miércoles, 25 de junio de 2014

El castigo de la libertad - José Luis Alvite

El castigo de la libertad - José Luis Alvite
Quedan pocos días para que entren en vigor las nuevas restricciones con las que se pretende combatir el consumo de tabaco. No parece que el sentido de esa lucha vaya a invertirse, de modo que a partir del 2 de enero va a ser imposible fumar en los bares, lo que supone que en su lucha contra el tabaco el Gobierno lo que conseguirá de mí es que deje de tomar café. Muchos fumadores se replegarán sobre sí mismos y consumirán tabaco en la vía pública o en la intimidad, renunciando a los bares y cafeterías a los que acudían habitualmente. No sé hasta qué punto la medida redundará en un descenso del consumo de tabaco, pero estoy convencido de que será decisiva en la caída de la venta de café. En una etapa anterior de su cruzada contra el tabaco, los políticos decidieron estampar en las cajetillas mensajes advirtiendo de que el hábito de fumar acortaba la vida o podía incluso matar. No sé si hay estudios serios acerca de la repercusión de aquellas advertencias, pero estoy seguro de que, lo mismo que me ocurrió a mí, muchos consumidores lo que hicieron en vez de dejar de fumar, fue dejar de leer. Nuestros gobiernos siempre consiguen éxitos inesperados mientras intentan conseguir otros resultados, lo que explica que al PSOE se le dé tan bien que gobierne el PP. Ahora me entero de que en su rigor persecutorio contra los fumadores, la Ley reconoce la excepción de las prisiones. Un pacífico ciudadano que cumple con todos sus deberes sin saltarse las normas tiene prohibido fumar en el bar en el que paga sus consumiciones, pero podrá hacerlo en la cárcel a la que le lleven por haber asesinado al camarero que le obligó a apagar el cigarrillo. En prisión todo serán facilidades para que estudie y podrá ganar algún dinero extra haciendo pequeños trabajos que sólo producen fatiga si los dejas. A los reclusos se les ofrecen también espectáculos teatrales a los que jamás habrían asistido si tuviesen que pasar por taquilla y juguetonas chicas de pago. Y ahora, según he leído, a los presidiarios se les permitrá fumar. Yo he llevado una vida irregular y algo turbia, lo reconozco, con vicios diversos y no pocas salidas de tono, temeroso de cruzar la finísima línea que me ponía a salvo de la cárcel. Si volviese a las andadas, creo que cruzaría esa dichosa línea, aunque sólo fuese porque el castigo de perder la libertad tal vez se compensase en mi caso con el premio de fumar. Los presidios se llenarán de ansiosos fumadores hartos de las horribles restricciones de la vida en libertad. Y de vez en cuando entrarán en la cárcel los antidisturbios de la Policía para desalojar a los reos que se resistan a la salir a la calle una vez cumplida su condena. Me pregunto qué clase de sociedad es ésta en la que la salud se ha convertido en un deber y la libertad se considera un castigo...

Mamie Van Doren - José Luis Alvite

Mamie Van Doren - José Luis Alvite
De muchacho me dejaba llevar por los impulsos, y aun así, que yo recuerde, mi impulso más determinante era siempre un impulso lírico y contemplativo, es decir, el impulso de no hacer lo que tendría que haber hecho. Supuse entonces que con el paso del tiempo recuperaría el retraso y haría todo aquello que para entonces aún tendría pendiente de hacer. Me equivoqué.
No perdí mis impulsos y todavía muy a menudo me dejo arrastrar por las corazonadas más que por las razones, pero cuando me pongo reflexivo pensando en la conveniencia de tomar decisiones inteligentes, lo único que consigo es pensar bien los planes que al final dejo de nuevo sin hacer. Sigo siendo cobarde para las cosas que me acobardaron en la adolescencia, sólo que ahora soy un cobarde más reflexivo, es decir, un estoico cobarde sin excusas.
Sólo me queda ante mí mismo la coartada de entender que mi cobardía de ahora ya no es el resultado de un atolondramiento, sino una conquista intelectual, del mismo modo que ciertos nacionalistas consideran un hallazgo ideológico lo que en realidad por lo general no es otra cosa que una patología mental. Yo reconozco haber tenido inclinaciones nacionalistas en una época de mi vida en la que me sentí descontento con el hedonismo de la adolescencia y pensé que un hombre no podría redimirse de su indigencia conceptual si se resignaba a creer que su techo ideológico era la masturbación. Un día al salir de la ducha rompí la foto de Mamie Van Doren y decidí invertir mis energías en la adopción del nacionalismo radical como método de redención vital. Fue uno de mis impulsos menos líricos y mi apuesta adolescente más arriesgada.
Con el transcurso del tiempo comprendí mi error y me pregunté sin éxito adónde diablos habría ido a parar aquella bendita foto de Mamie Van Doren con la que tan a gusto había cultivado mi indigencia ideológica.
Había llegado a la conclusión de que el nacionalismo no sólo no había llenado de sentido mis expectativas intelectuales, sino que había vaciado de contenido mis manos. Ahora soy mayor y, por suerte, lo bastante inmaduro para creer que los pensamientos que calientan la cabeza y envenenan la mente de un hombre, no son en absoluto más recomendables que aquellos otros que simplemente le vician la mano y le joden la letra.

lunes, 23 de junio de 2014

Abrazo con lluvia - José Luis Alvite

Abrazo con lluvia - José Luis Alvite
Fue en una oscura tarde de diciembre, hace ya algunos años. En pleno centro de Compostela un joven delincuente me salió al paso con las manos en los bolsillos bajo la lluvia. Habíamos tenido lo nuestro por culpa de lo que él hacía y de lo que yo contaba. Días antes me había seguido a los lavabos de una cafetería, cerró la puerta tras de sí y me puso una navaja al cuello. Me dijo: «Esperaré a que con el miedo se te suban los huevos a la garganta y entonces te los arrancaré con la punta de la navaja, los tiraré al suelo y los aplastaré como si fuesen dos putos caracoles». Me dejó sin aliento, luego retiró la navaja y se largó mientras yo intentaba recordar cómo meaba antes del miedo. Aquella tarde bajo la lluvia supuse que podría repetirse la amenaza y quise cambiar de acera. Entonces aquel tipo me alcanzó, me cortó el paso y me dijo: «Es Navidad y estoy solo. Eres un cabrón de mierda, pero, ¿sabes?, es Navidad y no tengo quien me abrace». Entonces sacó las manos de los bolsillos, abrió los brazos en cruz y esperó el abrazo que tuve el acierto de no negarle. Yo le pasé con mis manos el afecto que aún conservaba a pesar del susto de aquel café y él me hizo llegar a la gabardina el agua de su ropa empapada. No recuerdo que nos dijésemos nada. Tampoco sé si aquel tipo lloraba o era sólo lluvia aquel brillo en sus ojos maleados por la vida y pasmados por el cansancio. No volví a cruzarme con él desde entonces. Supe de sus fechorías y las conté en mi periódico pero ya nunca pude retratarle como lo hacía antes de aquel abrazo mojado. Cada vez que probaba a describirle me salía un tipo cordial, el muchacho solitario y navideño que mendigaba un abrazo bajo la lluvia. Era como si por culpa de sus actos criminales me remordiese a mí la conciencia y fuese incapaz de contar la realidad sin dejar que interfiriese en ella la piedad. Supuse que él agradecería aquella imagen más cordial, pero al mismo tiempo pensé que tal vez aquel perfil más sensible podría desacreditarle entre los otros delincuentes. Ni siquiera estaba seguro de que cualquier día no resistiese la tentación de intimidarme y me siguiese de nuevo a los lavabos de la cafetería, me señalase la garganta con la punta de su navaja y me dijese: «En aquella ocasión era Navidad y te pedí un abrazo. Bien, me diste el maldito abrazo y ahí tendría que acabarse todo. Pero ahora hablas bien de mí y me estás hundiendo. Mis colegas creen que soy tu confidente. ¿Sabes?, yo aquel día quería tu abrazo, joder, no tu reputación»...

Cadáver con moscas - José Luis Alvite

Cadáver con moscas - José Luis Alvite
De adolescente quería saber qué se sentía al estar enamorado. Después de aquello me enamoré y me entró curiosidad por saber qué se sentía con motivo de que me hubiese dejado una mujer. La verdad es que me he pasado media vida tratando de que fuese por completo distinta la otra media. En mis relaciones sentimentales he tenido siempre mucha suerte y no puedo decir que haya sufrido porque no me amase la mujer a la que deseaba, probablemente porque jamás me propuse mis objetivos más allá de donde estuviese seguro de que pudiese acertar mi discreta puntería. Supongo que eso significa que si fuese cazador, me habría dedicado a la captura de perdices con las alas de alpaca y a dispararle a los cadáveres de los jabalíes presos de los cuervos. También es cierto que una manera de evitar que alguien deje de quererte por iniciativa propia es hacer cuanto puedas para sugerirle que lo haga ella misma en tu nombre. Con esa actitud conseguí que me dejasen unas cuantas mujeres con las que yo jamás me habría atrevido a romper. Entonces reducía mis apariciones hasta que a ella se le hacía evidente que sobraban una entrada para el cine y un cubierto en la mesa. Reconozco que siempre me faltaron agallas para romper con una mujer mirándole a los ojos. También he de reconocer que si es ella quien parece decidida a acabar, me doy cuenta de que mis recursos para evitarlo no son tan sólidos como pensaba. Un amigo mío que presumía de conocer a las mujeres me dijo en una ocasión que para evitar un fracaso sentimental la literatura daba distinción y quedaba muy fina, pero que lo mejor era acudir a la última cita llevando para ella en un estuche un maravilloso reloj de pulsera. ¡Bobadas! Yo lo pasé muy mal con una mujer a la que adoraba pero al poco de conocerla supe que lo del reloj de pulsera no iba con ella. «Me has decepcionado y ya no puedo confiar en ti. He perdido la fe. Ya no me creo tus promesas», me dijo. Ni siquiera acerté con una sola frase con la que pudiese conmoverla. A mí su decisión me parecía exagerada e injusta, pero no hubo manera de ablandar su resistencia al perdón. Entonces desaparecí lentamente de su vida y convertí el dolor en literatura. Le dije adiós a lo lejos con una columna cobarde y cariñosa que le dediqué en el periódico. Nunca supe si ella llegó a leer aquello, pero, ¿sabes?, yo sigo donde solía estar y aún soy propenso a enamorarme, de modo que si acuerda cambiar de opinión no tiene más que desandar sus pasos y decirme: «He vuelto porque sé que estarás solo como un perro y porque un día me dijiste que te gustaría que espantase con mi abanico las moscas de tu cadáver».

