen. Los prebostes de la burguesía comercial tenían por costumbre la captura de la belleza obstétrica de la criada sirviéndose de la tentación que en su presa despertaban el confort y el dinero. No era necesario que el propietario de la tienda de electrodomésticos incurriese en el secuestro para cautivar a la mujer deseada; a menudo bastaba con que le pusiese una mercería o la instalase en un pisito con la temperatura justa para que ella se sintiese al menos a salvo de los jodidos sabañones. Es distinto plantarse en el Louvre y robar el cuadro de La Gioconda, que es una señora enmarcada que lo que necesita no es una tienda de medias y puntillas, sino una pared en la que ejercer el magisterio de su hipotética belleza, el señorío de su antigüedad, la autoridad incuestionable de su prestigio pictórico, el rejoneo algo romo de su rostro ventrudo. ¿Y el Códice Calixtino? ¿Cuál es la excusa en ese caso? ¿Hay gente dispuesta a robar una belleza con páginas y disfrutar luego con un placer para cuyo goce, además de saber latín, seguramente son inexcusables las gafas de leer? Por otra parte, es evidente que el poseedor de la belleza disfruta de ella solo en el momento que se sabe que es su poseedor, del mismo modo que cuando un hombre tiene intimidad con una mujer hermosa sabe que el placer natural del sexo está incompleto sin el inefable placer de la divulgación. Igual que nadie puede considerarse rico sin hacer el gasto que demuestre su liquidez y su solvencia, el poseedor de la belleza artística está sin duda obligado a que se sepa que es el mecenas depositario de ese portentoso óleo impresionista que tanto dice del exquisito gusto de quien lo posee. ¿De qué sirve hacerse con el Códice Calixtino si no se puede presumir de su tenencia? ¿A quién pretendes fascinar sentado con una levita azul y un chaleco amarillo frente a un piano con el teclado precintado por culpa de un embargo? ¿Se puede disfrutar de algo en si mismo exquisito sin que alguien comparta contigo el placer de su degustación? En el negocio del arte es difícil comerciar con una belleza robada, tan difícil como enseñar la obra sin levantar sospechas, así que quien haya robado el Códice Calixtino se quedará sin el disfrute del placer de enseñarlo, con lo cual el goce es menor y angustiado, casi diría que clandestino, como el disfrute de aquel seminarista amigo mío que se masturbaba con el retrato del papa Julio II retocado para la ocasión con la melena fotográfica de Jayne Mansfield, que era una belleza rubia y exuberante, una voluptuosa nodriza del Séptimo Arte que yo nunca supe muy bien si lo que despertaba en aquel muchacho eras sus bajas pasiones, como una fulana, o sus jugos gástricos, como un guiso. ¿Existe un onanismo del ladrón de arte? No conozco estudios al respecto, pero no hay que descartarlo. Esa sería la razón por la que no aparecen tantas y tan valiosas obras de arte sustraídas hace ya muchos años en importantes museos o en afamadas colecciones particulares. Desde luego, el rapto de la mujer amada es romántico, pero sale carísimo si a la señora tienes que operarle los juanetes, ponerle una mercería e instalarla en un pisito apañado en el que al menos no salga por los quemadores de la cocina el apestoso clorhídrico marrón del retrete. El Arte tiene muchas de las ventajas de la belleza y ninguno de sus inconvenientes. El tipo audaz que consiga robar el retrato de La Gioconda no podrá presumir ante su conciencia de tener un lío de faldas con la mujer más hermosa del mundo, es cierto, pero al menos tendrá la absoluta certeza de que llegado el delicado momento del sexo, a la vieja señora ni se le ocurrirá alegar jaqueca. Puede que la lascivia del arte no comporte las mismas emociones húmedas y glandulares que la exultante lubricidad de la señora de la mercería, pero tiene sobre ella la ventaja de que en el fragor de los revolcones puedes estar seguro de que aunque su posesión regurgite la sensación de culpa en tu mala conciencia y ensucie tus manos ante la ley, al menos no te manchará de pintura el cuello de la camisa. Claro que el erotismo del Códice Calixtino es discutible y muy dudoso que desate la libido de su secuestrador. Pero, ¡demonios!, ¿quién al contemplar a una mujer hermosa no sintió alguna vez la sensación de que lo mejor del sexo no es el sudor, ni los jadeos, como se dice, sino la intuición de haber estar apunto de leer los antecedentes penales de su alma en la blancura sumarial y algo sobada de su ropa interior? ¿No es acaso cierto que a veces lo que de verdad nos fascina de una mujer no es cuanto de superfluo, inerte y ortopédico hay en ella? El Códice Calixtino no es una sugerente belleza carnal, no, no lo es, pero yo soy de los que siempre han pensado que a veces la mujer hermosa que huye de su perseguidor ignora que lo que él trata de poseer no es la charcutería efímera de su carne, ni la excitante sémola de su saliva, sino el fino tafilete de sus zapatos de tacón.

jueves, 9 de octubre de 2014

Los sueños y las heces - Jose Luis Alvite

Los sueños y las heces - Jose Luis Alvite
En algunas congregaciones religiosas, la pobreza supone una conquista moral y sus militantes la consideran tan natural que ni siquiera presumen de haberla conseguido. Para muchos españoles que no contaban con ella, la pobreza se ha convertido en una circunstancia odiosa a la que es difícil verle la salida en un momento histórico en el que incluso escasea la carroña en los descampados y, a falta de otro sustento, los buitres se comen en los nidos a sus crías. Proliferan los mendigos en las calles, en muchos hogares nunca hay una tartera al fuego y en los comedores de la beneficencia incluso por la noche hacen cola las ratas porque en las basuras abundan las facturas y ha empezado a escasear la mierda. Hay trabajos tan mal pagados, maldita sea, que con razón muchos mendigos temen que les salga un empleo. Algunos antiguos amigos míos se pasan el día en chándal, dando paseos de un lado para otro, cambiando de acera aunque solo sea para dar la sensación de estar ocupados en algo por lo que merezca la pena sudar. No hay una sola calle en la que no estén a la venta media docena de pisos, ni un solo lugar de la ciudad en el que no haya echado el cierre un negocio porque a su propietario solo le merecía la pena encender la luz para saber donde apagarla. Mucha gente almuerza cada día la casquería que antes incluso dudaban si dársela de comida a sus perros. Sé de un tipo que duerme de espaldas a su mujer para que ella no le escuche llorar. También sé que ella no ignora lo que ocurre, pero disimula porque no quiere que a él, además del fracaso, lo hunda en la miseria la destrucción de su orgullo. Tienen suerte los creyentes si son capaces de aliviarse de la pobreza volviendo sus ojos hacia Dios, confiados en que la Providencia les dará la mano o resignados a la idea de que la miseria sirve para poner a prueba la fortaleza moral del hombre. Yo no sería capaz de semejante presencia de ánimo y, seguramente en vez de recurrir a Dios, robaría un rifle en la armería de la esquina para atracar al día siguiente uno de esos bancos en los que un público desencantado y culposo hace cola casi con los brazos en alto. Conviene no perder la calma, es cierto, pero en según qué circunstancias, un hombre se da perfecta cuenta de que el gatillo garantiza mejores resultados que la oración. ¿Qué te espera la prisión? Bien, ¿importa mucho perder la libertad si es a cambio de tres comidas al día en un momento en el que en los cementerios incluso bostezan de hambre los muertos? A los reos de la miseria les da igual de quién sea la culpa de lo que ocurre. Es difícil razonar con hambre y tener criterio con la nevera vacía, a sabiendas de que en algunas autopsias el forense solo encuentra el grisú fénico de los barbitúricos y la horma del ayuno del ayuno. Realmente es muy triste que de ser un país que soñaba sin haber dormido, estemos a punto de convertirnos en un pueblo que vomita sin haber comido. Algo convulso tendrá que ocurrir tan pronto demasiada gente de la nuestra se dé cuenta de que después de haberse visto privada de sus sueños, se ha quedado también sin sus heces. De momento nos salvan el orgullo y la apariencia de ser un pueblo con un elevado sentido de la esperanza, un país con modales en el que la gete aún se sienta a la mesa y despliega la servilleta para la estoica liturgia de pasar hambre tres veces al día.

martes, 7 de octubre de 2014

Pubis de Abedul - José Luis Alvite

Pubis de Abedul - José Luis Alvite
Se dice que en el calor meteorológico está el origen de la felicidad callejera de algunos pueblos y la raíz de su envidiable salud mental, incluso la explicación de cierta pereza existencial que produce regocijo y placer y nunca ha sido bien entendida por las sociedades septentrionales y albigenses, que son frías, metódicas, contenidas, y sólo se acaloran con el esfuerzo de recobrar la calma y enfriar la pasión hasta volverla amianto. A lo mejor es por eso que mientras en la Europa fría y cartesiana prosperan el pensamiento y la ciencia, en ese otro orbe cálido y meridional proliferan la hostelería, la genitalidad y las flores. Yo nací y me crie en un ambiente norteño de temperaturas moderadas, abundante humedad y gente comedida que hace más ruido al rezar que al enfadarse. No soporto bien las temperaturas por encima de los veinte grados y al llegar el verano tengo serias dificultades para escribir porque me obsesiona la idea de que el calor sea bueno para estimular las bajas pasiones, pero incompatible con la literatura. Me resultaba más llevadero el calor cuando era niño y disfrutaba sintiendo el domingo desde la calle el aroma de los plátanos y los melocotones, que traspasaba el escaparate de la frutería cerrada a cal y canto. Con el calor de mi niñez, con el clima de mi adolescencia, cerraba los ojos y percibía el olor láctico e inguinal de las mujeres, aquella culposa emanación del sexo, e imaginaba el hormiguero de sus caldosos pubis de abedul recorridos por la babosa arábiga del placer, legradas por la lengua del sexo, deshuesadas por el vicio. Me pregunto por qué, si el calor me reconforta como recuerdo, no puedo soportarlo ahora en el momento puntual de escribir. ¿Es acaso más literaria la temperatura conmemorativa que la otra? ¿Será que la verdadera literatura es a veces una secreción recordatoria del calor y que lo que desprendían aquellas mujeres con los rigores del verano no era olor, sino gramática? Tendré que reflexionar sobre ello. A lo mejor resulta que mis reservas profesionales hacia el calor son un simple y estúpido prejuicio. Porque si con la levadura del sol se vuelve hojaldre el mármol meridional de los sepulcros, ¿qué razón puede haber para que no medren con su influjo las frases? Revisaré mi actitud frente al calor. No hay que descartar que la literatura sea una destilación exquisita del sudor, la consecuencia de ese bendito instante neófito del verano en el que uno imagina el cadáver de tía Pepita tendido decúbito supino en la cucaña de un refrescante catafalco de mercería, con su bruñido pubis de abedul recorrido por la hidra malteada de una sintáctica procesión de hormigas invidentes y albinas salidas de un tintero con semen.

