jueves, 4 de diciembre de 2014

San José Ortega Cano - José Luis Alvite

San José Ortega Cano - José Luis Alvite

Una vez dictada tan benevolente sentencia en el caso de José Ortega Cano a mí sólo se me ocurre pensar que ha sido una suerte que la señora juez no haya condenado al muerto, ni haya tenido la ocurrencia de encarcelar a los testigos. También me felicito porque la sentencia no incluyese una postdata instando a que los ujieres del juzgado sacasen a hombros al torero y lo llevasen en triunfal paseíllo hasta su domicilio. Naturalmente, la opinión pública es ahora libre de hacer consideraciones de todo tipo sobre los términos de la sentencia, incluida la idea novedosa y pintoresca de exigir que se le haga la prueba de alcoholemia a quien dictó una sentencia que, a falta de que se incluya como relevante novedad en los anales de la Justicia, sin duda nutrirá los del humor. Invalidada la agravante del alcohol porque se vulneró la cadena de custodia de la muestra de sangre, queda pensar que de nada han servido tampoco las declaraciones de los testigos en orden a confirmar que el señor Ortega Cano conducía ebrio. Poco importa que varias personas le hubiesen visto beber alcohol por encima de las dosis razonables para conducir sin riesgo y confirmasen su penoso estado de inconsciencia. El resultado del juicio será un escándalo en la calle durante algunos días y acabará constituyendo una incómoda anécdota en la vida del torero, que sale del envite con una condena suave y con esa nueva imagen de hombre sensato y abatido que aprovecha el dolor del proceso para arrinconar el ominoso tinte del pelo y convertirse en un canoso galán maduro. Le esperan ahora los platós recaudatorios de la televisión y brindar por la suerte procesal que ha tenido. Llevará un cadáver en su conciencia, es cierto, pero, ¡qué demonios!, el tiempo pasa y es bien sabido que al remordimiento no le huele a ginebra el aliento. Además, ¿quién nos asegura que no estaba borracha la muerte?

Aquellos días afrutados - José Luis Alvite

Aquellos días afrutados - José Luis Alvite

Al final, la vida de un hombre se reduce a amontonar los recuerdos y tener a mano el teléfono de las ambulancias. El resto son ilusiones pasajeras, planes que no cuajaron y la suerte inmensa de hacer tres comidas al día. Uno se hace mayor y comprende que cada mañana al despertar le espera otro esfuerzo fuera de su alcance, un café que destruye la leche y ese periódico local en el que en cualquier momento será noticia su propio cierre. Hay que rendirse a la evidencia y seguir adelante como se pueda, conscientes de que las posibilidades de que surja una buena noticia no son en absoluto mayores que las de encontrar sangre en las heces. En la vida de un hombre llega un momento en el que se da cuenta de que aquellas cosas que aún le tolera la conciencia ya no se las permite el cuerpo y que hasta podría ocurrir que –por extenuación, por rutina o por desidia– le sobrevenga un bostezo en la mitad de un beso, como recuerdo que le ocurrió a una amiga mía que cumplidos los cincuenta años descubrió que en su declive emocional se daban juntos la resignación y la esperanza, la ganas de leer y la presbicia, y que en el momento de mayor placer sexual se le mezclaban el orgasmo y la llorera. Una madrugada de copas le dije: «No hagas planes y vive cada instante. Los días del ansia de comer dejarán paso a los días en los que habremos de conformarnos con la suerte de no vomitar. No hay otra manera de entender la vida, amiga. Nos quedará el recuerdo de cuando en Navidad nos sentábamos lejos de la cabecera de la mesa, de aquellos días dominicales y afrutados en los que había playas a las que ni siquiera había llegado aún la geografía, aquel tiempo indulgente y bautismal en el que incluso la muerte se perdía camino del cementerio». (Al admirable Andrés Aberasturi)

Estuario con chiquillos - José Luis Alvite

Estuario con chiquillos - José Luis Alvite

Fue un atardecer, en las postrimerías del verano, regresando a casa en taxi con tía Pepita, después de acompañarla a un parto. Ella ganchillaba ensimismada sus hilos portugueses y yo miraba el paisaje con el aliento estampado en el cristal. A la salida del puente en la desembocadura del Umia, tía Pepita detuvo las manecillas de la suave hilatura: «Arrime el coche a la orilla, Benito, por favor; el niño quiere aplaudirle al paisaje». Y así ocurrió una tarde de verano, en aquel estuario de Mar de Frades al que acudían arremangados los muchachos de los Maristas y se metían enhebrados en la bajamar y enfriaban su piel y sus tentaciones con aquel agua herbácea y anfibia en la que trotaba la espuma como una yeguada de escrotos, robalizas y oblea, muy cerca de la playa O Borrón, adonde acudían mis vecinitas de la calle Infantas para ver pasar a lo lejos, como siglas de luz sobre el agua, la silueta del apuesto Albino deslizándose impulsado por el suave molinillo de las lentas brazadas con las que teñía de rosa el agua y grapaba el mar. Fue un instante breve y sacramental, un párrafo de gaviotas en vilo sobre el agua y un extenuado jadeo de los marineros bogando en gris a contraluz, como pestañas a las que fuese a vencer el sueño abatidas en los bancales de una trainera de rímel. «Siga la marcha, Benito, por favor». El taxi se ceñía a la carretera y en el ganchillo de tía Pepita medraba otra vez la lenta buganvilla de algo fosco que nunca supe muy bien de qué prenda se trataba. Quedaban atrás el estuario del Umia y los muchachos de los Maristas con los pantalones abrazados por el agua a sus piernas, la felicidad difuminada en la marimba de su risa y el sexo lacio como una robaliza empalada en un taco de membrillo. Por alguna razón supuse siempre que Dios era una imitación de todo aquello...

Noches con tren - José Luis Alvite

Noches con tren - José Luis Alvite

En una ocasión me quedé sin trabajo en el periódico y no dije nada en casa. Durante dos años fingí unas ocupaciones que ya no tenía. He tenido siempre cierta facilidad para ser contenido e inexpresivo, de modo que mi rostro podría reflejar con el mismo gesto un premio de la lotería, un gatillazo o un cáncer de colon. He sido siempre tan contrario al elogio, como reacio a la compasión. Nunca entendí muy bien que aquel periódico tomase semejante decisión, ni creo que en realidad me haya importado mucho. A veces al anochecer caminaba sin prisa hasta la estación del ferrocarril y me sentaba en el andén a ver salir los trenes. Aquella penumbra y los gálibos rojos en los topes de los vagones me producían una agradable congoja, una tristeza que me gustaba pensar que sería insuperable, un dolor existencial que yo convertía en frases que anotaba de madrugada en los posavasos de papel de los bares que frecuentaba. Ni estaba orgulloso de mi situación, ni era algo que me desesperase. Dormía poco y estaba rendido. Siempre supe que el cansancio produce una especie de agradable resignación, una derrota placentera, como cuando al final de una pelea descubre uno que hay un momento en el que incluso resulta analgésico el dolor. Un día alguien me ofreció trabajo y acepté casi a regañadientes, temeroso de que la relativa prosperidad acabase con mi independencia y modificase mis vicios. Fue entonces cuando Carlos Herrera se fijó en mí y me llamó a su lado. No le importó que fuese errático e imprevisible, ni que pudiese despertar cualquier día en el cadáver apócrifo de otro hombre. Aunque ahora parezco más cumplidor, en el fondo sigo siendo el de antes, el de siempre, el periodista iconoclasta y descreído que a veces se queda mirando a una mujer porque le parece haber visto el rictus de su ligadura de trompas en la sonrisa pagana de Dios.

La chimenea de Treblinka - José Luis Alvite

La chimenea de Treblinka - José Luis Alvite

¿Es moralmente defendible que se aleguen criterios de rentabilidad en la aplicación de la Ley de Dependencia? ¿Cabe estimar en su provisión de fondos los mismos criterios ideológicos con los que se patrocinan otras partidas del gasto público? ¿Será que la derecha política es menos sensible a los inconvenientes de la vejez porque puede atender a sus ancianos y a sus desvalidos sin recurrir al dinero público, igual que cuida sus caballos y sus palos de golf? El envejecimiento es un engorro no sólo para el que lo sufre, sino para quienes comparten su vida. Un anciano es una carga funcional, un lastre económico, una terrible servidumbre. Vivimos en una sociedad que soporta mal el dolor y prefiere delegar en el Estado la incomodidad que supone la vejez. Por otra parte, los políticos recortan gastos sin la menor reflexión sobre la ética del presupuesto, sin que importe que el ahorro resulte no sólo equivocado, sino inmoral, incluso delictivo. Podríamos culparnos los unos a los otros con argumentos y nadie resultaría impune. Entre todos hemos convertido la vejez en un asunto casi agropecuario que se resuelve agrupando a los ancianos en granjas asistenciales que se administran sin la menor emoción, con escrupulosa frialdad, tratando de ahorrar en la medicación, en el abrevadero y en los piensos, utilizando en ello una mecánica en la que para rozar el holocausto sólo falta que al final del tren de lavado alguien se encargue de que funcione con máxima rentabilidad un horno crematorio. A eso hemos llegado en imparable degradación. Hemos convertido la vejez en un subproducto social, y su administración, en una industria de residuos sólidos. Es cuestión de tiempo que la degradación moral de los servicios públicos siga su avance implacable y que sobre los tejados de nuestros asilos y residencias asome la espeluznante chimenea de Treblinka.

Agua de corcho - José Luis Alvite

Agua de corcho - José Luis Alvite

Hay dos maneras de percibir la desalentadora realidad económica por la que atraviesa el país: escuchar las previsiones optimistas del Gobierno para dentro de seis años o meter las manos en nuestros bolsillos y hacer cuentas. Son maneras bien distintas de evaluar la cruda realidad y creo que los ciudadanos se quedan sin remedio con la segunda, es decir, con la evidencia de que las grandes cifras y los grandes conceptos de la macroeconomía importan poco cuando lo perentorio es disponer del dinero que se necesita para la próxima comida. Lo primero que muchos españoles hacen al enfrentarse cada mañana a la vida no es tomar nota de las previsiones abstractas de los economistas, sino abrir con temor la puerta de la nevera y preguntarse como harán para reponer lo que se ha ido consumiendo. No se trata de leer las alentadoras previsiones para dentro de seis o siete años, como nos proponen los políticos, sino de reunir algo de comida, nada del otro mundo, cualquier cosa que no pudra el agua al hervirla en ella. ¿Cuántos de nuestros gobernantes sufrieron la angustiosa sensación del hambre inminente? ¿Y cuántos de ellos conocen el precio de un huevo, el de un kilo de pollo o hicieron cuentas alguna vez porque ni siquiera podían pagar el autobús en el que subirse para recorrer la ciudad en busca de empleo? ¿Recuerdan haber tomado alguna vez café por la mañana en el mismo bar en el que suelen hacerlo su cocinera o su chofer? Mucho me temo que viven en una realidad distinta de la de los ciudadanos, en un mundo amable, antibiótico y feliz en el que todo está en su sitio, igual que están en su lugar de siempre el profesor de equitación, el fuego de la chimenea y las manchas del dálmata. Después vendrá el verano y se irán a nadar sin riesgos en una piscina con los bordes de cretona y el agua de corcho.