sábado, 21 de junio de 2014

El ascensor - José Luis Alvite

El ascensor - José Luis Alvite
Cada vez que entro en un portal me aseguro de que no habrá nadie a punto de utilizar el ascensor, no porque no me agrade compartirlo, sino porque detesto las conversaciones forzadas que suelen darse en las inevitables restricciones de sitios tan pequeños. La meteorología y la salud son temas muy socorridos en esas conversaciones un poco automáticas en las que uno se ve obligado a participar sin el menor interés. La gente mira hacia el techo del ascensor como si se tratase de un fondo de nubes del que derivar la conversación sobre la lluvia inminente o el sofocante calor que hace insoportable la humedad del ambiente. La situación es más incómoda si quien se sube al ascensor es la señora madura y atractiva que no sabes muy bien si desea que la observes con admiración o te vuelvas de espalda para hacerle más cómodo el viaje. A veces suena en el ascensor una de esas agradables melodías de Henry Mancini que sirven de envoltorio para cualquier conversación y te sientes en la tentación de decir algo, lo que sea, una pirotécnica frase vacía, un comentario genérico sobre la soledad o la rutina, cualquier cosa que supones que va a despertar hacia ti la simpatía de la señora madura y atractiva que en realidad no sabes si espera que te fijes en ella o te pondrá una denuncia en el caso de rozarle el pelo con el aliento. A mí la elegante música de Mancini siempre me ha servido para hacer frases, pero eso no suele funcionarme en los ascensores, probablemente porque a las señoras de los ascensores la estrechez del elevador les produce una desconfianza insuperable y creen que aunque yo fuese un canónigo, sería capaz de descuartizarlas y huir luego con sus restos metidos en su bolso de mano. El miedo es, a menudo, un elemento desencadenante del erotismo, aunque se trate de un erotismo asustadizo, incluso criminal, que la señora madura y atractiva no sabe si se resolverá en un beso o en un hachazo. Suena «Snowfall» de Mancini e imagina uno que a su acompañante del ascensor no le desagradaría una de esas frases que parecen pensadas para ser pronunciadas en el vestíbulo de un hotel de Nairobi con un martini apoyado en la cola del piano. A mí me ocurre con frecuencia, pero me contengo. Se me mete en la cabeza que la atractiva mujer madura lo que desea es que me fije en ella sin que se me note que la observo. Y a mí eso me parece muy complicado, tanto como lo sería disparar un obús sin que retumbe el suelo. Por eso cada vez que me tienta confesarle mis emociones a la madurita con la que comparto el ascensor, mi cabeza piensa en sus piernas, en sus clavículas, en sus axilas, pero por la boca sólo me salen el clima, la salud y el precio del pollo.

Agua al fuego - José Luis Alvite

Agua al fuego - José Luis Alvite
Un amigo mío que acababa de romper con su mujer y llevaba dos semanas alojado en una fonda me dijo que las desavenencias venían de antiguo pero se habían agravado en el momento de mayor desahogo económico de la pareja. Después de escucharle un buen rato, estuve de acuerdo con él en que a veces lo que nos separa de nuestras parejas no es la escasez de dinero, la incertidumbre laboral o el desacuerdo en la educación de los hijos, sino, lisa y llanamente, porque hay demasiados muebles y es difícil llegar hasta el otro sin tropezar por el camino. Cuando me casé por primera vez, al instalarme en aquel frío piso de alquiler comprendí que era inmensamente feliz a pesar de que el mueble más valioso resultaba ser la puerta de la calle. Ni mi mujer ni yo sabíamos mucho de cocina. En cambio, ambos teníamos claro que para que una casa fuese un hogar lo primero sería que alguien arrimase las ventanas y encendiese el fuego. Yo me encargué de las ventanas y ella arrimó una cerilla al gas y arrastró sobre la llama una olla con agua. Después esperamos algunos minutos, empezó a salir el vapor, nos miramos a los ojos y sin decirnos nada supimos que aquello era un hogar y que nosotros éramos por fin una familia. Fue cuestión de días que con algo de dinero pudiésemos surtir medianamente la nevera con cualquier cosa que no se pudriese con el frío. No recuerdo haber sido muchas veces tan feliz como cuando conseguimos que hirviese en la olla una comida que no sabíamos si sería sabrosa, pero que al menos sin duda era amarilla. Mi mujer tenía un humilde sueldo de oficinista y a mí el periodismo me costaba dinero, así que nos sentíamos tan unidos como dos fugitivos que hubiesen buscado calor y cobijo a espaldas de la Ley en un figón de la beneficencia. Ahora que lo pienso creo que las nuestras eran las basuras más escasas y más pobres de la calle en la que vivíamos, pero, ¡que demonios!, al menos estábamos seguros de que acudirían a ella los perros más ilustrados, aquellos canes líricos e hipermétropes que husmeaban los folios manuscritos en los que a veces envolvía las helicoidales pelas de las patatas. Ahora recuerdo aquello y comprendo que a mi amigo y a su mujer se les hubiesen atragantado de aquella manera la dichosa prosperidad y tantos muebles. Será por eso que a veces desisto de cobrar las cosas que escribo. Nunca anduve sobrado de dinero, pero, ¿sabes?, cada vez que entra un mueble en casa, echo mano instintivamente del listín con los teléfonos de los hoteles...

jueves, 19 de junio de 2014

Nevada en Facebook - José Luis Alvite

Nevada en Facebook - José Luis Alvite
Desde las restricciones sociales que me he impuesto como una merecida penitencia casi monacal por mis lustros de desarraigo en las calles, tengo la suerte de disfrutar de un mundo intangible e inabarcable gracias a los numerosos contactos virtuales que facilita internet. Me muevo en Facebook desde hace ocho meses y he hecho en ese ámbito amistades tan sólidas como podrían serlo las que recuerdo haber formalizado en las barras de los bares, con la particularidad de que no dispongo a mano del barman de cabecera que tan atentamente me facilitaba en «El Corzo» los posavasos en los que escribir mis notas. En mi muro de Facebook cuelgo la música que me gusta, escribo dedicatorias y he logrado reunir a un variado grupo de personas que comparten mis aficiones literarias, mis inclinaciones artísticas o que, simplemente, se sienten a gusto con alguien que ha prolongado en «La Red» su propia existencia y no tiene inconveniente en ser tan emocional, tan intenso y tan autobiográfico como si Facebook fuese el diván del psicoanalista. Hasta que hace unos días mi muro de Facebook empezó a resentirse, se paralizó y tiene problemas de actualización, de modo que mi gente y yo contactamos de manera esporádica, errática, como vagabundos que se encontrasen encaramados de manera inestable en el techo de un tren conducido a oscuras por un muerto durante la noche lluviosa, en una llanura de mazapán, sobre raíles de azúcar. En «El Corzo» le habría manifestado mi malestar al barman y el asunto estaría resuelto con una ronda de copas pagadas de buena gana por la casa, pero en Facebook es difícil saber a quién dirigirse con las quejas. ¿Hay alguien ahí, en la noche fluorescente de Facebook? ¿Alguien que entienda que mi muro se ha quedado como inmóvil, frío y cada vez más despoblado, convertido casi en la tapia de un cementerio? Es como si una nevada virtual me hubiese dejado aislado en la penumbra catastral de Facebook y no tuviese seguridad alguna de que vayan a venir las máquinas quitanieves, los servicios de socorro, el camión en el que acudan, encaramados con guantes y pasamontañas, los entumecidos muchachos que resuelvan la situación con el recurso de las viejas paladas de sal. Como no tengo otra alternativa, quedo a la espera de que alguien sobrevuele mi aislamiento virtual y tenga al menos la generosa ocurrencia, o el agradable descuido, de arrojarme un paquete con comida y una vieja linterna como la que utilizaba el acomodador del cine Capitol para guiar tus pasos hasta el retrete mientras tu chica se alisaba la falda y al otro lado del pasillo en la garganta de un tipo transeúnte croaba –cansado y culposo– el falso sueño redentor de un criminal.

martes, 10 de junio de 2014

Soledad - José Luis Alvite

Soledad - José Luis Alvite
Conozco a muchas personas que huyen de la soledad como si temiesen arder dolorosamente en ella. A mí la soledad siempre me ha parecido una gran conquista y estoy solo con frecuencia. Se ha dado el caso de procurarme la compañía de alguien aunque fuese para tener a quien contarle lo mucho que me gusta la soledad. Claro que la mía es una soledad deliberada, algo que me ocurre como resultado de un deseo, una especie de soledad de conveniencia que me sirve para reflexionar sobre mi vida y sintonizar en mi conciencia los remordimientos que me causen dolor y me ayuden a escribir. Supongo que me encontraría menos a gusto con la implacable soledad de quien desea compañía y no la encuentra. La soledad como pretexto intelectual es más llevadera que la soledad constante e irremediable que al final evoluciona hasta convertirse en una horrible patología. Tiene gracia que algunos intelectuales presuman de su dolorosa soledad creativa y aleguen que su obra es el resultado de graves páramos emocionales, cuando saben que el suyo es un aislamiento voluntario y momentáneo, una cuarentena más llevadera que la estricta soledad del anciano que duerme echado sobre las vísperas de su cadáver porque ni tiene quien le de la vuelta en cama para espantarle siquiera las moscas verdes y azules que se lo comen vivo. Esa es la verdadera e hiriente soledad y no tiene sentido compararla con la mía, que es una soledad buscada por mi propia mano, un dolor que me ayuda a escribir y me hace digno responsable de mis errores. No puedo comparar esta soledad con la de aquella anciana a la que con motivo de un reportaje humanitario visité en su casa cerca de Arzúa. Olían tanto las heces sobre las que yacía, que yo creo que incluso vomitaban las ratas que merodeaban su cama. Había telarañas e insectos por todas partes. La anciana tenía un crucifijo de madera sobre el pecho, con un Cristo que seguramente llevaba meses asqueado con aquella peste y comiéndose las blasfemias contra Dios. Apenas hice preguntas porque se me llenaba la boca de enormes y lacias moscas consonantes. He estado muchas veces solo y he sufrido mientras pensaba sobre los malditos errores de mi vida, pero, ¡demonios!, la mía no es la soledad de aquella anciana leñosa por cuya sonrisa recuerdo haber visto pasar –como un epitafio, como una sutura del forense– la lentitud autógrafa de un ciempiés.

Recuerdos de nunca - José Luis Alvite

Recuerdos de nunca - José Luis Alvite

En un momento de mi vida en el que me pareció que se me hacía tarde para perder el tiempo en los recuerdos, decidí escribir un diario en el que supuse que podría rastrear luego los términos de mi existencia. Puse empeño durante algunos días y escribí unas cuantas páginas de aquel diario. Desistí cuando pensé que el tiempo que dedicaba a la enumeración de lo que me había sucedido me impedía exponerme a que me ocurriesen cosas nuevas. No negaré que mi resistencia a continuar con el diario fue debida también a que me di cuenta de que lo más relevante que había anotado en aquellos pocos días no era una conversación amena  o un suceso crucial, sino el buen sabor de boca que me había dejado una ración de fabada. Decidí suspender las anotaciones en el diario y romper todo lo escrito hasta entonces. Y seguí dejando que la vida me ocurriese sin preocuparme de transcribirla, persuadido de que las cosas que son importantes se recuerdan luego sin necesidad de anotarlas. Casi nada es tan importante como parece. En realidad la vida está llena de momentos inolvidables que en vano tratamos luego de recordar. A lo mejor resulta que el diario  no hay que escribirlo para llevar cuenta de lo que nos ha ocurrido, sino para ser conscientes de lo que por suerte hemos olvidado. Lo mejor que nos puede ocurrir es que gracias a nuestra mala memoria seamos capaces de recordar aquellas cosas tan hermosas que jamás nos sucedieron. Es gracias a esa visión del pasado que tengo fresco en la memoria el recuerdo de aquel crudo día de noviembre en el que no cabía el agua en la lluvia. Me considero muy afortunado cada vez que pienso en lo azul que tenía la mirada aquella chica con los ojos tan negros.

