viernes, 28 de noviembre de 2014

Luz leporina - José Luis Alvite

Luz leporina - José Luis Alvite
  

Hay tipos que tuvieron una vida muy ajetreada y se les nota en la cara. Del implacable Jerry Brewster se dice que estuvo en más peleas de las que vio delante. Se le nota nada más mirarle a la cara. Con razón una madrugada que se tomó libre en el 'Savoy', me dijo que la sonrisa era su única cicatriz de nacimiento. En el 74 le dieron tal paliza y le dejaron tan desfigurado, que su perro le estuvo ladrando quince días seguidos. Al maldito Jerry no le cambian los hematomas del rostro. El médico que le intervino en un hospital de la beneficencia dijo que lo más laborioso había sido volver a meterle todas las facciones en la cara. Si alguien le sacudiese ahora, sólo conseguiría cambiarle la fealdad de sitio. Jerry es un tipo imperturbable, pero una corista que salió con él, comentó en el 'Savoy' que el rostro de Brewster tenía tantas marcas que una vez que le vio llorar, las lágrimas tardaron doce minutos en llegarle desde los ojos hasta la barbilla. Con los terribles golpes acumulados en su dilatada carrera como matón, a Jerry le encajan mal las mandíbulas y cuando bromea con él, Ernie suele decirle que un tipo así no es bueno para confiarle un secreto porque se le caerían las palabras por la comisura de los labios mientras durmiese. Jerry acataba las bromas del jefe con aquella vaga sonrisa partida en la que divagaba una mezcla de resignación, tristeza y rencor. Se sentía un tipo demasiado marcado. Hay rostros inocentes que parece que nunca vieron sangre fuera de las venas y hay tipos culpables de oficio, como Jerry, gente con cuyos rasgos la Policía intenta siempre resolver de un plumazo los asuntos pendientes. Cada vez que le sometían a una rueda de identificación, los testigos y las víctimas no se ponían de acuerdo porque todos habían visto aquel rostro en ciudades distintas y a horas diferentes. A veces la lluvia hace espuma en el jabón cautivo entre las cicatrices de su rostro. Pero algunas noches la atmósfera del 'Savoy' le añade a su rostro la leporina luz de ese extraño encanto que siempre le encuentran las mujeres a los hombres en cuya sonrisa ciega bosteza la muerte.

Paddy - José Luis Alvite

Paddy - José Luis Alvite
  
Paddy Newman fue siempre un tipo demasiado cómodo. Y tranquilo, muy tranquilo. A menudo tomaba un taxi y le decía al conductor: "Lléveme a la estación de ferrocarril. Pero tómeselo con calma, amigo. Necesito perder ese maldito tren".Fue también un tipo muy descuidado. En una ocasión falsificó dinero utilizando papel higiénico. Pagó un taxi una madrugada bajo la lluvia y el dinero se deshizo en migas como un bizcocho. Cuando le echaron el guante, le dijo al detective Fuller: "No hay para tanto, detective. Me sorprendió el mal tiempo en la calle y tuve que pagar con dinero de verano, eso es todo".Paddy era más que nada un tipo avaro que contaba el dinero en cuatro idiomas para sentirse más rico. Pero odiaba verse envuelto en jaleos. Nada de querellas ni abogados. Una noche me dijo: "Muchacho, los asuntos hay que zanjarlos en privado. Hay tipos que te divorcian con un revólver. Pero de todos modos es mejor arreglar las cosas en familia. Mi mujer y yo no nos soportamos pero coexistimos. Toma nota,muchacho. Nosotros nos llevamos mal de mutuo acuerdo".Recuerdo la noche que Paddy se acarameló con Terry. Le dijo que la amaba y le escribió un poema en su estilo aritmético. Un poema lleno de números. Terry le miró y le dijo: "Vamos, Paddy, una mujer como yo lo que espera de un hombre es un ramo de flores, no la raíz cuadrada de los presupuestos del Pentágono".El último negocio de Paddy fue un restaurante de mala fama en el que Al Capone tendría que entrar con sus padres. El servicio era deplorable y la cantante habría mejorado amordazada. Pero era un sitio barato, el más barato que conoció Ernie en toda su vida. Una madrugada me explicó el secreto. Me dijo: "En el local de Paddy se dice que asan la carne en una escupidera. La rata más pequeña se merece un chófer. El menúes escaso. Te quedas hambriento como si te hubiesen puesto de cena la sonrisa dela Gioconda. Pero es barato. Muchacho, tiene que ser barato un club en el que tu cena la calienta el jefe sentándose en ella".

Vieneses - José Luis Alvite

Vieneses - José Luis Alvite

En Viena no hay nadie asomado en las ventanas y la gente es de una amabilidad contenida y algo fría, una cordialidad distante y profiláctica que a mí hasta me ha parecido hostil. Tampoco he visto mucho bullicio en las calles y a veces da la impresión de que son los perros quienes arrastran de paseo a sus dueños. En un recorrido por el Prater me di cuenta de que los vecinos de la capital austriaca se divierten en las atracciones del parque con la misma tristeza que si la felicidad fuese un odioso deber, un castigo que soportan motivados por una especie de abnegación colectiva. Viena resulta una ciudad hermosa y frígida, una cartesiana colección de monumentos que los turistas recorren presos de un silencio riguroso y aplastante, casi doloroso, como si disfrutasen de un placer indebido,igual que si entrasen al Paraíso por la consulta del dentista. Que a Hitler le obsesionase la anexión de Austria demuestra hasta qué punto carecía de sentido del humor el Führer, que era austriaco y había desarrollado ese carácter hosco y peculiar que yo creo que tiene menos que ver con la profundidad de pensamiento que con la mala cocina de uno de esos países centroeuropeos en los que lo que la gente vomita yo juraría que tiene mejor sabor que lo que come. A lo mejor son gente triste y convaleciente porque pagan demasiados impuestos y también porque tienen sus relaciones sexuales en riguroso silencio,de modo que en un austriaco la diferencia fonética entre un orgasmo y un derrame cerebral es casi imperceptible. A mí me han dado la impresión de ser personas saludables y ordenadas, también tremendamente aburridas, herméticas y poco comunicativas, hombres y mujeres que se lavan la cara con penicilina, se aparean sin el menor entusiasmo y engendran sus hijos con la misma disciplina que si desplegasen en el útero las alas de un murciélago.

jueves, 27 de noviembre de 2014

La calma - José Luis Alvite

La calma - José Luis Alvite 

Siempre me gustó la gente tranquila. Como Ernie Loquasto, que usa los dedos de una mano para contar los dedos de la otra. Y dice que no tiene prisa y que de lo que se trata ahora mismo, con sus años, es de no hacer esperar al sepulturero. Me gustan los hombres como él, muchacho, la gente serena, los tipos que no pierden la calma, como Ernie, que una madrugada en el 'Savoy' me dijo que la vida consiste en alcanzar ese punto de serenidad que te permite desayunar cuando ha empezado a caer la noche. "A mi edad -dice con frecuencia- la única noticia que esperas es encontrarte en la orina el prendedor de la corbata y las amígdalas".Cuando ardió el primer 'Savoy' en el 64, el pianista se llamaba Harry Stanton y también era un tipo tranquilo. Las llamas prendieron en su piano pero Harry siguió tocando. Acabó la partitura cuando ya tenía fuego en las mangas de la camisa. Fue un incendio tan voraz que se dice que incluso ardió el agua de los bomberos. El pobre Harry murió nueve días más tarde en un hospital de la beneficencia. Las quemaduras le habían dejado irreconocible pero no perdió la calma ni el sentido del humor. La última tarde que le visitamos en el hospital, nos dijo que los médicos no le veían porvenir, salvo como combustible para la calefacción del nuevo 'Savoy'. ¡Terrible entereza!Antes de morir, Harry nos hizo una última petición: "Decidle al tipo de la funerariaque me embalsame con desodorante".Un tipo de la edad de Ernie llega a conocer a mucha gente tranquila. Como al 'crooner' Stuart Feldman, que derrochó en el juego el poco dinero que ganó como cantante, pero sin perder nunca la calma. "Le perdimos la pista en el 74, pero un tipo juró haberle visto en el desierto de Mohave. No sé si será cierto, pero también dijo que Stuart cruzó aquel erial mojando pan en la arena".Ernie guarda algunas cartas de mujeres. Son de hace unos cuantos años y se las sabe de memoria. Por eso y porque es un tipo tranquilo, me consta que Ernie es de la clase de hombre que apaga la luz para leer.

Aforismos - José Luis Alvite

Aforismos - José Luis Alvite
  
Yo ya lo sabía, francamente, pero Ernie se encargó de recordármelo. Me dijo anoche en el 'Savoy': "Empieza a ocurrir contigo lo que ocurrió conmigo hace más de veinte años,muchacho. Un día te ves en el espejo y comprendes que ese nuevo rasgo en tu cara no es el mohín de un pensamiento, el reflejo de un recuerdo, el rictus de una decepción, sino un síntoma nuevo, un aviso de que algo no marcha bien, la señal inequívoca de que esta vez el mal aspecto no podrás solucionarlo con jabón de tocador o una siesta, no, muchacho, sino con un tratamiento que están probando en Japón con los perros".
No se equivoca el jefe. Pasa con el cuerpo lo que con las vidas, que al final lo que te queda de las experiencias y de los conocimientos es un aforismo y dos refranes. Tu rostro ya no admite nuevas inflexiones, tonos distintos, un rasgo nuevo que acuse una felicidad inesperada, una buena noticia que ni soñabas. Tu cara agotó su cupo de novedades, amigo, y sólo te queda el espacio justo para acatar en blanco la noticia del oncólogo: "Amigo mío, no hay mucho que decir. Puedes rezarte, si ese es tu deseo, pero será tan inútil como tirarle piedras a una catedral". ¡Dios santo!, dice Ernie que al final todo lo que puedes hacer es emplear tus últimas fuerzas en alcanzar la cama y cruzar las manos sobre el pecho. Una noche me dijo Ernie que había conocido a un tipo sin manos que fue presa del cáncer y que en fase terminal estaba tan desesperado que quiso suicidarse. "No tenía fuerzas bastantes para saltar por la ventana, muchacho, así que decidió asfixiarse. ¿Y sabes que hizo? No me lo vas a creer, Al, pero aquel tipo se asfixió mordiéndose la nariz con la boca para no coger aire por ningún sitio". Aquel fulano se llamaba Jake Pallantine. Yace enterrado en Hoboken. En su epitafio puede leerse: "Sirve de poco cuidarse. Al final sólo consigues tener el peso de tu cadáver."

