martes, 30 de septiembre de 2014

Cuestión de amistad - José Luis Alvite

Cuestión de amistad - José Luis Alvite
Jamás he recurrido al auxilio económico de los amigos y la verdad es que no me importó atender a las necesidades de unos cuantos. Con el tiempo me he dado cuenta de que si tuviese que hacer una lista de los amigos a los que les presté dinero, sería la misma que la de aquellos que jamás me lo devolvieron. Podía haberles exigido el justo reembolso de la deuda, pero con relativo buen sentido pensé que en ese caso la recuperación del dinero iba a suponer sin duda la pérdida del amigo.
Como de todo se aprende, ahora sé que cuando alguien te pide dinero pensando en que serás lo bastante amigo como para prestárselo, él tendría que comprender que lo que esperas de él es que sea a su vez lo bastante buen amigo como para no pedírtelo. Pero, claro, ¿de qué sirve entonces la amistad? A lo mejor es que la verdadera amistad es la que une a dos personas dispuestas a no ponerla jamás a prueba. Yo he alternado mucho de madrugada en ambientes llenos de humo, con gente pasada de copas que tiene un generoso sentido de la amistad y enseguida cogen confianza. Fue en uno de esos ambientes donde conocí a P., que se hizo amiga mía intercambiando frases entre cigarrillo y cigarrillo mientras yo pagaba las copas y el tabaco.
Al cabo de algunas semanas de pedirme cigarrillos durante toda la noche, le pregunté si por curiosidad alguna vez había comprado tabaco a sus expensas. «Soy tu amiga.¿Le vas a negar tu tabaco a una amiga? ¿Vas a ser tan miserable conmigo? ¿Sabes?, yo no compro tabaco porque quiero dejar de fumar». Entonces repartí los dos últimos cigarrillos del paquete y mirándola reflejada en el espejo empañado de la barra del bar, le dije: «Está bien, amiga. Entiendo que quieras dejar de fumar, pero no sé si te das cuenta de que, con el gasto que me supones, me vas a sacar de fumar a mí». Se comprenderá que en el grave riesgo de renunciar a un vicio, opté por renunciar a una amiga.
Al margen de mi facilidad para olvidar los compromisos y las citas, la verdad es que nunca he sido un tipo con muchas amistades. En los bares que cierran tarde, mi amigo de verdad lo es por lo general el barman. Tuve una sincera amistad de muchos años con Tino Landeira, el desinteresado barman del «Corzo» que sabía de mí unas cuantas cosas que incluso yo ignoraba. He estado tan unido a él, que llegado el momento de mi muerte nadie tendría que extrañarse de que mi querido barman reclamase la correspondiente pensión de viuda.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Risa apaisada - José Luis Alvite

Risa apaisada - José Luis Alvite
Sentí fiebre esta mañana al levantarme, consecuencia de un resfriado con el que no contaba, y pensé que a medida que aumentase mi temperatura tendría una mejor disculpa para el empeoramiento de mi columna. En el caso de alguien que se deja llevar a menudo por la imaginación, la convulsión de la fiebre supone la ocasión perfecta para volver a la realidad, que no es otra cosa que el delirio patológico de quienes tienen por costumbre vivir la vida como si fuese un sueño. Mis fiebres infantiles en el verano de Cambados me permitieron descubrir desde la cama ruidos callejeros en los que antes nunca había reparado, como si todos aquellos niños y el tránsito de los marineros fuesen una enorme chamarilería, una manada de realidad pisando descalza sobre una marimba, una horda de voces, el trajín diverso y latoso de una cacharrería en la que deambulase una soviética turba de campesinos, una voluptuosa procesión de coces. Eso pensaba entonces y la verdad es que aún ahora me doy cuenta de que la fiebre despierta en mí emociones que creía olvidadas, sensaciones a medio camino entre la sordidez real de la calle y la literatura del desvarío, como cuando de niño en aquellas febriles siestas cambadesas imaginaba que al otro lado de la ventana en falleba hervía en sus heces de caballo un mundo heterogéneo y confuso, una demografía de chinos pregonando sus mercancías con el tintineo de un idioma que a mí me sonaba como las cortinillas de cuentas de los burdeles asiáticos del cine. Los ruidos transcribían una realidad en la que la fiebre superponía emociones fantásticas, de modo que al borde de los cuarenta grados yo me daba perfecta cuenta de que los ruidos de la calle reproducían una realidad que yo jamás había tenido en cuenta, una realidad que a mí, que soñaba tanto, me parecía ficticia. Hasta que el médico comprobaba en el termómetro que la temperatura había remitido y yo salía entonces a la calle preguntándome con desilusión dónde diablos se habrían metido todos aquellos pies ligeros, deshuesados e indochinos que hasta horas antes habían desfilado como insectos de mica pisando en procesión sobre la lejana marimba de la fiebre. Ahora tengo 39 de temperatura y no sé si esta última frase será literatura o el sirope amarillo del sudor deslizándose como una culebra de semen sobre el torso de un buey agonizante. Ni siquiera puedo saber a cuántas reses ciegas corresponden las pisadas de mi corazón acelerado. Sólo sé que me llega desde la calle la risa budista, apaisada e inalámbrica de todos esos niños chinos a los que jamás vi en el portal de casa.