Portazos de nailon - José Luis Alvite

Portazos de nailon - José Luis Alvite

A veces echo de menos entre los muchachos del Savoy la “razonable violencia desesperada” de la que suele hablarme Kate Sinclair cuando la visito en su residencia en la costa. Estoy acostumbrado a la ira contenida de Fiore y a la agresividad impasible de tipos como Giacomo Fidanza, que reprimía la tentación de la violencia chascando como nueces los huesos de las manos en el interior de los bolsillos, pero creo que encontraría agradable conocer a uno de esos tipos de los que solo tengo noticia por haberlos leído en algunos párrafos de mi querida escritora. Supongo que entendería mejor esa pasión de Kate si pudiese concebir los sentimientos que despiertan en ella los hombres “cuando pierden la calma obcecados por un impulso primitivo, por una pasión ciega, tal vez por el simple motivo de que el sudor les escuece en las ingles, acaso, ¡Oh Dios,!, porque un hombre resulta más espontáneo, más fiable y también más atractivo cuando es evidente que de un momento a otro incluso podría echarte en cara el tedio de su felicidad”. Dudo que Kate pudiese soportar una experiencia semejante al lado de uno de esos tipos imaginarios, pero, como suele exclamar con nostálgico desaliento, “¡Es tan sincera la furia!...¡Resulta tan razonable un hombre cuando busca una excusa para haber perdido la razón!...¡Resulta tan agradable la sola idea de compartir la vida con un hombre en el que resulte temeraria la prudencia!”...Hace muchos años me dijo algo parecido Lorraine Webster a raíz de haber cenado ella y yo en el Savoy con un tipo que masticaba el humo y los dientes al fumar. A mí aquel fulano me había parecido un hombre impulsivo y poco razonable al que cada palabra que pronunciaba le causaba en el rostro una mezcla de dolor y de furia. A Lorraine, por el contrario, le pareció un hombre interesante y aún recuerdo la contrariedad que me causó su opinión cuando aquel fulano se ausentó después de la inquietante sobremesa: “Sé como se sentiría Kate si hubiese cenado esta noche con ese hombre... Esa violencia no es la violencia gratuita del matón, ¿sabes?, sino la agresividad de un hombre cautivo de sus impulsos que entienda la vida como una partida de cartas en la que la suerte de ganar produjese la misma incertidumbre que la desgracia de perder.. A simple vista ese fulano resulta un tipo violento, agresivo, peligroso, pero a su lado he sentido un riesgo lejano, el sereno y sordo rumor de la angustia, cariño, la misma seguridad que sentiría un soldado si durante el bombardeo pudiese permanecer al lado de la artillería”. Según Kate Sinclair, “un hombre pierde mucho cuando sustituye el simple calor de la furia por la calculada fiebre de la codicia”. Dice el detective Fuller que esa visión de mi amiga escritora esconde alguna clase de insatisfacción sexual. Personalmente no sabría que decir, pero recuerdo una frase leída en una de sus novelas: “A veces la impotencia que produce que un hombre se sobrepase contigo solo es comparable a la decepción que te causaría si se disculpase”. ¿Machismo femenino? Puede ser. Según el columnista Chester Newman, “a las mujeres como Kate Sinclair les gustan los hombres que abren las cartas con la llama del mechero”. ¿Un hombre al que la última mirada de la noche le pudra los ojos? Como lo veía Lorraine Webster, “no es fácil olvidar a uno de esos hombres temerarios e impulsivos que eligen el camino en un mapa arrugado y abren las puertas del coche con un elegante portazo de nailon”...

Pandilla de lluvia - José Luis Alvite

Pandilla de lluvia - José Luis Alvite

JOSE LUIS ALVITE Miro a mi alrededor por la mañana temprano en el café y hay dos tipos leyendo el periódico arrimados a la barra. En el azúcar cuajado de la bollería vendimian sus patas las moscas. Es temprano. Recorre la calle una pandilla de lluvia. Entumecidas en la parada del autobús, dos de cada tres señoras son hombres de mediana edad. En la pantalla de mi móvil alguien dice que me quiere, pero podría ser un descuido, el cruce de un fallo con un error, como cuando en la tintorería te devuelven la prenda de ropa de alguien más apuesto que tú.
Los tipos que leen la prensa en la barra son asiduos del local y hasta se parecen al dueño del bar. Las personas que se aburren se parece mucho las unas a las otras, igual que en el campo de batalla la muerte emparenta los rostros yertos de los soldados caídos en combate. Yo sorbo mi desayuno en una mesa y pienso que no pasarán muchos años antes de que los diarios de papel desaparezcan y entonces otros dos hombres acodados en el mismo bar necesitarán una excusa nueva para pasar el rato a primera hora mientras en sus ojos fragua como tiza la presbicia, en su sonrisa caduca inclinada la esperanza y en la barra enfría el café. El viejo modelo de periodismo se extingue y yo mismo tengo la sensación de que mi tiempo se esfuma y que incluso son cuesta arriba para mí muchas de las calles que hasta hace poco eran de bajada. Todos los quilos de peso que a cierta edad coge un hombre son los que va a necesitar para sus bocados la jodida y tenaz gula de la muerte. ¡Como se ha ido el tiempo! ¡Cuánto corren los días tan pronto no le ves sentido a la prisa! Una noche empecé a trabajar en La Redacción de "El Correo Gallego" y tenía tanta vida por delante, y tantos planes que cumplir, que ni siquiera me importaba que la emoción del trabajo me retuviese la orina y que el empleo me costase dinero. ¡Que idiota fui!¡Que estúpido soñador! ¿Cómo pude creer que no habría en el futuro un solo tren que no pasase, sin luces y sin frenos, por las rayas de la palma de mi mano, con los vagones aplaudiendo al husmear en las traviesas? Una madrugada salí de la redacción de aquel bendito periódico, crucé la calle y en la acera de enfrente me di cuenta de que era cuarenta años mas tarde. Mantenía ciertas ilusiones y algunas esperanzas, pero el mundo había cambiado y mis ojos malamente eran familia de mi letra. Casi todos mis colegas de entonces yacen enterrados y yo me mantengo porque era más joven que ellos, acaso porque el reloj de la muerte tiene las agujas frías y atrasa más que el mío. Todo es distinto de como era entonces. Los niños cuidan de sus madres, en el aire sucio frena con asco el viento y las gallinas se asustan si ponen huevos. Ya nadie engorda por culpa de haberse sentado de vez en cuando un rato a leer. Cada día es más evidente que ya ni el pan ni las manos están al mismo tiempo calientes y que los placeres conducen sin remedio a las enfermedades, si es que ya no son la misma cosa. Una amiga mía que creyó haber tenido con el guante de cocina el primer orgasmo de su vida, corrió a contárselo al ginecólogo y resultó que lo suyo era cáncer de matriz.
Hay ahora muchas más noticias importantes que cuando yo empecé en este oficio y sin embargo a mí me parece que son mas rutinarios mis colegas, seguramente porque están desbordados de trabajo y se han dado cuenta de que en el mundo enloquecido en el que viven ocurre que las noticias de primera página ya no caben en la portada. Su falta de entusiasmo también sería comprensible si se tiene en cuenta lo mal pagados que están, hasta el punto de que el ejercicio del periodismo se ha convertido en una manera decente de mendigar sin que se note, como les ocurre a las fulanas del burdel cuando al acabar su faena, y para conjurar su mala conciencia, mientras con una mano le suenan los mocos a la vagina, con la otra mano limpian de la boca el anzuelo de un beso y de paso se santiguan.
¿Y que fue de los dos tipos que tomaban café temprano en la barra del bar? Allí quedaban cuando marché, leyendo cada uno un periódico en el que seguramente el día de mañana será portada la noticia de su cierre. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Humo con pamela - José Luis Alvite