lunes, 6 de octubre de 2014

A este lado de mi - Jose Luis Alvite

A este lado de mi - Jose Luis Alvite
A mi amigo Alejandro Diéguez, editor de mi obra, le he discutido muchas veces sus proyectos de promoción, no porque no me pareciesen razonables, sino por mi vieja resistencia a desplazarme a lugares que me alejasen demasiado de mi lugar de residencia, de los sitios que frecuento, y sobre todo, de mi barman de cabecera. Aunque lamentando que fuese en días de calor, accedí siempre a firmar ejemplares en la Feria del Libro de Madrid y poco más. Al salir ahora a la calle “Humo en la recámara”, mi editor y yo tuvimos ocasión de darnos un buen apretón de manos cuando sugirió que la presentación en Galicia se hiciese en la ciudad de Vigo. Llevo diez años como columnista en este periódico y lo único que lamento de mi estancia aquí es que no se produjese antes, cuando en otros periódicos gallegos me apretaban las clavijas y trataban de torcerme la mano para que escribiese como nunca supe ni quise escribir. Aquí firmaron mi abuelo y mi padre y aquí me gustaría acabar mi vida como columnista en la prensa gallega, si es que mis jefes están dispuestos a soportar a un tipo que a veces confunde la integridad con la indisciplina, que sufre depresiones que le ponen boca abajo contra el aliento ácimo de su sepulcro y nunca sabe muy bien si los compradores del diario se quedarán ciegos por culpa de leer sus textos. “Humo en la recámara” es una colección de historias relacionadas con el “Savoy”, el local nocturno eminentemente literario en el que me refugio desde hace doce años para superar las decepciones sufridas durante las madrugadas reales de una vida tantas veces contradictoria y casi siempre disipada. Fueron publicadas en la prensa de Madrid porque fue allí a donde me llevaron mis pasos cuando en Galicia se me cerraron las puertas, antes de que una madrugada arrimase el coche al arcén en la Autopista del Atlántico, me armase de valor y en la dolorosa duda de decidirme por el suicidio al volante del coche, le pidiese trabajo al director de “Faro de Vigo”. Aquella noche estaba a menos de una hora de mi ciudad, pero con la emoción de que el periódico vigués me abriese sus puertas sin hacer ninguna objeción, recuerdo que prolongué tanto la madrugada que tardé dos días en pisar el portal de casa, donde la verdad es que llevaba años dado por muerto. Una semana después firmé por primera vez mi columna “Aspero y sentimental” en estas páginas y empecé la etapa de mi vida profesional de la que me siento más satisfecho porque se me permitió una autenticidad absoluta, una manera de escribir cruda y sin embargo soñadora, dura y al mismo tiempo conmovida, a la que estaba a punto de renunciar cuando se me abrieron estas puertas y me consta que salvé la piel en un momento de mi carrera en el que a veces me vencía el sueño, y por no volver derrotado a casa, muchas madrugadas dormía en punto muerto con el coche arrimado a la tapia del cementerio. No me importa reconocer que en algunos de los personajes fracasados de “Humo en la recámara” he volcado con piedad el aliento compasivo y solidario que tantas veces yo eché de menos en mis colegas, del mismo modo que con frecuencia me sirvo de “Aspero y sentimental” para ventilar las frecuentes inmundicias y las escasas alegrías de mi pasado y dejar que mi conciencia me ajuste las cuentas sin volverle jamás la cara. El título del libro que se presenta ahora en Vigo se debe a una feliz ocurrencia de Rocío González, una amiga y colaboradora andaluza a quien antes había convertido yo en el único personaje vivo y real que alguna vez estuvo de madrugada en las ficciones del Savoy. También ella creyó en mi y se hizo lectora de “Faro de Vigo”, seguramente persuadida de que es en los textos de “Aspero y sentimental” donde mejor se me puede conocer sin necesidad de padecerme. Ella comprende también ahora por qué es Vigo la ciudad elegida. Sabe que fue aquí, en esta ciudad, en este periódico, donde pude ser verdaderamente libre en mi tierra, el lugar y las páginas en las que por fin he podido ser sincero sin necesidad de sentarme a llorar estreñido en el retrete de cualquiera de esos periódicos en los que a un tipo como yo solo se le permitiría decir la verdad con la condición de que la verdad fuese mentira. Pasé muchos años lejos de mi conciencia. Ahora, por fin, sé que estoy a este lado de mí.

sábado, 4 de octubre de 2014

El palanganero de Mahoma - José Luis Alvite


El palanganero de Mahoma - José Luis Alvite

En alguna parte he leído que hay lugares de Bélgica y de Dinamarca en los que se ha decidido suprimir en la calle el árbol de Navidad para no herir los sentimientos religiosos de los residentes musulmanes. La noticia no me produce demasiado estupor; en realidad creo que lo que me sorprende es que, con la prolongada y evidente decadencia de los valores europeos, algo semejante haya tardado tanto en ocurrir. Obsesionados con el cambio climático, nos hemos olvidado de prepararnos para una novedad no menos previsible e inquietante: el cambio cultural. Y no se trata sólo de que el islam pueda expandirse en Europa merced a la fecundidad de sus preceptos, sino, y sobre todo, por la jubilosa  y trepidante fertilidad de sus mujeres. A los musulmanes la idea de tener cuatro hijos todavía les seduce más que el capricho de engendrar un solo hijo y tener tres coches, que es como se entiende ahora en la Europa materialista la evolución demográfica. Hemos sustituido la familia por la metalurgia; y el pensamiento, por el dinero. Sobrecoge la indiferencia con la que abandonamos nuestros criterios morales y renunciamos a las conquistas hechas con la inteligencia, para ceder ante el empuje de ese islamismo radical en el que las discrepancias no se resuelven con un debate, sino que se zanjan con un degüello. Es triste pensar que la última gran obra colectiva de los europeos haya sido la II Guerra Mundial y que después de aquello hayamos vegetado en medio de la indolencia general, entregados a una decadencia que amenaza con dejar los valores de nuestra civilización en manos de quienes se permitirían el lujo y el festín de destruirla. Ahora escondemos el árbol de Navidad y mañana les cubriremos el rostro a nuestras mujeres y les pondremos un burka a nuestras catedrales. Y a mí, que no soy creyente, me entristece la idea de que vayamos a permitir que Cristo acabe de palanganero de Mahoma.

jueves, 2 de octubre de 2014

El tiempo para ayer - José Luis Alvite

El tiempo para ayer - José Luis Alvite
Llega un momento en el que hay que pensarse bien los esfuerzos que conviene hacer. Es absurdo que un octogenario se obsesione con conservarse así otros treinta años, tan absurdo por lo menos como lo era que mi amigo obeso saliese cada mañana a correr varios kilómetros pensando en adelgazar y desistiese cuando se dio cuenta de que el único que perdía peso con tanto esfuerzo era el perro que le acompañaba. A veces repaso mi vida y me hace feliz recordar cosas que me ocurrieron hace cuarenta o cincuenta años. Me ocurre a menudo que la evocación de aquellos acontecimientos me produce más placer que el que recuerdo haber sentido en el momento de ocurrirme, seguramente porque la ilusión cubre las lagunas que sin remedio va dejando la memoria. Sobre todo cuando flaquea la memoria, el de la evocación es un esfuerzo muy agradable porque nos permite reconstruir el pasado conforme a nuestros deseos, ignorando la minucia y el detalle, configurando una realidad de conveniencia que suele resultar más agradable que la otra. La vida de la mayoría de las personas no sería en absoluto apasionante si no fuese por lo bien que mienten al contarla. Un hombre puede esforzarse por vivir una vida interesante si está dispuesto a los sacrificios que supone salirse del confort de la rutina. La mayoría de los hombres se pliegan a lo cotidiano porque en el fondo saben que resulta más cómodo el esfuerzo relativo de vivir de manera ordinaria y mentir luego al contarlo. Yo no sabría muy bien como clasificarme, si entre los que llevaron una vida interesante o al lado de aquellos otros que necesitan mentir al recordarla. A veces recapacito sobre lo que hice en todos estos años y creo que he llevado una vida desordenada, a menudo caótica, porque necesitaba saber qué se siente al echar de menos la familia, el afecto y el orden. Enseguida me doy cuenta de que eso no es cierto y que en realidad me he limitado a dejarme arrastrar por las tentaciones sin oponer la menor resistencia. La verdad es que con la vida que llevaba iba derecho al pozo, hasta que de manera inesperada descubrí que los motivos por los que me estaba arruinando en todos los sentidos eran los mismos por los que, sin esperarlo, cotizaba al alza. El de mi salvación fue por lo tanto un esfuerzo pasivo, una lucha ajena a mis propias decisiones. Lo mío fue como si al final del aliento me encontrase respirando a oscuras en el interior de un buzo. Pero no he sido feliz. La verdad es que no necesito esforzarme mucho para darme cuenta de que mi vida fueron demasiadas camas para tan poco sueños. A veces me miento para recordar haber llevado una vida más corriente, como el meteorólogo que se equivoca al pronosticar el tiempo que hizo ayer.