Literatura con vibrador - José Luis Alvite

Literatura con vibrador - José Luis Alvite

Conste que jamás escribo con la pretensión de convencer a nadie, ni siquiera con el deseo de que a sus 88 años mi madre sepa por fin que he conseguido en libertad la mala reputación que ella sospechaba que solo podría haber obtenido en la cárcel.Tampoco doy consejos a quienes me los piden pensando en que puedan resultarles útiles para su escritura. «Siéntate cómodo en una silla y cuenta lo que se te ocurra –le digo– sin que nadie te guíe, confiando en que te ayude tu instinto, expuesto a que lo que puedas conseguir después de largos meses de insoportable sentada tenga menos que ver con la literatura, que con las hemorroides. Ni te hagas ilusiones, ni decaigas a las primeras de cambio, como esos atletas que se agotan en el precalentamiento.Es posible que después de mucho tiempo sentado en el mismo sitio no consigas grandes resultados literarios, muchacho,pero al menos te quedará el consuelo de saber lo que se siente al ser taxista».También podría haberle dicho que en mi opinión los hábitos literarios se contraen como consecuencia de haber fracasado en otras pretensiones y que lo recomendable es tener una manera de escribir que resulte tan personal como la conciencia. Al fin y al cabo,el estilo en la escritura depende mucho de lo que uno haya vivido, leído o pensado, igual que la textura de las heces guarda sobre todo relación con lo que se haya comido y con la flora intestinal. Sean cuales sean los resultados, no hay que desanimarse jamás. Hay que afrontar el desafío literario sin pretensiones y sin perder de vista que el éxito social que uno persigue en este oficio es menos fulminante, y menos duradero,que el que habría obtenido si le hubiesen sentado bien los pantalones blancos cuando era joven. El éxito literario es un misterio tan insondable como el de la muchacha que creyó quedar embarazada teniendo sexo con su vibrador.

Hunter falls - José Luis Alvite

Hunter falls - José Luis Alvite

Fue en un sitio como Hunter Falls donde empezó de periodista el reportero Chester Newman que tanto frecuenta ahora el 'Savoy'. El director del diario local aprovechó que Chester era el hijo de la peluquera y que era en el establecimiento de su madre donde se cocía casi toda la vida social. Nunca pasaba nada en Hunter Falls.El pueblo quedaba alejado de las grandes vías de comunicación que atravesaban el país.Recuerda Chester que "el tren había que descarrilarlo para que parase". El veterano reportero del 'Clarion' cuenta a menudo cosas de Hunter Falls, como el asunto de la piscina, que la única vez que tuvo agua fue gracias al sudor del tipo encargado de limpiarle las zarzas. "Cuando veíamos un avión sobrevolar el pueblo -recuerda Chester- el reverendo Nithingale corría a la iglesia a rezar para que se desplomase allí mismo. ¡Joder, Al! -me dijo Chester- es que en Hunter Falls no había otra forma de conocer gente". Era un sitio aburrido pero limpio, extremadamente limpio.Nada se pudría bajo el sol. La gente trituraba todo para la basura, incluso trituraba la trituradora cuando se les estropeaba. Se le daba tierra a las reses tan pronto sucumbían y los perros estaban enseñados para volver a tiempo de morir en casa. Dice el viejo Newman que "gracias a tanta higiene el pueblo salió una vez retratado en el National Geographic". "Y todo, maldita sea, porque en Hunter Falls los buitres se volvieron vegetarianos. Cómo sería la cosa, amigo mío, que en la carnicería de Paddy Chayefski la carne de buitre se consideraba ternera". El tiempo que pasó en aquel pueblo no conoció Chester a otro alcalde que no fuese Steve Hyman, que murió en el cargo. Nadie quiso relevarle jamás. Dice Chester que incluso en un pueblo tan apartado como Hunter Falls, "la gente no es estúpida y conoce otras maneras deperder la reputación". El 'Examiner' de Hunter Falls cerró poco después de ausentarse Chester. Fue precisamente su cierre la noticia más leída en sus ochenta años de historia. Y la única que no tuvo réplica.

El nadador - José Luis Alvite

El nadador - José Luis Alvite

Me senté frente al mar de Cambados al lado de mis tres vecinas adolescentes y esperé con ellas a que apareciese el nadador levantando a contraluz con sus brazadas aquella orfebrería de agua, como una estatua de linóleo que arrastrase a rebufo de sus pies una jauría de rizos verdes,un fosco rebaño de espuma. Aquel tipo se llamaba Albino y era lo mejor que le ocurría al agua mientras en el astigmatismo vespertino de la luz del día agonizaba septiembre en medio del mórbido calor de una atmósfera de ozono y orina, un denso aire farmacéutico y gutural que a mí me parecíaque salía de los pulmones gomosos de un fraile ardido. Yo las miraba y ellas no perdían de vista al nadador, que iba y venía crucificado en un agua lenta y dorada, fogoso y elegante, incansable,hasta que casi sin luz sobre el paisaje se esfumaba a sotavento y nos dejaba a los cuatro la sensación de haber visto cómo desabrochaba una y otra la marea aquel mariposista incansable y esbelto que se perdía entre la neblina mientras grapaba con sus brazos la mica de la mar en calma. Entonces yo me levantaba en silencio, me alejaba unos metros, me detenía y volvía la mirada hacia mis tres vecinas, que seguían sentadas con sus frescos vestidos de lino, ateridas de encerado placer, aguardando acaso a que con el relente de la noche volviese al tacto molusco de su sexo la porcelana pulcra de la santidad, la sequedad garrapiñada de la decencia. Después se levantarían y caminarían hasta su casa cien metros por detrás de mí –oníricas y silenciosas, adolescentes,culposas y ojivales– con la ilusión del apuesto tritón deslizándose como tinta de sepia por el cartabón de aquellos úteros góticos y pasmados en los que siempre supuse que llevaban fondeada la nutria viscosa del deseo, la ingle teologal y circunscrita de Albino, aquel nadador amniótico que salpicaba de helio la excitante atmósfera de lujuria, ozono y orina.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

'Blues' de Herrera - José Luis Alvite

'Blues' de Herrera - José Luis Alvite
  
Querido Al: Anoche se cumplieron años de aquella madrugada en el 'Savoy' en la que me presentaste a Carlos Herrera. Había tanta humedad en las calles de la ciudad que incluso la lluvia estaba aguada. Recuerdo que al claquetista negro le croaban los pies al bailar. Yo ya no era una chiquilla, cariño, pero le dije a tu amigo:"Así como me ves, encanto, era menor de edad cuando me levanté de la cama". Me pareció un tipo elegante y afectuoso, uno de esos hombres que si diese un mal paso en la vida y tuviese que matarte, le pondría al revólver las gotas de los ojos. Mientras hablaba me fijé en sus manos. Y juraría, Al, cariño, que en las manos de Carlos Herrera se hacían sitio los modales de Cary Grant. Cuando se hizo un silencio, escuché tus toses, Al, pero en el silencio de aquel hombre, ¡Dios!, en el silencio de aquel hombre sólo se escuchaba, como solfeo, el seseo del aire acondicionado. ¡Demasiado para una mujer como yo! Pensé que en la vida de alguien como él, una mujer como yo sólo podría entrar en los descansos para la publicidad. Iba a decirle algo pero nunca me atreví. A fin de cuentas incluso una estúpida como yo podría entender que un tipo como Carlos Herrera sólo sería feliz a mi lado mientras me confundiese con otra.No supe más de él, cariño, ni creo que vuelva a tropezarme con alguien así en lo que me quede de vida. Pero algunas madrugadas mientras conduzco hacia las afueras de la ciudad miro por el retrovisor del coche por si estuviese en el asiento su sombrero. Y entonces me arrimo al arcén bajo la lluvia. Y busco la sintonía de su voz en el ralentí del coche. Una vista aérea de Sevilla es cuanto sé de él, amigo mío, pero cada vez que veo 'Charada' sé que son sus gestos los que hacen pronunciar frente a los ojos de Audrey Hepburn las veniales manos de Cary Grant.Anoche con la humedad era navegable el aire y me acordé de entonces. ¡Qué bobada! Caminando al amanecer bajo la lluvia me pareció sentir en mis pies la víspera de los suyos.

Aquel mármol con nata - José Luis Alvite

Aquel mármol con nata - José Luis Alvite

Escapo con frecuencia a Cambados para ponerme un rato a salvo de mi depresión y de mi rutina. Todo está muy cambiado respecto del Cambados de mi niñez y de mi adolescencia, aquel pueblo en el que todo era tan fértil que incluso el hambre resultaba abundante. Está distinto del Cambados de entonces, pero yo soy un cambadés retrospectivo y soñador al que le cuesta poco reconstruir los lugares de entonces, las gentes de su tiempo, aquella mezcla de salitre y sandías, el Cambados de Cabanillas y de Asorey, el de la escuela del convento, en la que daba clase don Clemencio, un tipo severo que siempre me pareció que los días de más calor, sudaba escayola. En la calle Infantas tenían su relojería-joyería los hermanos Villar, Juan Manuel, que era calvo y atendía al público, y Santi, enjuto, moreno y artístico, que pedaleaba todo el rato en el fuelle del soplete y luego dejaba morirse lentamente en el crisol, como un amarillento jarabe de naranja azul, la incandescente luz de la escoria mientras enjuagaba con los dedos en su mandolina unas suaves cosas sueltas de Beethowen mezcladas con el tictac de los relojes en aquella especie de túnel de la trastienda donde pasaba el tiempo peloteando en el péndulo del cuco con la misma suave dignidad con la que se escuchaba al atardecer en el Campillo la remanente salmodia de las cadenas de las bicicletas virando hacia el taller de Moncho con el deletreo de una mariposa cristalizada como un abanico de mica entre los radios de las ruedas. Al caer la tarde salía a darse un paseo el señor Magariños, que era alto y tenía el empaque lento y distante de una estatua que saliese por prescripción facultativa de su mausoleo para recorrer con anestesia local el camino hasta La Calzada ayudado con aquel bastón de caña que convertía en morse sus pisadas sobre el braille delante de la tienda de Las Planchadoras, que eran dos viejecitas que vendían unos bollos de leche que tenían el tacto de los crustáceos y el eterno sabor de la cerámica. A veces se sentaba don Joaquín Fole en la terraza del Café Iglesias y yo me paraba a mirarle con la abstracción de quien acaba de ver por primera en su vida a un señor con pantalones blancos que vivía en Cambados pero se merecía seguramente estar sentado en el ambigú del golf de Augusta mientras su "caddy" espolvorea con los dedos cuatro briznas de césped y le mira el peinado al "swing" de las golondrinas para saber, ¡Dios Santo!, de qué lado tiran en ese preciso instante el viento y la envidia. Cuando me ponía enfermo, venía por casa de tía Pepita don Eladio Padín, aquel elegante médico de sombrero que te encontraba acetona en el aliento con el mismo interesante gesto ecléctico e internacional que si te hubiese encontrado uranio. Todavía me siento a veces en una terraza frente al pazo de los Padín e imagino que en lo alto de las escalinatas de granito aparece el ala del sombrero de don Eladio abriéndose paso, como un machete de fieltro, entre la buganvilla y la niebla, aquella niebla de Cambados, ¿recuerdas, Fausto Varela Correa, viejo amigo, recuerdas, Maruxa Durán?, aquella heráldica niebla cambadesa que velaba la costa garrapiñada de Tragove y la prosa marrón de aquellos entierros que se iban, derechitos como un "haiga" de trapo, hasta el cementerio de Santa Mariña D´Ozo, el más hermoso del mundo, un cementerio, Fausto, muchacho, destilado en aquel fértil barroco terminal al que cuando era niño, en mis sueños tía Pepita iba cada mes y medio a retirarle con una cuchara la nata al mármol de mi sepulcro...(A Lino Silva, antes de que se tarde).
Aunque parezca mentira, no revivo mi niñez llevado por un morboso instinto de resistencia al presente, sino porque la infancia es una cosa que se vive a los quince años y se disfruta treinta o cuarenta más tarde, del mismo modo que su mayor impresión nos la causa una película cuando cesa la proyección y prenden las luces. Hay personas que se rehacen al instante y otras que permanecen ensimismadas un rato en la butaca antes de aceptar la realidad puntual en detrimento de la soñolienta realidad del celuloide. A veces sales del cine con la sensación de que una parte de ti quedó atrapada para siempre en la película. En "sueños de un seductor", Woody Allen vive cautivo del influjo de "Casablanca" y se comporta como si estuviese en sus manos seducir a las mujeres con una cuidada combinación de bourbon, nostalgia y dureza, como lo hacía "Boggy", incluso empleando la misma drástica hostilidad con la que en otra película Bogart sometía a su imperio los caprichos rubios de Lisabeth Scott. Y si nos refugiamos en la infancia, muchacho, es porque la infancia es la única película en la que nadie nos puede arrebatar al mismo tiempo la frase y la chavala. Tal vez no recordemos con exactitud las cosas de entonces, pero en la duda de esa minuciosidad, tenemos la ventaja de creer que el pasado no fue exactamente como ocurrió, sino como lo recordamos, a no ser que hayamos sido como esos niños obedientes y textuales que viven al dictado y envejecen con la desoladora sensación de haberse pasado la niñez pedaleando al pie de la letra en el acta del notario. Podría servirnos de coartada la idea de que los recuerdos empiezan justamente donde acaba la memoria y podremos sobrevivir con la certeza de que no es en la precisión del termómetro, sino en la aleatoria sensibilidad de la piel, donde se mide el efecto sentimental del sol. Hay pocas sensaciones tan agradables como la que experimentan las mujeres cuando, por alguna extraña premonición, las coge el frío mientras miran de cerca el fuego. Y en eso consiste tal vez lo mejor de conmemorar la infancia: que te coja el frío mientras recuerdas con amarga felicidad el sol de entonces, los días lejanos y felices, el instante casi inconsciente en el que le pasaste por última vez la lengua al paladar salobre de una herida apenas infectada. Es curioso, cuando uno se hace definitivamente mayor, descubre que falta para el futuro mucha más distancia y mucho menos tiempo que para el pasado. A lo mejor es que a cierta edad afrontas las experiencias con un trágico sentido de la realidad, sabedor, claro, de que la muerte es una cosa que te tiene muy ocupado y no te dejará tiempo para recordar la vida. Incluso cabe la jodida posibilidad, muchacho, de que tu muerte sea la vez que más cerca estuviste de la niñez, aquel ingrávido estado del alma en el que la noche sólo era un largo fundido cinematográfico para cambiarle el peinado a las niñas y el agua al cielo estancado de las palanganas. 
Nos ocurrió a nosotros y a nuestros hijos y les ocurrirá inevitablemente a quienes vengan detrás de ellos. Recordaremos siempre la infancia como algo que ocurrió sin apenas darnos cuenta, un asunto breve y resplandeciente, algo a lo que entonces no le dimos importancia porque toda aquella belleza, tanto color, el ritmo cambiante e indoloro de un espectáculo tan maravilloso, nos pareció la superflua publicidad cuya luz solíamos aprovechar para acertar con Dios en la butaca en el cine. Luego nos sentamos, muchacho, y descubrimos con espanto que la luz verdaderamente importante era la luz del trailer, y que lo que vino luego, pasados los quince años, maldita sea, fue una larga y tediosa película que sólo resultaría inolvidable si fuese tuya la cabeza del tipo que en la butaca delante de la tuya engorda como un globo de tocino hinchado con el aliento del beso fermentado de una fulana que se inclina sobre su regazo como si acabasen de caérsele un pendiente y las amígdalas en el sifón del alcantarillado...