Humo con pamela - José Luis Alvite

Desde la ventana de mi infancia se veía a lo lejos un tren amarillo arrastrando un enorme moño de humo azul, una locomotora de azabache a la que le sentaba como un bocio aquella curva en cuyo desenlace entre la maleza yo sabía que con el estrambote de los vagones empezaba el somnífero tambor de Kenia. Fue aquel el tren que me dejó en África, en el palíndromo de la infinita sabana capicúa, un atardecer en el que me pareció cruzarme en la estación anaranjada de Nairobi con aquella mujer cuyo rostro tanto se parecía a alguien a quien ni siquiera recordaba haber conocido. Estaba aturdido y no se me iba de la cabeza el mambo del tren, el estribillo de madera de aquellos vagones amarillos caldeados por el azafrán fucsia del atardecer. Un taxi con los rasgos de tres coches distintos me acercó al hotel Empire, en un cruce de calles en el que se escuchaba la risa plural y cobriza de una trenza de chiquillos en cuyos cuerpos medraba lentamente la cucaña de la pubertad. Pensé que aquel era exactamente el único lugar del mundo en el que, a pesar de sus privaciones, y aunque empañase las ventanas el aliento oleoso de la malaria... aquel era sin duda el único lugar del mundo en el que ni siquiera la felicidad tendría remedio. En el vestíbulo del Empire molía lentamente el aire uno de eso ventiladores de aspas que divierten a las moscas y cambian de sitio el calor. En un sillón leía la prensa una elegante mujer madura que pasaba las hojas con indiferencia, casi con desprecio, acaso con resignación, como si supiese que cada página del diario era justo lo que necesitaba para enterrar con alivio lo que no hubiese ocurrido en la página anterior. «Creo que nos vimos hace una hora en la estación de Nairobi», le dije casi con pudor...
«Usted, señora, fue lo único que le ocurrió en aquel instante al humo»...
Se cruzaron dos mozos arrastrando sus percheros dorados por el vestíbulo del Empire y al remitir la gente ya no estaba en su sillón la señora del diario. Ocupaba su lugar y su periódico un hombre mayor con los bolsillos de la americana deformados por el naipe irregular de un puñado de cuartillas. Tenía un estupefacto rostro con las facciones flojas, una cara con culera en la que eran evidentes el cansancio, la decepción y la experiencia. Plegó el diario. «Leía mi crónica de hace unos días. Ni Kenia ni yo somos los mismos de la semana pasada, hijo. Mucho me temo que en África está empezando el pasado». Vi su foto apestillada en la columna del «Examiner». Era Phil Forrester, el escéptico columnista inglés del que se decía que le debía su estabilidad profesional y su equilibrio como persona a que llevaba puestos desde hacía años los zapatos de un viejo camarero de Covent Garden. Me senté a su lado con una mezcla de curiosidad y devoción. «¿Y dice usted que en África está empezando el pasado, señor?». «Así es, hijo. ¿Has visto cómo es ahora el río camino de Mombasa? El agua arrastra un arrabio de peces, banderas y sombreros. Es el fin de una época, muchacho. Mañana se cumplirán diez años de cualquier cosa que hayamos hecho hoy. Ese río... ese río, hijo, ya no está tan vivo y tan caliente como cuando yo metí por primera vez los pies en él hace treinta años y fue como vadear el tacto untuoso y genital de una cesárea. Aquel agua era a partes iguales inocencia, fertilidad y sexo. ¡Un derroche de geografía, sinceridad y vicio!». Lió un cigarrillo y lo selló pasándole la lengua al filo del papel. «¿Y puede saberse que hace un muchacho como tú en Kenia?». «Me asomé a mi ventana en Compostela y me vine en el humo que arrastraba un tren. Necesitaba ser extranjero, señor...».
Le pregunté al columnista si había visto a la mujer que había ocupado antes su sillón. «¿La señora Chandler? ¿Dorothy Chandler? Me precede cada mañana en este sillón, hijo. Suelo leer el periódico con sus páginas recién perfumadas por las manos lactosas de esa mujer. No importa que tan malas sean las noticias cada mañana si ella les ha echado un vistazo con sus dedos. Esas manos, hijo, podrían convertir en trufa las heces de los rinocerontes». Phil Forrester conocía de memoria la vida y los pensamientos de aquella mujer de la que yo sólo sabía que era el único rostro que se me había repetido en sitios distintos desde mi llegada a Nairobi. «Lady Chandler se sube cada tarde a un tren hacia cualquier destino y regresa al día siguiente», dijo el columnista, «y lo hace porque necesita sentir el placer recordatorio de la primera vez que llegó en tren a Nairobi. Hoy va vestida de Irving Berlin. Compra sus vestidos con el vuelo pensado para bailar canciones que le traen recuerdos. Gershwin, Kern, Newman, Rogers, incluso esas cosas suaves de Glenn Miller en las que da tiempo a que medre la hierba entre las vías...». Por si se me ocurriese pensar algo raro sobre el carácter de aquella mujer, Forrester me hizo una precisión: «Es inteligente, cuerda y agradable. Se aloja en el "Empire" desde que enviudó de un latifundista holandés del que se dice que murió a causa de una infección contraída por no desinfectar el dinero sucio que amasaba con sus negocios turbios», añadió Forrester mientras en el bajo vientre del ventilador de aspas se reflejaba el ir y venir hipermétrope de los mozos arrastrando sus equipajes. Cogí el «Examiner». Aún olía al perfume retrasado de Dorothy Chandler y la imaginé abordando en la estación de Nairobi un tren que llevase en el bies de su humo el compás de una rapsodia de Gershwin en la que siempre fuese ayer...
Pasaron los días y no volví a saber nada de la señora Chandler. El señor Forrester había saldado su cuenta en el «Empire» y, por lo que supe en recepción, se había marchado porque «encuentra poco interesante permanecer en un país tan pronto se sabe de memoria sus enfermedades y sus vicios» y también porque sabía que «no hay un solo precedente de que detrás del cricket no impongan los ingleses su moneda, su hipocresía y sus dioses». Me senté en el viejo sillón del vestíbulo y leí en su última columna un párrafo que me puso sobre aviso: «Me aterra la idea de quedarme a ver cómo arraigan en Kenia esos deportes ingleses tan balnearios en los que no hay un solo esfuerzo que no produzca tedio en la mirada y grasa en la cintura. A la estación de Nairobi llegó esta mañana un tren sin humo. Ya está aquí la maldita puntualidad y no tardarán en hacer mella la codicia en los hombres y el pudor en las mujeres. Me largo sin un destino conocido, motivado por la esperanza de llegar a cualquier lugar en el que casi nadie sepa de qué raza es su dios, ni de qué color es siquiera su bandera; un sitio en el que el humo del tren se considere aún el ala gris de una elegante pamela azul. Dentro de nada, en Kenia ya sólo serán extranjeros los nativos». ¿Y Dorothy Chandler? Aunque su estancia en el «Empire» no había sido cancelada, nadie en recepción supo explicarme su ausencia. Pedí un ejemplar atrasado del «Examiner» en cuyas páginas aún duraba, como un mosto de papel, el perfume de aquellas manos de mujer. Llegaba desde la calle el bullicio de los chiquillos y el claxon de los coches, el sonido primario y mestizo de una ciudad en la que los lugareños eran felices sin necesidad de tener motivo y los europeos sudaban una mezcla de membrillo, soberbia y orina.
Sin la excusa de una mujer como Lady Chandler que me retuviese en Kenia, devolví mi equipaje a la maleta y decidí tomar en la estación el último tren con humo, mientras el Imperio Británico se desmoronaba y en el «Empire» se corría la voz de que en Mombasa habían visto la sangre en las tacitas de té. Como tantas veces, también en Kenia la revolución se imponía a los modales y los ingleses se marchaban con ese estilo inimitable en el que tanto se parecen la cobardía y la prudencia, dejando una romántica estela de buena literatura, esmerada cortesía y pésima gastronomía. Para aquellos ingleses el sexo sólo era una manera de cruzar las piernas. Me subí al tren justo cuando partía. Para hacer sitio a más viajeros se decidió que arrojásemos los equipajes por las ventanillas. Alguien comentó que si el maquinista no se daba prisa, el «Mau Mau» habría levantado las vías más al norte y tendríamos que escarbar nuestras tumbas con los dientes. Hacía un calor sofocante. Anocheció al poco rato y quedé dormido en el sopor de aquel cocedero en el que hasta olía a sexo el barniz de la madera. Después desperté en una nube de vapor densa como un albornoz. El tren se había detenido en un paisaje distinto y no había nadie en los vagones. Y recuerdo que por una puerta mal cerrada salí del tren entre aquel humo que se fue enrareciendo hasta disiparse. ¡Ni rastro de Kenia! Frente a mis ojos, la estación de trenes de Compostela. Entré en la cantina y me senté en una mesa. El camarero me trajo un café y un ejemplar del «Examiner» doblado por la columna de Phil Forrester. «Raro, ¿verdad?» –preguntó el camarero–. Este ejemplar es todo cuanto sé de mi mujer desde que se lio en Kenia con aquel periodista inglés. Mi mujer había ido a una boda a Nairobi. Por eso la columna se titula «Humo con pamela».

Bombillas negras - José Luis Alvite

Bombillas negras - José Luis Alvite

No podría negarlo. Aun siendo ellas mismas, las mujeres a las que conocí no son casi nunca las mujeres que luego recuerdo. Muchas veces ni siquiera en el instante de conocer a una mujer estoy seguro de que tenga mucho que ver con la mujer que será tan pronto por un instante cierre los ojos. Suelo recordar mucho el vestido blanco que llevaba puesto aquella chica que vestía de verde, igual que recuerdo que la llevé en coche a su casa la lluviosa madrugada de enero en la que por un enfado se marchó andando. Supongo que se trata de una indulgencia literaria que me ayuda a reconvertir en algo agradable cualquier momento que en realidad no lo fue. En la mayoría de los casos a ellas no les importó demasiado, otras veces ni se dieron cuenta y con cierta frecuencia me tropecé con la clase de mujer que reacciona como lo hizo aquella amiga mía al final de un estrepitoso fracaso en la cama: «No importa lo que esta noche no haya ocurrido entre nosotros. Los dos estuvimos desacertados, pero yo sé, cariño, que lo mejorarás cuando lo cuentes». Y no se equivocó. Me conocía bien y sabía que lo que no pudiese lograr la lencería, lo conseguiría sin duda la literatura, del mismo modo que, después de una batalla perdida, el poeta endulza el fracaso con un elogio de la derrota que para si querría el vencedor. Consciente de mi manera de entender ciertas cosas, en otra ocasión me dijo: «Acabaremos este cigarrillo preparatorio y después apagaré todas las luces para que te fijes bien en mí». Y sin embargo no fue tampoco aquella una noche afortunada. Porque en medio de la perfecta oscuridad me falló la maldita inspiración y durante el buen rato que estuvimos en la cama imaginé que había sido imposible apagar las luces. Nunca pude entender que en la ferretería no vendiesen lámparas con las bombillas negras...

El aliento y las ideas - José Luis Alvite

El aliento y las ideas - José Luis Alvite

Cerca de mi casa han cerrado tiendas de ropa y restaurantes, disminuyeron drásticamente los quioscos y hay un par de mendigos que tienen más d compensarla con el recurso de los santos. En el bar de mi amigo Antonio ya no toman café las putas que acudían cada mañana con la boca deformada por la mueca rumiante del sexo, porque, como sugiere él, el cauce está tan vacío, muchacho, que ni hay agua bastante para que se moje el río. Antes de echarle el cierre a su negocio, el propietario de un reputado restaurante compostelano me comentó que la progresiva decadencia del gremio de hostelería significaría el desconcierto social de España y el fin de una era de felicidad colectiva en la que al final de una cena de amigos los comensales no hacían cola en el baño para evitar el pago de la factura. Se dice que en los países calvinistas y fríos es la cultura lo que evita las revoluciones y que esa contención en el sur sólo pueden ejercerla los bares, esos locales tan abundantes y tan concurridos a los que acudimos tradicionalmente los españoles, ciudadanos cálidos y sociables de un pueblo que sabe que una guerra tiene más sentido si al final de la columna de blindados avanza sobre una peana de humo la silueta de la cantina. Lo terrible es que el entusiasmo que tendríamos que haber puesto en las ideas, lo hemos empleado en el aliento.

Talento y pegada - José Luis Alvite

Talento y pegada - José Luis Alvite

JOSÉ LUIS ALVITE Jamás oculte mi respeto hacia la luminosa expresividad de los textos de Roberto Vidal Bolaño, ni mi admiración por su arrolladora fuerza vital. Se daban en Roberto dos cualidades que raras veces coinciden en la misma personalidad: talento literario y vigor físico. Tomando copas con él, uno comprendía enseguida que se hallaba ante un tipo capaz de defender sus ideas con una brillantez intelectual en cuyo remate nunca parecía improbable un apasionado arranque de cólera. Tenía talento y pegada. Recién nombrado director del Centro Dramático Galego me tomé unas copas con él en el sótano de "Maycar" y me pareció que su semblante era tan inexpresivo como antes de la buena noticia. Y también eso me gustaba en el formidable escritor compostelano. Roberto Vidal Bolaño encajaba el éxito como una contrariedad cualquiera, como si entendiese a regañadientes que el éxito es el único fracaso que un hombre no puede sobrellevar sin dar explicaciones. A veces me quedaba distraído mientras Roberto soltaba su infinito discurso nocturno y me daba la impresión de estar tomando copas con un tipo hondo, hosco e inteligente que por su categoría cultural y por su vigor físico con el tiempo podría haberse hecho acreedor a que le entregasen el Nobel de Literatura en el ring del Madison Square Garden. Aun en el caso improbable de que con el cansancio le fallasen los argumentos, Roberto Vidal Bolaño tendría siempre la razón en aquel rostro amartillado e impenetrable con el que lo mismo podría ganar un premio teatral, que atracar un banco empuñando el forro de sus bolsillos. Cuando el cáncer le había minado, el actor Pancho Martínez se pasaba cada noche por "Rahid" y me contaba la increíble fuerza física de aquel tipo terminal y corpulento que todavía se subía a los escenarios y derrochaba más energía que nadie. La quimioterapia le había bruñido el cráneo pero Roberto conservaba la rara vitalidad de alguien dispuesto a recibir su propio duelo sentado en la conserjería del tanatorio con el pelo en una bolsa. Dicen que fue siempre así, un talento arrollador e incandescente, uno de esos tipos que sostienen sus argumentos y sus razones contra viento y marea y que llegado el caso de que trates de ofenderlos, reaccionan como solía hacerlo Roberto, que te absolvía con una sonrisa ácida y ambigua, a la vez duro y tolerante, vertical y a pecho descubierto, con la benéfica firmeza de alguien que te estuviese perdonando sin contemplaciones. Recuerdo una de aquellas madrugadas tomando copas en "Maykar". Entramos juntos a mear en el retrete y mientras nos lavábamos las manos, me miró por el espejo y dijo: "Joder, Alvitiño, tenemos el aspecto de dos tipos que tratasen de ocultar la cara con el rostro". Como siempre, Roberto tenía razón. Eran las cinco de la madrugada y a las cinco de la madrugada y en aquellas circunstancias, no sabíamos muy bien si el otro le convencía, o, simplemente, le intimidaba. Cada vez que nos abrazábamos, aquello, en vez de afecto, era combate nulo. Después seguía su paso el tiempo y al borde de amanecer nos dejábamos caer por la barra alta de "Araguaney", luego salíamos a la calle y Roberto prolongaba en la acera su interminable discurso lleno de sinceridad, de categoría y de rabia. Jamás le entraba sueño, a no ser que aquel bronquial ronroneo de su talento fuese su manera de dormir. La última vez que hicimos algo semejante, Roberto me confesó su desencanto por la renuncia de algunos amigos intelectuales a vivir a deshora en las calles la pulsión de las gentes del subsuelo. Creo recordar que hizo la excepción de Luis Mariño, aquel intelectual culto e inolvidable que siempre me hizo creer que el dinero sólo se necesita para conservar intacto el prestigio que dan las deudas. Luis y Roberto murieron con tres años de diferencia. Muchos de aquellos otros intelectuales de hace quince o veinte años se retiraron a sus casas en el campo y no cogen un libro de Bukowski sin ponerse el antibiótico guante de la masturbación. Yo creo que esos tipos sólo se atreverían a asaltar el poder armados con sus palos de golf. De L.C. me dijeron que ahora sólo bosteza en el dentista. Será por eso que cada vez que trasnocho, me retiro a casa con la sensación de haber pasado la madrugada en cualquiera de esos sitios en los que los viejos trasnochadores sólo corremos el peligro de resultar ilesos.