martes, 30 de septiembre de 2014

Cuestión de amistad - José Luis Alvite

Cuestión de amistad - José Luis Alvite
Jamás he recurrido al auxilio económico de los amigos y la verdad es que no me importó atender a las necesidades de unos cuantos. Con el tiempo me he dado cuenta de que si tuviese que hacer una lista de los amigos a los que les presté dinero, sería la misma que la de aquellos que jamás me lo devolvieron. Podía haberles exigido el justo reembolso de la deuda, pero con relativo buen sentido pensé que en ese caso la recuperación del dinero iba a suponer sin duda la pérdida del amigo.
Como de todo se aprende, ahora sé que cuando alguien te pide dinero pensando en que serás lo bastante amigo como para prestárselo, él tendría que comprender que lo que esperas de él es que sea a su vez lo bastante buen amigo como para no pedírtelo. Pero, claro, ¿de qué sirve entonces la amistad? A lo mejor es que la verdadera amistad es la que une a dos personas dispuestas a no ponerla jamás a prueba. Yo he alternado mucho de madrugada en ambientes llenos de humo, con gente pasada de copas que tiene un generoso sentido de la amistad y enseguida cogen confianza. Fue en uno de esos ambientes donde conocí a P., que se hizo amiga mía intercambiando frases entre cigarrillo y cigarrillo mientras yo pagaba las copas y el tabaco.
Al cabo de algunas semanas de pedirme cigarrillos durante toda la noche, le pregunté si por curiosidad alguna vez había comprado tabaco a sus expensas. «Soy tu amiga.¿Le vas a negar tu tabaco a una amiga? ¿Vas a ser tan miserable conmigo? ¿Sabes?, yo no compro tabaco porque quiero dejar de fumar». Entonces repartí los dos últimos cigarrillos del paquete y mirándola reflejada en el espejo empañado de la barra del bar, le dije: «Está bien, amiga. Entiendo que quieras dejar de fumar, pero no sé si te das cuenta de que, con el gasto que me supones, me vas a sacar de fumar a mí». Se comprenderá que en el grave riesgo de renunciar a un vicio, opté por renunciar a una amiga.
Al margen de mi facilidad para olvidar los compromisos y las citas, la verdad es que nunca he sido un tipo con muchas amistades. En los bares que cierran tarde, mi amigo de verdad lo es por lo general el barman. Tuve una sincera amistad de muchos años con Tino Landeira, el desinteresado barman del «Corzo» que sabía de mí unas cuantas cosas que incluso yo ignoraba. He estado tan unido a él, que llegado el momento de mi muerte nadie tendría que extrañarse de que mi querido barman reclamase la correspondiente pensión de viuda.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Risa apaisada - José Luis Alvite

Risa apaisada - José Luis Alvite
Sentí fiebre esta mañana al levantarme, consecuencia de un resfriado con el que no contaba, y pensé que a medida que aumentase mi temperatura tendría una mejor disculpa para el empeoramiento de mi columna. En el caso de alguien que se deja llevar a menudo por la imaginación, la convulsión de la fiebre supone la ocasión perfecta para volver a la realidad, que no es otra cosa que el delirio patológico de quienes tienen por costumbre vivir la vida como si fuese un sueño. Mis fiebres infantiles en el verano de Cambados me permitieron descubrir desde la cama ruidos callejeros en los que antes nunca había reparado, como si todos aquellos niños y el tránsito de los marineros fuesen una enorme chamarilería, una manada de realidad pisando descalza sobre una marimba, una horda de voces, el trajín diverso y latoso de una cacharrería en la que deambulase una soviética turba de campesinos, una voluptuosa procesión de coces. Eso pensaba entonces y la verdad es que aún ahora me doy cuenta de que la fiebre despierta en mí emociones que creía olvidadas, sensaciones a medio camino entre la sordidez real de la calle y la literatura del desvarío, como cuando de niño en aquellas febriles siestas cambadesas imaginaba que al otro lado de la ventana en falleba hervía en sus heces de caballo un mundo heterogéneo y confuso, una demografía de chinos pregonando sus mercancías con el tintineo de un idioma que a mí me sonaba como las cortinillas de cuentas de los burdeles asiáticos del cine. Los ruidos transcribían una realidad en la que la fiebre superponía emociones fantásticas, de modo que al borde de los cuarenta grados yo me daba perfecta cuenta de que los ruidos de la calle reproducían una realidad que yo jamás había tenido en cuenta, una realidad que a mí, que soñaba tanto, me parecía ficticia. Hasta que el médico comprobaba en el termómetro que la temperatura había remitido y yo salía entonces a la calle preguntándome con desilusión dónde diablos se habrían metido todos aquellos pies ligeros, deshuesados e indochinos que hasta horas antes habían desfilado como insectos de mica pisando en procesión sobre la lejana marimba de la fiebre. Ahora tengo 39 de temperatura y no sé si esta última frase será literatura o el sirope amarillo del sudor deslizándose como una culebra de semen sobre el torso de un buey agonizante. Ni siquiera puedo saber a cuántas reses ciegas corresponden las pisadas de mi corazón acelerado. Sólo sé que me llega desde la calle la risa budista, apaisada e inalámbrica de todos esos niños chinos a los que jamás vi en el portal de casa.

La bomba del pozo - José Luis Alvite

La bomba del pozo - José Luis Alvite
No tengo mucha fe en los sexólogos. Comprendo que hacen su labor y que le ponen interés, pero yo siempre he pensado que para mejorar las relaciones sexuales en lo que hay que inspirarse no es en los apuntes tan científicos del sexólogo, sino en como lo hacen los iletrados cerdos en su establo. Muchas parejas fracasan porque se entienden mal en cama y otras se resienten por culpa de un colchón mal elegido. Hay fracasos sexuales incluso pintorescos, como el del matrimonio que disfruta sólo en el caso de que ambos imaginen que están en cama con un desconocido. O como disfrutaba aquella amiga mía que gozaba pensando que en ese momento su marido le estaba poniendo los cuernos a su joven amante. A una señora de la buena sociedad compostelana le escuché decir de madrugada en su cama que lo que le encendía el cuerpo era la certeza de estar haciendo algo que si se supiese en el hoyo siete del golf de La Toja podría perjudicar seriamente su reputación. En realidad nunca disfrutó en serio de las enormes posibilidades que se le abrirían si tuviese una mente que comiese de todo. Su conciencia le impedía hacer cosas que sin embargo le permitía su cuerpo, de modo que en el momento crucial, cerca del éxtasis, imaginaba que su postura en cama era la misma que en el reclinatorio de la iglesia y entonces todo se venía súbitamente abajo. Tenía también un problema de vocabulario. No llamaba a las cosas por su nombre funcional, sino por su referencia científica. Suele ocurrir que muchas mujeres se frustran en cama por la sencilla razón de que no se atreven a pronunciar en voz alta las cosas que en cambio gimen sin rubor. Se atreven a cualquier novedad, incluso a variantes acrobáticas, y sin embargo se quedan paralizadas por culpa de su remilgo gramatical. «Ya sé que eso se llama así, cariño, pero yo no puedo pronunciarlo; es como si su nombre vulgar no me cupiese en la boca, cielo. Compréndeme, por favor. Puedo hacer contigo lo que quieras, pero no me pidas que después intente leerlo». Aunque el somier era de garantía y nos entendíamos bien, al final nos distanciaron su pudor y la semántica. Su terminología no era coherente con la mía y en nuestra afinidad se entrometió un insalvable problema de vocabulario. ¡Lástima! Aquello salió mal porque mientras yo pensaba en los elementales e iletrados cerdos del establo, ella se abstraía en la estival evocación de su casa de campo e imaginaba el funcionamiento de la bomba del pozo. Nunca abrigué la menor esperanza de tener con ella un orgasmo al mismo tiempo. En realidad nuestro mayor logro sexual habría sido sin duda la decisión de compartir a oscuras la traducción simultánea.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Insensatez - José Luis Alvite

Insensatez - José Luis Alvite
Hay muchas maneras de medir la sensatez de un hombre y de establecer el momento en el que el sentido común sustituye en su vida a los impulsos. Se admite casi como norma que con el paso de los años los hombres se vuelven más conservadores y no toman una sola decisión sin haberla meditado antes, hasta el punto de que incluso los tipos que hacen discursos dedican horas a preparar minuciosamente sus improvisaciones. También se obsesionan con la salud y se preocupan mucho por cualquier manchita en la piel, temerosos incluso de que se les desarrolle un tumor maligno a partir de un ornamental beso de carmín en el cuello de la camisa. Yo tengo un amigo que vive obsesionado con la salud y jamás olvida comprobar el color y la textura de sus heces. Se muere literalmente de miedo, tanto, que a veces defeca a oscuras por temor a que sus heces no sean las que convienen a su edad. Yo no le hago mucho caso, sobre todo porque jamás me he preocupado seriamente por mi salud y porque estoy seguro de que la obsesión por estar sano es sin duda el origen de graves desequilibrios nerviosos.