El siquiatra - José Luis Alvite

El siquiatra - José Luis Alvite

Ocurre así desde hace muchos años. Cada vez que siente en las sienes la desoladora disipación mental corre al 'Savoy' y se instala en el club hasta que considera superada la crisis.A Billie Stormont el siquiatra le tiene prohibidas las alturas y hubo de hacer recortes en sus hábitos de viajar en avión y en su debilidad por las mujeres más altas que él. En los peores momentos de su inestabilidad emocional, en el 74 salió de la consulta del Dr.Erdhart por una ventana, con la inmensa suerte de que la clínica estaba en un segundo piso y en el rasante de la calle había una manifestación de judíos contra el siquiatra, de origen alemán. Billie se repuso de las heridas en unos pocos días en su propio domicilio, al Dr.Erdhart le pusieron una multa por arrojar basura a la calle y nadie pudo culpar a la Policía de las cuatro bajas registradas entre los manifestantes.Dice Billie que en el 'Savoy' resiste mejor la tentación de saltar al vacío. Realmente incluso un tipo tan obcecado como él puede entender que resulte difícil estrellarse contra el suelo saltando desde un sótano. Pero le brilla la mirada con esa extraña vidriosidad de la gente inestable. Dice el jefe que a veces Billie le da la sensación de un piloto que a mitad de vuelo hubiese descubierto que el avión lleva las alas en la bodega.Hace años que Billie no acude a la consulta del alemán. Dice que en realidad el Dr.Erdhart sólo le daba conversación y que los mismos resultados los consigue por cinco'pavos' en la barbería de Giacomo Manfredi "y a mayores, me masturba la cabeza".El Dr.Erdhart mantiene su consulta pero la Ley le sigue los talones. Al parecer tiene por costumbre extender facturas fraudulentas. Le ocurrió a Billie y por eso dejó de pasar allí sus chequeos. La última vez que pagó sus honorarios al Dr.Erdhart descubrió que le cobraba doble.El siquiatra se lo dejó claro: "Tienes desdoblamiento de personalidad, Billie, muchacho. Esa es la razón de que desdoble mis facturas".Curt Erdhart no es un gran siquiatra. En su consulta, la enfermera te da un número y un paracaídas.

Fe con niebla - José Luis Alvite

Fe con niebla - José Luis Alvite

Mi madre fue una mujer creyente y devota mientras tuvo la sensación de que Dios atendía sus plegarias.Durante tres años caminó descalza en la procesión cambadesa de San Bieito pensando en que el santo salvase a mi hermano mayor del tumor cerebral que amenazaba su vida. No sirvió de nada y,por culpa de aquellas infructuosas caminatas votivas mi madre hubo de operarse los pies. Siete años más tarde enfermó mi padre y ella se gastó una buena suma de dinero en pagar misas redentoras en la parroquia. También resultó inútil y mi padre murió al poco tiempo. Entonces ella aceptó que yo le dijese que para que mi padre fuese al Cielo, habría salido más barato facturar su cadáver por Iberia. Es comprensible que mi madre se haya vuelto escéptica y me parece razonable que si a veces se detiene en la iglesia no es por devoción, sino porque le queda a mano cuando de regreso a casa le puede el cansancio. Mi padre, que en eso era más cartesiano, me dijo en una ocasión que los enfermos de la vista recurrían a Santa Lucía sólo en el caso de no poder pagar los honorarios del doctor Barraquer. Personalmente no sé muy bien por dónde tirar.Supongo que no soy distinto de quienes recurren a los prodigios de Dios cuando en medio de un atroz dolor de muelas fallan los analgésicos. A lo mejor es que la fe es el recurso de los desesperados,algo a lo que aferrarse cuando fracasa la ciencia, la última esperanza en cualquiera de esos momentos de angustia en los que un hombre se da cuenta de que en el momento de sobrevenir el hambre, lo mejor no es desesperarse buscando la comida,sino persuadirse de la conveniencia de perder el apetito. Supongo que algo así le sucedía a aquel amigo mío que padecía de cataratas y que se tranquilizaba con la idea de que el estado de su vista era ideal para recorrer Londres con niebla.

El éxito de no ganar - José Luis Alvite

El éxito de no ganar - José Luis Alvite

Suele ocurrir que a veces uno se sienta a escribir su columna y no sabe muy bien por dónde tirar.Siempre he pensado que un hombre escribe mejor cuando su inspiración tiene que ver con la desgracia, con la desesperanza o con el rencor. Hay tipos que escriben con el razonable temor de que el éxito perjudique su estilo y malogre su carrera.Sus mejores toques con el escoplo los da a veces el escultor cuando consigue un resultado sorprendente al asestar el golpe con el que pretende demoler su obra aún inacabada. Es en la desesperación creativa cuando surge ocasionalmente el chispazo del talento, sobre todo en esos momentos en los que falla la inspiración y hay que resolver como sea.La perfección en el Arte, como la determinación en el crimen,tiene mucho que ver con lafuria, con la angustia, con ese instante en el que uno tiene la sensación de sentarse en el retrete con la obligación de hacer de vientre sin haber comido. Ocurre lo mismo con el escritor que por haberse enamorado sabe que caerá en ese estado de felicidad que le incapacita para crear. Personalmente he sentido siempre el tirón creativo de la tristeza y he procurado cultivar el fracaso como estímulo para escribir, lo que explica que a veces destruya los boletos de la Primitiva sin consultar el resultado del sorteo.«¿Y por qué coño te gastas el dinero en un juego del que desprecias la suerte?», me preguntó el administrador de las apuestas.«Lo hago –le dije– por la misma razón que siempre tengo a mano un condón por si resulta que no lo necesito». Ésa ha sido en realidad mi vida: una apuesta continuada con la relativa expectativa de ganar y la razonable esperanza de no conseguirlo. Y entre unas cosas y otras he llegado al final de la columna, lo que demuestra que a veces un hombre puede hacer de vientre sin necesidad siquiera de haber comido.

martes, 25 de noviembre de 2014

Aire meado - José Luis Alvite

Aire meado - José Luis Alvite

Fue hace mucho tiempo, una noche de invierno. Aquel día hizo tanto frío en la ciudad que dijeron que había nevado en el Metro. La madrugada que conocí a Norma Baccaro,el 'Savoy' estaba tan cargado que ni se veía el humo. Aquella madrugada en el club, John Coltrase sonaba como una paloma bebiendo en una gárgola preñada.Norma era una mujer con mucho mundo encima. Recuerdo que me dijo que sólo lloraba para apagar la sed. Estaba sola. Acababa de romper con un jugador de Las Vegas.Aquel tipo se llamaba Johnny Spellman y se decía de él que le echaba suelas a los zapatos con cartones del bingo y que sus pasos en las calles de la ciudad sonaban como si pisase agua de papel. También dijeron que en la matrícula de su coche había tocado varias veces la lotería. Y que había aprendido claqué bailando encima de una ruleta en marcha.
Apenas pude hablar con ella. Norma llevaba la iniciativa. Me dijo: "Soy una mujer muy relacionada, ya sabes, una de esas mujeres que saben al menos de veinte personas que le devuelven el correo".Tenía en una mejilla una delicada cicatriz, una cicatriz comedida y callada en la que parecía haberse desplomado la sonrisa perdiz y lacónica de Dana Andrews. Ya te digo que apenas pronuncié palabra. Pero se aprenden cosas con una mujer como Norma.Por eso recuerdo que antes de despedirse, me dijo: "He visto tipos que abrían las ratas y se comían su digestión como si fuesen ostras. Es la gente que me gusta, tipos solitarios que se peinan aprovechando el llanto. Pude haberme casado con hombres inmensamente ricos. Pero los aparté de mi camino, encanto. Porque una mujer como yo, Al, cariño, no podría envejecer al lado de uno de esos tipos que vacunan el agua hervida y le planchan raya a las pelotas de tenis".La despedí en la puerta del 'Savoy'. Casi amanecía. Y Norma se alejó tarareando con sus pies las calles mojadas. Y el maldito viento fluorescente echó a correr por la ciudad el abucheo de una pandilla de aire meado.