Cuando relinchaba el sexo - José Luis Alvite

Cuando relinchaba el sexo - José Luis Alvite

Hay un momento en el que descubres que ya no te ocurre algo que te sorprenda, ni ves cosas nuevas de las que desconozcas el nombre. Te preguntas entonces si aún hay alguna posibilidad de que te ocurra algo maravilloso que jamás te haya sucedido, como recuerdas que era tu vida no hace tantos años, cuando tus emociones eran más grandes que tu vocabulario y tenías la agradable sensación de que la existencia era algo que representaba cada día de manera sorprendente e imprevista, como la primera vez que besaste a una mujer y no te importó guardar silencio porque no sabrías cómo describir lo que acababas de notar. Sentías emoción por cosas que desconocías y que tal vez ni siquiera habías imaginado, supongo que casi el mismo estupor que sentirías ahora si dejasen de ocurrir algunas de esas cosas repetitivas que tan a menudo te suceden y todo empezase de nuevo en aquellos días ingenuos y remotos en los que cada mañana, al despertar, la vida era para ti como si el aroma del desayuno fuese la primera vez que tenías madre. Ni imaginabas siquiera que la suerte de vivir llevaría aparejado sin remedio el riesgo de envejecer. Siempre estaba a mano la analgésica belleza de lo nuevo, y por muy mal que estuviesen las cosas, para ti siempre sonaba lejos el fragor de los obuses, la ferretería de la guerra. En las viñas de mi niñez goteaban leche verde las uvas recién herniadas y cuando empeoraba el tiempo nunca resultaba tan amenazador, ni tan terrible, que no pudiese arder la leña mojada, ni fuesen tan azules las nubes más oscuras. Los hombres sabios que conocí entonces salían cada mañana a la calle y ni imaginaban siquiera que algún día serían ellos la estatua en la que jugarían sus nietos en el parque. Ya nada queda de todo aquello, muchacho, de cuando en las bisagras de las alcobas relinchaba sin aliento la onomatopeya del sexo.

Agnosticismo con poleo - José Luis Alvite

Agnosticismo con poleo - José Luis Alvite

No recuerdo en qué momento de mi vida dejé de ser creyente, seguramente porque mi escepticismo no me pareció entonces una conquista inteligente, una proeza intelectual, algo que valiese la pena considerar inolvidable. Por mi buena memoria numérica, supongo que lo recordaría si, habiéndolo fiado todo a la tarjeta de visita de Dios, en algún descuido hubiese perdido su teléfono. Fui un niño creyente y practicante, un dócil y abnegado muchacho que les soplaba a las mariposas para ayudarles a volar y a veces hacía las cosas mal adrede porque quería sentir el extraño e incómodo placer del remordimiento frente a alguien superior que me hiciese reproches con mayor legitimidad moral, y más contundencia, que la roñosa bibliotecaria del instituto cada vez que le perdía un libro. Lo que tengo claro es que quien me alejó de Dios no fue la ciencia, ni el trato con los sacerdotes, ni que a las monjas les oliese en el aliento el requesón de su sexo fermentado en el nido ignífugo de sus bragas de amianto. Creo que fueron mis rodillas, que llevaban mal la repetitiva gimnasia del reclinatorio, sobre todo cuando iba con tía Pepita a la novena de San Bieito y volvía por la noche a casa diezmado por aquella fatiga litúrgica que tanto daño me hacía en los malditos meniscos. Pero no dejé de creer en Dios como resultado de una reflexión lúcida, ni movido por alguna lectura inteligente, de modo que no puedo presumir de mi agnosticismo, sino, simplemente, admitirlo como el resultado de una cierta pereza recreativa, supongo que también como la consecuencia de que en el camino de la parroquia alguien tuvo la ocurrencia de abrir un salón con futbolines. Supongo que creeré otra vez en Dios cuando en medio de la agonía no me importe que el jodido consomé venga mezclado con el poleo insípido de la extremaunción.

Amor con flemas - José Luis Alvite

Amor con flemas - José Luis Alvite

Resulta sorprendente que nuestras modelos y actrices, nuestros toreros, los futbolistas, cantantes y otras especies de la vida mundana se enamoren con tanta facilidad, rompan enseguida unas relaciones que se suponían sólidas e idílicas y vuelvan a enamorarse sin haberse tomado siquiera un respiro, con una facilidad que no deja de asombrar a quienes, como yo, consideramos casi un exceso sentimental habernos enamorado cuatro veces en cincuenta años. ¿De verdad se enamoran tanto como dicen ellos y proclaman los programas televisivos o la prensa rosa? ¿No resulta sorprendente que muchos de esos enamoramientos suceden cuando se trata de relanzar la carrera decadente de alguien o se pretende promocionar su película más reciente o su último disco? Yo lo siento por mis colegas de la prensa rosa, pero creo que son cómplices de una gran patraña cuyos fines no son en absoluto sentimentales, sino descaradamente comerciales. El enamoramiento no puede ser ese asunto trepidante, frívolo y superficial que ellos retratan con una prosa recargada de frases hechas, ensambladas en textos manidos que tendrían que ser considerados la obvia demostración de que hay una prosa que más que para la lectura parece indicada para su fácil conversión en albóndigas o en flemas de menta para ser disparadas como goma arábiga en la escupidera. Esos excesos sentimentales urdidos por agencias especializadas y jaleados por la prensa rosa resultan tan artificiosos como que cualquiera de esas criaturas de veinte o treinta años publique sus memorias en un momento de su vida en el que ni siquiera ha tenido tiempo de que le ocurra la mitad de las cosas que le sucedieron a su abuela, aquella mujer silenciosa y abnegada que, ansiosa por disfrutar de un sentimiento sublime, hizo lo imposible por enamorarse de su marido un instante antes de que una bronquitis mal curada la dejase viuda. Yo preferiría no enamorarme por quinta vez, sobre todo porque temo que con el dinero de mi divorcio se quede con mi chica el abogado.

Esquela con lilas - José Luis Alvite

Esquela con lilas - José Luis Alvite

Estaré en la Feria del Libro de Madrid, esta vez para firmar ejemplares de «Lilas en un prado negro», que es un título recopilatorio de relatos urdidos en la penumbra de mi cabeza en un momento de mi vida en el que hasta me parecía que fuese yo el único excremento que no se atreviesen a comer los cerdos. Contiene pasajes amargos y otros jaspeados son la llamarada ignífuga de un humor sin demasiadas esperanzas, como ese gesto de vago y remoto placer que veríamos en el rostro de un muerto al que le hiciesen cosquillas las lombrices que devoran tenazmente la gomosa flacidez de sus vísceras. Pero eso es lo de menos. Soy devoto de la Feria porque me acerca a un público lector al que, además de las alubias, le debo el remanente de mi precaria felicidad, incluso la vida. En absoluto me mueve el ansia de un éxito editorial, no porque desprecie sus dividendos, como cualquier esnob, sino porque me he concienciado desde muchacho de que la vida es un viaje a bordo de un tren con humo que avanza al tacto sobre las vías gracias al recurso de ir alimentando las llamas del fogón con la madera de sus vagones. Lo que de verdad me interesa es ese rostro plural de los lectores, la mirada colectiva de quienes siendo tan distintos entre sí, en el fondo tanto se parecen a mí. Lo digo porque del mismo modo que los veo frente a mí en una de las casetas del Retiro, con la misma naturalidad, y tanto efecto, podría imaginarlos echándole con cariño un vistazo a mi cadáver en el tanatorio. Les regalaría a todos ellos el libro si pudiese. Mis lectores se ahorrarían un dinero y yo sería el de siempre, un tipo que escribe sin ambiciones materiales, si acaso con la razonable esperanza de que con motivo de su muerte a los suyos les hagan un descuento en la esquela del periódico.

Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite

Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite

Conozco a muchas mujeres que estarían dispuestas a romper con su vida familiar de muchos años y dar un paso hacia delante en busca de la libertad y del placer sin importarles siquiera que al otro lado de la niebla acaso les esperen la decepción, el remordimiento o el abismo. Sólo unas pocas al final se deciden a dar el paso, echan dos mudas en una bolsa, queman en un cenicero la última lista de la compra y salen al encuentro del tipo con el que esperan compartir la emoción de la incertidumbre, la indescriptible excitación del caos, enfrentadas a partir de ese instante a una existencia aleatoria en la que sólo queden a mano las cosas que estén fuera de su sitio. Pero esa clase de mujer son casos contados. El resto hacen conjeturas, sopesan las ventajas y los inconvenientes, y aunque aprietan los dientes y parecían dispuestas a no volver la vista atrás, lo cierto es que recogen otra vez la llave del felpudo y prefieren renunciar. Ellas dicen que se quedan porque se deben a los suyos, pero yo creo que en esas circunstancias mis amigas llaman responsabilidad a lo que ellas y yo sabemos que sólo es cobardía. Esa actitud claudicante y miedosa recuerda en cierto modo la angustia de los esclavos negros de Virginia o de Alabama al enfrentarse a la incertidumbre de la libertad tras la derrota del Sur y el desmoronamiento de aquel mundo señorial, soñoliento y esclavista en el que si bien se sabían atados a la disciplina de las oprobiosas plantaciones de algodón, al menos estaban seguros de cenar cada noche cualquier cosa que diese pena vomitar y mejorase al menos la comida de los perros. Una de esas amigas mías se hace trampas para vencer la tentación de romper amarras y no le importa reconocerlo. Una madrugada me la encontré de copas en la barra del «Corzo» y me dijo: «Me da miedo que mi conciencia no me reproche la decisión de abandonar a mi familia y cambiar de vida para ser feliz. Para que eso no ocurra me creo compromisos estúpidos que me obliguen a seguir en casa al día siguiente. ¿Por qué diablos crees que pongo tan a menudo a funcionar la lavadora sin ropa y dejo cada noche seis puñados de lentejas en remojo? Puede que sea muy triste, pero necesito convertir mi aburrimiento en un deber». Mi amiga ya no ama a su marido y sus hijos viven lejos. Pero no se larga de casa porque, aunque ella no lo diga, yo sé que lo que de verdad le preocupa no es tener un buen motivo para marchar, sino que no acierte luego con una buena razón para volver.