Fruta con percebes - José Luis Alvite

Fruta con percebes - José Luis Alvite
Con motivo del fracaso de mi primer matrimonio, mi madre aceptó que me instalase en su casa luego de que le prometiese desistir de mi vida nocturna. Dormía ocho horas seguidas, hacía tres comidas al día y podía peinarme mirándome en el brillo de mis zapatos. Ya ni recordaba la última vez que había comido un medallón de ternera que no pareciese guisado en la nevera. Lo cierto es que no había en toda la ciudad una sola calle que no me devolviese a tiempo a casa, ni una sola mujer que me desviase de aquel balneario régimen moral. Por primera vez en muchos años me reencontré con el aroma de las flores y con el olor de la fruta. También mi alma se fue limpiando a medida que se calmaban mis nervios y se aclaraba mi orina. ¿Sabes?, me sentía tan bien, y estaba tan orgulloso de mi nueva vida, que una mañana pensé que en aquella etapa de saludable y gozosa regeneración moral, incluso una pizca más de felicidad podría alborotar mi metabolismo y subirme el azúcar. ¿Sería posible que en aquel orden tan decente y profiláctico, casi cenobial, estuviese el origen de la diabetes? ¿Y sería tanta paz, por otra parte, la causa de que el placer algo automático de la rutina se acumulase al final como grasa en las caderas de las mujeres? Al principio sentí cierto placer al saberme de nuevo comprometido con una sociedad en la que la conciencia estaba regida por normas que a simple vista parecían razonables, aunque no tardé en preguntarme qué ocurriría en el caso de que la gente tuviese que tomar sus propias decisiones si por culpa de una tormenta quedasen fuera de servicio los semáforos. Era evidente que en la vida diurna los instintos habían sido sustituidos por las normas, de modo que no era su conciencia, sino la policía municipal, quien les reprochaba sus errores a los ciudadanos. Una tarde me asomé a la ventana de casa y me quedé un rato mirando a la gente ir de un lado para otro sin saltarse la relojería de sus compromisos, obediente como un tren que en su marcha se atiene sin remedio a los raíles. Me pregunté si aquél era realmente mi destino y si el día no sería en realidad el aburrido trámite que hace más farragosa la existencia y sólo tiene la ventaja de que precede sin remedio a la noche. ¿No eran acaso los túneles lo más excitante del viaje cada vez que de niño iba en tren hasta el Mar de Arousa? Después anocheció y la calle se quedó desierta. Y pensé que la de la santidad era una actitud trivial y aburrida, algo que te ocurre sólo en el caso de que seas incapaz de ser uno de esos hombres que vuelven de madrugada a casa con el culposo sigilo de alguien que entrase a robar.
Destruido mi primer matrimonio, el regreso circunstancial a casa de mis padres fue un intento de regenerarme que yo sabía que estaba condenado al fracaso. Llevaba demasiado tiempo trasnochando y sería difícil que me adaptase a las restricciones de una vida doméstica y organizada en la que sólo corría el riesgo de quemarme los labios con la leche del desayuno. Trabajar, comer y dormir sólo era un buen plan para alguien que pensase en la posibilidad de ser canonizado. Una noche volví tarde a casa y al día siguiente la demora fue aun mayor, hasta que llegó el momento en el que para el desayuno del jueves me presenté en la mesa la mañana del domingo. Para tranquilizar a mi madre probé a acariciarle la cara.
Entonces ella olió mis manos, las rechazó y me preguntó con sorna si aquel olor en mis dedos era porque me hubiese pasado tres noches comiendo percebes. Luego se ausentó y regresó al cabo de unos minutos con una maleta en la mano. «Será mejor que te marches antes de que tu padre salga del baño creyendo llegar a tiempo de que te hayas ido. El prefiere no verte por temor a arrepentirse y yo he pensado que lo mejor es que lleves tu vida y que sólo sepamos de ti por tu firma en el periódico.
Ya no me hago ilusiones contigo. Sé que me olvidarás tan pronto hayas arrugado las camisas que llevas recién planchadas. Sabía que te costaba adaptarte a la decencia, pero nunca pensé que hubiese alguien tan reacio a la felicidad». Iba a despedirme con un abrazo pero ella se volvió de espaldas. «Cuando salgas, por favor, no hagas ruido al cerrar la puerta; no quiero tener la absoluta certeza de que realmente te has ido».

Aquella escena tan amarga no dio para más, pero cada vez que pienso en ella por alguna razón creo que mi madre se quedó con las ganas de un añadido que hiciese aun más evidente la firmeza de su dolorosa decisión: «Y si algún día me llamas por teléfono, que sea sólo para recordarme que te olvide».
Ocurrió aquello una agradable mañana de verano, pero yo encendí la calefacción del coche y aun así recuerdo que al cabo de un rato me cogió el frío.


Al poco tiempo murió mi padre, y aunque estuve en su entierro, a veces pienso que sigue en el baño porque con el ruido cómplice del agua es difícil saber si alguien ha cerrado la puerta para no volver.

Cuestión de afeitado - José Luis Alvite

Cuestión de afeitado - José Luis Alvite
Yo no sé muy bien cuáles eran las expectativas de los monárquicos ortodoxos cuando el Príncipe Don Felipe se casó con la periodista Letizia Ortiz, pero desde mi punto de vista, la boda habría sido un acierto aunque sólo fuese por la decisiva influencia de la locutora en la mayor popularización de la Familia Real. Letizia está llamada a ser una efigie en los sellos, pero a la gente de la calle le gusta también porque podía haber sido el rostro de un perfume o la chica hermosa y dentífrica que envejece con dignidad y empaque mientras se deja macerar lentamente por la luz gomosa del telediario. Como a cualquier vieja institución europea, a la monarquía española le sobraba madera y le faltaba elasticidad. Aun ahora cada vez que me fijo en Su Majestad la Reina, recuerdo que la primera vez que la vi frente a mí, en julio del 76, no me pregunté quién sería el estilista que la peinaba, sino dónde diablos tendría su taller el tipo abnegado y minucioso que le repasaba el pelo con su gubia de ebanista. A mí Doña Sofía siempre me ha parecido una mujer austera, inteligente, culta y encantadora, pero pensaba que si al pueblo llano le resultaba algo distante, no era por su retraimiento natural, por su inteligente discreción o por su actitud sobria y reservada, sino, lisa y llanamente, porque aquella sonrisa suya tan comedida parecía un nudo en la madera de un laúd. Ahora el semblante de Doña Sofía resulta menos agridulce y más confiado, yo creo que porque Doña Letizia ha entrado en la Familia Real arrastrando en su rebufo el aire desenvuelto de una mujer dispuesta a que del Príncipe no sólo se sepa lo que piensa, sino que se entienda incluso lo que dice. Desde hace una temporada, Don Felipe lee sus discursos con aplomo, con entonación, levantando la cabeza con naturalidad, mirando a su auditorio con seguridad, como si supiese que, por fin, los españoles se dan cuenta de que se ha casado con una mujer que no ha llegado a La Zarzuela desde la carpintería endogámica y mortuoria de El Escorial, sino desde la luz popular y cenital de los probadores de Zara. Si todo sale como se piensa, no tardaremos en tener en La Zarzuela una reina moderna y atractiva, distinta de aquellas otras reinas entumecidas y leñosas que en las monedas se distinguían de sus augustos maridos porque, mirados de cerca, sus rostros eran maneras distintas de apurar el afeitado.

jueves, 5 de junio de 2014

Vela sin cera - José Luis Alvite

Vela sin cera - José Luis Alvite


De una carta que mi amiga S. jamás llegó a enviarme: «No me sentó muy bien lo que me dijiste aquella noche en mi casa y sin embargo con el paso del tiempo me he dado cuenta de que no te faltaba razón. ¿Recuerdas? Yo prendí una vela en la habitación y tú echaste a girar en el tocadiscos una canción de Sinatra. Te pregunté cuánto tiempo te quedarías a mi lado. No me fiaba mucho de mi memoria, así que lo anoté en un kleenex tan pronto saliste por la puerta: “No sé lo que esta escena puede dar de sí, pero supongo que para lo que dure esto ni encontraré una canción tan larga ni habrá una vela tan corta”. ¿Cómo pude pensar que aquello era sólo una frase? Sabía por referencias que te habías largado de otras historias dejando unas cuantas canciones recién acabadas y algunas velas sin arder. Estaba advertida y aún ahora no entiendo cómo pude pensar que en mi caso sería distinto. Supongo que entraste en mi vida en un momento en el que tenía las defensas bajas. Estaba sola de madrugada en “El Corzo” y me enviaste por el barman un posavasos con lo primero que se te vino a la cabeza. Guardo aquella nota como quien conserva una amenaza que con el tiempo ha perdido su efecto. Suponía que intentarías abordarme, pero en aquel posavasos escribiste algo con lo que desde luego no contaba: “Puede que esta noche con el cansancio falle mi perspicacia, chica solitaria, pero juraría que a estas alturas de tu vida detestas la idea de dormir sin sueño y despertar peinada”. No contesté nada, ni recuerdo haberte dirigido siquiera la mirada buscando la verdad de tus ojos en el reflejo del espejo empañado detrás de la barra. Sin embargo, supe que habías dado en la diana y me sentí descubierta, como si de repente hubieses abierto los ojos entre las pertenencias de mi bolso, en el interior de mi pecho o entre mis piernas. Me ausenté al baño a releer aquella nota y al regresar a mi taburete me encontré sobre la barra otro posavasos doblado. Me pareció la confesión de un hombre desencantado deambulando casi en sueños por una letra particularmente cansada: “¿Sabes, chica solitaria?, llevo tres días levantado y me conformaría con un café y la posibilidad de volver luego a la calle saliendo sin orgullo de un portal decente. Sólo dejaré las huellas transparentes de alguien que nunca estuvo allí”. Era noviembre y la niebla estaba tan espesa que hasta parecía imposible que no estuviese en otra ciudad la acera de enfrente»... Por más que en nuestra vida hubo otras noches como aquélla, Alvite, sinceramente nunca supe muy bien qué clase de hombre eras, si el tipo áspero y evasivo al que por primera vez subí a mi casa pensando en divertirme, o el que algunas semanas más tarde se fue de mi vida cuando descubrí que era el hombre afectuoso y sentimental del que creía haberme enamorado. A veces pienso que eras ambos hombres a la vez y que el uno era incomprensible sin la existencia del otro, como ocurría cuando en cualquiera de tus pensamientos de madrugada coincidían sin contradicción en la misma frase el catre aún caliente de la puta y el lejano pupitre de tu escuela. Tenías la vida interior y las experiencias de un tipo angustiado, a veces casi la latente agresividad de un criminal y, al mismo tiempo, los ademanes reposados de un hombre tranquilo. Te gustaba sentirte como alguien que en su viaje por la vida va en un tren que se mueve rápido por los raíles mientras él lee un libro sentado tranquilamente en el vagón. Era frecuente que parecieses triste y sin embargo jamás demostrabas rendición o cansancio, a pesar de que la gente que te conocía solía decir que eras el único tipo de la ciudad al que jamás habían visto recién levantado. Personalmente no me importa admitir que hasta conocerte jamás habría creído que hubiese un hombre que pestañease menos de lo que se supone que podría pestañear el día de mañana su cadáver. Conocí casi en las mismas dosis la tenacidad de tu afecto y la literaria agresividad de tus frases y debo reconocer que tenían razón cuantas amigas comunes se encariñaron con tu pasajera furia de seda. Tampoco ellas supieron jamás qué clase de hombre eras. Como me ocurrió a mí aquella primera noche, sentían en su propia garganta la laringe de tu voz calmosa y profunda y al mismo tiempo tenían la extraña sensación de estar a un palmo de alguien que les hablase al oído por teléfono. ¿Sabes?, eras como una hoguera con el fuego estrangulado por sus propias llamas. Aquella primera noche te pregunté qué buscabas a deshora en una mujer como yo. Acababas de prender el enésimo cigarrillo mientras aún ardía en el cenicero la brasa de otro. ¿Recuerdas tu repuesta?: «Quise venir a tu casa porque me apetecía acostarme contigo, aunque sé que el día de mañana por tu bien diré que si te acompañé esta noche fue sólo porque era la única manera de borrar personalmente las huellas que probasen que alguna vez estuve aquí. A veces la vida es más interesante si con el tiempo aciertas a contarla mal». «Por más que me jurases lo contrario, Alvite, en realidad siempre supe que estabas de paso en mi vida y que ni tus cigarrillos se quedarían mucho tiempo en mi cenicero, ni tu ropa amanecería algún día en el tendal de la mía. Quería concienciarme de que eras algo pasajero y, sin embargo, cada vez que te veía me preguntaba quién sería la mujer que retocaba tus frases y desplanchaba tus camisas. Sabía que se te daba bien abandonar tus relaciones y que dejabas a tu paso una estela de amargura, pero me irritaba pensar que ni siquiera fuese yo la destinataria exclusiva de tanto dolor. Temía que lo nuestro desfalleciese en medio de una rutinaria indiferencia que lo redujese a una historia intrascendente y vulgar, sin los estragos personales que lo hiciesen algo verdaderamente inolvidable. Ya que no podía mantener tu amor, deseaba al menos no ser ajena a tu desprecio. Sabía que así como ponías todo tu entusiasmo y tus instintos en conseguir el amor de una mujer, tus mejores frases eran la brillante consecuencia natural de perderlo. Y a mí, sinceramente, me preocupaba esfumarme de tus brazos sin haberme hecho antes un hueco en tus frases. ¿Tan poco me querías que ni merecería siquiera el literario azote de tu agradable rencor? Tú mismo me habías dicho en varias ocasiones que es el rencor lo que hace perdurables los recuerdos y que por sí misma la memoria sólo sirve para evocar lo intrascendente, lo banal, lo que aguanta el paso del tiempo sin necesidad de ser importante “como perduran las cicatrices de aquellas heridas de las que ya ni se recuerda el dolor”. ¿Cuál sería el día de mañana mi lugar en la memoria de un tipo que vivía sin fotos, sin reloj y sin agenda? ¿Desaparecía de tu vida mi rastro tan pronto se esfumasen las manchas de lo nuestro con la última colada? Por más veces que lo intenté, jamás supe contestarme esas preguntas. Ni sé cuales fueron las razones por las que entraste inesperadamente en mi vida, ni acertaría a identificar los motivos por los que sin previo aviso te largaste de ella dejando como recuerdo la estela de alguien que habiendo entrado a robar se marchó luego de haber renunciado al botín y después de haber vaciado su alma y sus bolsillos. Ahora recuerdo con nostalgia y con afecto el amor que me diste y también el dolor que me causaste. Desde entonces dejo cada noche la llave en el felpudo por si acuerdas volver, aunque sólo sea para despedirte dejando en mi espalda mientras duermo una de esas frases hermosas, amargas y expresivas que parecen escritas a la luz de una vela sin cera».