El fogonero - José Luis Alvite

El fogonero - José Luis Alvite

Quise ser el hombre que alimentase sus sueños, administrase sus sentimientos y decidiese su menú mientras en el restaurante se ausentase adrede al baño. «Sólo necesito calor, empuje y placer», me dijo, «de modo que piénsalo bien y vuelve a mi lado cuando aceptes ser mi fogonero». Yo buscaba en ella un alma sensible y delicada, una mujer dulce y pensativa, y me encontré con un motor de explosión. Me dijo que era incansable y que para ella al sexo era una obsesión constante e irrenunciable, algo que le hacía sentirse ansiosa y a la vez insatisfecha,«como si barriese la calle con una escoba que mancha el suelo». Confieso que no supe qué decir. Preferí pensar que bromeaba y que sólo pretendía descolocarme.Un hombre no suele estar preparado para que cierta clase de realidad se parezca al cine, así que prendí un cigarrillo y esperé acontecimientos.Y entonces me dijo ella: «No me parece que seas la clase de hombre que necesito.A mi edad ya no estoy para perder el tiempo con alguien que se pase la noche hablando. Necesito sudor y ruido ,obscenidad y posturas. Quiero perder el control con un hombre que me haga sentir tanto que incluso olvide su nombre al pronunciarlo. Mi corazón ya ha recibido suficientes sobresaltos, cielo; ahora solo necesito a mi lado a alguien que se conforme con lo bien que por la noche muevo el culo. ¿Sabes que te digo?, con el paso de los años me he dado cuenta de que lo que necesito a mi lado no es un hombre culto y adorable que marque mi alma, sino un tipo sórdido y transeúnte cuyo recuerdo sea la mancha más resistente en mi colada». Pensé decidirme y asegurarle que yo era el hombre que buscaba, el jinete tenaz e incansable que entra en la meta con el caballo echado a sus espaldas, pero me contuve. En la duda de perder mi orgullo,preferí salvar mi dignidad.

Giorgio Cafaro - José Luis Alvite

Giorgio Cafaro - José Luis Alvite

Cuando me lo presentaron en el 69, supe que estaba ante un tipo diferente. A Giorgio Cafaro le sentaba el traje como un féretro. Alguien me dijo que en cuatro cárceles le pusieron reparos para cumplir condena. Nunca había visto un rostro con tantas cicatrices. Se corrió por ahí que Giorgio Cafaro conservaba en casa el retrato que una madrugada le hizo un tipo en Mobile-Alabama. Su cara estaba tan repujada por la vida, que dijeron que aquel tipo le hizo el retrato con aguja e hilo. El rostro de Cafaro parecía restos de comida.
Giorgio notó que le miraba y me dijo: "Tengo un rostro de varios tomos, amigo mío".También me comentó que la última vez que estuvo en un quirófano, le habían reparado la cara con la rodilla de un muerto. Pensé que estaba frente a un tipo inolvidable, uno de esos hombres cuyo rostro es como recordar un codazo. En la mirada de Giorgio Cafaro siempre hacía mal tiempo.
Hablaba poco pero aprendí algunas cosas de él. Me dijo: "Soy un tipo tranquilo. Aprendí a correr en el interior de una caja fuerte. Puedo hacer fuego frotando dos pedazos de hielo. En la vida hay que ser contenido, muchacho. De niño supe que para sobrevivir en las circunstancias que se me venían encima, un hombre tiene que aprender a tragar saliva en días alternos. Eso es lo que vale: las cosas que te enseñan de niño. A fin de cuentas, muchacho, la vida es el tiempo que un hombre tarda en volver a casa". Eso me dijo aquel tipo al que el corazón le latía como una gotera de hule en un saco de flemas.
Giorgio murió en el 74. Fue un infarto pero el forense le dijo a Ernie que el corazón de aquel fulano había sufrido un desprendimiento de tierra. Nunca olvidaremos el sepelio. Fue memorable. El coche fúnebre se estrelló contra un árbol. Murieron los dos empleados de la funeraria. Chester Newman escribió en el 'Clarion' que el cadáver de Giorgio Cafaro tenía tan buen aspecto, que prestó declaración durante media hora.

Sopa de sobre . José Luis Alvite

Sopa de sobre . José Luis Alvite

Ahora se hacen los niños con algo de la hostelera mística del daiquiri, mezclando esto y lo otro, añadiendo aquel condimento, a la temperatura ideal, en la coctelera del laboratorio. Dicen los científicos que lo que ocurre no es que las mujeres sean menos fértiles, sino que todo se debe al semen de los hombres, que tiene la consistencia culinaria y la flojedad genética de la sopa de sobre. Incluso hay matones que le hacen ropita al revólver. Según los expertos, el semen de ahora sólo sirve para pegar carteles del Banco Ambrosiano y en casos extraordinarios, para croquetas de ave. Se dice que Norma Duval está embarazada. Pero no se habría quedado embarazada en una cama, en un ascensor o en un pasamanos, sino contra reembolso en uno de esos laboratorios en los que hacen niños fríos y biselados aprovechando el esperma que guardan en la nevera con el apio y los refrescos.Tía Pepita fue comadrona en Cambados, comadrona de las de antes, de las que traían los niños al mundo gritándoles por un megáfono al mismo tiempo que empleaban con las mañas de la fontanería aquellas terribles herramientas con las que podrían haberle cambiado la rueda a la berlina de la funeraria. Y tía Pepita se murió en los viejos tiempos, cuando lo último que había visto in vitro eran las fotografías del novio que se le metió cura porque al interior de tía Pepita, ¡Dios santo!, sólo se podía entrar con una orden judicial y en presencia de la Guardia Civil.Norma se nos queda embarazada casi fuera del tiempo civil de la fecundidad. Y eso ocurre porque hay una fertilidad tardía y química que lo que nos trae en el fondo no es un niño de los de antes sino un niño anterior, un niño corno de cripta, una especie de jefe local del Movimiento. Y no es descabellado que de ahora en adelante,a los partos asistan la comadrona, el tipo con la manguera de la epidural y el arqueólogo.

La sonrisa - José Luis Alvite

La sonrisa - José Luis Alvite

Un estudio revela que el 80 por ciento de los orgasmos femeninos son fingidos. Un amigo mío muy escéptico al respecto, dice que el 20 por ciento restante el orgasmo lo confunden con la jaqueca. Tía Pepita, que era comadrona en Cambados, nunca se tomó muy en serio el orgasmo femenino. A tía Pepita se le había metido cura el único novio de toda su vida y estaba muy decepcionada. Murió virgen. Mi padre solía decir que tía Pepita meaba con las piernas cruzadas. A su manera era comunicativa. Pero nunca se extendió coloquialmente sobre el orgasmo. Para ella, el orgasmo era un invertebrado. Y el único invertebrado que no le daba asco era Dios. Dice una amiga mía que en cierto modo el orgasmo es una vulgaridad del erotismo, su exageración, del mismo modo que la carcajada es la vulgaridad del humor. Lo importante en el sexo es la inminencia del orgasmo, su intuición, el presentimiento de que está ahí, al acecho, con su mezcla de sordidez y suspense. Si alcanzas el orgasmo, se acabó la inminencia, la expectación, el presagio. "Es como si la Biblia empezase por la Crucifixión". El placer elegante consiste en la sonrisa vaginal.
Mi vida sexual tiene de todo. Conocí mujeres frías, muy frías, que hacía juntos en cama el amor y la lista de la compra. Mujeres calientes, lo que se dice calientes, osea, a punto de gritar, pocas, casi ninguna, tal vez una sola, sí, una, aquella que se estremeció en cama y luego supe que le habían dado gases las acelgas. Estuve con alguna que casi alcanzó el orgasmo. "Lo tengo a punto", decía. Pero lo tuvo a punto hasta que amaneció. Y claudiqué en un charco de sudor. Pensé que aquella mujer únicamente habría alcanzado el orgasmo si le pasase por debajo del culo el terremoto de Agadir. "Estuve en un tris", me dijo. No hice comentario alguno. Estas cosas son así. Pero se me pasó por la cabeza que la Venus de Milo se habría excitado más masturbándose con la barbilla.Dice un tipo del 'Savoy' que "el sexo es así: ellas ponen la electricidad y a ti se te enciende la bombilla".

lunes, 24 de noviembre de 2014

Una boca entre las piernas - José Luis Alvite

Una boca entre las piernas - José Luis Alvite

Me lo dijo de madrugada aquella fulana y ahora sé que tenía razón: «Lo nuestro de esta noche no será un prodigio, tesoro, así que si con el tiempo lo conservas en la memoria, no será porque recuerdes mi nombre, sino porque no hayas olvidado mi precio». La verdad es que había tantas mujeres con la misma tarifa,que al cabo de los años ni siquiera la recordé jamás por su precio. Tampoco podría haberla recordado por su agresividad, por su codicia o por el mal olor de su boca. Era una mujer anodina y honesta, rutinaria, la clase de chica que ni siquiera transite la sinfecciones sin pedir permiso. Como decía a menudo el matón del local, «muchacho,en este ambiente una mujer sólo resulta apasionante si tiene una cicatriz,contagia una enfermedad o esconde un cadáver». Yo he buscado siempre a la chica de la cicatriz, a la muchacha insalubre o a la que esconde un muerto,porque mi propia vida estaba necesitada de algún sobresalto por el que el día de mañana me valiese la pena haberme malogrado.Pepe Bahana, dueño de un club nocturno y ex luchador en Tánger, me previno unas cuantas veces para que tuviese claro lo que pretendía hacer y lo que podría sucederme. Me dijo una madrugada en su antro: «Haz lo que quieras con tu vida, muchacho,pero te recomiendo que vayas con ojo y no te enamores en un sitio así. Deja el alma fuera con el coche, disfruta y pasa página. Siempre habrá entre todas estas mujeres una que te toque el corazón y te conmueva, de acuerdo, pero no te ciegues. Piensa que tal vez lo que mueve a esa chica no es el amor, sino la conveniencia. Porque la triste realidad es que entre las piernas de esa mujer podrías encontrarte con la boca un niño». Nuca supe que fue lo que sentí por aquella fulana. Ni ella dijo nada especial,ni llevaba yo tanto dinero encima…