Shaolín, Cambados - José Luis Alvite


Shaolín, Cambados - José Luis Alvite


No he entendido nunca que para aprender a meditar haya que recluirse con una túnica anaranjada en un monasterio chino, decir aforismos enigmáticos y disculparse con las acelgas antes de comerlas. Don José Ortega y Gasset razonaba muy bien con traje y corbata, Oscar Wilde hacía formidables aforismos casi sin probar el arroz y tía Pepita tranquilizaba a las parturientas con una frase bien poco tibetana pero de una eficacia concluyente: «¡Deja de gritar, maldita sea, y empuja!». Tía Pepita no sabía nada del monasterio de Shaolín, ni creía que hubiese algo más cosmopolita que el cartero. Se había hecho comadrona durante la Guerra Civil en un curso de urgencia en la Facultad de Medicina de Compostela y tenía del sexo la idea aproximada de que era algo un poco hidráulico que funcionaba casi como la bomba del pozo. La acompañé de niño a muchos partos en las aldeas de Cambados y no recuerdo una sola queja de sus pacientes por aquel temperamento tan práctico. Concluida la tarea, tía Pepita se enjuagaba las manos y resoplaba con una mezcla de alivio y satisfacción, como si, además de traer a un niño al mundo, con las mismas herramientas hubiese desatascado un obús. Luego me volvía con ella al pueblo y en la aldea quedaba la madre con su bebé recién nacido, feliz y relajada, la cara limpia y la cama recién mudada, mientras en la cocina alguien prendía un faldero fuego de leña en el que hervía la leche y se adormecía el gato. Nadie hablaba entonces del monasterio de Shaolín. El hambre era laxante y la gente se relajaba en el retrete con las mismas muecas de contenido placer que recordaba haber visto en el rostro de su padre aquella lejana tarde en el campo. Y en el rostro de tía Pepita regurgitaba la señorial serenidad amodorrada de aquel mundo elemental en el que con la pachorra le brotaba al fuego la misma lana que a las ovejas.

Los robles de Hyde Park - José Luis Alvite

Los robles de Hyde Park - José Luis Alvite

Ya estaba ella sentada en el trono de Inglaterra cuando empecé yo a ir a la escuela y creo que seguirá ahí mientras no acabe con ella cualquier enfermedad de la madera. En muchos países modernos hay monumentos más jóvenes que ella, más frágiles y, desde luego, menos arrogante de su porte no parece que se haya desmoronado aun el Imperio Británico. Tiene la reina Isabela II de Inglaterra la ambigua expresividad heráldica de alguien que sabe a ciencia cierta que pertenece a un mundo augusto y antiguo en el que lo que importa de las manos no es su calor, sino los modales. Es algo que le viene de cuna y por haber vivido en un ambiente familiar en el que no era extraño encontrarse por la mañana una perla en la escupidera de su padre y una corona entre la loza del desayuno. Acaba de cumplir sesenta años de reinado y no hay síntomas de que piense abdicar. Se mantiene encaramada en un alto índice de popularidad entre los británicos y no parece que nada vaya a moverla del trono si ni siquiera han conseguido que se resienta su entereza los dibujantes del «The Times». Ella es la madre, la abuela o la bisabuela de todos los británicos y ha conseguido que sientan por ella esa mezcla de fascinación, curiosidad y adicción que suelen despertar las leyendas, los narcóticos y los sellos de Correos. Hasta que un día su médico de cabecera encuentre el alabastro de su cuerpo en el lecho palaciego, mire el reloj de leontina y certifique que Su Graciosa Majestad acaba de fallecer víctima de una de esas enfermedades que ahuecan los robles de Hyde Park.

martes, 2 de diciembre de 2014

Pamela con vestidos - José Luis Alvite

Pamela con vestidos - José Luis Alvite

Ocurrió muchas veces en mi infancia y no estoy seguro de haberlo superado. Mi madre ingresaba con frecuencia en un sanatorio para ser operada. Desde Cambados venía tía Pepita para que hubiese una mujer en casa. Aunque fuese media mañana, nada más llegar ella, irrumpía la noche y aquel silencio casi abacial que sólo se interrumpía para que se dirigiese a mí con un aviso que nos concernía a todos: «Tenemos que estar preparados para lo peor». No decía otra cosa, ni expresaba nada con aquel rostro tan austero en el que se plisaban sin idioma las facciones reglamentarias de un conserje. Después se levantaba la mesa y yo me iba a la habitación de mi madre, abría el ropero y miraba con tristeza la caja de su pamela y sus vestidos vacíos. Solo un rato, casi abrir y cerrar el ropero, el tiempo justo para darme cuenta de que estaba a punto de convertirme en el huérfano de un puñado de ropa, en el expósito perplejo de una mujer hermosa, dulce y vulnerable con la que temía encariñarme por miedo a echarla de menos si se cumplía el vaticinio mortuorio de tía Pepita, que esperaba de mí la entereza de un soldado enlutado por la muerte de su comandante, el ácimo dolor institucional de un niño que no perteneciese a una familia, sino a un escalafón. «No entiendo cómo con su mala salud, tu mujer no le tiene ropa negra a estos niños», le escuchaba decirle a mi padre en la cocina. Y volvía el silencio, aquel silencio descalzo en el que mi respiración sonaba como si cavase una sandía en mi pecho la azada del enterrador. A los pocos días mi madre regresaba a casa débil y demacrada, con el vientre recogido en el cuenco de una mano sin tacto. Entonces tía Pepita se volvía a Cambados y yo me veía vestido de negro en el reflejo medicinal de los ojos grises de mi madre...

Sombrero de paja - José Luis Alvite

Sombrero de paja - José Luis Alvite

En sus labios aprendí de oídas a leer, compartimos de niños los libros y la ropa, estuvimos mucho tiempo en las mismas fotos y me gustaba sentarme a su lado en el muelle de Cambados porque mi hermano miraba el horizonte con una mezcla de ansia y resignación, como si el tiempo que estaba por venir fuese apremiante y al mismo tiempo innecesario, igual que un buey tirado por caballos. Tenía los ojos muy vivos y muy azules, tan limpios y tan traslúcidos que eran como esa poca agua en la que incluso hace pie la lluvia.
Sabía tocar la guitarra y dibujaba a tinta china unas mujeres con los ojos velados por una indiscreta ceguera como de vidrio, con un portal en el vientre, y en el portal, un mendigo con el esqueleto amarillo de un niño cenando hambre azul en su regazo. Una tarde se cayó al mar vestido al bordear la escollera del muelle y salió a flote sin reloj y sin zapatos. Fue aquella la primera vez que temí que se acabasen para siempre las fotos a su lado, el ábaco de la música presintiendo el tiempo en su guitarra y aquellas tardes de verano en las que nos sentábamos en la bajamar de Tragove y mirábamos como bogaba en su dorna un marinero a merced del cansancio, en un matorral de espuma. Me había dicho mi hermano que al retirarse la marea bajo el sol de agosto, con el agua seca y ardida podríamos hacernos un sombrero de paja.
Tendría que recordárselo cuando murió, pero me pareció tan pensativo que no me atreví a distraerlo. Mi hermano sabía tantas cosas que al ver su cadáver algo me dijo en mi interior que en realidad no era aquella la primera vez que se moría. Y si hoy le recuerdo aquí es porque cuando murió estaba yo tan ocupado en acabar aquel bendito sombrero de paja, que mis estúpidas manos no tuvieron entonces tiempo para las flores.