martes, 3 de junio de 2014

Mar sin párpados - José Luis Alvite

Mar sin párpados - José Luis Alvite
Ya sé que pensar de buena fe y hacer cosas decentes puede echar a perder mi mala reputación, pero a veces me emociono con algo por lo que jamás tendré remordimientos de conciencia. Ayer mismo me senté a media mañana en la terraza de un bar asomada al arenal costero en A Lanzada y me reencontré con la fuerza sentimental de lo sencillo mientras el mar descargaba el telar gris de su lento oleaje casi de mercería y un solitario bañista cincuentón tanteaba el agua helada antes de zambullirse en ella y salir huyendo, porque el Atlántico es allí tan frío, que yo recuerdo que cuando era niño un marinero me dijo que si arrojasen al mar un cadáver de pocos días, con seguridad saldría del agua por su propio pie. Un amigo mío que se las daba de buen nadador y de consumado y esforzado fondista, me comentó hace años que en las aguas casi heladas de A Lanzada no habría un solo esfuerzo por el que un hombre pudiese sudar. Yo no sé si aquel tipo exageraba, pero yo creo que en ese lugar en el que ya es casi mar abierto, los peces evolucionaron hasta quedarse sin párpados por culpa de que con la baja temperatura del agua les era imposible dormir. A lo mejor esa del frío era también la razón por la que en mi infancia cada vez que tía Pepita se sentaba en la paya a ganchillar un mantel de hilo, al final le salía sin remedio un jersey de lana. Recuerdo haber visto en Illa de Arousa una playa en la que al llegar noviembre se reunían sobre la sémola de la bajamar la hojarasca y el musgo, un arenal verde y pelirrojo en el que se daban juntas las almejas y el brezo, el trébol y las cerezas. Pensé entonces que el abandono produce a veces una inesperada y desidiosa belleza que se malogra si se pretende ajardinarla, igual que se malogra a menudo el talento del artista si se pretende convertirlo en algo menos emotivo y más funcional. En estas cosas pensé ayer mientras tomaba café con hielo en una terraza asomada al arenal de A Lanzada. Frente al incontestable espectáculo del Atlántico entumecido por el agua casi helada, no me sentí en absoluto en el deber de ser trascendental. A veces mi cerebro le deja ese privilegio a mi vientre. La verdad es que en cualquier posición emocionante en la que me haya encontrado a lo largo de mi vida, a menudo sólo me interesó saber dónde diablos estaría el retrete.

domingo, 1 de junio de 2014

La yegua de John Wayne - José Luis Alvite

La yegua de John Wayne - José Luis Alvite


Parece que planea por ahí la idea de declarar sexistas los cuentos infantiles en los que las mujeres son elementos pasivos, como es el caso de Blancanieves, Cenicienta o La Bella Durmiente. Nada he leído sobre que se prevea redimir al personaje masculino de La Dama y el Vagabundo por considerarlo clasista, aunque no hay que descartar que en una exhibición de celo feminista se condene al protagonista de El Rey León por no haberse preocupado de desarrollar el instinto de amamantar a sus crías. Supongo que lo se pretende es que la pedagogía sustituya a los instintos, de modo que al cabo de un cierto tiempo de severa instrucción las mujeres y los hombres compartan las letrinas y se turnen en la lactancia de sus críos. La censura de los cuentos infantiles es sólo un paso hacia un modelo social en el que, por ejemplo, se considere desafección al Sistema que en una película de vaqueros John Wayne monte en una yegua o que Robert de Niro incurra en la insoportable grosería sexista de abrirle la puerta del taxi a Meryl Streep. Yo si volviese a casarme creo que no me sentiría cómodo si la oficiante fuese una de esas juezas del Régimen que te miran como si casarte con una mujer fuese un delito de larvado acoso sexual. Las últimas veces que salí de copas me previne para no parecer demasiado masculino. No está bien visto que un hombre fume «Ducados», ni que al entablar conversación con una mujer no lo haga con el mismo profiláctico gesto de retraimiento que si ella fuese su dentista. Yo a alguna de mis amigas ya las he advertido de que se ande con cuidado con dónde pone los malditos pies. Porque si se cayesen al mar pueden estar seguras de que me daría la espalda por temor a que el heroísmo de salvarlas fuese interpretado por los rabinos del régimen como un velado intento de propasarme. Una amiga mía que es feminista radical me preguntó una noche: «¿De verdad que no me salvarías si caigo al mar?». Y yo le contesté; «Te arrojaré papel y lápiz. Y sólo te salvaré en el caso de que firmes una declaración jurada en conforme aceptas que te ponga la mano encima para sacarte del agua». «¿Eso harías». Dudé un instante. «Bueno, primero esperaría a ver si eres capaz de llegar a la orilla agarrada al lápiz». Mi amiga se ofendió, metió mi tabaco en su puto bolso y se largó por donde había llegado. Naturalmente, no me preguntó si a mí me ofendería el sexista detalle de pagarle las cuatro copas que se había tomado. Y yo me fui al retrete con la duda de si sería demasiado masculino mear de pie.

viernes, 30 de mayo de 2014

La bicicleta del cartero - José Luis Alvite

La bicicleta del cartero - José Luis Alvite
En una época en la que la religión tenía sobre nuestras conciencias más peso que el dinero y que el tai chi , cualquier alteración del curso ordinario de la vida podía suponer el quebranto de un mandato moral. Aunque mi madre tenía la mano ligera para corregir la insurgencia de sus hijos, lo cierto es que lo verdaderamente temible en cualquier infracción era la reprobación del sacerdote y el consiguiente castigo penitencial. Soñar con una mujer era un asunto escabroso, sobre todo si a mitad del sueño te asaltaba la tentación de imaginarla desnuda. Pero digo imaginarla, sólo imaginarla, porque la única piel abundante a la intemperie en cualquier mujer de mi infancia eran la piel del devocionario y la de su bolso de mano. Tardé mucho en ver a una mujer desnuda, así que antes de que eso ocurriera, imaginar la desnudez femenina era tan aventurado como suponer lo que ocurría al otro lado de la puerta del burdel. Sufrí mucho con las restricciones morales de la adolescencia, aunque he de reconocer que mi imaginación erótica no ha vuelto a ser jamás tan fértil como lo fue entonces. Ahora sé que aquellas mujeres resultaban más tentadoras que éstas, seguramente porque más que en suprimir ropa, el erotismo consiste en ese sutil puntito de abrigo en el que una mujer no sabría decir si tiene calor o está acalorada, si lo que corre por su espalda como una hidra de mercurio es la tentación de seguir adelante y pecar, o es que es en el tacto vertebral de su espalda donde las mujeres presienten que se resuelve la lazada de cretona que acaricia en sus ovarios el tictac untuoso de la lujuria. Tía Pepita, que era comadrona en Cambados, nunca me explicó la relojería de la feminidad, no porque lo considerase escandaloso, sino, pienso yo, porque incluso para ella la obstetricia era un misterio comparable al del revelado de los retratistas del parque que hurgaban con sus manos a través de un fuelle en el interior casi puerperal de sus aparatosas cajas fotográficas. Tía Pepita se había formado en un curso de urgencia durante la guerra civil y sabía de obstetricia y ginecología tanto como de pesca con mosca. Hay cosas que se averiguan sin hacer siquiera indagaciones. Y yo lo de tía Pepita lo sé porque al margen de que mi memoria la haya deformado el tiempo, tengo de su trabajo el recuerdo de aquella tarde de aldea en la que después de haber atendido un parto de gemelos, tía Pepita se quedó mirando hacia lo alto de la casa con un gesto atónito, como si se estuviese preguntando por dónde diablos habría traspasado el tejado la cigüeña. Ella jamás me habló del erotismo. Sin embargo, yo creo que a tía Pepita, como a tantas mujeres de entonces, le resultaba erótico sentarse en el sillín aún caliente de la bicicleta del cartero.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Cadáver empedernido - Jose Luis Alvite