Me defiendo con el argumento de que la sensatez suele acarrear decisiones prudentes y alego que a mi me parece que en la vida de un hombre sus mejores momentos son por lo general el resultado de algún descuido, como cuando por culpa de llegar demasiado tarde a una cita nos encontramos en la mesita del café a una mujer desconocida y maravillosa con la que no contábamos. Si uno le echa un vistazo a la historia más reciente y se fija en Italia, se dará cuenta de que a los italianos su insensatez les ha servido para alimentar esa proverbial indecisión militar que les lleva a pelear a ambos lados de la batalla y a elegir definitivamente el bando cuando ya está decidida la guerra y solo se requiere algo de esfuerzo para el jubiloso brindis de la victoria. Supongo que esa actitud se parece mucho a la de quienes, como yo, creen que el sentido común sólo se necesita para tomar a tiempo la sabia decisión de prescindir de él. Puede que a alguien lo que voy a decir le resulte una frivolidad, pero yo creo que es la insensatez de casarte por tercera vez lo que te hace ver lo razonable que fue equivocarse dos veces antes.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Saliva en rama - José Luis Alvite

Saliva en rama - José Luis Alvite
A mi edad es difícil cambiar de vida pensando en recuperar los placeres asociados a los malos momentos en los que me consta que fui errático, insensato y, a pesar de todo, feliz. Es evidente que llega un momento en el que la decencia nos llena de resignación y de grasa. Viví durante muchos años en ambientes sórdidos en los que aprendí a encontrar agradable el asco y descubrí que a veces la comida, cualquier comida, mejora su sabor si te la sirven con hambre a media luz en una vajilla sin lavar. A veces al final de una larga noche de vicios me plantaba insomne con un par de fulanas en la cafetería "Donas" y desayunaba con ellas un guiso de pollo que podría perforarte la camisa si por un descuido te salpicase la salsa en ella. Las fulanas estaban a menudo ojerosas, tristes y destempladas, llevaban carreras en las medias y yo sé que con frecuencia les repetía en la boca el semen gomoso y maleado del último cliente. Una madrugada mi amiga Rosita me llevó a dormir a su casa en un catre que tenía una pata calzada con un catecismo, se bajó las bragas, metió un espejo entre los muslos y me dijo que había tenido tanto trabajo aquella noche que lo que veía en aquella madriguera entre sus piernas parecía la piel muerta y rugosa de los codos. Me fijé en las paredes de su habitación, pintadas de manera desigual en colores que yo no recordaba haber visto antes. Me dijo que estaban empapeladas pero que la mayor parte de lo que se podía ver eran restos de comida salpicados con motivo de las frecuentes peleas que había tenido durante meses con su chulo, un tipo flaco y rudo que incluso dormía con el ceño fruncido. "Muchas veces pensé en lavar la pared y pintarla de nuevo –me dijo mi amiga– pero creo que sería una estupidez porque si no te fijas mucho resulta que toda esa mierda parece puesta ahí adrede por un decorador... No sé que opinas tú, tesoro, pero yo creo que limpiar estas putas paredes sería como teñirle de caoba el pelo a Richard Gere". Después me metí con ella en cama y nos juntamos como dos perros callejeros empujados contra el fuego por la soledad y la nieve, acosados por el cansancio, en ese punto desganado en el que tener sexo puede resultar tan agradable como defecar mierda con tabasco en un orinal de carne forrado en los bordes con los labios de un sapo. Nos dormimos respirando cada uno en la boca del otro las heces del aliento, pasando con la saliva en rama el grisú del asco. Se diría que no fue una escena idílica y puede que no lo fuese. A mi me gusta recordar aquellos días ácidos y desencantados, vividos muchas veces al borde de la ruina moral y casi con insectos en la uretra, aunque solo sea porque ahora me doy cuenta de que fue entonces cuando comprendí que los florales besos de las chicas buenas en los que exhala su aliento Dios no son necesariamente mejores que aquellos otros de las fulanas en los que asoma de repente el inconfundible sabor del escabeche. A lo mejor es que la vida se entiende mejor si de vez en cuando en el primer sorbo del desayuno de hoy regurgita ese asco fisiológico y contenido en el que croa a destiempo la cena de ayer.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Queso parmesano - José Luis Alvite

Queso parmesano - Jose Luis Alvite
Nunca se lo dije e incluso la evité durante algún tiempo, pero siempre supe que su conciencia jamás le perdonaría la sensación de suciedad que sintió al despertar por la mañana en una cama en la que parecía que acabásemos de deshuesar la cabeza de un caballo. Ni siquiera el agua de la ducha le sirvió aquella mañana de alivio. El suyo era un problema de conciencia y ambos sabíamos que el sentimiento de culpa no era algo que se controlase escupiendo el requesón en el retrete. Fue inútil que durante la noche tratase de inculcarle con cariño mi idea de que la mala conciencia es algo relativo que se puede controlar del mismo modo que en caso de apuro puede uno contener la orina. Le sugerí sin éxito que relativizase lo ocurrido. Me dijo que su conciencia era más sensible que su estómago y que la acidez le preocupaba menos que el remordimiento. Yo no dije nada, pero es cierto que pensé que en su caso de donde le venía la incomodidad no era de haber conculcado una norma moral, sino de haber accedido en cama a prácticas que le producían gastritis. Suele ocurrir que la conciencia rechaza ciertas actitudes no porque sean moralmente reprobables, sino porque son digestivamente inconvenientes. Eso pensé, sí, es cierto, pero tampoco dije nada. Entrometerse en la conciencia de una mujer es hasta cierto punto más aceptable que interferir en su dieta. El problema aquella noche era que a ella se le estaba armando un lío entre la conciencia y el estómago, de modo que no sabía si arrepentirse sinceramente o levantarse al baño y vomitar. Cada persona es un mundo y no hay recetas universales para controlar el malestar moral. Una fulana me dijo de madrugada en un garito que durante sus primeras noches de trabajo en el burdel había llorado mucho más que en toda su vida hasta entonces, porque “no podía entender que tuviese que ganar con tanto asco el dinero que necesitaba para que mis hijos no se fuesen a cama con hambre”... “hasta que un día me dije a mi misma que si era capaz de controlar la conciencia, a partir de entonces pensaría que algo entre mis piernas me ayudaría a convertir toda aquella mierda en comida, igual que la trituradora del carnicero pica la peor carne para hacer apetitosas albóndigas... y así lo hice, periodista, y desde aquel día, ¿sabes?, desde aquel día controlé el asco y no volví a tener remordimientos. Ahora llevo muchos años en el oficio, cielo, y estoy de vuelta de muchas cosas. Ni siquiera los obispos se tiran pedos de incienso, amigo mío. Dile a tu amiguita que no se haga demasiadas preguntas sobre la posible indecencia de lo que hace con su boca. Ni siquiera Dios se hace la mitad de las preguntas porque estoy seguro de que no le gustarían las respuestas. A mí la vida me enseñó que la mitad del sexo es deseo y el resto, a partes iguales, egoísmo, hipocresía y comida. Por eso te digo, querido, que a mí ahora lo que me preocupa de mi vida sexual no es lo que pienso, sino lo que eructo”. Se lo conté a mi amiga y puse interés en que lo asimilara, pero fue inútil. Su conciencia no le admitía nada de lo que le afectase al estómago, así que se echó un novio quisquilloso y llevó como si tal cosa la aburrida vida sexual de una esponja. Nos tropezamos de madrugada años más tarde en la barra de un bar e intercambiamos novedades. Yo le conté que mi vida era casi la de antes y que aun comía de todo en cama. Ella se sintió algo incómoda con el tema y no se extendió mucho. Solo dijo que en el fondo echaba de menos la dieta indiscriminada de años atrás y que seguramente era por pensar intensamente en aquello por lo que cada vez que su chico le llenaba la boca de una saliva dulce y antibiótica que parecía agua bendita, ella se levantaba al baño llena de nostalgia y eructaba un gas penetrante y fermentado que le dejaba en el paladar un regusto a queso parmesano.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El hambre y la razón - José Luis Alvite

El hambre y la razón - José Luis Alvite
Es verdaderamente chocante que eso que llamamos países ricos lo sean incluso a medida que se están llenando de pobres, como le ocurre a España, un lugar en el que ya hay gente que eructa en ayunas y donde sólo prospera la mendicidad. Las estadísticas oficiales establecen promedios de renta que nos acreditan como un país próspero, pero luego uno sale a la calle, mira a su alrededor y se da cuenta de que ese modelo algebraico es una mentira estadística y que en realidad la gente se está empobreciendo y ya casi no existe el español medio del que nos hablan los datos oficiales. Yo sé de trabajadores que cada vez que cobran su salario saben que sólo les va a servir para llegar a duras penas a finales del mes anterior. De nada sirve que los políticos les hagan preciosos discursos posibilistas y les prometan que la solución está cerca. Mi amigo asalariado está harto de palabras y se rebela contra la idea de que la felicidad está en el conocimiento, en la cultura, porque cada vez que vuelve a casa se encuentra con que la realidad es una familia con hambre y una nevera vacía. Está muy bien que los políticos extiendan la cultura, inauguren bibliotecas y ofrezcan teatro en la calle, pero, ¡demonios!, yo sé de muchos hombres y mujeres que aceptan la cultura porque es algo bueno, sin duda, pero en este preciso momento de sus vidas preferirían algo caliente que aunque no sirva para leer, al menos se pueda comer con cuchara. Yo no dudo de que haya políticos sinceros que se vuelcan de buena fe en planes a largo plazo. Hay gente así en la vida pública española, es cierto, pero no lo es menos que en la situación por la que atravesamos, con cinco millones de parados y con el horizonte debajo del suelo, lo que se necesitan son soluciones urgentes, entre otras razones, porque por mucho que la cabeza pueda conseguirlo, el hambre real jamás hace planes que se pasen mucho de la hora de la cena. Y no se diga que quienes se quejan carecen de razón. Un hombre desesperado por el infortunio y acosado por la angustia no está obligado a razonar para exigir justicia. Nadie podrá culparle por los desmanes del capital, ni responsabilizarle de la sorprendente paradoja de que el peso de su riqueza haya echado casi a pique a un país en el que incluso están adelgazando las ratas. Habría que mirar hacia mucho más arriba para exigir responsabilidades a quienes han convertido tanta miseria en un próspero negocio. A lo mejor entonces caeríamos en la cuenta de que las cárceles no están tan llenas como parece. Pero no culpemos a los conejos de la voracidad de los buitres. ¿Acaso a un tipo que tiene hambre podremos negarle que tiene también razón?