Hueso invertebrado - José Luis Alvite

Hueso invertebrado - José Luis Alvite

En la sociedad española está muy arraigada la costumbre de invertir los ahorros en vivienda. Hay matrimonios que se privan de lo más elemental para dejarle un piso a cada hijo y algo de dinero en el banco. La herencia es una institución tan española como el toreo, la Benemérita y las condecoraciones póstumas. Personalmente nunca me preocupó lo que pudiesen dejarme mis padres. E hice bien, porque tampoco les preocupó a ellos, quienes, a su vez, habían tenido padres con nula capacidad de ahorro. A tía Rosa, mi abuelo le dejó unas gafas turbias con las que la pobre vio llover los diez últimos veranos de su vida antes de sucumbir a un cáncer que parecía mayor que ella. Mi abuelo paterno se lo gastaba todo en libros y en tertulia. Con el tiempo su biblioteca se fue desperdigando y ahora habría que hablar con más de ochenta personas para reunificarla. Con un poco de suerte conseguiríamos reconstruir el 30 por ciento de su biblioteca. El resto supongo que mis otros familiares lo habrán aprovechado para darle sabor a la sopa en los malos momentos,que solían abundar. Una buena parte de aquel tesoro lo mantuvo tía Pepita durante más de veinte años, hasta que en un cambio de domicilio, cientos de aquellos ejemplares se los llevó una excavadora y ahora son escombro o harina de pescado. A mi padre aquello le causó una profunda desolación y mis hermanos y yo aprovechamos para masturbarnos y suspender curso. A tía Pepita el suceso le impresionó poco. Tía Pepita no era una mujer muy ilustrada. Se había hecho comadrona de urgencia en la post guerra y lo más literario que recuerdo en ella son aquellas cartas que me escribió con una letra redonda y cauterizada por la que era como si resbalase la gangrena. Corre entre nosotros le leyenda de que tía Pepita lo único que sabía de obstetricia era el agua de la palangana. No recuerdo haberla visto leer un solo libro en los adorables momentos que pasé en Cambados a su lado. Tía Pepita detestaba lo sólido y lo inmediato, lo numérico y lo inmobiliario. Creo que sólo leería un libro si trajese 'abrefácil'. No era una mujer ilustrada y sin embargo detestaba el dinero e ignoraba el valor de las cosas, yo creo que incluso desconocía los billetes de curso legal. Por no dejar nada, ni siquiera dejó hijos, ni viudo, ni el menor rastro de vida marital. Tía Pepita tenía un 'sex-appeal' entre la Pardo Bazán y Federico Martín Bahamontes. Su único novio se metió a cura y creo que sólo habría dejado el sacerdocio si entrasen los grises a sacarlo de la parroquia con gases lacrimógenos. No podría jurarlo, pero creo que tía Pepita sólo tuvo relaciones sexuales con la costura de las bragas y con los supositorios de la tos. Llenó mis veranos de sana intemperie, de cine y de novenas. Era a la vez cordial y circunspecta y en los oficios de Semana Santa yo creo que en el pésame de la Crucifixión la Virgen estaba detrás de ella. Recuerdos es cuanto heredé. Recuerdos, una distraída hipermetropía y el amargo escepticismo de alguien que se pasó la infancia acariciando la idea de inventar el hueso invertebrado.

Catedral de agua - José Luis Alvite

Catedral de agua - José Luis Alvite

Áspero y sentimental, eso es justamente lo que siempre quise ser. A eso aspiro desde niño, cuando en los anestésicos veranos de Cambados iba al cementerio a echarle pan a los muertos. Tía Pepita, que para sus cosas era muy sensata, intentó en vano disuadirme: "No hagas eso, no sea que los acostumbres". Tía Pepita no tenía una idea muy científica de la muerte. No sé si será cierto pero escuché decir que a sus difuntos los pinchaba con el tenedor antes de encargar el luto en la tintorería. Una vez dijo algo que aun ahora me parece profundo: "Lo que tiene la muerte es que te avejenta una barbaridad". ¡Caray!, cada vez que tía Pepita decía algo así, era como si en su rostro se abriese paso a codazos el rostro de Sir Winston Churchill. Conservo una foto suya conmigo en brazos. Aparece tan circunspecta y tan sobria, que es como si le hubiesen hecho la foto con una hormigonera. Aún ahora se me ocurre pensar que un desplegable de alguien así sólo podría colarse en el Código Penal. También ella era áspera y sentimental. Y con su herramienta quirúrgica lo mismo traía un crío al mundo que le cambiaba las dos ruedas a Federico Martín Bahamontes. En los ojos de tía Pepita retrasaba una belleza antigua y plural, una remanente y estupefacta belleza en'off'. ¡Qué bobada!, a veces se me mete en la cabeza que en su sorda virginidad, tía Pepita mascaba tabaco con la vagina. Y que de su útero arrancaba, como si tal cosa, el pescuezo de John Wayne. Pero tiene un sitio de honor en mis recuerdos. Y no olvido que aprendí a soñar en el estuario de su regazo. Alguna vez quise imitar su empaque, que era el empaque de mi padre. Que no lo consiguiese no fue culpa suya. Pero me habría gustado mantener hasta la muerte aquella áspera cordialidad de ujier. De haber sido así, ahora tendría esa desesperada elegancia que alcanza un mariposista en el lodo. Nada de aquello me fue transmitido genéticamente ni por la educación. De tía Pepita heredé el sentido retrospectivo del futuro. Y la certeza de que uno es lo que fue de niño. Y el recuerdo de los días azules en Cambados, cuando colgaba de las parras, como ganglios de codeína, el morse amarillo de las uvas, los días felices y lejanos, tiempos de entonces, muchacho, cuando por la letra de mi madre siempre se volvía a casa.
¡Áspero y sentimental!, eso es cuanto intenté ser en la vida. Lo aprendí de los míos, gente tranquila, un padre cuyas pisadas eran filatelia, y una madre por cuyos cabellos cansados aún ahora, ¡Dios Santo!, corre, deshuesado y fosco, el cachorro de la luz. En los momentos malos de ahora, a solas en las carreteras secundarias, aun siento que tutea mi rostro, como soda, la trigueña toga de su peinado. Y puedo jurarte, amigo mío, que recuerdo tan vivamente aquello, maldita sea, que incluso podría olvidarlo de memoria. Y seguramente rebasado por los días lejanos y por seis dedos de ginebra, hace cuatro noches le dije a mi amigo Suso Penoucos: "¿Recuerdas que éramos tan jóvenes, muchacho, que incluso nos parecía bueno olvidar los recuerdos?". Llovía a cántaros y el aire era una catedral de agua.

Relojes atrasados - José Luis Alvite

Relojes atrasados - José Luis Alvite

Cada vez que pienso en la irremediable caída del régimen castrista, supongo que supondrá también el desmoronamiento de esa vida provinciana y sencilla de los cubanos, el desperdicio de una manera lenta y placentera de existir en un mundo sin objetivos y sin prisas en el que importa poco lo que pueda tardar el progreso o los veinte minutos que cada cuarto de hora atrasen los relojes. No hay en el progreso material una sola conquista que no comporte el sacrificio de algo hermoso, como ocurrirá en Cuba cuando desaparezcan de sus calles esos viejos coches americanos reparados durante décadas gracias a la simple ferretería o con las herramientas del zapatero. Se malogrará también el regusto de hacer las cosas por el puro placer de hacerlas, sin que interfiera en ello el deber de conseguir que, además de hermosas, sean rentables. ¿Será tal vez que la libertad es tentadora hasta que deja de ser una esperanza para convertirse sin remedio en una horrible decepción? ¿Y si resulta que la libertad es como el matrimonio, una institución que con frecuencia sólo sirve para destruir la fe que tenían en él los contrayentes? Será que no padezco sus restricciones, pero a mí me gusta esa Cuba humilde y superviviente, ese orbe calmoso e instintivo poblado por hombres que de vez en cuando se esfuerzan para cambiar de postura y descansar de su pereza, y mujeres vestidas con el fresco descuido de esa ropa escasa y barata que deja traslucir una excitante y roma geometría de honradez, fertilidad y desidia. El de Cuba es un pueblo aplastado por una odiosa dictadura y resulta al mismo tiempo un punto sociológico de reencuentro emocional con un tiempo pasado en el que la pobreza era un ingrediente de la honestidad, un mundo que parece irrecuperable tan pronto nos damos cuenta de que la libertad sirve para que se nos multe por pretender imitar las cosas que hacen libremente nuestros perros.

Europa - José Luis Alvite

Europa - José Luis Alvite


Arrasa Europa una tenaz oleada de burocracia y de pereza, un denso plasma de entumecida indiferencia que lo cubre todo con una oleosa capa de resignada apatía, como una epidemia de mórbida vejez reglamentaria que se extiende por el continente con la lenta obstinación de una fiebre administrativa y financiera que se lleva por delante el recuerdo de la Europa exultante de antes, de cuando sobrevino la II Guerra Mundial y, desquiciado e insomne por el estruendo de la artillería, Dios corrió a refugiarse entre los soldados y las campesinas en aquellos pajares de Francia en los que sollozaban los soldados, jadeaban las viudas y relinchaban sin saliva las bocas vaginales y gomosas de las yeguas. Fue aquella una Europa insegura y asustada, también una encrucijada de sargentos y de dioses, de muchachos con la cabeza aturdida por el III Reich, aquella mezcla enfermiza de cerveza e ideología; un solar en el que los bombardeos borraban las pocas fronteras que no hubiese disipado la lluvia; una Europa histórica y sagrada, entusiasta y furiosa, en la que el miedo invidente les cambió su letra primeriza a los niños y en cuyo recogimiento no había una sola oración que no se pareciese a una blasfemia; un sitio sin paradero fijo en el que con algo de harina, sudor y una pizca de lodo, la gente era capaz de recordar una canción, borrar un remordimiento y amasar una hez talabarteada y marrón con la que hacer de madrugada el pan. Y ahora, ¡Dios Santo!, ahora arrasa Europa una casta de políticos pusilánimes, antibióticos y algo eunucos que hacen cuentas en Bruselas con sus profilácticas gafas de urólogo, vuelven luego a sus casitas con jardín en Baviera, en Ostende, en Turín, y prenden en la chimenea con leña baja en calorías una hoguera con las llamas de lana, mientras husmea sus pubis de jabón un perro con el instinto de hule, el aliento de penicilina y la lengua de cera.