Fuego meado - José Luis Alvite

Fuego meado - José Luis Alvite
Sería por culpa de la ambigüedad moral que te invade al cabo de tantos meses de insomnio, el caso es que aquellos fueron sin duda los momentos en los que estuve cerca de acertar con mi vieja idea de unir mi destino al de una mujer ambiciosa, atractiva y perversa en la que incluso fuese imperdonable la bondad, alguna de aquellas fulanas ambiciosas y desalmadas, maduras y desesperadas, aun hermosas, en cuya compañía siempre pensé que incluso la muerte podría parecerme un premio, y mi cadáver, el trofeo. Se llamaba R. y necesitaba unirse a un hombre que le ayudase a desplazar de su lado al tipo rudo y vulgar con el que llevaba quince años casada. «Bésame –me decía– y sentirás como un anticipo de la gloria el placer de escupir en la boca de mi marido». Acudí a su casa unas cuantas tardes aprovechando que aquel tipo trabajaba por horas acarreando equipajes en un hotel. Me gustaba correr el riesgo de que apareciese su marido y hubiese una trifulca. Sabía que me estaba engatusando y que aquella historia podría acabar muy mal, pero en el fragor de la lujuria, en la berrea de su cama con las patas desiguales, de repente me sentía redimido por el olor de la fruta que llegaba desde la cocina mientras en la boca de aquella mujer maduraban la saliva y las blasfemias y se apoderaba de mi conciencia el deseo de no parar, el ansia de insistir en el riesgo, como un atleta que si corre hacia la meta es por temor a que por la espalda te alcance de nuevo el fracaso. «Tienes que sacarme de aquí y ocultarme a tu lado en alguna parte», me pidió una de aquellas tardes. «Será lo mejor –insistió– antes de que mi marido sepa lo nuestro y pierda la cabeza». Me gustó que hablase de «lo nuestro». Sonaba cómplice, amoral y excitante, como si estuviese robando en sus bolsillos mi propio dinero...
Ella era una pasión para mí, una tentación arriesgada que yo sabía que me perdería interés tan pronto dejase de suponer también un peligro. Deseba compartir su intimidad, pero no quería cometer el error de formar parte de su rutina. Y tampoco estaba seguro de que sus sentimientos no fuesen más que la falsa apariencia de su ambición, la ganzúa en la que a veces me parecía que se convertía su sonrisa cuando pensaba que yo jamás sería capaz de tomar una decisión que no fuese copia literal de la suya. «Podríamos alquilar un piso en el otro lado de la ciudad, en una de esas calles que tanto te gustan en las que ni siquiera estuvo más de cuatro veces el cartero», me propuso una de aquellas tardes de lujuria y tensión en su alcoba. «Tú disfrutarías con más calma del placer y yo estrenaría cada noche lencería», dijo con aquella voz saciada que olía como su pelo. Me defendí como pude: «No funcionaría. Suele ocurrirme que me produce más placer viajar cuando, sentado en mi automóvil, imagino que voy al volante de un coche robado. ¿No estamos bien así? Me atrae el riesgo que corremos. Creo que un hombre como yo sólo puede ser feliz si para conseguir la felicidad necesita agallas». Escuchó mi contraoferta ladeada en la cama, con un cigarrillo en la mano, sin perder la compostura, segura de sí misma, sin duda convencida de que sucumbiría a su proposición tan pronto volviésemos a encontrarnos en su alcoba y mis manos descubriesen otra vez en su cara el mismo tacto irresistible que si pasase la mano por sus medias. Solía ocurrir, sobre todo cuando pasaban algunos días sin vernos y al sentir su sensualidad invertebrada pensaba que incluso si me disparase en la boca me habría parecido sexo oral. Una tarde me dijo: «Los vecinos hablan y mi marido escucha cosas. Un día se me escapará tu aliento en su boca...».
Me desentendí de sus sugerencias como pude y seguí visitándola en su casa. La idea de alquilar un piso al otro lado de la ciudad no era desde luego lo que esperaba de ella. Necesitaba una alternativa más fuerte, algo que en vez de disminuir la tensión aumentase el peligro y nos obligase a tomar una determinación dramática, un giro inesperado que, además de confirmarnos como amantes, nos uniese en la custodia del secreto de algo verdaderamente inconfesable. Mi idea era entonces que dos amantes no podrían conseguir el placer de la gloria si camino de alcanzar el paraíso no les saliese al encuentro el grave riesgo de pisar la cárcel. Se lo había dicho la primera vez que bailamos juntos en aquel húmedo local sin gente en el que la pista se oscurecía aún más al encenderse la lepra de la luz. «No sabría decirte qué es exactamente lo que me ocurre contigo, pero creo que por primera vez me doy cuenta de que eres la clase de mujer tentadora y complicada con la que sería feliz compartiendo al mismo tiempo mi dinero, tu codicia y un cargo de conciencia». Ella se refugió con ahínco entre mis brazos como si con aquel pensamiento la hubiese cogido el frío. «¿Matarías por mí?», preguntó casi con rutina, sin darle demasiada importancia, como si supiese la respuesta. Enterré mis narices en el aliento pecuario de su abundante mata de pelo negro y aspiré su olor a caballeriza, el perfume carnal y cobrizo de aquella melena en la que me pareció que contenía su estampida la yeguada ciega del sexo. ¿Por qué diablos no habría apalabrado con ella aquella noche el crimen que además de confirmarnos como amantes nos convirtiese en cómplices? Comparada con aquella posibilidad, la idea de mudarnos a un piso a las afueras me resultaba un riesgo sin la menor emoción. Era como asaltar un banco y abrir allí mismo una cuenta con el dinero del botín...
Al ver que yo no me decidía a dar el paso que esperaba de mí, buscó una excusa para espaciar nuestras citas. Sin duda, pensaba que el racionamiento me haría entrar en razón de la manera como solemos hacerlo los hombres cuando nos puede el deseo: perdiendo la cabeza. Aunque llevábamos poco tiempo juntos, me conocía bien. Sabía que la buscaría aun a sabiendas de que ella fuese sólo el cebo al final de la ratonera. Nuestra relación estaba aún en ese punto en el que, antes de convertirse en una costumbre, lo que uno siente por una mujer es un capricho. Era justo ese momento de ambigua moralidad en el que una mujer nos resulta fascinante por lo que desconocemos de ella, el tiempo no muy largo, pero intenso, en el que una mujer nos parece una diosa gracias a no haberla visto nunca repasando la lista de la compra sentada en el retrete. Ambos sabíamos que aquella atracción no tardaría en resentirse por culpa de la rutina y que entonces mi entusiasmo iría a menos. Por eso cuando nos reencontramos una noche en el mismo local en el que habíamos bailado aquella vez, me dijo ella: «O nos decidimos ahora o no lo haremos nunca. Con el tiempo nos volveremos sensatos y ya no encontraremos razonable perder el sentido. Nos volveremos rutinarios y mansos. La nuestra sería entonces una relación aburrida por la que pasarían diez años cada día. Incluso podríamos tener la desgracia de que mi marido ni se entere de lo nuestro, de modo que, como me dijiste una noche, habremos vencido con el extraño sinsabor de no haber derrotado a nadie». Bailamos de nuevo la canción de entonces y acordamos que yo alquilaría un piso a mi nombre al otro lado de la ciudad. Nos dimos un largo beso deshuesado y sentí como por su boca pasaban a la mía su conciencia, su alma y las vísceras de su saliva.
De repente irrumpió un verano cálido y húmedo, la meteorología carnal y caldosa que alienta la infidelidad, afianza los vicios e incita al crimen. Pensé entonces que la temperatura que me impedía concentrarme para escribir solía ser en mi caso la misma que me llevaba a relajarme y temí que mi conciencia fuese incapaz de reprocharme nada que en cierto modo me alentase a cometer el calor. Recordé que en las estribaciones de mi adolescencia el verano era el momento de la vida en el que prevalecía la lotería de los instintos y me podía permitir el olvido impune de los preceptos reglamentarios del catecismo. Por encima de los treinta grados centígrados mi conciencia se sentía libre de perder el control y Dios se esfumaba como un gramo de sal en un plato de sopa. Fue entonces cuando nos instalamos en aquel piso al otro lado de la ciudad, en una calle anónima en la que era como si las fachadas de los edificios estuviesen escondidas dentro de sus portales, un rincón en el que con el viento se agrupaban el olvido, la mierda y los perros. Ella lo consideró «un primer paso» en sus planes. Aspiraba a más, a mucho más. «Me gusta que hayas tomado esta decisión por mi, cariño –dijo– pero creo que no merezco que este placer momentáneo se convierta en un castigo duradero... Necesito vivir a tu lado el tibio calor refrigerado de la gente con clase, compartir en algún momento el placer de lo exclusivo en uno de esos lugares elegantes en los que tú me dijiste aquella noche que se escucha a lo lejos, como un cuco, el peloteo de las chicas tontas dando indolentes raquetazos en sus pistas de tenis... ¿Recuerdas?, un sitio como el Gran Hotel de La Toja,... ese refinado ambiente sin ruido en el que en la luz del bar inglés medra como maleza la cretona de la penumbra...».
En medio del calor insoportable de aquel verano tuve un momento de lucidez y comprendí que mi conciencia era más elástica que mi economía, y que si seguía el ritmo que marcaba ella, llegaría el momento en el que no podría costearme mis instintos. Ella insistía en el capricho de una vida elegante. «No soy una mujer cualquiera. Jamás habías imaginado tu vida al lado de alguien como yo. Tenemos que salir de este horno y que se nos vea. Nuestra cama es como acostarse en una llaga. Tenemos una nevera que asa el hielo. ¿Para qué me tienes? ¿Para ocultarme? ¿Serás tan idiota de tener un coche de lujo parado en el garaje?»... «No puedo pensar con este calor –me defendí– Tampoco sé muy bien qué pretendes. ¿Ya no te sirve el dichoso piso al otro lado de la ciudad? ¿No se trataba de evitar a tu marido? Te dije que no sería una buena idea. La Toja no es nuestro mundo. Estamos donde nos corresponde, en un piso en el que solo valdría la pena robar la basura. Somos llamas distintas de la misma hoguera y estamos condenados a abrasarnos en uno de esos fuegos meados que dejan en el suelo un rastro de orina al arder». Se ausentó al dormitorio y regresó al poco rato cambiada de ropa. «Es el único vestido que tengo sin estrenar. Comprenderás que no me lo he puesto para asistir elegante a nuestro fracaso. Arréglate y nos largamos. Tengo algo de dinero en el bolso. ¿Me subes la cremallera?». Me volvió la espalda y se recogió con las manos el pelo sobre la nuca. Yo no quería ceder, pero lo hice. Fue como si le hubiese subido la cremallera del vestido con las manos de otro hombre. Sentí como si con el calor de su cuerpo fuese a salirme por el pecho el sudor de la espalda. Pensé que en La Toja estaría a la sombra el sol.
Cenamos sin problemas en el Gran Hotel de La Toja. Aunque elegí una mesa al final del comedor, mi chica llamaba tanto la atención que fue como si aquel rincón estuviese en la mitad del salón. Ella me sugirió que le pidiese «algo elegante, ya sabes, una de esas recetas francesas que no sabría pronunciar». Me pareció una buena idea, así que al ordenar el menú le sugerí al camarero que nos trajese «algo a juego con su vestido, para ella, y para mí, si es tan amable, cualquier cosa que al salpicar no perfore mi corbata». El camarero sonrió con una mezcla de profesionalidad y cachondeo, se dio la vuelta y desanduvo sus pasos con esa elegante y silenciosa elasticidad que en un soldado sería sin duda cobardía. Miré a mi chica y pensé que, en medio de aquel silencio, tan sólo una semana antes se habría escuchado con absoluta claridad el litúrgico goteo de su ovulación, como un estribillo de amatistas derramándose en la patena de la comunión. Entonces ella buscó mis ojos con su mirada y me dijo: «No volveremos a vernos. Sólo necesitaba una noche así, algo elegante en lo que pensar cuando esté de regreso en mi dormitorio y me cueste conciliar el sueño en esa cama en la que decías que relinchaban el aliento, el somier y los besos. Siempre supe que jamás matarías por mí. Sé que un día contarás lo ocurrido entre nosotros y que entonces tu cobardía parecerá que fue inteligencia. No importa. Nunca creí que lo nuestro saldría bien. Nos destruiría la rutina de la felicidad. Somos como esos jugadores que apuestan atraídos por el riesgo de perder. No digas nada. Devuélveme a la calle en la que vivía y si algún día nos encontrarnos, por favor, repíteme lo que me escribiste aquella noche en un posavasos de papel: ''¿De verdad no eres un escalofrío de niebla al final del humo?''».

Una nuez con cerezas - José Luis Alvite

Una nuez con cerezas - José Luis Alvite

Estuve dos veces a tratamiento psiquiátrico porque me sentía muy perdido y, sin embargo, en ambos casos hice lo posible para seguir como estaba. Ni entonces supe muy bien lo que me sucedía, ni estoy seguro de saberlo ahora. A veces pienso que me ocurre como al tipo que se aferra al vértigo sólo porque le gusta vomitar. En la etapa de mi vida en la que quise ser boxeador, me dijo el entrenador: «Tienes los brazos largos, muchacho, y una pegada discreta, pero te falta convicción para pelear. Es como si te diese miedo vencer. ¿Qué coño te ocurre? ¿Acaso quieres que toda tu carrera transcurra caído en la lona? Te noto ausente, pensativo... Esto es un gimnasio, muchacho, no una biblioteca. Mucho me temo que has hecho una mala elección. Creo que eres un jodido boxeador de letras». Aquel tipo tenía razón. Jamás he tenido lo que se necesita para ser un triunfador. Incluso con la suerte de cara, se me da mejor tomar las peores decisiones. Soy enemigo de entrometerme en la vida de la gente por la misma razón que soy reacio a saber cosas de mí. Prefiero sentirme culpable de un fracaso antes que verme en el apuro de dar explicaciones por un éxito. En mis días de tratamiento psiquiátrico, la mujer que me amaba cogió una madrugada mi cabeza con fuerza entre sus manos y me dijo: «Cada día sé menos cosas de ti. Eras un desconocido cuando te vi por primera vez y con el tiempo te has convertido en un extraño. ¿Quién hay dentro de ti? ¿Cuántos sois tu cabeza y tú, por el amor de Dios? Me desespera la idea de que cuando lo nuestro se haya acabado, ni podré saber a quién he amado, ni sabré siquiera a quién tendré que odiar». No recuerdo que le contestase nada convincente. Entonces, como ahora, mi cabeza era una nuez en cuyo interior tratasen de abrirse paso las cerezas...