La bomba del pozo - José Luis Alvite

La bomba del pozo - José Luis Alvite
No tengo mucha fe en los sexólogos. Comprendo que hacen su labor y que le ponen interés, pero yo siempre he pensado que para mejorar las relaciones sexuales en lo que hay que inspirarse no es en los apuntes tan científicos del sexólogo, sino en como lo hacen los iletrados cerdos en su establo. Muchas parejas fracasan porque se entienden mal en cama y otras se resienten por culpa de un colchón mal elegido. Hay fracasos sexuales incluso pintorescos, como el del matrimonio que disfruta sólo en el caso de que ambos imaginen que están en cama con un desconocido. O como disfrutaba aquella amiga mía que gozaba pensando que en ese momento su marido le estaba poniendo los cuernos a su joven amante. A una señora de la buena sociedad compostelana le escuché decir de madrugada en su cama que lo que le encendía el cuerpo era la certeza de estar haciendo algo que si se supiese en el hoyo siete del golf de La Toja podría perjudicar seriamente su reputación. En realidad nunca disfrutó en serio de las enormes posibilidades que se le abrirían si tuviese una mente que comiese de todo. Su conciencia le impedía hacer cosas que sin embargo le permitía su cuerpo, de modo que en el momento crucial, cerca del éxtasis, imaginaba que su postura en cama era la misma que en el reclinatorio de la iglesia y entonces todo se venía súbitamente abajo. Tenía también un problema de vocabulario. No llamaba a las cosas por su nombre funcional, sino por su referencia científica. Suele ocurrir que muchas mujeres se frustran en cama por la sencilla razón de que no se atreven a pronunciar en voz alta las cosas que en cambio gimen sin rubor. Se atreven a cualquier novedad, incluso a variantes acrobáticas, y sin embargo se quedan paralizadas por culpa de su remilgo gramatical. «Ya sé que eso se llama así, cariño, pero yo no puedo pronunciarlo; es como si su nombre vulgar no me cupiese en la boca, cielo. Compréndeme, por favor. Puedo hacer contigo lo que quieras, pero no me pidas que después intente leerlo». Aunque el somier era de garantía y nos entendíamos bien, al final nos distanciaron su pudor y la semántica. Su terminología no era coherente con la mía y en nuestra afinidad se entrometió un insalvable problema de vocabulario. ¡Lástima! Aquello salió mal porque mientras yo pensaba en los elementales e iletrados cerdos del establo, ella se abstraía en la estival evocación de su casa de campo e imaginaba el funcionamiento de la bomba del pozo. Nunca abrigué la menor esperanza de tener con ella un orgasmo al mismo tiempo. En realidad nuestro mayor logro sexual habría sido sin duda la decisión de compartir a oscuras la traducción simultánea.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Insensatez - José Luis Alvite