lunes, 15 de septiembre de 2014

Democracia real - Jose Luis Alvite

Democracia real - Jose Luis Alvite
Nada más producirse las manifestaciones promovidas a golpe de llamamiento improvisado por la organización "democracia real ya.es", destripadores mediáticos al servicio de los partidos mayoritarios se apresuraron a descalificar la iniciativa alegando unos que se trata de una burda promoción camuflada de la extrema izquierda, y otros, advirtiendo de que lo que salió a la calle no es otra cosa que un brote nostálgico y efímero de la Falange. En alguna tertulia radiofónica a los entregados participantes les faltó tiempo para dejar caer de manera sibilina la idea de que pudiera tratarse de un derroche poco preocupante del entusiasmo callejero de una juventud ociosa que en realidad desistirá de su objetivo desestabilizador tan pronto se nuble el cielo, refresque el tiempo y los disperse la lluvia. Yo por iniciativa propia me solidarizo con esos muchachos que arremeten contra el sistema, censuran la inutilidad manifiesta de la clase política y no ocultan su repugnancia por el imperio del dinero obre cualquier otro valor humanístico. Puede que se trate solo de unos pocos miles de ilusos soñadores con tiempo libre y sin empleo, pero conviene no perder de vista que es en la relativa edad de la inocencia, cada vez más tardía, cuando un hombre hace aquellas cosas tan hermosas que de otro modo le impedirían hacer la codicia, la conveniencia o la razón. Ni sé quienes son los promotores de esa lucha, ni me importa. No los descalificaré por su origen, sino por sus hechos. En una ocasión me fui a la costa de viaje, salí a mirar el paisaje, bajé el seguro de las puertas del coche y lo cerré con las llaves dentro. Intenté bajar la ventanilla para recuperar las llaves y no pude. Pensé en la posibilidad de romperla e iba a darle con una piedra justo en el momento en el que me saludó un delincuente al que conocía por mi condición de reportero de sucesos. Entonces le pedí de favor que abriese la puerta de mi coche, como si fuese a robarlo. Lo hizo en un santiamén y yo le quedé muy agradecido. Aceptó mi propina y se sintió pudoroso, legal y regenerado, tanto que yo creo que le pesó no tener a mano papel y lápiz para extenderme una factura con el IVA. Comprendí entonces que, según en qué circunstancias, un ladrón de coches puede convertirse en un respetable cerrajero. Cuento esto a propósito de la duda suscitada acerca de quienes puedan estar detrás de ese movimiento que proclama la necesidad incuestionable de regenerar la democracia española, a todas luces infectada de demagogia, nepotismo e indecencia, sin duda escasa de mecanismos para sanearse a si misma sin que alguien desde la calle, desde el dichoso pueblo, le meta mano. Puede que lo que promueven esos miles de muchachos sea solo uno más entre tantos y tan decepcionantes movimientos asamblearios surgidos en España y ahora reeditados con una mezcla de senderismo, idealismo y nostalgia. Me da lo mismo. Cualquier noticia de que algo se mueve en la sociedad española es bienvenida en un momento en el que la situación es tan dramática como la de la muchacha que ha caído al agua y para no morir ahogada acepta que la salve el tipo que está segura que a continuación se propasará con ella. Hemos llegado en la vida pública española a una situación tan lamentable, que el miedo a equivocarnos por luchar alguna vez por la regeneración de la democracia no nos libraría jamás del remordimiento por no haberlo intentado nunca. A mi el estallido de ese movimiento no me sorprende en absoluto. Es posible que alguien convierta la iniciativa en correa de transmisión de fuerzas ocultas tan reprobables como las que esos muchachos pretenden debilitar. Tampoco eso me importa demasiado ahora. Con un 20 por ciento de parados, la gente encarcelada por la pobreza en la calle y el desempleo juvenil más elevado de Europa, no estamos en condiciones de esperar a que nos saque del agua la Providencia. Incluso los creyentes saben que cuando se padece una enfermedad muy grave, Dios es más eficaz si en el tratamiento le echan una mano el oncólogo y esa chica tan masculina que despacha subempleada en la farmacia de guardia.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Las patatas - Jose Luis Alvite

Las patatas - Jose Luis Alvite
Son muchos los indicadores económicos que ponen de manifiesto el empobrecimiento general de los españoles. Lo peor en esta ocasión no es que se vendan menos pisos, que haya decrecido la compra de coches o que sea más fácil encontrar mesa para cenar en el restaurante. Mucho más grave que todo eso es que según los sondeos del mercado se haya disparado el consumo de patatas, un producto cuya demanda suele decrecer de manera sensible en momentos de prosperidad. Hay muchas maneras de averiguar la marcha real del país, pero el dato de las patatas parece incontestable, más aun que el del precio del pollo, que era hasta ahora la referencia más socorrida para conocer con cierto rigor estadístico la salud de las cuentas familiares. Pero hay otras señales alarmantes, entre ellas la sobrecogedora evidencia de que en los comedores benéficos se sientan a la mesa personas cuya presencia allí era impensable hace solo unos meses. Y si uno se fija bien hasta descubrirá la sombra obvia del empobrecimiento en el número de personas que se deshacen de su perro porque necesitan para que coman los suyos el dinero que les costaba a diario la dieta del animal. Si preguntásemos a los empleados del servicio de limpieza tal vez detectaríamos otra inequívoca señal del creciente empobrecimiento en la calidad de las basuras domésticas. De las calles han ido desapareciendo los perros que husmeaban en los desperdicios, y si prestásemos atención, nos daríamos cuenta de que por falta de contenido orgánico en las basuras, tenemos ya vagando sin aliento por nuestras ciudades a muchos de los gatos más delgados de Europa. Según los expertos tendremos crisis para cuatro o cinco años, lo que significa que incluso cabe la posibilidad de que las patatas se conviertan en artículo de lujo y los españoles más necesitados se vean obligados a improvisar una dieta de emergencia, con severas restricciones acordes con cualquier hecatombe ecológica o propias de inquietantes tiempos de postguerra. Yo miro alrededor y me preocupa que cada día eche el cierre algún negocio, que las basuras ya no tengan huesos ni espinas y que los perros miren con recelo a sus amos, quien sabe si temerosos de dejar de ser un fiel amigo de antes para convertirse en una receta de cocina que sus invitados degusten en una cena a media luz, condimentado el pobre can si fuese conejo a la cazadora. ¿Saldremos de esta? Desde luego que si, claro que saldremos. Los ciclos de la economía suelen hacer mejor las cosas que los políticos que interfieren en ellos. Superaremos el mal momento, bajará otra vez el consumo de patatas y nuestros gatos ganarán peso. Y llegado ese momento habremos aprendido que el empobrecimiento de estos años nos sirvió al menos para darnos cuenta de que el ser humano da lo mejor de si mismo cuando tiene los sueños de sus dioses sin perder de vista la dieta de su perro.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Sangre de jabalí - Jose Luis Alvite

Sangre de jabalí - Jose Luis Alvite
Si quienes abatieron a tiros a Ernesto “Che” Guevara pretendieron destruir su aureola revolucionaria mostrándole al mundo su cadáver semidesnudo y acribillado a tiros, se equivocaron por completo y no consiguieron otra cosa que consagrarlo como un mito. Equivocado o no, Guevara fue un luchador porque dio la cara y se jugó la piel hasta pagar con la vida su arrogancia, su estupidez o sus sueños. No ocurre lo mismo en el caso de Osama Bin Laden, cuyo cadáver redondea una peripecia de diez años en la que jamás ha tenido a su favor el aura romántica de un guerrillero legendario, ni el beneficio de la duda respecto de que hubiese luchado por una causa justa. Al ver su rostro ensangrentado en televisión no he sentido la menor tristeza, tampoco piedad, ni siquiera la compasión que a veces recuerdo haber sentido por una fiera reventada con disparos de postas o por un criminal abatido a tiros mientras atracaba un banco para pagar la hipoteca vencida del piso con el dinero del botín. Reaccioné frente a esa foto del terrorista árabe como supongo que reaccionaría el campesino mientras contempla, como un guiñol caído en el suelo, la cabeza del jabalí que había destrozado días antes su cosecha. Yo sé que Bin Laden era un ser humano, pero no me importa admitir que en este caso su muerte me ha dejado impasible, dicho sea con generosidad y con el esfuerzo que me supone no reconocer que su cadáver me ha producido cierto alivio emocional y ningún contratiempo moral, como si se tratase de una peligrosa alimaña abatida en el transcurso de una larga y concienzuda montería. Ahora comparo su rostro con el de Guevara recién asesinado y aun sin desangrar, y entiendo que Bin Laden jamás se convertirá en un souvenir, ni acabará estampado en las camisetas que se venden, sin otra ideología que la del dinero y la publicidad, en los grandes almacenes de todo el mundo. Puede que alguien salga ahora diciendo que la muerte de Bin Laden es el resultado deplorable de esa montaraz filosofía americana del ajuste de cuentas al margen de la Ley, que tiene tanto que ver con el pasado puritano y fronterizo de una sociedad inquieta y algo caótica en la que nadie meaba el café donde lo hubiese sorbido, un conglomerado de intereses, de pudor y de furia en el que los niños aprendían en la escuela a leer la Biblia y a hacer con una soga el nudo corredizo de la horca. No seré yo quien discuta esa furia antropológica del pueblo americano, ni pondré en duda su primitivismo moral, pero en el caso de Bin Laden, sinceramente, estoy del lado de quienes festejaron su cadáver y no me importa que la muerte del terrorista haya sido el resultado irracional de la ira y no la consecuencia reflexiva de la Ley. Supongo que si pienso así será porque desde la óptica de mi cambiante rusticidad moral lo que veo en esa imagen ensangrentada de los telediarios no es la fotogenia siempre sobrecogedora y triste de un ser humano muerto a tiros, sino la cabeza hermética de un asesino y la incisiva furia dental de una alimaña capaz de devorar a enganchones su propio rostro. Y no me cabe duda de que si le diesen tierra a su cadáver, el rostro escarmentado y cinegético de Osama Bin Laden podría desvelar a varios centenares de generaciones de gusanos que si se lo comen con ansia, no será por placer, sino por falta de luz.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Experiencia, esa patología - José Luis Alvite