Cadáver empedernido - Jose Luis Alvite
Como soy un fumador empedernido, no mido la vida por el tiempo sino por los cigarrillos, igual que ajusto mis textos echándole un vistazo a las colillas acumuladas en el cenicero. Si a alguien se le ocurriese calibrar la importancia de mi trabajo, yo le sugiero que en vez de preguntarse cuántas páginas he escrito, se ocupe mejor en averiguar cuántos cigarrillos me he fumado. En mi casa se sabe cuál es la habitación en la que escribo porque aunque estuviese vacía, sería la única en la que fuesen marrones las paredes blancas. Al reincorporarse al trabajo después de su día libre, el barman Tino Landeira sabía por el tabaco de la basuras cuanto tiempo había estado en "El Corzo" la noche anterior, calculando a razón de seis cigarrillos por hora, que es mi velocidad de crucero tragando humo. Algunas mujeres con las que tuve algo que ver jamás me reprochan mi vida discontinua, ni mi falta de insistencia, pero en el momento de romper me advirtieron que el dolor que pudiese haberles causado a su corazón no era nada comparado con las quemaduras que les había dejado en la cama. Mi amigo el actor Pancho Martínez fue colega de copas durante muchos años de madrugada entre el humo del tabaco en los bares de la ciudad. Una mañana nos cruzamos en una calle de Compostela y dudó si saludarme. La mañana estaba limpia de nubes y Pancho me dijo que al no haber humo entre nosotros le costaba reconocerme. Fue un encuentro un poco frío, distante, casi como de dos tipos que se hubiesen equivocado al creer reconocerse. Nos encontramos aquella misma noche en "El Corzo" y nos dimos el abrazo fraternal que nos habíamos negado apenas doce horas antes. A Pancho no le faltaba razón. Si lo has conocido en el fondo del mar, será difícil que identifiques en la calle al buzo que pasea sin su escafandra. Se me consume el cigarrillo que prendí al empezar este texto y lo acabaré a tiempo de aplastar la colilla en el cenicero. Solo me falta añadir que la última vez que me miré los pulmones en la consulta del médico, el tipo, al saber que era tan fumador, no me dijo "tosa" para afinar en la auscultación. Se limitó a decirme: "Por su tos ya veo que es usted un fumador consumado, de modo que para auscultarle, y sin que sirva de precedente, le pediré que haga un esfuerzo para no toser". Después me presté a unas placas que el médico miró con austera indiferencia y apostilló con un comentario que me llenó de felicidad: "Supongo que lo que hay detrás de esa nube son los pulmones sorprendentemente sanos de un fumador de cinco cajetillas diarias que lleva camino de convertirse en un cadáver empedernido". Fin del artículo. La colilla es ese gusano que apenas asoma por debajo de la firma. Si esperábais algo mejor, será mejor que los busquéis en el humo.

martes, 22 de abril de 2014

Diagnóstico - José Luis Alvite

Diagnóstico - José Luis Alvite 

Una madrugada en el Savoy me dijo Lorraine Webster: «Raras veces me verás sin un cigarillo entre los dedos. Supongo que ésa es la razón por la que me hago la manicura en el estanco». Con el humeante ademán de su mano derecha, la equívoca diosa del Savoy parecía una mujer recién disparada. Tenía en su porte el escabroso aliciente de alguien que se aliviase el sofocante calor abanicándose con una compresa usada. La primera vez que nos citamos en el callejón a espaldas del club había una niebla tan densa que el humo de su cigarrillo era un autógrafo en un charco de tinta. La conocí por la cadencia de sus pasos, aquel soniquete inconfundible de Lorraine, la clase de mujer al cabo de cuyos pasos entre el humo te preguntabas dónde diablos habrían ido a parar los casquillos. Nos besamos allí mismo. No dije nada, pero me sentí como si aquella mujer fuese a contagiarme un pecado, una extorsión o las señas del perista. Entonces ella me dijo: «Apestamos a tabaco, cielo. Pero a los tipos como nosotros el tiempo nos enseña que lo que verdaderamente dura de un beso no es el dentífrico sino el mal sabor de boca. Saber estas cosas nos ahorrará desengaños». Y tenía razón. Ambos sabíamos que lo sólido de muchas frases no es su sintaxis, ni su ocurrencia, sino su halitosis. En las postrimerías de su voz, Lorraine cantaba como si la hubiesen amordazado con un sonajero. Hizo un intento de ponerle remedio en el hospital. Desistió. El otorrino le dijo que en una voz tan estropeada, gastarse un dólar era como guardar el dinero en una hoguera. De regreso en el Savoy aquella madrugada, me dijo Lorraine: «Renuncio a la claridad de mi voz. A fin de cuentas, lo mío es cantar, no leer noticias». Y el público siguió aplaudiendo a rabiar la malversada voz de aquella mujer en cuya garganta había espacios sin sonido. Por sobrecogedor que parezca, Lorraine le debe al tabaco haber alcanzado el sincero refinamiento de una voz que lo que se merece no es una crítica sino un diagnóstico».




martes, 15 de abril de 2014

Blues de la monja y el ingeniero de caminos - José Luis Alvite


Blues de la monja y el ingeniero de caminos - José Luis Alvite

Incluso en las circunstancias mas adversas, le cabe al ser humano la posibilidad de darle a su vida un giro brillante e inesperado que mejore la apariencia de las cosas. Un tipo me contó de madrugada que su mujer llevaba años engañándole con un amigo común. Al principio trató de remediarlo y se sinceró con ella. Le dio la opción de olvidar el asunto, romper unas cuantas cartas, devolver por correo las llaves de un apartamento y regresar sin represalias al redil. Fue inútil. Ella se mantuvo en sus trece. Entonces el marido optó por darle un giro surrealista a la fatalidad. Una noche se hizo el encontradizo con el amante de su esposa y sin mostrar el más mínimo rencor, le dijo: "¿Sabes que mi mujer te pone los cuernos conmigo?". De lo que se trata es de relativizar los fracasos y de aceptar que las cosas nos ocurren sobrevenidas por el peso muerto de la fatalidad. Nos irá mejor si le aplicamos al análisis de nuestras vidas los criterios aplastantes, mecánicos y racionalistas con los que los matemáticos resuelven en la pizarra, como una pagoda de tiza, sus castillos algebraicos. De niños creíamos que la vocación religiosa era algo que nos inculcaba Dios y que poseídos por el ensalmo de aquella apuesta divina, estábamos llamados al obispado, al cardenalato, y quien sabe si al solio pontificio. Nos dijeron entonces que la santidad era una cosa que te daba de niño, como las paperas, y podía marcarte de por vida. ¡Pamplinas! Al relativizar tu pasado recuerdas el caso de aquellas dos hermanas cuyos caminos se separaron para dar en paraderos tan distintos. En M., que era la fecha de las dos, se fijó Dios y le arrastró a la atmósfera ensimismada del noviciado. En cambio, en su hermana E., que era tan guapa, se fijó un ingeniero de caminos. Me dijo de madrugada mi amigo el ex boxeador: "Muchacho, de niño acaricié el sueño del sacerdocio. Luego eché metro y medio de espaldas y me engordaron tanto las manos que tuve que hacerle bolsillos nuevos a la ropa. Acabé partiéndome la cara encima de un ring. El destino es raras veces correlativo con los sueños. De haberme dejado llevar por mi equivocada vocación sacerdotal, con mi cuerpo sólo podría haberme colocado de capellán en la Mafia siciliana". Eso dijo mi viejo amigo y creo que no le faltaba razón. Su vida fue un derroche de mala suerte. A veces incluso su perro fingía no conocerle. Cayó en bancarrota, y en lo mas bajo de su caída, maldita sea, a mi viejo y querido amigo ya sólo le quedaban de su propiedad las jodidas pupilas azules escondidas bajo las plantas de los pies. Hay tipos que es como si hubiesen nacido con la cara dentro del culo. Pero sobreviven porque saben que en el fondo, a menudo la vida consiste en acertar con los errores...

lunes, 14 de abril de 2014

Perdedores - José Luis Alvite

Perdedores - José Luis Alvite



Está de moda ser perdedor. Hay música de perdedores, literatura de perdedores, cine de perdedores, incluso hay perdedores de éxito. Porque en el fondo la aspiración del perdedor es el éxito, con lo cual lo que alcanzó con el tiempo y el reconocimiento público es el fracaso, que no deja de ser una interesante manera de perder. A John Wayne, aquel facha de «Boinas verdes», el tiempo le lavó la imagen. Ahora se le considera un perdedor. El viejo Duque nunca cambió de forma de pensar, se le echó encima un cáncer de pulmón y siguió haciendo cine y eso es lo que gusta de los perdedores: que sepan salir adelante mascando juntos el tabaco y el cáncer de pulmón. Además, el perdedor genuino es un ser sin aspiraciones políticas, un tipo de paso, un ser transeúnte e introspectivo que se pasa la vida en trenes y autobuses, en bares de carretera, bajo el sol y bajo la lluvia, a la intemperie literal y psicológica, dispuesto únicamente a echar raíces en un resbalón. Almunia no es un perdedor porque el perdedor que se lleva no es el que sale derrotado de las urnas sino el que perdió la familia, el empleo, la salud y la esperanza. En cuanto a Emilio Botín, podía perder una asamblea de accionistas, pero eso no le mete en el «country», como a Waylon Jennings o Johnny Cash, sino en la sala de retratos del banco. No se puede ser perdedor con chófer. Al perdedor se le nota en las canciones, como a Sabina y a Serrano; pero también en las heces, como a Poe, que acabó echando el cerebro por el culo. Sabina y Serrano no son cantautores sociales sino cronistas de la desolación humana, que no es pariente de la soledad política sino de la soledad emocional. Marcelino Camacho fue perdedor ideológico, pero su tabla de salvación era «Mundo Obrero», mientras que la tabla de salvación de Joaquín y de Ismael en el mejor de los casos sería «La Farola». 

domingo, 13 de abril de 2014

Piano de cola - José Luis Alvite

Piano de cola - José Luis Alvite


Cada vez que se incorpora al Savoy una corista nueva, Ernie le ofrece una sencilla recepción, la invita a cenar a su mesa y le hace unas cuantas precisiones. Se trata de puntualizar la filosofía del trabajo. Les dice: «No cometas el error de querer dejar tu huella desde el primer día. A los tipos que vienen por aquí lo que les interesa de tu pie no es la huella, nena, sino el zapato. Y en cuanto a tu aspecto, métete en la cabeza que no estás aquí para vender Biblias sino para impresionar al público. Te quiero decir que conserves tus lunares, si los tienes, y no te obsesiones con el dermatólogo. Pertenecemos a un mundo en el que un lunar todavía no es una patología». A muchos les parecerá un criterio machista pero las cosas hay que verlas en su ambiente natural. Al público del Savoy lo que le interesa de las coristas no es su cociente intelectual sino la carnalidad de su peinado. A veces las coristas tienen un momento de ternura y de ensimismamiento y les da por escribir. La pobre Terry Shelton lo hacía a menudo aprovechando los descansos. Ernie Loquasto se quedaba mirándola y me decía: «En esto precisamente consiste la magia de la carnalidad y del espectáculo». Ernie se refería al instante en el que, en el punto más hondo de su abstracción, la pobre Terry subrayaba su Biblia con el lápiz de labios. Esa mezcla de pensamiento y perfidia surge a menudo en las literarias mujeres de Jardiel, que nos retrata a sus venéreas hembras envueltas en un halo de obstetricia y heliotropo. Y así era también aquella Polina Suslova que arrastró a Dostoievski por los casinos de Europa llenándolo del inefable gozo de la flaqueza. Muchos grandes hombres sucumbieron encantados a esa extraña pócima tan femenina que se fabrica mezclando adecuadamente la poesía y la mercería, la felación y el Ave María. Chopin disfrutó con la misma angustia. Un piano no está completo si en su cola no se pudre el alma de una mujer capciosa, una de esas sofisticadas mujeres a las que el palco de la ópera les sienta como un biombo. 