Insensatez - José Luis Alvite
Hay muchas maneras de medir la sensatez de un hombre y de establecer el momento en el que el sentido común sustituye en su vida a los impulsos. Se admite casi como norma que con el paso de los años los hombres se vuelven más conservadores y no toman una sola decisión sin haberla meditado antes, hasta el punto de que incluso los tipos que hacen discursos dedican horas a preparar minuciosamente sus improvisaciones. También se obsesionan con la salud y se preocupan mucho por cualquier manchita en la piel, temerosos incluso de que se les desarrolle un tumor maligno a partir de un ornamental beso de carmín en el cuello de la camisa. Yo tengo un amigo que vive obsesionado con la salud y jamás olvida comprobar el color y la textura de sus heces. Se muere literalmente de miedo, tanto, que a veces defeca a oscuras por temor a que sus heces no sean las que convienen a su edad. Yo no le hago mucho caso, sobre todo porque jamás me he preocupado seriamente por mi salud y porque estoy seguro de que la obsesión por estar sano es sin duda el origen de graves desequilibrios nerviosos.

Me defiendo con el argumento de que la sensatez suele acarrear decisiones prudentes y alego que a mi me parece que en la vida de un hombre sus mejores momentos son por lo general el resultado de algún descuido, como cuando por culpa de llegar demasiado tarde a una cita nos encontramos en la mesita del café a una mujer desconocida y maravillosa con la que no contábamos. Si uno le echa un vistazo a la historia más reciente y se fija en Italia, se dará cuenta de que a los italianos su insensatez les ha servido para alimentar esa proverbial indecisión militar que les lleva a pelear a ambos lados de la batalla y a elegir definitivamente el bando cuando ya está decidida la guerra y solo se requiere algo de esfuerzo para el jubiloso brindis de la victoria. Supongo que esa actitud se parece mucho a la de quienes, como yo, creen que el sentido común sólo se necesita para tomar a tiempo la sabia decisión de prescindir de él. Puede que a alguien lo que voy a decir le resulte una frivolidad, pero yo creo que es la insensatez de casarte por tercera vez lo que te hace ver lo razonable que fue equivocarse dos veces antes.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Saliva en rama - José Luis Alvite

Saliva en rama - José Luis Alvite
A mi edad es difícil cambiar de vida pensando en recuperar los placeres asociados a los malos momentos en los que me consta que fui errático, insensato y, a pesar de todo, feliz. Es evidente que llega un momento en el que la decencia nos llena de resignación y de grasa. Viví durante muchos años en ambientes sórdidos en los que aprendí a encontrar agradable el asco y descubrí que a veces la comida, cualquier comida, mejora su sabor si te la sirven con hambre a media luz en una vajilla sin lavar. A veces al final de una larga noche de vicios me plantaba insomne con un par de fulanas en la cafetería "Donas" y desayunaba con ellas un guiso de pollo que podría perforarte la camisa si por un descuido te salpicase la salsa en ella. Las fulanas estaban a menudo ojerosas, tristes y destempladas, llevaban carreras en las medias y yo sé que con frecuencia les repetía en la boca el semen gomoso y maleado del último cliente. Una madrugada mi amiga Rosita me llevó a dormir a su casa en un catre que tenía una pata calzada con un catecismo, se bajó las bragas, metió un espejo entre los muslos y me dijo que había tenido tanto trabajo aquella noche que lo que veía en aquella madriguera entre sus piernas parecía la piel muerta y rugosa de los codos. Me fijé en las paredes de su habitación, pintadas de manera desigual en colores que yo no recordaba haber visto antes. Me dijo que estaban empapeladas pero que la mayor parte de lo que se podía ver eran restos de comida salpicados con motivo de las frecuentes peleas que había tenido durante meses con su chulo, un tipo flaco y rudo que incluso dormía con el ceño fruncido. "Muchas veces pensé en lavar la pared y pintarla de nuevo –me dijo mi amiga– pero creo que sería una estupidez porque si no te fijas mucho resulta que toda esa mierda parece puesta ahí adrede por un decorador... No sé que opinas tú, tesoro, pero yo creo que limpiar estas putas paredes sería como teñirle de caoba el pelo a Richard Gere". Después me metí con ella en cama y nos juntamos como dos perros callejeros empujados contra el fuego por la soledad y la nieve, acosados por el cansancio, en ese punto desganado en el que tener sexo puede resultar tan agradable como defecar mierda con tabasco en un orinal de carne forrado en los bordes con los labios de un sapo. Nos dormimos respirando cada uno en la boca del otro las heces del aliento, pasando con la saliva en rama el grisú del asco. Se diría que no fue una escena idílica y puede que no lo fuese. A mi me gusta recordar aquellos días ácidos y desencantados, vividos muchas veces al borde de la ruina moral y casi con insectos en la uretra, aunque solo sea porque ahora me doy cuenta de que fue entonces cuando comprendí que los florales besos de las chicas buenas en los que exhala su aliento Dios no son necesariamente mejores que aquellos otros de las fulanas en los que asoma de repente el inconfundible sabor del escabeche. A lo mejor es que la vida se entiende mejor si de vez en cuando en el primer sorbo del desayuno de hoy regurgita ese asco fisiológico y contenido en el que croa a destiempo la cena de ayer.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Queso parmesano - José Luis Alvite