Experiencia, esa patología - José Luis Alvite
Un hombre que en los años de su juventud se contuvo de dejarse dominar por las hormonas y se resistió a que el entusiasmo le arrastrase a cometer errores, está condenado a ser en la edad madura un tipo amargo que se felicita por no haberse equivocado pero que en el fondo sabe que tendría que arrepentirse de no haber fracasado en la edad a la que tendría que haberlo hecho. La suerte de no haber caído de joven en algún vicio se corresponderá al cabo de los años con el insoportable arrepentimiento por no haberlo al menos intentado. No es cierto que los muchachos que se salvan de cometer errores puedan ser considerados sabios a una edad prematura. En la existencia de un hombre hay actitudes y circunstancias de su juventud que no tiene mucho sentido evitar. Es cierto que la sabiduría puede darse de manera excepcional a cualquier edad, pero por lo general se trata de una conquista que tiene más que ver con la experiencia que con la actitud y que por lo general aparece asociada a otras patologías. Ocurre lo mismo con al experiencia, que es lo que un hombre adquiere cuando por lo general ya no le sirve de nada, como el aficionado al tenis que aprende la bolea cuando ya sus piernas no le sirven para asestar el golpe antes de que la bola haya dado tres botes. En muchos casos la experiencia es un sustitutivo del vigor y una conquista que el ser humano por lo general no alcanza por su inteligencia, sino por su edad, por la misma razón que si aprende a no apurarse por nada no es porque lo considere una decisión inteligente, sino, lisa y llanamente, porque por culpa del colesterol le fallan las piernas. A mí me lo dijo de madrugada en un antro un tipo que entonces me doblaba la edad y ahora lleva algún tiempo reteniendo tierra en el cementerio: "No es cierto que la sensatez sea un logro. Cuando yo era joven hacía esfuerzos increíbles, a veces incluso sobrehumanos, que en apariencia carecían de sentido y a veces resultaban incluso contraproducentes. Reconozco haber tenido remordimientos de conciencia por culpa de que mis padres se lamentaban de mi poca cabeza. Ahora tengo la edad que entonces tenían mis padres y no pienso en absoluto como ellos. Me jode mucho haber envejecido. Daría lo que me queda de vida por unos cuantos días de desenfreno sin sentido. El problema es que me fallan las fuerzas. Habría querido ser un loco insensato, amigo mío, pero mi mala salud me obliga a la horrible resignación de ser un sabio. Hace meses en un chequeo me dijeron que tenía exceso de azúcar en sangre. Joder, cuando era un muchacho no tenía en la sangre nada que no hiciese arrancar el motor de un coche. Ahora tengo experiencia, si, es cierto, pero, maldita sea, ¿sabes que te digo?, era más feliz, mucho más, cuando a los veinte años de edad no había un solo error en el que no intuyese el placer de repetirlo, ni una herida que no cicatrizase con solo escupir en ella". Aquel tipo murió amargado a los pocos meses por culpa de lo azucarada que tenía la sangre. Yo aquella noche le escuché con relativa intención. Había conocido a otros como él y llevaba años metido hasta el cuello en la noche. Mi problema era que se me estaba yendo de las manos la juventud real y no había caído aun en todos los errores que de muchacho pensaba cometer. Ahora es distinto. He perdido el hábito de la noche y me cuesta resistirla. Después de una madrugada de desenfreno necesitaría la mañana entera en cama para rehacerme. ¡Que distinto era al principio, cuando incluso la muerte me parecía un hábito del que podría recuperarme con más facilidad que del vicio de fumar! Claro, ahora tengo experiencia y puedo alegarla en la tertulia de la sobremesa. Pero sé que me engaño a mi mismo. Un amigo mío que atraviesa por un bache emocional parecido, me comentó el otro día que había hecho planes para recuperar a destiempo los días de placer perdidos cuando era un muchacho. Localizó a una antigua novia que había enviudado y concertaron una cita para trasnochar. Lo hicieron, pero fue un fracaso. Mi amigo reconoció que al meterse en cama con ella se dio cuenta de que las posturas que le permitía su renovada conciencia juvenil, por desgracia se las impedía su dolorosa hernia discal. "Esto es lo que hay –admitió- Por mucho que me duela he de reconocer que las cosas que ahora pasan por la conciencia, eran más divertidas cuando por suerte solo me entraban por los ojos".

domingo, 24 de agosto de 2014

Palomitas de maíz - Jose Luis Alvite

Palomitas de maíz - Jose Luis Alvite


Puede que mi reciente acercamiento pacífico a los adolescentes se deba a que ya estoy de vuelta de las esperanzas y comprendo que todo es un cúmulo de fatalidades, entre ellas, la dorada fatalidad de la juventud. Ya ni siquiera comparo a los adolescentes de ahora con los de mi generación, ni pretendo que aquellos tuviesen una conciencia social más desarrollada que estos. Son tiempos distintos, incuso cuerpos diferentes. Lo que nosotros hicimos con la conciencia, los adolescentes de ahora a menudo lo hacen con la fisiología, entre otras razones, porque cuando yo era un muchacho solo te estaba permitido excitarte con la gabardina puesta frente al escaparate de la tienda de lencería. En todas las épocas la adolescencia ha sido un estado idealista e impulsivo, y aunque una minoría ilustrada suele encabezar en cada etapa histórica las inquietudes más profundas de su generación, la gran mayoría de los adolescentes de los tiempos modernos se han dedicado tradicionalmente a darse empujones, abrir las cervezas con los dientes y masturbarse en los cines. Hay ligeros matices diferenciales que distinguen a una generación de otra. Uno de ellos es que en sus relaciones sexuales los adolescentes de ahora son capaces de jadear con la cabeza en blanco y teniendo en la boca un puñado de palomitas de maíz. Es cierto que el promedio de instrucción cultural de los jóvenes de mi generación parecía a simple vista superior al de los muchachos de ahora, pero también eso es relativo y tiene una importancia discutible. La educación instrumental con sofisticados recursos tecnológicos ha relegado a la condición de antigualla pedagógica a la educación con memoria. Puede que alguien considere eso muy preocupante y tal vez lo sea. A mi personalmente no me dice mucho en contra de un joven que desconozca la especie del árbol en cuya corteza escarba a navaja un corazón con el nombre de su chica. Dispone de medios abrumadores para averiguarlo pulsando tres o cuatro teclas. Por eso creo que hay una indigencia que no es tan grave como pensamos. Nuestros adolescentes prosperarán como prosperaron sus padres e incuso serán más altos y más guapos. A fin de cuentas, los huevos anidan en los árboles sin tener conocimientos de botánica y los caballos trotan salvajes por los montes sin haber aprendido equitación, igual que vuelan los pájaros sin tener azafatas y piloto. Un mismo valor cultural tiene diferente relevancia según en que época se contemple. Cuando yo era niño, había en Cambados un tipo que vendía por las puertas su carga de marisco, incluidos soberbios camarones largos como dedos y elásticos como tendones. Solía retirarse extenuado de caminar y sin vender buena parte de una mercancía que ofrecía casi regalada. En muchas casas los gatos comían aquel marisco rutinario y excedente porque era algo muy abundante que no daba demasiado prestigio. Entonces se habría considerado ideal que los cerdos comiesen marisco y convirtiesen lentamente en jamón los camarones. ¿Eran idiotas aquellos hombres?¿Lo son los de ahora, que pagan por los camarones tanto como por las alhajas? Aquellos adolescentes de mis veraneos en Cambados se sabían las Guerras Púnicas, el Renacimiento y el “Efecto Venturi”, es cierto, pero,¡demonios!, también eran intensos, soñadores y obcecados, como los adolescentes de ahora, como los muchachos de siempre. Como digo, las diferencias en cierto modo son apenas de matices. A los adolescentes de mi generación por culpa de pecar los condenaba Dios; a los de ahora por culpa de beber los castiga el hígado. En todos los tiempos lucharon los adolescentes y se refugiaron de la realidad en los sueños. Lo terrible es que ahora el cine es demasiado caro para soñar en él. Eso demuestra que, por desgracia, los muchachos tienen que soñar fijándose sin remedio en la triste realidad y en una época en la que todo está tan descontrolado, que pernoctar en casa es a menudo más peligroso que dormir en la calle, entre otras razones porque en muchas familias de ahora solo desprende algo de calor el perro.