viernes, 4 de abril de 2014

Buganvilla en la oscuridad - José Luis Alvite

Buganvilla en la oscuridad - José Luis Alvite
Como en cualquier lugar que fuese real, también en el territorio Facebook puede uno vagar sin rumbo mientras mira las lucecitas verdes del chat, como si fuesen el resplandor de las ventanas urbanas en las que al avanzar la madrugada va amainando la luz hasta que sólo quedan prendidas las lámparas de alguien que está enfermo y vela su fiebre, la tulipa del tipo solitario que rastrea una posible e improbable amistad verdadera, o la luz tiffany que alumbra apenas sobre el teclado del ordenador la mano de la mujer que aún confía en la presencia virtual del tipo hosco y transeúnte, pero fiable, que le ayude a cambiar de vida aunque sólo sea para saltarse de vez en cuando a la torera la semanal rutina de las legumbres. Frecuento Facebook por la noche y me he dado cuenta de que proliferan la soledad, el cansancio y la franqueza. A veces elijo a alguien al azar y suelto en el cursor el anzuelo de una pequeña frase para llamar la atención, como quien a merced de las olas lanza el autógrafo fluorescente de una bengala en medio de la noche con la esperanza de que su resplandor les abra al menos los ojos a los peces.
A veces la buganvilla de la bengala se malogra en el aire hasta esfumarse en la oscuridad, pero esta noche la luz casi astral de la bengala le ha abierto los ojos a una mujer que escribe en la ventanita del chat sin ocultar ni su escepticismo, ni su cansancio: «¿Es a mí? ¿Y tú quién eres? Es tarde. No creí que hubiese nadie vivo a estas horas. Estoy algo cansada. Si dijese algo, posiblemente sería sincera y te reirías de mí». Dudé unos segundos y afronté la situación: «Pasaba por aquí y he visto luz en tu ventana. ¿Sabes, amiga?, en medio de una noche tan oscura cualquier luz en la ventana es como un ruido amarillo hecho por el polen de la electricidad al gotear del pincel sobre un cuadro de Hopper». Cliqué, ella lo leyó y al rato tuve su respuesta: «No sé muy bien qué me quieres decir pero me gusta. Suena bien. No sé quién eres pero aunque fueses mala gente puedo decirte que al acercarte me has sonado como las pisadas de un santo».
Prendí un cigarrillo y traté de explicarme: «Celebro haberte encontrado. Tampoco yo sé quién eres. Es tarde y quedan sólo unas pocas luces encendidas en el chat. He clicado al azar y has salido tú. No pretendo nada. Sólo quería asegurarme de que estabas viva. La muerte no da olor en Facebook». Esperé un par de minutos mientras veía el símbolo de la escritura en el renglón inferior. Por fin saltó la banda azul con el numerito rojo. Allí estaba la respuesta: «Gracias por preocuparte. He mirado en tu perfil y sé quién eres. Celebro que no te hayas suicidado. Si lo pasas mal, dile a tu luz que busque a la mía. También yo soy un ser solitario. Y si estoy aquí es porque en Facebook incluso la muerte necesita bengalas para anunciarse»… (A Isa Cava Macías, porque se lo merece).

jueves, 3 de abril de 2014

Una historia sobre "perro de leña" - José Luis Alvite

Una historia sobre "perro de leña" - José Luis Alvite

Jose Luis Rey-alvite 04 de junio de 2010
Querida Ana: Te he dedicado mi columna de mañana en La Razón. Espero que no te moleste Un beso.

Jose Luis Rey-alvite 06 de junio de 2010
Como no me consta que hayas leído el texto dedicado a ti en mi columna de La Razón, me preocupa la posibilidad de que te encuentres indispuesta. Sabes que todo lo que te concierte me interesa, de modo que necesito saber con urgencia algo de ti. Un beso. José Luís Alvite

Ana Serrano 07 de junio de 2010
No, ya no es que me emocione, es que estoy a lágrima viva. Te preocupa que me pase algo. Y, en ese precioso artículo (en el último y lírico párrafo es donde me he puesto a llorar), dices que "Ana Serrano nunca sabrá lo importante que ha sido y sigue siendo para mí." Y que "yo sé que jamás pierde de vista mis huellas y está pendiente de que mis pasos no pierdan el rumbo si por lo que sea les vence de repente el sueño." Jamás las perderé de vista y voy pisando sobre ellas. No quiero que tus pasos pierdan el rumbo por tremendo egoísmo. Hace ocho años que te leo, que un dulce gallego pequeñito, que hacía segundo de periodismo y que entraba en mi foro, colgó un artículo tuyo y me dijo que me fijara porque eras el mejor escritor vivo. Y me fijé y me deslumbré, pero es que, además, desde ese día, el que no sabe lo importante que ha sido para mí eres tú.

Yo me estaba, literalmente, muriendo. Llevaba dos años de terapia que solo sirvió para que no saltara hacia esa acera que, desde un sexto piso, a veces, puede resultar tan atractiva, pero me estaba muriendo y, de pronto, además de la belleza de lo que escribías, de lo que decías y de cómo lo decías (jamás nadie ha dicho nada de modo tan hermoso como dices tú hasta lo cotidiano), sentí esa cosa extraña de que, a seiscientos kilómetros alguien, a quien jamás había visto, una voz que no era mía y que venía de otros sentimientos y desde otro lugar, hablaba dentro de mí y por mí. Y que, desde un intenso dolor, se podía escribir y se podía vivir. No sé quién de los dos tiene esa deuda afectiva que dices, pero seguiré pisando sobre tus huellas porque el camino es mucho más fácil así y cenaremos con velas y con bruma, en tu tierra, que fue mía tres años o en la mía o, como ha escrito tu sobrino en mi foro: "Querida Anacrusa, creo que hoy cenas en el Savoy de la Razón con Alvite...", pues eso, en el Savoy de La Razón.

viernes, 28 de marzo de 2014

Niños terminales y pamelas meadas- José Luis Alvite

Niños terminales y pamelas meadas- José Luis Alvite



Es cierto que se publica mucha literatura cuyo destino más sensato tendría que ser el fuego y que de los cincuenta mil títulos que se editan en España, seguramente el 70 por ciento mejorarían reciclados en envases de comida para perros, pero no es menos cierto que siempre tendremos al alcance de la mano y del bolsillo un libro del que no nos interese únicamente el sublime narcótico del aroma de sus páginas recién impresas. En la novelita menos promocionada puedes encontrar un instante de suprema belleza, un personaje que ni borracho podrías imaginar, la descripción inmejorable de un paisaje, de un rostro, de una situación, del mismo modo que incluso en las heces de los cerdos con un poco de sol no es impensable que florezca una mata de rosas marrones.Personalmente he renunciado a encontrar en la vida real a una de esas mujeres de Jardiel Poncela que destilan heliotropo y se desencadenan con esa capciosa desenvoltura como de cefalópodos de seda por los restaurantes de alto copete, del mismo modo que en mis viajes por Castilla suelo cerrar los ojos a la realidad del catastro para percibir el paisaje como lo trataba Azorín, que tenía aquella facilidad tan suya para verle la estilográfica geometría al paisaje y contarlo luego como si redactase el campo ciñendo la pluma, como un tilo, como un álamo, al cartabón y a la escuadra. Todos habréis vivido alguna situación de ofuscada introspección y de cierto pánico a sucumbir a una metamorfosis del cuerpo, pero el mejor diagnóstico lo encontraréis sin duda en Kafka, aquel tipo que escribía como si se hubiese quedado atrapado en la arácnida arborescencia de su propio crustáceo. ¿Alguien mejor que Faulkner para describir a esos seres humanos en cuya palúdica existencia incluso los ademanes más suaves recuerdan el polipasto cautivo de las plantas carnívoras extasiadas, como pamelas meadas, en un invernadero? Por lo mismo, quienes visitan Venecia disfrutan más allá de la sugerencia turística si evocan la morbidez de la prosa de Thomas Mann mientras cruzan en silencio el Puente del Sepulcro presintiendo entre el arrozal poleo de la siesta, como una obstetricia funeraria, como la carpa herniada de un cementerio, las pasmadas cúpulas de La Pietá. "Muerte en Venecia" tendría que leerse incluso por prescripción facultativa cuando se enuncia el declive en nuestra bajeza carnal y en el "txangurro" de las playa de sarro y arena se frustra la salud de los muchachos polacos, grises y dominicales, que juegan con sus calderitos a construirse un túmulo de mica y seborrea. Lo leo cada verano. Y sé que al acabar se conmemora en mi rostro la barnizada fotogenia de alguien que se hubieselavado la cara con el líquido que sobró de embalsamar su infancia.