Chicle en la boca - José Luis Alvite

Chicle en la boca - José Luis Alvite

Cada día encuentro más difícil relacionarme con la gente, incluso si se trata de personas a las que de verdad aprecio. Las conversaciones triviales me resultan insoportables y los asuntos profundos sólo sirven para que discuta y arriesgue la amistad de quien habla conmigo. Hasta tal punto encuentro insufrible discutir obstinadamente sin la menor flexibilidad, que entiendo que en caso de discusión sin posible avenencia lo mejor que pueden hacer dos personas para zanjar la polémica es arrearse unos buenos puñetazos y que para mayor escarmiento pague las copas quien haya perdido la pelea. Me aterra el devoto del cine iraní tanto como me repele el tipo que disfruta con esas películas norteamericanas en las que la frase más inteligente es el relincho de los neumáticos al derrapar un coche. Tampoco me gusta coincidir con vecinos en el ascensor porque no necesito que la señora del segundo me diga lo mucho que llueve en invierno, ni que me recomiende visitar al neumólogo para curarme la jodida tos del tabaco o que me pregunte si estoy seguro de que no es cáncer de colon ese granito casi invisible en la nariz. Durante algún tiempo soñé que coincidía con la dichosa señora en un ascensor del Empire State y subía con ella hasta la azotea. La conversación, quince tópicos del clima y dos docenas de refranes. Para colmo, al llegar a la azotea se ponía de espaldas a la fantástica vista de Manhattan y me decía que su ilusión desde niña había sido sentir vértigo en una casa de planta baja. Me liberé de ella al lanzarla al vacío desde la azotea del Empire en el último sueño. Pero al llegar a la calle me detuvo un guardia y, mientras me esposaba, me soltó el dichoso refrán: «Lo que mal empieza mal acaba, amigo». No le guardo rencor porque fue breve y me leyó mis derechos con el chicle en la boca.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Olor a congrio - José Luis Alvite

Olor a congrio - José Luis Alvite
No me apeteció nunca pararme a pensar por qué me ocurre algo semejante, pero lo cierto es que la experiencia me dice que a la hora de escribir, las cosas de las que estoy razonablemente orgulloso siempre me inspiraron menos que aquellas otras de las que sólo me siento culpable.
Como le dije de madrugada a una amiga, «yo la vida la he vivido un poco a mi manera, sin principios y sin métodos, lejos de las agendas y lejos de Dios, porque, equivocadamente o no, siempre pensé que la vida es más apasionante cuando te produce alguna clase de dolor, igual que en una tarde de calor insoportable encontramos más refrescante la parada en el bar de carretera si en un arranque de sed abrimos la cerveza con los dientes».
Viví durante buena parte de mi vida a deshora en ambientes marginales en los que incluso se daba como lana la mierda cardada por la electricidad en el interior de las bombillas, y con ayuda de la gramática pude sobrevivir gracias a la suerte de haber dormido como un presidiario en la cabeza apócrifa de los parias y por haber podido convertir a tiempo tanta basura en el pan para mis hijos. No me importa reconocer que me sentía a gusto mientras despilfarraba el tiempo, el dinero y el sueño. Ni siquiera temí jamás al riesgo de que aquella forma tan pródiga de afrontar la vida echase a perder mi manera de escribir, entre otras razones, porque desde muy joven tuve claro que si no fuese capaz de prosperar por mis méritos, al menos nadie podría impedir que me hundiese por mi propio esfuerzo.
Admito que tuve escrúpulos al principio, cuando en mi relación con aquellas fulanas me costaba aceptar que el cuerpo que fingían entregarme sin condiciones tuviese que oler necesariamente como un congrio molido a palos en la cubierta de un arrastrero. Fue cuestión de adaptar el pudor a las necesidades y aceptar que el desenlace natural del placer suele ser en la relativa sordidez de un vicio, así que nunca pretendí envolver aquel jodido pescado puerperal con la portada del «L’ Osservatore Romano».
A veces conseguí iluminar con la fugaz bengala de una frase el interior umbrío y encarnado de una fulana del burdel y entonces me sentí tan limpio e inocente como si hubiese desplegado la arboladura de una goleta dentro de un frasco, como un torvo ginecólogo que en la soledad fénica de la madrugada acabase de reavivar el croquis azul de un feto conectándolo con el filamento de una bombilla fundida al útero perplejo y penitencial de un cadáver con la piel en llanta. Fue así como aprendí que la vida es un hermoso viaje que algunos hombres, por lo que sea, hacemos en un mal autobús.

Sopa de gallina - José Luis Alvite

Sopa de gallina  - José Luis Alvite
Cuando ocurre una desgracia y sale en los telediarios la noticia, cada vez con más frecuencia se añade el complemento informativo de que las víctimas requirieron atención psicológica para superar el trauma. El consuelo se ha convertido en una profesión y parece que a las pobres víctimas a veces no sólo se les ofrece la ayuda del psicólogo, sino que yo creo que incluso se les impone. Es como si el consuelo ofrecido espontáneamente por los familiares o amigos no fuese suficiente para las víctimas, como ocurrió toda la vida en España, donde la cobertura del apoyo familiar contaba en todo caso con el refuerzo de algo que raras veces fallaba: un plato de sopa. También yo he sufrido las consecuencias de tragedias familiares y encontré consuelo en un tiempo razonable y sin necesidad de que me reconfortase un titulado universitario con sus fórmulas académicas y con esa solidaridad tan profesional que a mí realmente no me significaría nada. Y no vale decir que eran otros tiempos y que la asistencia psicológica es una indiscutible conquista de la modernidad, porque no hace mucho a un muchacho cuyos padres acaban de fallecer en un accidente aéreo le escuché decir que lo que él necesitaba no era un psicólogo, sino alguien que le planchase cuanto antes una camisa para asistir al entierro de los suyos. Raras veces la mente humana es incapaz de sobreponerse al dolor por sus propios medios. Siempre ha sido así y supongo que lo seguirá siendo si alguien no se empeña en convertir definitivamente el dolor emocional en una asignatura universitaria. Por otra parte, dudo que sea conveniente reprimirle a la gente ciertos dolores que pueden ser considerados naturales, del mismo modo que parecería absurdo privar a los seres humanos de su conciencia para que no sufran cualquier clase de remordimientos por sus peores actos. Los hombres somos débiles, pero no idiotas. Podemos sobreponernos casi a cualquier adversidad sin recurrir a la ayuda del psicólogo. Tenía razón aquel muchacho. A cierta edad todos hemos tenido alguna experiencia bien amarga y nos consta que fuimos capaces de salir adelante con una palmada en la espalda. Nadie en mi generación ha echado de menos al psicólogo, no sólo porque entre nosotros nuca estuvo de moda que nos consolasen por dinero, sino, lisa y llanamente, porque todos éramos familia en una casa con mucha gente a la que siempre se sumaba una señora con moño que nos prestaba un pañuelo de lino para el llanto y preparaba como nadie en la cocina aquella sopa de gallina que nos daba ganas de servirle calentita al muerto, que, como suele suceder, era el único que sufría de verdad las terribles consecuencias de lo que le había ocurrido.

Así somos - José Luis Alvite

Así somos - José Luis Alvite

Al final resulta que al resentirse la economía de las personas lo que sale a flote con la desilusión y las penurias es la evidencia de que los españoles hemos perdido de vista valores elementales que además de resultar agradables, no nos costaban dinero. Hemos dado lugar, por ejemplo, a una cierta juventud insolidaria y materialista que no cree que pueda existir un solo placer que no cueste dinero, ni considera posible una amistad que no sea rentable y acarree beneficios. Dejando a salvo el eterno reducto de jóvenes entusiastas y cualificados que aún creen en el valor social del sudor gratuito, la verdad es que por todas partes hay muchachos que no sólo se rebelan contra el desgaste que creen que les supondría la suscripción de cualquier compromiso ideal, sino que incluso les da pereza el sorprendente esfuerzo que les supone descansar, entre otras razones porque yo creo que incluso hay chavales que no entienden la silla. Es triste que por culpa de un sistema educativo deficiente muchos de esos jóvenes ignoren dónde queda la provincia de al lado, pero aun es más triste que algunas adolescentes ni siquiera sepan cruzar las piernas en las terrazas de los bares sin que por el resquicio de las ingles se les vean las amígdalas. ¿Qué porcentaje de nuestros jóvenes lee diariamente algún periódico? ¿Y cuántos de ellos, por desgracia, son capaces de creer que el río Ebro desemboca tierra adentro en lo alto de un monte? En nuestras discotecas se les sirve alcohol a los menores y la horda amorfa del botellón arrasa parques y jardines sin que nadie le ponga remedio. Hemos confundido la libertad con la barra libre. Aun reconociendo la influencia que tuvo en numerosas manifestaciones intelectuales la progresiva liberalización de las costumbres, ha dejado como principal rastro una conquista científica de dudosa eficacia económica: el calimocho. ¿Qué coño de país es éste en el que hay criminales que acuden al jugado cohibidos por el miedo razonable a que el juez los ponga en libertad y hayan de volver sin remedio a padecer la inseguridad de las calles? Yo no soy un experto sociólogo, ni un político, y carezco del conocimiento para ponerle remedio a la situación, pero me pregunto a dónde se dirige un país, este, el nuestro, en cuyas cárceles por muchas razones sólo sienten los inconvenientes de la prisión sus funcionarios. Desde luego somos una sociedad rara, un extraño país en el que al declarar su patrimonio, los hombres más acaudalados nos demuestran que en España se necesita ganar muchísimo dinero para ser pobre.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Qué pasará a partir de ahora - José Luis Alvite

Qué pasará a partir de ahora  - José Luis Alvite
No sé si está bien confesar nostalgia por las cosas que reconozco que hice mal a lo largo de mi vida, ni si es decente reconocer que tal como transcurrió mi existencia, ahora que lo pienso no me habría importado haber hecho cosas aún peores. Tampoco estoy muy seguro de que con mis criterios morales de ahora pudiese soportar la reedición literal de aquellos días. Al hombre que deja atrás durante algún tiempo sus errores le cuesta desandar el camino y reincidir, igual que al tipo que lleva mucho tiempo caminando descalzo se le hace luego insoportable ponerse de nuevo los zapatos y seguir andando. Podría intentarlo y la verdad es que sé cómo volver a las andadas, pero ¡demonios!, mucho me temo que las cosas que antesp no me provocaban el menor remordimiento ahora probablemente a las primeras de cambio me descompondrían el vientre. Tenía razón el tipo que me lo advirtió la madrugada en la que le confesé mi deseo de darle un giro a mi vida y cambiar de aires. Me dijo: «Piénsalo bien, muchacho. Si te largas ahora, será difícil que vuelvas y encuentres tu sitio donde lo dejaste. Ya no serás nunca el mismo. En el dudoso caso de que consigas renunciar otra vez a la moral, va a ser difícil que soportes de nuevo la ginebra. Créeme, hijo, la decencia produce un irremediable envejecimiento mental del que es casi imposible sobreponerse. Cuando lleves sólo unos meses alejado de esto, amigo mío, no conocerás de la vida nada que no hayas leído en los periódicos, tu existencia serán tres comidas al día y no volverás a estornudar jamás con los ojos tan abiertos. Ahora haz lo que quieras. Es cosa tuya. Yo sólo te digo que cuando al cabo de los años eches la vista atrás, te darás cuenta de que lo mejor de tu jodida existencia no tendrá que ver con tus recuerdos, sino con tus remordimientos». Ahora echo la vista atrás, recuerdo lo que me dijo aquel tipo y me pregunto si de verdad valió la pena apartarme durante tanto tiempo de todo aquello. Y reconozco que no sé qué contestarme. A veces pienso que en realidad en todos aquellos años no fui lo que se diría un hombre feliz. Pero, maldita sea, luego me digo a mí mismo que si entonces no fui feliz, tal vez se debió a que estaba muy ocupado en disfrutar de las cosas que no sabía que en realidad me hacían desdichado. En eso parecía pensar la fulana que una madrugada me miró a los ojos y me dijo: «Yo no sé si lo que hago con mi boca es bueno o malo, cariño. Mis necesidades y las de mis hijos excluyen cualquier tentación de recapacitar. ¿Sabes, cielo?, creo que la moralidad de lo que hago con los hombres en cierto modo no depende de mi conciencia, sino de mi flora intestinal. Por eso en vez de reflexionar, encanto, enjuago la boca».

jueves, 13 de noviembre de 2014

El aliento de los peces - José Luis Alvite

El aliento de los peces - José Luis Alvite, 

No me importa reconocer que he sido siempre un hombre de excesos. He amado con el mismo exceso con el que fui luego capaz de olvidar a la persona amada. Como he sido siempre un tipo muy desordenado, casi nunca fui capaz de organizar bien mis excesos, de modo que por lo general he sacado de ellos menos provecho del que había pensado. Si bien se mira, en realidad un exceso sólo lo es cuando estás fuera de control, puesto que de otro modo en vez de un exceso, sería un alarde.