Queso parmesano - Jose Luis Alvite
Nunca se lo dije e incluso la evité durante algún tiempo, pero siempre supe que su conciencia jamás le perdonaría la sensación de suciedad que sintió al despertar por la mañana en una cama en la que parecía que acabásemos de deshuesar la cabeza de un caballo. Ni siquiera el agua de la ducha le sirvió aquella mañana de alivio. El suyo era un problema de conciencia y ambos sabíamos que el sentimiento de culpa no era algo que se controlase escupiendo el requesón en el retrete. Fue inútil que durante la noche tratase de inculcarle con cariño mi idea de que la mala conciencia es algo relativo que se puede controlar del mismo modo que en caso de apuro puede uno contener la orina. Le sugerí sin éxito que relativizase lo ocurrido. Me dijo que su conciencia era más sensible que su estómago y que la acidez le preocupaba menos que el remordimiento. Yo no dije nada, pero es cierto que pensé que en su caso de donde le venía la incomodidad no era de haber conculcado una norma moral, sino de haber accedido en cama a prácticas que le producían gastritis. Suele ocurrir que la conciencia rechaza ciertas actitudes no porque sean moralmente reprobables, sino porque son digestivamente inconvenientes. Eso pensé, sí, es cierto, pero tampoco dije nada. Entrometerse en la conciencia de una mujer es hasta cierto punto más aceptable que interferir en su dieta. El problema aquella noche era que a ella se le estaba armando un lío entre la conciencia y el estómago, de modo que no sabía si arrepentirse sinceramente o levantarse al baño y vomitar. Cada persona es un mundo y no hay recetas universales para controlar el malestar moral. Una fulana me dijo de madrugada en un garito que durante sus primeras noches de trabajo en el burdel había llorado mucho más que en toda su vida hasta entonces, porque “no podía entender que tuviese que ganar con tanto asco el dinero que necesitaba para que mis hijos no se fuesen a cama con hambre”... “hasta que un día me dije a mi misma que si era capaz de controlar la conciencia, a partir de entonces pensaría que algo entre mis piernas me ayudaría a convertir toda aquella mierda en comida, igual que la trituradora del carnicero pica la peor carne para hacer apetitosas albóndigas... y así lo hice, periodista, y desde aquel día, ¿sabes?, desde aquel día controlé el asco y no volví a tener remordimientos. Ahora llevo muchos años en el oficio, cielo, y estoy de vuelta de muchas cosas. Ni siquiera los obispos se tiran pedos de incienso, amigo mío. Dile a tu amiguita que no se haga demasiadas preguntas sobre la posible indecencia de lo que hace con su boca. Ni siquiera Dios se hace la mitad de las preguntas porque estoy seguro de que no le gustarían las respuestas. A mí la vida me enseñó que la mitad del sexo es deseo y el resto, a partes iguales, egoísmo, hipocresía y comida. Por eso te digo, querido, que a mí ahora lo que me preocupa de mi vida sexual no es lo que pienso, sino lo que eructo”. Se lo conté a mi amiga y puse interés en que lo asimilara, pero fue inútil. Su conciencia no le admitía nada de lo que le afectase al estómago, así que se echó un novio quisquilloso y llevó como si tal cosa la aburrida vida sexual de una esponja. Nos tropezamos de madrugada años más tarde en la barra de un bar e intercambiamos novedades. Yo le conté que mi vida era casi la de antes y que aun comía de todo en cama. Ella se sintió algo incómoda con el tema y no se extendió mucho. Solo dijo que en el fondo echaba de menos la dieta indiscriminada de años atrás y que seguramente era por pensar intensamente en aquello por lo que cada vez que su chico le llenaba la boca de una saliva dulce y antibiótica que parecía agua bendita, ella se levantaba al baño llena de nostalgia y eructaba un gas penetrante y fermentado que le dejaba en el paladar un regusto a queso parmesano.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El hambre y la razón - José Luis Alvite