martes, 25 de marzo de 2014

Dinero a cucharadas - José Luis Alvite

Dinero a cucharadas - José Luis Alvite

No me cuela. Ya sé que Madonna es un ser humano como otro cualquiera, pero me cuesta creer que haya adoptado a ese niño africano sin otra intención que apartarlo de las garras del hambre y ponerlo bajo el benéfico amparo de su protección. Si se tratase de un sencillo acto de coherencia interior, no tendría que haberse presentado en África rodeada de las cámaras de televisión, ni haber hecho coincidir su gesto con la inminente comercialización de un nuevo disco. Sencillamente, no me cuela que haya tenido ese arranque de humanidad en un momento en el que trata de relanzar su carrera y da la impresión de los responsables del negocio no han tenido el menor reparo al hacer coincidir el humanitarismo con la publicidad, de modo que en la duda de que ese simple gesto le asegure el Cielo, Madonna puede dormir convencida de que le asegurará al menos dos quilómetros de cola frente a su mesa de los autógrafos. No hay que indagar mucho en el historial de la cantante norteamericana para comprobar que sus arrebatos emociones pueden no ser escuchados personalmente por Dios, pero cuentan siempre con el interesante apoyo de los telediarios. ¿La posteridad? ¿Y a quien le importa ahora la posteridad? Seamos sinceros: como se han puesto las cosas, Los 40 Principales es lo más cerca que un cantante mediocre puede estar de la posteridad. Todo se reduce a una simple cuestión de mercado y lo de menos es la calidad del trabajo. Dirigida a un público casi infantil, la mayor parte de la música que se comercializa mejoraría si le hiciese los arreglos un gorila con las orejas limpias. ¿La voz? ¿La personalidad? ¡Bobadas!, en los tiempos que corren hay que morirse para tener personalidad. Lo que cuenta es la imagen, de modo que a una cantante lo que le miran sus productores no es la tesitura, el tono y el timbre -¡qué antiguallas!- sino el culo y las tetas. De quince años a esta parte, el público está mayoritariamente integrado por muchachitos menores de edad, chavales impresionables a los que con una buena campaña en televisión, puedes convencer como si tal cosa de que Cristo murió durante una actuación como telonero en el último concierto de Janis Joplin en el Calvario, crucificado por sus detractores con un bafle a cada lado. Por eso se admiran inocentemente del gesto de Madonna. Creen que es una señora maravillosa a la que le sientan bien las mechas con grasa. También hay quien cree que Lolita compone algunas de las canciones que interpreta. Lo escucharon por la tele. Lo dijo ella. Dijo que componía sus canciones en el puente aéreo de Barcelona y se quedó tan ancha, convenciendo a un público infeliz de que hay ocasiones en las que la inspiración se presenta de manera inesperada y caprichosa, anidando sin miramientos en cualquier cerebro, incluso en el cerebro de alguien que aparenta tener problemas para cubrir el crucigrama del Marca sin la ayuda del perro. Pero no es nada nuevo lo de Lolita. También se atribuyeron algunas parte de su repertorio las muchachas del dúo Ella Baila Sola, que cantaban aquello de Amores de barra con la falsa emoción de haber vivido supuestamente horribles adversidades en el transcurso de mil madrugadas, ¡ellas!, Marta y Marilia, dos chicas con melenas teresianas cuya mayor inquietud cultural era que le sentase bien la camiseta. ¿No es demasiada casualidad, por otra parte, que de repente a todos los cantantes de este país les haya entrado al unísono la pasión por los ritmos latinos? ¿No será que se trata de un movimiento maquinalmente diseñado por los estrategas de las productoras para ganarse sin esfuerzo la simpatía y el dinero de un público que de la vida sólo conoce el patio del recreo? No cabe otra posibilidad, a no ser que quieran hacernos creer que la inspiración funciona ahora como un gigantesco contagio, como una suculenta peste que deje en los chavales un rastro de incondicional devoción y un buen montón de dinero fácil en la contabilidad de los sellos discográficos. Si velasen por la calidad de los trabajos, repondrían lo mejor de los auténticos grandes de la canción. No lo hacen porque la mayoría de los mejores están algo muertos, bastante muertos o demasiado muertos. Y los muertos, naturalmente, suelen poner reparos insalvables para salir de gira y calentar el ambiente. ¿Cómo explicar que los compradores de discos ignoren la existencia de Ella Fitzgerald, de Gilbert Becaud y de tantos otros? ¿Es bueno para la cultura musical de un país olvidar a los grandes del jazz, del country o del blues y venderles como un dogma la idea de que lo importante es hacer música que se brinque en manada con una cerveza de dos litros en un mano y la extremaunción en la otra? Se comprende que los muchachos sean reacios a Tchaikowski o a Schubert porque no se puede bailar al ritmo de la Legión durante media hora una balada del siglo XIX en la que no hay al menos un músico que -como en los discos de salsa- les estimule el alma haciendo sonar ese instrumento tan delicado y tan armónico que antes de llegar a los conciertos solo se empleaba en los establos: el cencerro. ..
No me cuela el publicitado rasgo misionero de Madonna. No puedo creer que sea sincero y desinteresado el gesto de una señora que utiliza la boca hambrienta de un niño para meter a cucharadas el dinero en su cuenta del banco. Ya ves, muchacho, que cuando se alía con la publicidad y con los negocios, la bondad se parece una barbaridad a la corrupción de menores.

lunes, 24 de marzo de 2014

Bofetada con mariposa - José Luis Alvite

Bofetada con mariposa - José Luis Alvite

Mi padre ejerció el periodismo desde su adolescencia hasta el borde mismo de la muerte. Quitando lo de escribir y afeitarse, mi padre casi no sabía hacer otra cosa con las manos. También es cierto que carecía de otra ambición que no fuese la obsesión por hacer bien las cosas bien y dormir tranquilo, al menos todo lo tranquilo que podía dormir un hombre cuya idea de la riqueza era que el sueño no le costase dinero. Dicen que era un tipo elegante, un hombre con empaque, un señor. Soy de la misma idea. Quienes le conocieron recuerdan su magnífica figura y su ropa siempre impecable. Mi padre tardaba un promedio de quince años en cambiar de talla, no sé si porque tenía un metabolismo afortunado o porque su economía le impedía renovar más a menudo el vestuario. El sastre de la calle Pitelos me dijo en una ocasión que mi padre era el tipo que menos tiza le hacía gastar en el dibujo de la ropa y que la mayor parte del tiempo que duraban sus encuentros no lo empleaba en las pruebas, sino en la suave duermevela de la conversación. He de reconocer que me sonrió la suerte de tener un padre aplomado y ameno que sólo habría sido capaz de levantar la voz para disculparse por haberlo hecho. Que únicamente le recordemos una bofetada es la prueba de su carácter reflexivo y pacífico. Aquella bofetada se la dio a mi hermano mayor por un sinsabor acumulado que le sacó inesperadamente de sus casillas. Fue un golpe suave, sin recorrido, un golpe ameno y medicinal al que habría sobrevivido una mariposa. Mi hermanó necesitó apenas unos minutos para sobreponerse al estupor de la sorpresa, recobrar el ánimo y seguir jugando. Mi padre tardó tres días en conciliar el sueño después de que entre todos en casa le infundiésemos el ánimo necesario para recobrar la fe en sí mismo. Mi hermano murió de un tumor treinta años después de aquello, pero yo creo que mi padre se llevó a la tumba la amarga sensación de que aquel jodido cáncer le había sido causado por la maldita bofetada que desmentía la cordialidad de su mano su mano. Aquella mañana del 10 de octubre del 84 le acompañé al hospital Juan Canalejo de ..
A Coruña. Un mozo de almacén arrastró el cuerpo de mi hermano sobre una camilla con ruedas hasta dejarlo en suerte, como si fuese un cadáver de lidia, debajo de una bombilla sucia, en medio de una sórdida lonja de recambios, cajas y basuras. Mi hermano llevaba puesto un traje nuevo, terso, sin doblez alguna, como si para la trágica ocasión le hubiese tomado las medidas con una tiza de carpintero el sastre lento y cartesiano de la calle Pitelos. Mi padre contuvo las lágrimas como buenamente pudo. Sólo dijo: "Este año se nos va a hacer muy grande la mesa de Navidad"... Yo me adelanté dos pasos y le eché un visto al cadáver de mi hermano. Era la primera vez que le veía acostado desde que a los 16 años se fue de casa para estudiar en Madrid. Era también la primera vez, ¡Dios!, que mi hermano aceptaba un traje sin haber escogido personalmente el calzado. Al poco rato, mi padre y yo regresamos en mi coche a Compostela. "Ve con cuidado, hijo... ten en cuenta que tú eres ahora tu hermano mayor"... Almorzamos en la autopista. Besé de refilón su mano cuando probó a acariciarle en mi cara la mejilla al cadáver en off de mi hermano. Mi padre dejó en el plato más comida que la que le habían servido. Después le acompañé mientras escribía en el periódico el obituario de su hijo mayor. Y yo recordé los días de nuestra infancia, cuando mi padre volvía de madrugada a casa y al arroparnos en cama fingía ignorar que fingíamos estar dormidos... Mi inolvidable padre y mi colega periodista murieron en la misma cama y en la misma noticia siete años después de aquello y ni siquiera el cáncer le cambió de talla, como si hubiese querido guardar para siempre en la acogedora Navidad de su cadáver un sitio de honor para el trajeado cadáver de mi hermano. 