jueves, 21 de agosto de 2014

Una llave en el sepulcro - Jose Luis Alvite

Una llave en el sepulcro - Jose Luis Alvite
Es cierto que tuve unos cuantos fracasos sentimentales que me hicieron daño y que si me sobrepuse a ellos fue gracias a que nunca me metí en un incendio del que no conociese a tiempo la salida. Puede que en la vida en pareja los tipos como yo no adquieran grandes conocimientos de los avatares del hogar, lo reconozco, pero también es verdad que por lo menos aprende uno a dormir de pie y a hacer deprisa las maletas. A mi primera mujer no supe que decirle en la despedida final porque no hubo tiempo para mucho. Recuerdo que le di dos sorbos a un café mientras el ascensor subía hasta el piso desde el portal y evité parpadear porque tenía los ojos húmedos. No fue un final de película, como me habría gustado, aunque ella no me dejará por mentiroso si recuerdo que le dije que si yo muriese antes que ella, le pedía de favor que arrojase una llave de su casa en la tierra de mi sepulcro por si la muerte me ayudaba a recapacitar y en un arranque de nostalgia acordaba volver. Aquello no tuvo remedio y después de trillar con la memoria los sinsabores de la convivencia, mi matrimonio en cierto modo se convirtió en un error imperdonable, en un puñado de reproches y creo que incluso en un agradable recuerdo. Conocí en una ocasión a una muchacha salmantina que estaba de paso en mi ciudad y le hice una entrevista turística para el periódico en el que trabajaba entonces. Aquella noche salí con ella y la invité a bailar en un pub de la Zona Vieja de la ciudad. Repetimos en la misma noche una docena de veces aquella canción en la que alguien decía “Sé que aun me queda una oportunidad”. No fui su mejor pareja de baile pero no le importó reconocer que era la persona con la que más veces no había podido bailar a gusto una canción. Me disculpé por mi torpeza y le rogué que a su regreso a Salamanca me hiciese llegar con urgencia la factura del podólogo. Fue una agradable velada hasta bien entrada la madrugada gracias a que yo no tenía nada mejor que hacer y ella no dio con una buena excusa para marchar, sin olvidar que en contra de ella se puso la circunstancia de que llovía a cántaros y el taxi más cercano estaba probablemente con las cuatro ruedas pinchadas en su cochera. Dos días más tarde le dediqué mi columna del periódico, me telefoneó y quedamos. Como a mi entonces no me importaba en absoluto confundir la gratitud con el amor, acepté que fuésemos pareja los cinco días que siguieron. Después ella regresó a su ciudad y yo continué dando tumbos por escrito en la mía. Años más tarde la resucité con otro nombre y la convertí en el personaje de ficción que en una crónica del Savoy me decía: “Juré no volver a verte, cariño. Tenía mis motivos para jurar aquello. Luego supe que estabas muy enfermo y he vuelto porque sé que no tienes quien cierre tus ojos”. Aquello en la radio no quedaba nada mal. Naturalmente, fue un hallazgo tardío. Por desgracia, cada vez que cometo un error le pongo remedio cuando hasta puede que sea contraproducente remediarlo. Ahora mismo no sabría decir si la solución a mis problemas de pareja sería vivir con más calma o escribir más rápido...

miércoles, 20 de agosto de 2014

Libertad sin placer - Jose Luis Alvite

Libertad sin placer - Jose Luis Alvite
En momentos de la vida española en los que la doctrina de la Iglesia era casi tan influyente como las leyes civiles, y a veces incluso más temida, a los ciudadanos se nos reprochaban costumbres que se consideraba moralmente licenciosas, aunque se nos toleraban, y hábitos que comprometían nuestra salud. La Iglesia veía mal la promiscuidad sexual y condenaba el adulterio, pero no se metían ni con los bebedores, ni con quienes fumaban. Yo fui en mi adolescencia uno de aquellos creyentes temerosos de infringir las normas morales y al mismo tiempo disfruté con la tolerancia eclesial en relación con ciertos vicios. No sabría decir en qué momento me alejé de la Iglesia, pero soy consciente ahora de las razones por las que me gustaría alejarme también del Estado. Incluso creo que los poderes civiles son en la actualidad más vigilantes y severos de lo que lo fueron en su día las instancias religiosas. De hecho, la Administración civil no solo convirtió en delitos muchas de las infracciones que para la moral religiosa solo eran pecados, sino que ejerce una doble moral al permitir que se comercialicen productos cuyo consumo en teoría tendría que perseguir por razones sanitarias y que en cambio convierte en fuente de suculentas exacciones fiscales. Ningún gobierno se atrevió por ahora a un enfrentamiento frontal con la hostelería dictando medidas disuasorias del consumo alcohólico, pero las restricciones al consumo de tabaco en sus establecimientos suponen un auténtico castigo indirecto a los hosteleros. Vemos ahora que en su constante tentación represora, los poderes civiles extienden su vigilancia a una institución con la que ni siquiera Dios se había atrevido: la taberna. A lo mejor es que los políticos con el pretexto de velar por nuestra salud quieren obligarnos a una cierta sensatez que a donde nos conduce con descaro no es a las dudosas mieles de una longevidad imperativa, sino a la insoportable amargura de un aburrimiento irremediable. A mí las restricciones impuestas por los políticos a mis hábitos y a mis vicios me hacen mucho daño emocional. No comprendo sus criterios para imponerme la salud como un deber, cuando hasta ahora me la habían publicitado como un derecho. Naturalmente, como ciudadano que soy me atengo a las leyes y procuro cumplirlas. De todos modos, cualquier restricción que se me imponga en materia de consumo de tabaco la convertiré en una reducción drástica, y sin embargo, en cierto modo simbólica. Por la cantidad de cigarrillos que consumo cada día, yo mismo me reconozco un fumador compulsivo, de modo que en el peor de los casos, una reducción sensible del tabaco mejoraría relativamente mis esperanzas de vida gracias a haberme convertido en un fumador empedernido. La verdad es que nunca entenderé que para conquistar la libertad los ciudadanos hayamos de renunciar a los goces que la constituyen. En eso el Estado es tan absurdo como la Iglesia cuando recomienda a sus seguidores el orgasmo sin placer. 

domingo, 17 de agosto de 2014

El gángster del Inserso - Jose Luis Alvite

El gángster del Inserso - Jose Luis Alvite
Creo que se celebra estos días un señalado aniversario de los viajes para la tercera edad promovidos con gran éxito social por el Inserso. Gracias a los excedentes presupuestarios de los años de bonanza, millones de personas mayores pudieron disfrutar de viajes y estancias hoteleras pagadas a precio de ganga. Al tiempo que se paseaba a los jubilados, la Administración aseguraba el sostenimiento de los hoteles en temporada baja, siempre amenazados por la retracción invernal del turismo ordinario. Ahora corren malos tiempos económicos, el paro se vuelve insoportable y todo parece indicar que muchos programas sociales verán recortada sensiblemente su contabilidad. Dudo mucho que el Gobierno incluya en las restricciones presupuestarias el gasto en los viajes del Inserso, entre otras razones, porque el de los pensionistas es un voto emocional que suele agradecer explícitamente las atenciones recibidas, igual que agradece el enfermo de próstata la proximidad del retrete. Pero si se actuase con sentido común, las excursiones del Inserso habrían de sufrir un drástico recorte que permitiese emplear una buena parte de sus presupuestos en atender los subsidios de desempleo que salven de la insoportable lacra del paro a los hijos y nietos de los pensionistas viajeros. Ni siquiera en mejores momentos de la economía se entiende muy bien que se gasten tantos millones en programas turísticos para un contingente humano en el que se incluyen personas que recorren las ciudades monumentales de España sobreponiéndose a la obvia incapacitación de sus terribles cataratas oculares. Una tía mía que recurre habitualmente a los viajes del Inserso no solo desconoce a menudo en que lugar del mapa está su destino ocasional turístico, sino que olvida los lugares que visita casi en el mismo instante en el que los recorre. Se incumple de ese modo uno de los requisitos que hacen recomendable cualquier viaje: su recuerdo. Un elevado porcentaje de usuarios de las excursiones del Inserso necesita además cuidados médicos continuados, si es que el tratamiento principal para sus males irreversibles no es en bastantes casos el viático. Por las referencias de algunos beneficiarios me consta el exquisito tratamiento que reciben los excursionistas del Inserso, siempre atendidos por un personal cualificado y diligente que vela por la integridad física de un pasaje en el que la mitad de las conversaciones son un rico repertorio de toses. Eso no excluye que con frecuencia salte la noticia de que a los viajeros del autobús hubo que distraerlos con una pegadiza canción de Georgie Dann entonada a coro por los pensionistas mientras el guía de a bordo se sentaba discretamente al fondo del vehículo al lado del tipo coronario y corticoide a cuyo cadáver habría de cerrarle los ojos antes de colocarle unas ostentosas gafas de sol para que nadie repare en que en la feliz comitiva del Inserso viaja, con impertérrita expresión de gángster, un difunto que parece prestarle al paisaje la misma borrosa atención astigmática que el resto de los ocupantes. Al final la gira concluye en medio de la alegría general, con el cordial recibimiento a los pensionistas, que retiran sus bultos escamoteados en los fondos del ómnibus, mientras al amparo del revuelo los muchachos de la funeraria acomodan al difunto en su féretro y lo sacan del autocar con aseado disimulo, como si fuesen cuatro músicos de la Real Filharmonía de Galicia retirando las flores de la soprano y la caja barriguda con el violonchelo. Yo no sé si este año mi tía tiene previsto apuntarse a uno de esos viajes del Inserso que tanto dinero le cuestan a la tesorería nacional. Está muy mayor y es francamente elevado el riesgo de que regrese de la turné con las gafas de sol de "Bugsy" Siegel y los pies por delante. Ella es muy animosa y no me extrañaría que reincidiese. Con los años que tiene, y lo mal que anda ahora de memoria, incluso cabe la posibilidad de que a su vuelta haya olvidado que vino muerta.