En mi caso no he cometido un solo exceso en el que fuese capaz de contenerme. He sido tan tenaz para dilapidar las energías en largas noches de vida disoluta como lo fui luego para recluirme en casa y llevar durante semanas la contenida y saludable vida de un monje. A veces un exceso me lleva a sentir la nostalgia del exceso contrario, lo que explica la bipolaridad emocional que lo mismo me arrastra a tres noches seguidas sin dormir, que me recluye en casa hasta larvarme en la indolente soñolencia que me lleva a escribir con nostalgia, casi con desesperada decepción, de la limpia fertilidad de los paisajes de mi niñez.

¿Por qué será que cuando es un exceso la felicidad desemboca tan a menudo en un remordimiento? A veces con la extenuación de cualquier exceso se mezclan en mi mente el excitante instinto de la depravación y la nostalgia de la limpieza, y asoman entonces en mis textos los blandos cachorros de la bajamar morreando la playa, o esa bautismal vagina de mujer en la que creo haber deletreado con mis labios la boca pagana de la yegua que compartía el agua del río con la incandescente desnudez de mi infancia. ¡Bendita lucidez la lucidez de los excesos!

Nunca he sido tan sincero como cuando escribo en las postrimerías del agotador esfuerzo de cualquier exceso, en ese momento en el que mi conciencia tiene las mismas manchas que mis calzoncillos y en mis manos destempladas coinciden las sobras del sexo y la añoranza del pan caliente. Mientras al final de un exceso fermentan el remordimiento, el silencio y los besos, entorno los ojos con el cansancio, asomo los dedos al teclado del ordenador y sé que si no me derrota el sueño, podré recordar que cuando era niño me permitía el inefable exceso de acercarme a las orilla del Sar y me sentaba a mirar como bajaban el río las sombras de las libélulas y el aliento de los peces. (A Pepi Blanes, agradecido por su presencia bajo el compostelano sol del Obradoiro).

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mano con regazo - José Luis Alvite

Mano con regazo  - José Luis Alvite
Un tipo con los pies de cuero vomitado y el rostro culposo me salió al paso al anochecer bajo la lluvia y me dijo: «Sé que no soy uno de los tuyos y comprendo que por cosas que hice incluso tengas motivos para odiarme, pero, ¿sabes?, es Navidad y no tengo quien me abrace». Entonces se abrazó a mí sin darme tiempo a sacar siquiera las manos de los bolsillos y rompió a llorar. Miré alrededor. No había nadie. Estaba todo tan solitario que hasta me pareció que ni siquiera daban a la calle los portales. Aquel tipo me las tenía juradas por cosas que había escrito sobre sus actividades criminales y temí que aprovechase la intimidad de aquel abrazo para vengarse impunemente en un momento en el que por culpa de la niebla ni siquiera la lluvia se fijaba en nosotros. Saqué las manos de los bolsillos y le devolví el abrazo con la aturdida sinceridad de la que fui capaz. Estábamos solos y fundidos en un abrazo embarrado en el que no se sabía muy bien quién era la mancha y quién el trapo. El tipo guardó silencio hasta que se esfumó en la cripta de mi pecho su último sollozo. Entonces me miró a los ojos y me dijo: «Lo siento. No quise asustarte. De repente me sentí triste. Era Navidad, eché cuentas y comprendí que ya no quedaba en mi vida nadie a quien confesarle que en una noche así me siento solo. No tengo una sola foto al lado de alguien desde que hice la primera comunión. Muchas veces he pensado lo terrible que es saber que ni siquiera hay quien que se acuerde de ti aunque sólo sea porque te guarde verdadero rencor. Además de que no sé de alguien que me quiera conocer, lo que más me jode, periodista, es que tampoco conozco a nadie que esté al menos orgulloso de haberme olvidado». Arreciaba el aguacero y nos resguardamos en unos soportales. El tipo se sacudió la lluvia del pelo dando un latigazo con la cabeza, como habría hecho un perro. Le tendí mi mano y él alargó la suya hacia el regazo de la mía. Iba a darle algo de dinero, pero me detuvo el gesto antes de que lo hiciese. Y me dijo algo que jamás podré olvidar: «No he querido conmoverte. Agradezco tu intención, pero no soy un mendigo. Sólo necesitaba algo de afecto. Porque es Navidad, ¿sabes?, y mi madre me dijo de niño que en Navidad incluso en los cementerios hay cadáveres dispuesto a sacar las manos de sus sepulcros esperando que alguien acepte de buena gana su aliento y su abrazo».

martes, 11 de noviembre de 2014

Algo que leer - José Luis Alvite

Algo que leer - José Luis Alvite
No recuerdo haber sentido nunca verdadera preocupación por los estragos físicos que pueda causarme el paso del tiempo. Aun sabiendo que, a diferencia de algunos inmuebles, a los seres humanos se nos arruina el cuerpo sin que podamos sacarle provecho, la verdad es que no he dedicado mucho tiempo de mi vida a quejarme de que se haya esfumado la juventud. Son cosas que pasan y que no tienen remedio. Uno echa cuentas, sabe que ha perdido algunas facultades y a veces duda si cruzar La Castellana en hora punta. Pero sólo un idiota no contaría con eso. Lo importante es relativizar las pérdidas. El envejecimiento sólo significa que hay que desistir de algunos proyectos. Yo, por ejemplo, no hago planes para muy adelante. Sé que a cierta edad un hombre dispone de un tiempo tasado. No hay que ser muy listo para caer en la cuenta de que cuando éramos jóvenes ni nos habíamos fijado siquiera en la enorme cantidad de funerarias que había en la ciudad. Una amiga se me quejó de las arrugas de su piel y parecía muy abatida. Traté de tranquilizarla diciéndole que no tiene sentido que se preocupe por el visible deterioro de su cuerpo porque al mismo tiempo que se vence la piel de su rostro, se le habrá estropeado la vista a los hombres que podrían fijarse en ella. Le recomendé que fuese consciente de la edad que tiene y no pretendiese objetivos que le correspondería haber intentado de joven. «La vida es como es, los cuerpos claudican y de lo que se trata, amiga mía, es de que el esfuerzo que antes podrías haber hecho al adoptar posturas acrobáticas con un hombre en la cama, lo administres de manera que aún seas capaz de la proeza de arrodillarte en misa». E insistí: «Si te miras con detenimiento en el espejo, te darás cuenta de que tu belleza es ahora otra, más blanda y arrugada, es cierto, pero piensa que lo que ocurre no es otra cosa que el hecho irremediable de que se te ha subido a los ojos la piel de los codos». Yo sé que lo entendió a la primera y no fue necesario insistir, entre otras razones, porque a cierta edad la franqueza se parece horrores al mal gusto. Mi amiga está casada y no es feliz porque su marido ya no se comporta en la intimidad como cuando eran jóvenes. No tendría que amargarse por eso. Suele ocurrir. Se dice que un rostro arrugado es la obvia demostración de haber vivido mucho y que en una tez marchita hay mucho que averiguar. Una fulana me dijo hace años: «No me vengas con la puta historia de que cada arruga es un párrafo de una novela. Vivo de mi cuerpo, cielo. Y a los hombres que me pagan, por lo general no les gusta leer».

lunes, 10 de noviembre de 2014

Belleza con arañas - José Luis Alvite

Belleza con arañas  - José Luis Alvite
Después de mi visita de una semana me he dado cuenta de que en verano Praga es la ciudad ideal si uno quiere ver rusos, alemanes, húngaros, italianos, incluso si echa de menos el civismo de sus compatriotas españoles, igual que en cierto modo tienen razón quienes dicen que para aprender rumano no hay nada mejor que escuchar a Julio Iglesias cantando en inglés. Fueron siete días de un calor insoportable, siempre por encima de los 30 grados, pateando una ciudad en la que incluso son hermosos los restos decadentes de la prolongada influencia del sórdido realismo soviético. Los checos son unos señores contenidos, lacónicos, que hablan lo justo para que se distinga el silencio y ríen con la boca cerrada. Muchas mañanas me senté en la terracita de hotel y me entretuve mirando el paso deletreado de las vecinas de Praga. Las muchachas son delgadas, altas, rubias, y aparentan una adolescencia interminable, como larvas que en su frágil plenitud biológica fuesen a esperar la muerte en la húmeda vigilia azul del interior de una lombriz. Tienen el aspecto algo precario de esas mujeres hermosas en cuyos rostros uno no sabría decir si lo que se trasluce es una emoción contenida, el recuerdo doloroso de un amor fallido o una enfermedad elegante, lenta e incurable que, además de con tristeza, cursase con melancolía, con pudor y con fotogenia. No son carnosas y tienen el rostro muy limpio, con ese poco color que los pintores clásicos reparten por el retrato de la muchacha abatida y romántica en cuyos rasgos no parece que vayan a despertar nunca las arrugas taquigráficas de la vejez. Sentado en mi terracita de la avenida Narodni cerraba los ojos al paso de las muchachas y escuchaba con devoción el fuelle suave e inalámbrico de sus pisadas de talco, como si desfilase por mis sienes el paseo sedoso y levitante de una procesión de intangibles bailarinas de soda. En Praga solo me resultaron más ingrávidos, más flotantes, los patos escalfados bajo el sol en los remansos del río Moldava. Después caía la tarde, amainaba el calor y las balaustradas y los puentes del Moldava se llenaban de inquietantes arañas de todos los tamaños, como garrapiñadas forradas de pelo. Y yo esa mezcla de repugnancia y belleza la recuerdo ahora como haber estado ingresado a la intemperie siete días en una hermosa ciudad en la que las muchachas –lánguidas, catarrales y decentes– sonríen con una mezcla de dolor y dulzura, como si con el nombre del ser amado se les fuese a subir a la boca el sabor de los supositorios.

jueves, 6 de noviembre de 2014

El físico - José Luis Alvite

El físico - José Luis Alvite
Tiene razón Francisco. Dice que la técnica se ha depurado tanto que lo que menos se le mira a un tipo para firmarle un disco es la voz. Hemos alcanzado un nivel técnico tan depurado, que se le podría grabar un CD de éxito a un tipo que llevase menos de ocho años muerto. En el mercado ahora lo que importa es la presencia física y abrir las cervezas con el ano. A las chavalas les miden el talento por la talla del sujetador y a María Callas le dirían: «¡Lástima de voz! Te falta el careto y las proporciones. Vuelve cuando tengas tetas, nena». Además, a los treinta años eres viejo en España. Dentro de poco, en los asilos las monjas sólo admitirán a tipos de menos de cuarenta. Las viejas figuras de la música ligera sacan sus trabajos a escondidas y matan el tiempo plantando mármol en el jardín. Con un taburete y una guitarra ya no vas a ninguna parte, muchacho. Tienes que recorrer el escenario a saltos, lanzarte contra el público, sudar como un minero, si quieres llegar lejos en las galas de verano. ¡Dios Santo!, Serrat y compañía casi parece que no existieron nunca y que sus últimas fotos artísticas se las hizo el fotógrafo de «La última cena». No podrían competir con Bisbal, con Bustamante, con Chenoa, por citar sólo a tres de esos muchachos que alcanzaron la cima cuando apenas habían leído algo más profundo que las instrucciones del Clearasil y su currículum eran tres cursos de taekwondo por correo y tres maneras distintas de usar el papel higiénico con los pantalones puestos. Les pilló tan jóvenes la posteridad, maldita sea, que la última foto de Bustamante antes de salir en la portada de un disco, probablemente, se la hicieron sentado en el coche de la autoescuela. Y ahora, ahí les tienes, amigo, en lo más alto, recorriendo España y cruzando el charco, tersos como lacones, triunfantes, arrolladores y fluorescentes, ¡tan creídos!, tan autopropulsados, ¡joder! que como si tal cosa, serían capaces de contratar a Dios de telonero.