sábado, 22 de marzo de 2014

Catedral sin palomas - José Luis Alvite

Catedral sin palomas - José Luis Alvite

...Querida Susana Pose: aunque me he impuesto una convalecencia física y emocional para reconstruir el alma y los nervios, lo cierto que no hay un solo día en el que no recuerde los grandes momentos pasados a tu lado, incluso los momentos tensos y los disgustos, nuestros famosos enfrentamientos y esos seis minutos de odio que aprovechábamos para romper "definitivamente" nuestras relaciones en El Corzo durante el tiempo que tardases en volver del baño. No me importa reconocer que te hiciste tan imprescindible en mi vida, que perder tu amistad sería algo tan extraño como separar el dolor y la herida, el beso y los labios, los pies, amiga mía, y los pasos. ¿Recuerdas cuando te dejaba a las seis de la mañana para correr en coche a los estudios de Radio Nacional a tiempo de grabar mi colaboración para Carlos Herrera? Estaba destrozado por culpa del tabaco y por no haber ido a cama en dos o tres días pero a mi querido jefe de la radio le gustaba escuchar la voz casi agonizante de un hombre roto por la nostalgia, el escepticismo y por los vicios. "Me gusta esa amarga desgana, Alvite, la voz fatigada de un hombre a punto de sucumbir", me decía Carlos. No se trataba de una desgana técnica largamente ensayada, sino de las secuelas del extremo cansancio de un tipo empeñado en subir al cadalso llevando la soga en sus propias manos, y en la boca, una frase de aliento para el verdugo. La famosa "desgana" eran diez paquetes de cigarrillos en una sola noche, las bebidas frías y un corazón acostumbrado a latir por el reloj del coche con el ritmo cardiaco de un caballo sin bridas que se hubiese comido las vegetaciones de su aliento congelado y las espuelas de su jinete embalsamado a medias por la niebla y por el tedio. Después, ¿recuerdas, fiel Susana?, después volvía a la ciudad y llamaba a tu teléfono porque mi cadáver necesitaba un sitio en el que recuperar el resuello y porque mi mirada se había convertido en una mancha azul en las gafas. Y allí estabas tú, Susana, dispuesta siempre a recibirme con los brazos abiertos y aquel café que le devolvía a mis manos el tacto, y a mi letra, la trágica y vulnerable flor invernal de las frases más amargas, mientras se escuchaba en mis pulmones el violonchelo de aquella farragosa respiración cansada, la funeral rondalla descalza que tantas veces me avisó de la muerte. Muchas de aquellas madrugadas me pediste que redujese el ritmo y si no te hice caso, querida Susana, fue porque toda mi puta vida estuve convencido de que hay ocasiones en las que la belleza no reside en el magnífico aspecto exterior de una talla, sino en los jodidos nudos de la madera. Consciente de que no iría muy lejos con mi idea del arte, me propuse ser capaz al menos de las proeza de sucumbir mientras estuviese redactando personalmente mi obituario y ese maldito testamento en el que lo único a repartir serían con toda seguridad diez blasfemias y la minuta del notario. Ninguna de todas aquella amigas se preocupó jamás por mi estado ni por mi destino. Por eso a muchas de ellas las recuerdo hermosas y a lo suyo, apoyándose en mí con una mezcla de necesidad y conveniencia, como las palomas, nena, que ni siquiera en invierno se interesan en volar por el interior de las catedrales. Algunas dijeron que les interesaban mis sentimientos y mi alma, pero lo cierto es que lo más cerca que sus manos estuvieron de mi corazón fue ese jodido momento de la madrugada en el que a los tipos como yo el corazón se lo buscan las mujeres entre las monedas del bolsillo. Realmente solo pude contar contigo, para lo bueno y para lo malo, cuando prosperaba y cuando sucumbía, incluso cuando mi idea de la esperanza era confiar en que no ocurriese nada, ni a favor ni en contra, como si mi manos ya solo estuviesen interesadas en recibir la limosna de un puñado de luz, aquella luz de El Corzo, Susana, amiga mía, la luz que convertía en un dineral el pelo de las mujeres, mientras mi letra, ¡Dios Santo!, buscaba a última hora en un trozo de papel el camino por el que llegar a tu portal con el aliento justo para deletrear en los labios el viático de aquel café con el que no me importaría que un día fregases de tu puño y letra el insomne epitafio de mi sepulcro... Creo habérselo dicho a Susana Pose unas cuantas veces, tantas como me insistió en el beneficio emocional de salir de viaje a cualquier parte. No me motiva devorar la geografía, ni hacer amistades nuevas. No estoy para novedades. Recuerdo haberme detenido a esperar la noche antes de entrar en una ciudad y dejarla a las pocas horas sin haber siquiera amanecido. No recuerdo un solo viaje en el que el mayor placer no hubiese sido la inminencia del regreso, ni una amistad nueva que no me haya despertado la añoranza de una amistad anterior casi olvidada. El café del desayuno pierde sabor a partir del último día de la infancia. A cierta edad uno comprende que a falta de expectativas razonables de futuro, lo importante es que a tus sueños se les cumpla al menos el pasado, aunque el retorno al pasado supusiese agonizar sentado con barba de treinta años en el pupitre de la escuela. Por eso a Susana siempre le contesté lo mismo: "Lo que necesito no es un sito al que ir, nena, sino un lugar al que volver". Por lo que ella me cuenta, A Telleira es el lugar al que tendría que ir para tener luego un sitio al que volver. Susana tiene allí una pequeña casa sin lujos y sin vecinos, con el mar casi en la alfombra, en medio de un impecable silencio en el que solo se escuchan el silbido de las almejas y las articulaciones del humo de la chimenea. Se llega desde Compostela por una de las carreteras que llevan a la Costa da Morte, apartando luego en una pista de carros, orientándose por las eternas referencias de una taberna que cierra a las doce, una casa pintada de azul, un perro que le ladra a las sombras de un cementerio de gente enterrada boca abajo, y al fondo, quince olas de la costa, las islas Sisargas y esa casa en la que dice Susana que los muebles ganan mucho con la luz de la luna y seguramente con el reflejo del fuego en un espejo viejo y dócil que deforma la fealdad. "Lo tienes todo a mano: el mar, el arenal, las rocas... tienes a mano la soledad y el silencio, Alvite, y en las noches claras, incluso cerrando los ojos tienes a mano el resplandor cosmopolita de los teatros de Nueva York y Buenos Aires... Tenga una barca de remos obediente como un ternero... no hay un solo ruido que no obedezca a algo bueno, ni un golpe de viento que no se sepa de memoria mis vestidos... tendrías que pasar un par de días en A Telleira... Dos días serían suficientes para serenar el ánimo y airearle el maletero al coche... Si conociese el lugar, estoy segura de que tu siquiatra me daría la razón"... Me tienta mucho aceptar la invitación de mi querida Susana. Siempre me hizo ilusión ir a parar a uno de esos sitios a los que un tipo como yo solo podría llegar arrastrado por la inmerecida suerte de haberse perdido. Como ella lo describe, A Telleira sería uno de esos lugares en los que podrías abrazar a una mujer con la extraña sensación de echarla de menos entre tus brazos, como si fueseis víctimas de un sueño a punto de desvanecerse, expuestos a la fatalidad de que se trate solo de una historia que vais leyendo sin tiempo en el brevísimo relato escrito a oscuras en la carcasa del reloj que arde como una careta de helio en el fuego beis de la chimenea. Y aún así creo que podría valer la pena. Esperaríamos a que amainase el fuego en el esqueleto de la leña y emprenderíamos sin prisa el viaje de regreso al borde del amanecer, Susana, amiga mía, a esa hora novicia del alba en la que en la que a una chica como tú incluso le sientan como un premio el cansancio, la ruina y la tristeza.

El plateresco de su saliva - José Luis Alvite (Diario 16)

El plateresco de su saliva - José Luis Alvite (Diario 16)

Los tipos como yo no alentamos las ilusiones de nadie. A una muchacha con la que intime' brevemente en " Stardust " le dije de madrugada : "No te hagas demasiadas preguntas sobre mí. Todo es en realidad muy sencillo. Sólo soy tu último error, nena ".Y ella preguntó : " ¿Y qué esperas de alguien como yo ? ".Y fui tan sincero como siempre.Y tan demoledor :"Sólo te considero alguien a quien estoy empezando a recordar , una hermosa mujer que tiene su destino dos paradas más allá de mi sombrero ".
Aquella chica y yo bailamos media hora y nos besamos mientras la música pasaba a limpio el borrador de nuestras pisadas. Ella se acurruco' entre mis brazos y noté que le hacía sitio a su rostro y enterraba un beso en mi pecho callado como un sepulcro .Le dije : " ¿Sabes muchacha ?" : Otras mujeres se instalaron ahí mismo y las cosas no fueron bien .No pierdas el tiempo.Sufririas nena.Por mi pecho no se llega a ninguna parte .Mi corazón no da a ningún hogar .Mi alma, amiga mía , sólo es un portal".No quiero que cometas un error del que salgas dañada .Mi mejor mueble es la rueda de recambio de mi coche. Pero no te apees del baile en marcha .Cuando pasemos cerca del tocador aprovecha una postura suave en el momento más calmoso de esta melodía y ausentate a los lavabos con ese maldito toque tan femenino que permite a las mujeres darle a la silueta del fracaso la delicada apariencia de un pasajero problema con la cambrera de un zapato .Sabre'salir airoso del abandono .Estoy acostumbrado y no lloraré en mis solapas .Tampoco yo me hago ilusiones. Tan pronto te vi supe que eras parte de mi pasado" .
Ella intentó cambiar las cosas introduciendo vacilaciones , incertidumbre , oscuridad : "Te diré algo , nunca supe que rumbo darle a mi vida .Me asusta imaginar mi futuro a la vuelta de la esquina y siempre tuve problemas para elegir esta o aquella dirección. Me asusta elegir un camino porque temo que siempre me encontraré los mismos obstáculos".Me sentí comprometido pero tenía que reaccionar. Era hermosa , olía bien y mis labios empezaban a saberse de memoria los suyos. Le advertí:"Tenemos que dejarlo aquí , ahora que tienes la playa a dos metros y te quedan fuerzas para nadar .No entiendo la vida al lado de nadie que no sea culpable de ello.La vez que viví más tiempo en el mismo sitio fueron los nueve meses en el vientre de mi madre. Soy un tipo campo a través , nena , y sólo conseguirías encontrarte sola en mitad de un descampado sin luz .¿Tu rumbo?¿Tu camino ? ¿Obstáculos en el porvenir? No te hagas mala sangre , nena , si lo miras sin implicarte mucho en ello, te darás cuenta de que en el fondo lo nuestro sólo son unos cuantos problemas de tráfico".
¿Que recuerdo de todas aquellas mujeres que se subieron a mí en marcha? No mucho.No he olvidado como olían , ni el diferente sabor de sus lágrimas , tampoco su rostro enterrando algunas lágrimas en el sarcófago de mi ropa.En realidad en cada mujer que pasó por mis brazos bailando sobre el vacío, eché de menos a la anterior. Y estuvo bien así. Nunca llegamos a nada más serio que unas cuantas lágrimas y un poco de yeso en la cama. No podría soportar un ropero en mi corazón. Soy un tipo de paso, un lugar por el que muchas mujeres atajaron entre un hombre y otro hombre, entre dos tallas , entre la juventud y la muerte, una manera de hacer transbordo aprovechando la eternidad de una buena canción y ese instante tardío , excitante y amargo en el que no te cabe duda de que lo bueno del fracaso con una mujer adorable es que en tu decadencia la recordarás como si hubieses encontrado en tu saliva el plateresco de la ropa interior de la suya.

domingo, 9 de marzo de 2014

Paisaje con sexo y sandías - José Luis Alvite

Paisaje con sexo y sandías - José Luis Alvite
Muchas veces al recorrer la costa gallega he pensado que lo que está ahora a la vista no es lo mismo que conservo en la memoria, y al reparar en la responsabilidad de quienes causaron tantos destrozos, estoy seguro de que las cárceles están menos pobladas de lo que tendrían que estar. Rellenaron sin sentido el perfil del litoral, talaron los árboles y las palomas, ensuciaron el agua y cuesta creer que alguna vez existiese aquel mundo arousano de mi infancia en el que las almejas parecían hernias y se daban como la arena, las gaviotas comían sin apetito, y, aunque es cierto que alguna gente andaba descalza y las bombillas daban casi más luz al apagarlas, a mi me parecía que nadie pasaba grandes privaciones y que ni siquiera en las familias más necesitadas estaba el hambre en ayunas. Mi amiga Rocío González, que es andaluza y recorrió esa costa con su familia el último verano, comparó los estropicios del litoral gallego con los horrores del Sur y reconoció sentirse fascinada por una belleza paisajística que a ella le pareció bautismal, limpia y epidural como un sueño. A mi me gustó ver la costa en sus ojos y me agradaría que la hubiese visto ella en mis recuerdos. Hemos hablado sobre su visión unas cuantas veces desde entonces y yo he querido transmitirle la idea de que esa costa era entonces aun más hermosa y no había en el mar nada que fuese más sucio que el reflejo de la luz del sol, el pescado casi no cabía en el agua y en verano los incendios fertilizaban los montes de manera que pudiesen anidar los pájaros en los mimbres del fuego. También hube de reconocerle que la belleza es algo que se admira cuando se corre el riesgo de que se desvanezca, en ese momento de la mera expectación en el que uno se da cuenta de que el cambio va a ser amargo e inexorable y ya nada será como hasta ese instante. Le conté a Rocío que incluso la carnalidad era entonces más golosa y que en la colina cambadesa de A Pastora los muchachos enterrábamos la cara en las sandías de septiembre poseídos por una mezcla de sed, gula y lujuria, hasta tener la inefable sensación de estar descubriendo la alegoría de la fecundidad, el tacto gomoso, babado y lascivo de la pulpa roja y vaginal de las mujeres. En su meridional y sutil sensibilidad para los colores, mi amiga sentiría de todos modos una insufrible nostalgia si viviese en la Galicia taciturna y entumecida del invierno, lejos de esa tierra suya en la que incluso hace espuma azul el mármol, aunque creo que comprenderá mi felicidad retrospectiva si le digo que la costa gallega que ella ha admirado tanto era más hermosa en mi infancia y en el almanaque venial de mi pubertad, en aquel tiempo invertebrado en el que sonaba como alhajas la maraca de la risa de las niñas y la mar remitía como saliva puerperal en la encía dulce de la costa afrutada, mientras el viento ladraba en las enaguas de los tendales y entre las piernas de las mujeres blasfemaba, como el sifón de un retrete, el ímpetu de aquellos hombres que sudaban caldereta de congrio y luego se hacían a la mar con la inconsciente certeza de vivir en un mundo en el que los perros eran autodidactas, el humo era la pantomima gris de un fuego lavado y todavía no se habían ahorcado en las banderas las ruinas del aire.
(A mi amigo Paco Lara)

jose.luis.alvite@telefonica.net