Atasco en Times Square - José Luis Alvite

Atasco en Times Square - José Luis Alvite

No penséis que os estoy vendiendo el cartel turístico de mi tierra si os digo que todavía hay en Galicia lugares en los que los perros ladran con la boca dentro del culo y sentimentales ancianos que tienen entre las de sus familiares la foto de un viejo roble al que cada noche le llaman hermano. A mis seguidores tuiteros les he dicho también que hay en esta tierra lugares en los que ni siquiera el humo ha visto alguna vez el fuego. No sabría como demostrarlo, pero es rigurosamente cierto. Tan cierto como que en algunas playas solitarias deja a veces la marea el correo póstumo de los náufragos. Créeme que no exagero, amigo mío, si te digo que he visto en la costa unos cuantos de esos lugares apartados en los que con el relente de la noche cruzan la carretera la maleza, el viento y una tamborrada de caballos con el aliento esmerilado en una niebla pelirroja en la que se presiente la placenta del fuego. Recuerdo que una noche me perdí circulando por carreteras secundarias y en el requesón de una bruma espesa se me cruzó un taxi amarillo de Nueva York. Lo conté al amanecer en un bar de aldea y al tipo que lo regentaba sólo le extrañó que el dichoso taxi no fuese de Chicago. Dijo que, «por lo visto, emplearon un asfalto americano al reparar la carretera y ocurren cosas así desde entonces». Parecía un tipo tranquilo. Le pedí el periódico del día y me dijo que allí el periódico del día era el de unos cuantos meses atrás, así que «estamos en diciembre, de modo que si quiere usted el diario de hoy, será mejor que me lo pida en julio». En aquella ocasión volví a casa con dos días de retraso. No hubo problemas. En Galicia todo el mundo sabe que cuando alguien llega tarde de madrugada a casa, será porque había atasco en Times Square...

Literatura acatarrada - José Luis Alvite

Literatura acatarrada - José Luis Alvite 

Proliferan los talleres de escritura para personas interesadas en el oficio de la literatura. Yo los miro con recelo porque creo que la escritura no es una afición que se adquiere, ni un oficio que se perfecciona, sino una necesidad que se padece, algo que sobreviene por pura fatalidad, a veces por una simple carencia, como sucede con el bocio. El escritor lo es instintivamente y habrá de extremar las precauciones para que las normas no malogren su actitud. A veces los monitores de esos talleres de escritura explican la necesidad de que el mensaje resulte claro y preciso, que la idea expresada sea inequívoca, de modo que si uno describe la plancha de la ropa, el lector no entienda que se trata de un pisapapeles. El consejo es ideal para redactar un pedido comercial y que al encargar por correo una merluza del pincho, no te traigan una liebre. Al escritor le conviene reservar un papel relevante al instinto, a lo que le pide el cuerpo, sin importarle siquiera que el resultado pueda parecer confuso, incluso precisamente por eso, dando por cierto que quien se siente escritor acaba siempre por encontrar su punto de literatura sin necesidad de instrucciones, instintivo para acertar, igual que de manera natural el caballo detenido frente a una hoguera no huye jamás hacia el interior del fuego. Me gusta la gente que escribe sin obediencias académicas, libre como el agua del manantial que no pasa por el grifo. Lo digo por experiencia. Mi mejor momento en relación con las chicas lo tuve en los comienzos de mi carrera profesional, cuando se sentían tan halagadas gracias a lo mal que entendían lo que yo les escribía, igual que le sucedía a aquel cantante del Savoy al que las mujeres se le rendían por lo bien que sonaba su voz cuando estaba acatarrado. Y eso es así por la misma razón que la mejor descripción de Praga se consigue recordando confusamente las calles de Lisbo

Tendal con blusas - José Luis Alvite

Tendal con blusas - José Luis Alvite

Aquel amigo de mi infancia se quedaba mirando al cielo porque a veces pasaba rasante un piloto del Aero Club y creía que podría verle las bragas a la avioneta. Luego se decepcionaba porque decía que el maldito aeroplano llevaba pantalones. Yo me conformaba con sentarme en un prado a las afueras y mirar cómo clareaba al sol la colada de las mujeres, que era un ajuar lúbrico, una yeguada de lactosas hembras de lino que me ayudaban a imaginar cosas que pudiesen costarme la suerte de ir al infierno por culpa de aquel prematuro placer. Me gustaba la ropa modesta y encinta de la mujer madura, aquellas blusas cacheadas a granel por un viento lascivo que arrastraba hasta los tendales el aliento de los cerdos, el oleoso membrillo de las ingles de las beatas y el calostro sobado de las vacas. A veces corría detrás del viento que acababa de pasar por los tendales, le daba alcance, cerraba los ojos y aspiraba de nuevo el aroma jabonoso y genital de la bendita pañolada de blusas mientras en alguna cocina escapaba desde la radio por la ventana la voz venérea y hormonal de Gloria Laso cantando «Luna de miel». En verano a tía Pepita no le gustaba que yo me aficionase a los tendales y me buscaba ocupaciones para que no saliese a los prados. Entonces me quedaba en casa y miraba sujetas con pinzas en el tendedero del patio aquellas otras blusas asexuadas y penitenciales, insípido ajuar de holgadas prendas abaciales que a mí me parecían la ropa interior de Churchill mezclada con los bombachos de campaña del general Bernard Montgomery, aquel tipo flaco y relamido que se perfumaba en la sala de banderas hasta dejar el rostro guisado, inflamable y ofidio. Y por la noche me dormía preocupado por el riesgo de que Dios notase en mi aliento aquel turrón de lujuria con olor a vientre, a mercería y a pecado. (A Ramón Arangüena)

Pupilas de cuarzo - José Luis Alvite

Pupilas de cuarzo - José Luis Alvite

Lo hacía cuando era niño y aun lo hago con frecuencia. Me sentaba frente a un paisaje irreprochable, y cerraba los ojos para que el panorama se volviese aún más deslumbrante al tratar de recordarlo. Reconstruido en mi memoria, el paisaje resultaba entonces un mar fosco y amarillo lamiendo la comisura de una campiña azul, uno de esos paisajes que me confirman que el privilegio de la realidad mejora si en su contemplación irrumpe esa ceguera transparente que nos permite el capricho de redondear el catastro de la realidad con la dimensión inefable del Arte, como cuando en los días cambadeses de la siembra cerraba los ojos para recordar aquel arado romano tirado frente a mi mirada por un par de toscos bueyes azuzados por el látigo rojo de un obispo sarraceno y calzados con sedales patas de caballo. Si el paisaje era la gramática de la realidad, aquella deliberada ceguera momentánea resultaba ser su literatura, la maleza incandescente que brotaba en la oscuridad hipermétrope de mis ojos, como una buganvilla que medrase encamarada en las llamas que cada verano calcinaban una parte del bosque. Después medraba como lana la penumbra, se cerraba a mi alrededor la noche y volvía a casa pisando por la retina de los ojos sobre la viñeta arrugada de aquel paisaje fértil y literario en el que a mí me parecía que las mujeres recién paridas amamantaban a los bebés y a los perros mientras las cuadras se iluminaban con aquellos cerdos biselados e incandescentes por cuyo interior volaba en llamas un aforismo de mariposas ciegas. No he cambiado mucho desde entonces. Todavía cierro los párpados para mejorar lo que veo. Y si no acierto, no será porque no lo intente, sino porque se me abren los ojos cada vez que ladran esos perros neófitos e invertebrados que buscan amamantarse arrimados como reptiles al cadáver de una mujer con las pupilas de cuarzo y la leche de leña.

El aliento y la conciencia - José Luis Alvite

El aliento y la conciencia - José Luis Alvite

No entiendo la razón por la que está mal visto hablar de sexo sin convertirlo en una asignatura o en una patología. Hay sexo detrás del éxito de muchas personas y lo hay también en la explicación de sus fracasos. El del sexo es tal vez el único placer que no mejora al contarlo. Hay un sexo familiar y medicinal que explica muy bien Bernabé Tierno, y un sexo tórrido y pecuario para el que casi nadie tiene el vocabulario necesario para contarlo. Mi amiga D. me reconoció una noche haber hecho con la boca cosas que ni sabría pronunciar y dijo también que jamás iba al dentista al día siguiente de una aventura por miedo a eructar. Le resultaba incómodo que su dentista averiguase su sexualidad por el aliento. Con razón decía mi amiga que su ruptura con C. le había dejado hermosos recuerdos y un mal sabor de boca. El pudor que a ella le producía el dentista, se lo causa a los creyentes el confesor. Tradicionalmente, la religión ha presentado el sexo como una flaqueza, incluso como una bajeza moral. Yo jamás lo he considerado de ese modo y el sexo no figura entre los motivos de mis numerosos remordimientos. Lo que de verdad me preocupaba era que las manchas que no salpicaban mi alma fuesen a parar a la tapicería del coche. Los poetas siempre han visto el sexo de otro modo, con profilaxis y mucho jabón, con flores, madreselvas y alegorías, sin fluidos, y, claro, al final se les parte el corazón porque su chica se va con el tipo que no puede garantizarle un lugar en el Olimpo, pero tiene para ella un catre con culera en la cabina del camión. Yo he evitado siempre la tentación lírica del poeta en su relación con el sexo. Como le dijo a un amigo mío una fulana, «cuando te hayas largado, de tus mejores frases sólo recordaré con nostalgia el chupón del cuello».

Los perros de Angrois - José Luis Alvite

Los perros de Angrois - José Luis Alvite

Antes de ocurrir la desgracia del tren, la de Angrois era una de tantas aldeas de Galicia, lugares entrañables y apacibles en los que la vida transcurre tan tranquila, tan silenciosa, que hay perros que mueren de viejos sin haber aprendido a ladrar. Es en sus aldeas donde radica la esencia de esa galleguidad recelosa y a la vez hospitalaria, el lugar emocional del que surge ese tipo humano que te recrimina que robes un puñado de uvas de su parra y después del reproche colma tus brazos con dos docenas de racimos y te da conversación hasta que se echa encima la hora de cenar y se ofenderá mucho si no te sientas a su mesa. Dentro de la terrible desgracia que supuso, el Alvia ha ido a descarrilar en un buen sitio, en Angrois, la aldeíta próxima a Compostela a la que tantas veces fui caminado cuando era niño porque me suponía cruzar el río Sar con los pantalones arremangados y adentrarme en aquel orbe silvestre en el que, como en tantos lugares de Galicia, había unos señores calmosos que jugaban a las cartas con los naipes repetidos y unas mujeres muy trabajadoras y entusiastas que a mí me parecía que tenían la santa paciencia de hervir la leche con el fuego apagado. Fueron los hijos y los nietos de aquella gente quienes bajaron a las vías a socorrer con mantas a las víctimas del Alvia, consolaron a los heridos y dudaron si ofrecerles a los muertos un poco de conversación y un sitio en su mesa para compartir con los ancianos la cena invertebrada de los niños. Ni siquiera con el estruendo del tren ladraron los perros de la aldea. Fue hasta en eso un pasmoso ejemplo de silencioso civismo, de sobrecogedora y callada solidaridad. Y ahora Angrois saldrá de los telediarios y recobrará la calma antigua de esos sitios de Galicia en los que incluso la muerte es donante de sangre.