martes, 4 de noviembre de 2014

Azucar y sangre - José Luis Alvite

Azucar y sangre - José Luis Alvite
Con las naturales y consabidas excepciones, por lo general los hombres y las mujeres se unen por la misma razón por la que tarde o temprano muchos de ellos se separan: el sexo. Al cabo de un tiempo de relación en pareja, a muchas mujeres les parece excesivo el sexo que poco antes les sabía a poco. El caso es que mientras ellos aprietan e...l acelerador, ellas pierden velocidad. Descubren entonces que su sexualidad tiene ritmos distintos y un desarrollo peculiar. Eso significa que si se acuestan el miércoles en la misma cama, él disfruta como un loco esa noche y ella tiene su orgasmo el viernes, seguramente mientras él arrastra en su oficina el lento tanteo de la contabilidad. ¿Se puede tener un orgasmo simultáneo con media hora de autobús entre ambos? Puede que sí, que sea posible, pero sólo en el caso de que se le llame orgasmo simultáneo al que un hombre y su pareja tienen con dos semanas de diferencia en la misma estación del año. Según la doctrina matrimonial de la vieja escuela, el hombre casado era feliz si su mujer cocinaba bien, tenía la casa limpia y planchaba a tiempo sus camisas. El tiempo se ha encargado de demostrar que eso era mentira. Los hombres casados no tardan en descubrir que el orden doméstico es enemigo directo de los placeres y que la plancha es un impedimento sexual de primer orden. Ya no quieren compartir su vida con la mujer que ordena su ropa, sino recuperar a la que desplanchaba sus camisas cuando se abrazaban. De estas cosas hablo a menudo con la veterana escritora Kate Sinclair cuando me tomo un fin de semana en su casa de la costa. Sus fracasos sentimentales le han dado una visión de los hombres descontaminada de los prejuicios feministas que tanto daño le hicieron en el pasado. Fue ella quien una tarde me confesó como cosa propia el arrepentimiento que muestran en su obra narrativa la mayoría de sus personajes femeninos: «Me educaron en una visión romántica de la relación con los hombres y no consideraba decente que me sedujesen sin traerme flores en su mano. ¡Bobadas, cielo! Me gustaba que me dijesen cosas bonitas y que se apartasen a mi paso. Decía mi madre que de las manos de un hombre sólo hay que tocar sus regalos. ¡Qué idiota fui, Al! Ahora me doy cuenta de que los hombres elegantes que te abren las puertas para que pases delante son menos excitantes que aquellos otros que se plantan frente a ti y te cortan la retirada. ¿Sabes qué te digo, viejo amigo? Te digo que a mi edad te das cuenta de que los hombres que merecen tu amor son por lo general los mismos que en determinado momento merecen también tu desprecio. Y eso es así, cielo, porque el azúcar de un beso es más fácil de olvidar que la sangre de su mordisco».

Las cenizas amarillas de un monje budista - José Luis Alvite

Las cenizas amarillas de un monje budista - José Luis Alvite
No somos gente de muchas palabras pero nos tenemos cerca para lo que se nos puede ofrecer. Mi amigo Anxo Fortes es sicólogo y tiene una mirada profunda y escrutadora que si te la echa encima te entra ganas de confesar el asesinato de los Kennedy y el terremoto de Agadir. Anxo jamás pierde la calma y suda lo justo para mantener la piel mas húmeda que la correa del reloj. Capaz de las frases más cortas y expresivas, mi sicólogo de "Corzo" podría resumir El Quijote en un telegrama de dos euros. Dios no lo quiera, pero estoy seguro de que si un balazo amenazase con desangrarle una pierna, Anxo Fortes sería capaz de hacerse un torniquete con la femoral de la otra. Muchas madrugadas me quedé mirándole creyendo que no se daba cuenta y comprendí que los ojos del sicólogo pontevedrés podrían ser la distancia más corta entre los míos. A veces Anxo le echa una mano a las cartas a Susiño Oitavén, el jefe del local, y las bazas se suceden a su favor como si viese el juego de su rival reflejado en la humedad del aire. Tipos como él no sería de extrañar que reventasen una caja fuerte utilizando una llave de mantequilla y la combinación de la bonoloto. Me gustan los tipos aplomados y penetrantes como Anxo Fortes, que jamás pierde la calma ni el control sentado en su taburete con la inexcrutable cerrajería de sus piernas cruzadas como dos frazadas de acero. Los tipos como él lo que se merecen no es una tumba, sino una novela. Tiene mi amigo sicólogo una sonrisa escondida, intestina, sorda, la expresión como mosqueada de alguien cuya sonrisa fuese una inflamación del esófago. Anxo Fortes se toma las copas en "Corzo" a metro y medio de mí, dejando espacio para el humo y para cualquier mujer vanidosa, pero lo mismo podría tomárselas en la página 120 de una novela de James M. Cain. En una de esas ocasiones en las que se pone cáustico, Anxo Fortes me dijo que la mitad de mis problemas mentales los habría resuelto meando a tiempo. Naturalmente, no me lo tomé por la tremenda. A un tipo como yo, la causticidad diagnóstica de alguien tan inteligente como Anxo Fortes le sienta como si le mordiese los labios Ava Gardner. O como si le apretase los huevos un tipo con las manos paganas y venéreas de Rita Hayworth. El otro día se me vertió la copa sobre sus flamantes pantalones color vainilla y Anxo se limitó a sacudirlos con el revés de una mano, como si le hubiese derramado las cenizas amarillas de un monje budista. No perdió la compostura. Me disculpé y creo que ni siquiera me hizo puto caso. Sabe que no había maldad. Y que todo es relativo. Anxo Fortes es la clase de hombre tan entero y tranquilo que si se le cayese encima la cagada de una paloma, se querellaría contra la Ley de la Gravedad...

lunes, 3 de noviembre de 2014

Días de calor y literatura deshuesada - José Luis Alvite

Días de calor y literatura deshuesada - José Luis Alvite
En los mejores momentos de su indecisa facilidad para conquistar mujeres, un amigo mío le dijo a su chica de ocasión: "Me tomaré una copa para atreverme contigo, nena, con el convencimiento de que las dos siguientes las necesitaré para olvidarte". Era verano, como lo es ahora, y aquel tipo entendía que el calor banaliza las cosas, incluso las sagradas cosas del amor. Estaba convencido que del mismo modo que hay canciones para el verano y ropa para sobrellevar el calor, habría que aceptar la existencia de mujeres estacionales con quienes el alcohol del daiquiri suele ser más eficaz que los aforismos y que los versos. No comparto la actitud de mi viejo amigo pero tiene algo de razón. No hace mucho estuve a firmar libros en unos grandes almacenes. Hacía buen tiempo y los ciudadanos se habían ido a la playa o a las terrazas de los cafés, así que no le oculté al jefe de relaciones públicas de los grandes almacenes mi convencimiento de que habría sido más interesante firmar toallas de baño. En verano muchos lectores consideran denso cualquier texto que no quepa en el fuelle de un abanico. A Proust lo leerían únicamente en el supuesto de que sus obras las comercializasen en filetes. En verano lo que se vende es esa prosa como de Porcel, esa literatura balear con coches encarnados y las carreteras bajando hasta el mar como rizos de brea, pobladas por cuatro personajes en los que lo más profundo sea la piel, banal literatura de azaleas y terracitas, encuadernada en algo resistente al helado de vainilla y al espermicida. Hay tipos a quienes no parece improbable que el sudor les borre la frente. "¿Cómo puede pretender usted que lea algo de Faulkner con una sardina asada en una mano y el libro en la otra mano? Estamos en verano, cielo, y en verano incluso a las lápidas con las cagadas de las palomas se les borran los epitafios". Mi amiga T. nunca fue una gran lectora pero en verano extrema su aversión a los textos. Dice que en realidad los libros sólo sirven para tener localizado el polvo del salón. No me faltan razones para creer que a Umberto Ecco sólo lo leería si sus novelas se las deshuesasen en la jamonería. De "El crepúsculo de los dioses", a mi pobre amiga sólo le resultó interesante la imagen de William Holden tendido boca abajo en el agua de la piscina. Leo cada verano "La muerte en Venecia" y siempre me sobrecoge esa mezcla de lirismo y malaria, el niño polaco en cuya sonrisa azulea la víspera de la muerte, y la desidia terminal del hombre maduro en cuya lascivia es como si le regurgitase en las ingles el sudor de un conejo engordado con el mercurio de un termómetro. Es como  si Thomas Mann lo hubiesen escrito con el lápiz de ojos de una mujer con presbicia.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Viento a favor - José Luis Alvite

Viento a favor - José Luis Alvite
Era tarde. Se presagiaba en el horizonte la lactosa del amanecer. De la magnífica velada a bordo quedaba el pianista con las sobras del repertorio y un encantador desorden campal en las mesas. Dos extenuadas parejas bailaban como en defensa propia. Le sugerí al pianista una de esas melancólicas melodías de Jobim que ayudan a pasar el último martini. Yo sabía que la bossa nova me hacía más persuasivo. De smoking y lazo al cuello, incluso un tipo quemado como yo tenía la certeza de que su cuerpo era viento a favor. Fue nuestro último amanecer a bordo. Mientras cavilaban los dedos del pianista se me acercó Jerry Marini con una copa en cada mano. «Brindaremos por este último instante de confraternidad, amigo». ¡Jerry Marini! Aquel tipo tosco cuyo cuerpo parecía contrabando de wolframio, había prosperado en el negocio mortuorio hasta regentar una cadena de funeral home. Cuando le conocí en el 54 su tarjeta de visita decía «Jerry Marini. Funeraria». Con el tiempo mejoraron su contabilidad y su gramática y aquella última madrugada se despidió con una encantadora cartulina: «Jerry Marini. Baños de tierra». Unos minutos más tarde se incorporó Kate al lacónico instante del adiós. La melodía de Jobim sonaba como tibias paladas de arena en su pecho. ¡Último día a bordo! ¡Dios Santo! Kate se echó algo sobre los hombros en ese instintivo gesto tan femenino con el que las mujeres se sacuden de encima el frío y la premonición, y salió a cubierta. La alcancé al instante. Y ella me dijo: «Me he puesto algo en los hombros porque no soportaría fracasar de sisas». Rociaba en sus labios la diapositiva del llanto y en sus ojos amargaba el dolor. «No soportaré tu recuerdo en brazos de mi marido», dijo. Apenas se encaprichaba el mar con la brisa. En el borroso sudor de la costa viraba en hebreo, como un pésame de alpaca, una esquela de cormoranes. A medida que levantó la niebla, se delató por estribor el postrado txangurro de una playa desierta.