Sexo con kebab - Jose Luis Alvite

Sexo con kebab - Jose Luis Alvite
Tengo dos o tres amigos homosexuales y de acuerdo con las estadísticas que se manejan, supongo que también lo serán algunos otras amistades que jamás lo confesaron. A mi me importa poco la tendencia sexual de la gente. Me alegro de que los homosexuales puedan manifestarse como tales con naturalidad y respeto a quienes prefieren camuflarse como uno más entre los heterosexuales. En ambos casos están en su pleno derecho, igual que uno puede reservarse la profesión que ejerce, el dinero que posee o sus vicios más personales. En nombre de exhibir su libertad, a veces los individuos se sienten presionados a hacer concesiones que no preveían y ventilan su intimidad más restringida solo para no parecer cobardes o reaccionarios. En otros casos, el homosexual se convierte en una especie de muestra gratuita de un falso sentido del humor exhibiendo un repertorio de gestos y frases que no deje lugar a dudas sobre su condición sexual. Eso explica que en el cine español y en las series de televisión nacionales el gay sea siempre un tipo extrovertido y coqueto que no hace en todo el día otra cosa que demostrar su condición sexual, algo tan absurdo como lo sería que el bombero saliese de copas con la manguera y el terrorista dejase constancia de sus sentimientos dinamitando el restaurante en el que acaba de cenar. Se han cometido muchas atrocidades contra los homosexuales invocando curiosamente su defensa desde una óptica supuestamente progresista, como ocurre en el cine de Almodóvar, en algunas de cuyas películas hasta parece que tenga "pluma" el perro del simpático chico gay. A mi no me parece que la dignidad de los homosexuales se repare convirtiéndolos en absurdas caricaturas. Quien haya visto "Brokeback Mountain" comprenderá de qué estamos hablando. Ang Lee puso en imágenes con absoluta seriedad los problemas de una pareja de vaqueros homosexuales enfrentados a los rigores sociales y a los prejuicios morales de los años sesenta, de los que ellos se evaden aprovechando el encubrimiento de su retiro profesional como pastores de ovejas en las inhóspitas y solitarias Montañas Rocosas. Ambos son gay y al mismo tiempo varoniles. Discuten, se enfadan y hasta se sacuden. Un hombre puede ser homosexual sin que se sienta obligado a perder esa cierta mala leche que tradicionalmente se les atribuye a los hombres muy masculinos. No hay nada escrito sobre que un gay no pueda blasfemar haciendo de vientre en el retrete. Es cierto que entre los homosexuales hay corrientes "blandas" y facciones consideradas "rudas", y que en función de cómo se alinee cada cual, así será su comportamiento gestual. A mi me parece muy bien que uno de mis amigos gay se lleve la mano al vientre con el mismo gesto premamá con el que lo hacen las mujeres que presienten en el útero el vacío emocional de la maternidad frustrada, pero también encuentro razonable que mi otro amigo de su misma condición sexual sea un coloso partiendo en mangas de camisa leña para la chimenea y que no descanse de su esfuerzo titánico hasta haber hecho pedazos una tonelada de troncos. Con los dos me siento muy a gusto, sinceramente, aunque sé que uno es ideal para encargarle los regalos para mis amigas y el otro es perfecto para partirse la cara por mí en cualquier pelea. A mi trae sin cuidado lo que hagan con su vida sexual porque para eso tiene cada uno su libertad y su conciencia. Pero tampoco necesito que nadie haga exhibiciones de sus inclinaciones, entre otras razones, porque tengo la impresión de que muchos homosexuales se sienten en el deber de proclamarlo constantemente ante los demás, como si su sexualidad fuese una enfermedad de la que tengan que prevenirnos. Mis amigos saben de qué va nuestra relación y lo llevamos estupendamente bien. No hay problemas jamás. Cada cual hace su papel lo mejor que puede y no recuerdo haber tenido dificultades de convivencia. Ellos evitan considerarme anticuado porque me gusten las mujeres y yo me tengo prohibidos los chistes de maricones. Y no digo que somos una piña, porque, sinceramente, ellos saben que a mi no me van las aglomeraciones ni me gusta sentarme sin haber retirado antes cualquier objeto punzante que haya en la silla. Mi amigo más dulce es amanerado y yo sé que le tienta mucho la feminidad. Yo le miro y encuentro razonable su deseo de que un golpecito hormonal le cambie de sexo. Nunca sería una mujer como las otras, pero eso tendría sin duda la ventaja de que jamás atascaría el retrete del "Corzo" con la "kebab" de sus compresas.

jueves, 14 de agosto de 2014

Párrafo de cormoranes - José Luis Alvite

Párrafo de cormoranes - José Luis Alvite
Yo tuve diez años en un momento de mi vida en el que todos los niños de mi edad eran mayores que yo. Bueno, a lo mejor eso me ocurría porque estaba distraído mirando como se estrenaba a mi alrededor la vida y me fijaba poco en ellos. La verdad es que a los diez años a mí me parecía que el mar aún extrañaba la orilla y que, para no perderse de su aroma, la brisa del salitre y el aliento de las flores recorrían al tacto la costa neófita y garrapiñada. Una mañana me adentré en la bajamar de Cambados y me metí hasta la cintura en la paz obstétrica y epidural del agua, caminando sobre un silbante morse de almejas y berberechos, sintiendo en las piernas la suave acupuntura de los camarones, sobrevolado por un párrafo de cormoranes altos, como el bracero infantil y descansado de una azulada plantación de silencio, agua y espuma. Mientras el agua pagana y ladrada me santiguaba las ingles, vi pasar a lo lejos una pañolada de veleros orzando en cursiva para recoger un sorbo de viento en la hernia de sus aparejos. Todo entonces era nuevo para mí y estaba seguro de que a cada rato se abrirían flores en las que jamás antes hubiese estado su aroma y ocurrirían frente a mis ojos cosas fantásticas e inimaginables de las que nadie sabría aún el nombre. Yo sólo tenia diez años, sólo eso, como tú, amiga mía, y, ¿sabes?, entonces me parecía que nada malo podría ocurrirme y que, con el espectáculo de la vida debutando sin ensayos para mí, los trenes se deslizarían sin fatiga sobre la vainica de las vías, como las yemas de los dedos en la bandurria de Santi el relojero; el hambre volvería pan la saliva en rama de los mendigos y sólo la muerte tendría los días contados. Todo era entonces tan hermoso, chiquilla, y tan nuevo, que aún la mitad del humo desconocía cual era exactamente su llama y ni siquiera a los difuntos les habían caído cosas en el olvido. Y te prometo que todo era entonces tan suave, tan fértil, niña, y era todo en aquellos días tan acogedor y entrañable, que podría, si quisiera, recorrer el fondo del mar pisando a oscuras con una campanilla de cera en una mano y una vela ardiendo con sus llamas de miel en la otra mano. Yo tenía sólo diez años, ¿sabes, María del Rocío?, y todo eso sucedió en un momento de mi vida en el que lo malo que pudiese ocurrirme no sería en absoluto peor que encontrarme en la boca el sinsabor de ese puntito cítrico que de paso que te apaga la sed, te cierra los ojos. (A María del Rocío García González).

lunes, 4 de agosto de 2014

Horario de trenes - José Luis Alvite

Horario de trenes - José Luis Alvite

Querida Paloma Pedrero:
Fue hace más de seis años y aún tengo fresco el recuerdo de aquella columna tuya a la que me aferré para salvar la piel en un momento de mi vida en el que la muerte era la única mujer que me atraía. A veces me ponía frente al espejo y me veía sólo la nuca, como si yo mismo me hubiese vuelto adrede la espalda. El mío era por entonces el viaje emocional de alguien desquiciado cuya idea de la liberación era irse en globo al centro de la Tierra. Me había hecho con un horario de trenes y sólo era cuestión de elegir el lugar en el que acostarme en las vías mientras imaginaba a los míos recogiendo en sacas el contrabando de lo que quedase de mí. Había redactado una nota pensando en explicar los motivos por los que me suicidaba, Paloma, pero la rompí porque pensé que con mi mala letra seguramente se entenderían mejor los pedazos de papel. Por lo demás, estaba seguro de que mi muerte en aquellas circunstancias le importaría muy poco a la gente y sólo habría sido tratada en la prensa local como el motivo rutinario de un pequeño retraso en el tren. Fue entonces cuando leí aquella columna tuya, querida Paloma, y decidí darme una tregua y esperar el paso a deshora de otros trenes. Conservo todavía aquel horario del ferrocarril y nunca se fueron del todo mis ganas de morir, pero, ¿sabes, amiga?, tengo también a mano tus ojos y tus palabras, tu generosa amistad y el suficiente sentido común para darme cuenta de que la muerte es un esfuerzo baldío, tedio todo el rato y una mala postura para mucho tiempo. Llueve a cántaros y truena sobre Compostela, las nubes van tan bajas que vuelven musgo el fuego y en mis manos cansadas es más tarde que en mis ojos insomnes, pero releo tus cosas, Paloma, y me digo a mí mismo que mientras haya alguna posibilidad de sonreír aunque sea sin motivo, no tendrá sentido que me quite la vida sin estar yo de pie al lado de las vías para identificar con seguridad los restos apócrifos de mi cadáver. Gracias a ti, Paloma, ahora tengo claro que lo mejor para suicidarme será que me haga con un horario de los trenes que por suerte ya pasaron. Además, querida amiga, he llevado una vida muy confusa y no quiero que haya peleas para no aparecer en mi esquela.