lunes, 1 de diciembre de 2014

El gel y las toallas - José Luis Alvite

El gel y las toallas - José Luis Alvite
  
Un sacerdote me recriminó ayer públicamente en Twitter el retrato que dos días antes había hecho de Cristo «repartiendo con naturalidad y el gel y las toallas en la penumbra del burdel». Al padre Antonio Romero le pareció una blasfemia lo que para mí sólo se trataba de una imagen concebida y plasmada con fines literarios. Al cabo de un breve intercambio de comentarios,cada uno mantuvo su postura. Por mi parte le hice ver que mi manera de escribir responde exclusivamente ante mi conciencia,por lo que consideraba fuera de lugar que su moral y su doctrina pretendiesen estar por encima de mi pensamiento y de mi manera de ejercer un oficio cuya esencia reside de manera irrenunciable en la libertad de expresión.Al final nos cruzamos invitaciones para que cada uno visite la ciudad en la que le recibiría como anfitrión el otro y el incidente no pasó a mayores, de modo que nos demostramos a nosotros mismos que dos personas pueden entenderse sin necesidad siquiera de estar de acuerdo. Ya sin las restricciones expresivas a las que obliga Twitter, quiero felicitar al padre Romero por la convicción con la que defiende sus creencias y espero que comprenda que con ese mismo entusiasmo defienda yo las mías. También deseo que sepa que tengo poco que ver con quienes con cualquier pretexto arremeten contra la Iglesia y consideran el Evangelio una antigualla intelectual, y la fe, poco menos que una perversión de la inteligencia.La suya y la mía sólo son maneras distintas de entender la vida, eso es todo, y comprendo que su idea de trascender y alcanzar el cielo es tan natural y tan legítima como en cada viaje que hago vencido por el sueño lo es mi deseo de llegar con vida a la siguiente gasolinera. Por último, padre Romero, creo que estaremos de acuerdo en que no son el gel y las toallas lo peor con lo que podría mancharse Cristo las manos.

Un Papa sin aliñar - José Luis Alvite

Un Papa sin aliñar - José Luis Alvite

Si me gusta este Papa es porque rompe, con su estilo tan cercano, una larga tradición de pontífices que predicaban la humildad encaramados en la cúspide de una Iglesia adinerada y clasista, enjoyada y bien comida, poblada de orondos cardenales premamá que a su paso dejaban una estela de incienso y Margaret Astor. La cúpula eclesial desmentía con su boato la sencillez de miles de párrocos flacos y sacrificados que predicaban el Evangelio con los bolsillos vacíos y la boca sin saliva. Yo recuerdo con frecuencia al cardenal Fernando Quiroga Palacios, que era un hombre alto y corpulento, un leñador de púrpura que comparecía en los actos de palacio con el rostro empanado por una mezcla de bechamel y maquillaje, obstétrico y luminoso como si con el sobrecogimiento de la inspiración divina le hubiese bajado la regla en su útero de terciopelo. Monseñor desprendía un penetrante olor a jabón y a especies, a soprano y a pinche de cocina. Y cada vez que impartía la bendición, al girarse para difundirla me llegaba hasta la cara aquel ácido vaho episcopal en el que se mezclaban la toilette de Bette Davis y el resuello de Jack Nicklaus. Francisco es un Papa sin aliñar. Habla con suavidad y dice cosas drásticas que nos devuelven la esperanza en una Iglesia en la que la palabra de los prelados deje más huella que el aliento de esos almuerzos palaciegos en los que uno imagina al camarlengo trinchando el pavo de Navidad con la cresta del crucifijo. Le deseo suerte al Sumo Pontifice. La va a necesitar para recuperar entre los católicos la imagen del Cristo que de niño me enseñaron en la escuela, aquel tipo sencillo y expresivo al que tantas veces imaginé repartiendo con naturalidad el gel y las toallas en la penumbra del burdel. Porque no es buen camino el que sigue esta Iglesia golosa y vertical en la que parece que los cardenales tengan a Dios de cocinero.

Camisa desplanchada - José Luis Alvite

Camisa desplanchada - José Luis Alvite

Llevo más de cuarenta años en el ejercicio del periodismo y creo que puedo sentirme razonablemente satisfecho por lo que he conseguido, y sobre todo, por lo que he sabido evitar. En todo este tiempo solo he pretendido que el dinero obtenido estuviese mas limpio que mis manos recién lavadas. Como nunca me propuse grandes objetivos, tampoco he cosechado grandes decepciones. En realidad hubo momentos en los que me sentí tan atosigado por quienes me menospreciaban, que cada vez que conseguí un éxito, me creí en el deber de dar explicaciones. Me volqué en este bendito oficio hasta olvidarme de los míos y buscar en la calle el afecto de los perros. Por mi manera de entregarme al periodismo jodí mi matrimonio y aun ahora la hija que tuve entonces me mira con curiosidad y siente cierto pudor al abrazarme. Nunca supe muy bien a qué portal pertenecían mis llaves, ni recuerdo haberme lavado la cara diez veces seguidas en el mismo hogar.Amaba el periodismo y me entregué a él sin condiciones, incluso a sabiendas de que con el mismo entusiasmo estaba rompiendo amarras y alejándome sin remedio de los míos. Y todo eso a cambio de un sueldo miserable para el que ni siquiera necesitaba bolsillos, hasta el punto de que una noche me prestó dinero un mendigo. No me importaba. Disfrutaba buscando frases entre los marginales a los que frecuentaba y jamás reparé en lo que sería de mi vida.Era feliz en medio del dolor y los destrozos,como un soldado que en medio de la oscuridad corre hacia el peligro atraído por la luz de la artillería. Algo me decía que no haría bien mi trabajo si además de contar la vida de los miserables no corría el riesgo de contraer también sus enfermedades.A veces creo que mi mala reputación ha salvado mi prestigio. A fin de cuentas, este oficio consiste en saber elegir con quiendes planchar por la noche tu camisa.

Blues de la gente dormida - José Luis Alvite

Blues de la gente dormida - José Luis Alvite

Desde que tengo memoria me gustó mirar a la gente mientras duerme, incluso si se trata de un muerto. De niño iba los domingos a echarle migas del pan a los difuntos del cementerio por si se les abría el apetito al resucitar. Me fascina la bondad genérica de la gente dormida, el sueño estoico y plomizo de los hombres derrotados, la abstracción de las fulanas del burdel cuando en mitad del asco las vence el cansancio y eso que regurgita en su boca no se sabe muy bien si es un eructo,una oración o el nombre confitado de un niño. Pocos placeres he encontrado más satisfactorios que el de aquella noche al arropar en su cama al hijo de la prostituta que me había llevado a su casa y me pidió que despertase suavemente al crío para que por una vez en su vida tuviese la sensación de que había en casa alguien que hablaba pausado, llevaba la ropa puesta y no hacía daño. O la madrugada en la que dejé de mi puño y letra sobre la cama de una niña un folio en el que al despertar creyó haber encontrado la letra fosca y encariñada del padre que la había abandonado al poco de nacer. Y recuerdo la muerte de aquel joven camarero que, vencido por el sueño, se estrelló al amanecer con su moto camino de casa.Me conmovió tanto el rostro encerado de aquel muchacho, que para quitarle gravedad a la escena, delante de los suyos pregunté qué tal había pasado la noche el muerto. Me puede la gente acorralada por el cansancio y doblegada por el sueño.Supongo que es algo que hago pensando también en mí, que he dormido muy poco durante treinta años y nunca tuve quien me hablase mientras me vencía el sueño.Y aunque ya no espero carta de nadie, no me importaría que me enterrasen en un féretro con una ranura para el correo.

Las tenazas del marisco - José Luis Alvite

Las tenazas del marisco - José Luis Alvite

Por la naturaleza de mi trabajo he frecuentado los ambientes más diversos y compartido las inquietudes y los problemas de gente muy distinta. He encontrado buenas y malas personas en cualquier circunstancia y sin importar a qué clase social perteneciesen. No me importaría disculparme si alguna vez caí en la tentación de la demagogia para censurar con carácter general la actitud soberbia de los ricos, proclamar la honestidad global de la clase media y solidarizarme sin condiciones con la desesperada honradez de los pobres. He conocido a indigentes capaces de saciar el hambre con el cadáver de sus hijos y a tipos muy adinerados que a veces negaban haber comido para que nadie se sintiese ofendido, y hasta fui muy amigo de un importante empresario que salía adrede de casa con una mancha en la ropa y con frecuencia les hacía de chófer a los hijos del jardinero. Que unos y otros se comporten bien es cuestión de clase, de estilo, de saber estar en el mundo con una mirada simplemente humana y razonable. No importa que unos vivan en la eterna primavera del dinero y que para otros sea siempre fin de mes si saben que todo es relativo y si se aprende a quitarle importancia al valor de la ropa que lleven puesta o al precio de aquello que mastiquen. A mis amigas ricas –que las he tenido– al principio no les gustaba que en los sitios que ellas frecuentaban me presentase en compañía de chicas en cuyo rostro fuese explícito el motivo de su mala reputación. Una noche aparecí con una mujer negra a la que con las prisas casi no le había dado tiempo a borrar de su aspecto los rasgos maleados de su oficio, la fogotenia apaleada de su cara exhausta, y al sentirse observada rehusó pedir la copa. Se dio cuenta de que los hombres la miraban con fingido estupor y que las otras mujeres le daban la espalda a ella y a mi me hacían el vacío. "No tienes que hacer esto por mi –me dijo– Tendríamos que haber ido a otra parte. Quedarás marcado. Y cuando yo me haya ido, ya nada en este local será para ti como era antes de venir conmigo esta noche". Entonces le pedí papel al barman, escribí una nota y le rogué que se la entregase a una de aquellas monadas rubias llenas de dinero y de soberbia, de vanidad y de cosmética. No podría citar el texto con exactitud, pero más o menos le decía: "Mañana hará un mes de lo nuestro aquella noche en tu casa. Y tal día como hoy, dentro de treinta días, hará un mes que hice con esta chica lo mismo que contigo aquella noche. ¿Te vienes a tomar una copa con ella o prefieres que le cuente que la única diferencia entre vosotras es lo bien que, comparada contigo, mueve esta negra el culo?". Ahora dudo que pensase lo mismo, pero yo, a lo que hice aquella noche al poner en un brete a la chica mona del dinero, hubo un tiempo en mi vida en el que no me importó llamarle "estilo". Nadie de entre aquella gente supo por mi jamás algo de aquella nota. El caso es que a los dos minutos de leer con disimulo el papel, la chica rica se vino a nuestro lado y brindó muy sonriente con la muchacha negra. Después se sumaron los demás y la de aquel día fue una de las noches más hermosas que recuerdo haber vivido. Mi querida chica negra trabajaba en un club de alterne, pero al final de la velada me quedé absorto mirándola mientras hablaba con toda aquella gente y me pareció una hermosa y jovial antropóloga a la que le sentase como astigmatismo el sueño y como gafas las ojeras. Y supe que cualquiera con un poco de ayuda puede entender que nadie es mejor que nadie. Aunque reconozco que a veces para que la chica rica comprenda que no es en absoluto mejor, ni más digna, que la chica pobre, lo mejor que puede hacer un periodista insomne es demostrarle lo mucho que se abre la mente de una rubia rica y estúpida cuando, con un simple puñado de letras, alguien consigue que tenga la sensación de que Dios le está apretando entre las piernas los huevos de su marido con las tenazas del marisco.