El hambre y la razón - José Luis Alvite
Es verdaderamente chocante que eso que llamamos países ricos lo sean incluso a medida que se están llenando de pobres, como le ocurre a España, un lugar en el que ya hay gente que eructa en ayunas y donde sólo prospera la mendicidad. Las estadísticas oficiales establecen promedios de renta que nos acreditan como un país próspero, pero luego uno sale a la calle, mira a su alrededor y se da cuenta de que ese modelo algebraico es una mentira estadística y que en realidad la gente se está empobreciendo y ya casi no existe el español medio del que nos hablan los datos oficiales. Yo sé de trabajadores que cada vez que cobran su salario saben que sólo les va a servir para llegar a duras penas a finales del mes anterior. De nada sirve que los políticos les hagan preciosos discursos posibilistas y les prometan que la solución está cerca. Mi amigo asalariado está harto de palabras y se rebela contra la idea de que la felicidad está en el conocimiento, en la cultura, porque cada vez que vuelve a casa se encuentra con que la realidad es una familia con hambre y una nevera vacía. Está muy bien que los políticos extiendan la cultura, inauguren bibliotecas y ofrezcan teatro en la calle, pero, ¡demonios!, yo sé de muchos hombres y mujeres que aceptan la cultura porque es algo bueno, sin duda, pero en este preciso momento de sus vidas preferirían algo caliente que aunque no sirva para leer, al menos se pueda comer con cuchara. Yo no dudo de que haya políticos sinceros que se vuelcan de buena fe en planes a largo plazo. Hay gente así en la vida pública española, es cierto, pero no lo es menos que en la situación por la que atravesamos, con cinco millones de parados y con el horizonte debajo del suelo, lo que se necesitan son soluciones urgentes, entre otras razones, porque por mucho que la cabeza pueda conseguirlo, el hambre real jamás hace planes que se pasen mucho de la hora de la cena. Y no se diga que quienes se quejan carecen de razón. Un hombre desesperado por el infortunio y acosado por la angustia no está obligado a razonar para exigir justicia. Nadie podrá culparle por los desmanes del capital, ni responsabilizarle de la sorprendente paradoja de que el peso de su riqueza haya echado casi a pique a un país en el que incluso están adelgazando las ratas. Habría que mirar hacia mucho más arriba para exigir responsabilidades a quienes han convertido tanta miseria en un próspero negocio. A lo mejor entonces caeríamos en la cuenta de que las cárceles no están tan llenas como parece. Pero no culpemos a los conejos de la voracidad de los buitres. ¿Acaso a un tipo que tiene hambre podremos negarle que tiene también razón?

lunes, 15 de septiembre de 2014

Democracia real - Jose Luis Alvite

Democracia real - Jose Luis Alvite
Nada más producirse las manifestaciones promovidas a golpe de llamamiento improvisado por la organización "democracia real ya.es", destripadores mediáticos al servicio de los partidos mayoritarios se apresuraron a descalificar la iniciativa alegando unos que se trata de una burda promoción camuflada de la extrema izquierda, y otros, advirtiendo de que lo que salió a la calle no es otra cosa que un brote nostálgico y efímero de la Falange. En alguna tertulia radiofónica a los entregados participantes les faltó tiempo para dejar caer de manera sibilina la idea de que pudiera tratarse de un derroche poco preocupante del entusiasmo callejero de una juventud ociosa que en realidad desistirá de su objetivo desestabilizador tan pronto se nuble el cielo, refresque el tiempo y los disperse la lluvia. Yo por iniciativa propia me solidarizo con esos muchachos que arremeten contra el sistema, censuran la inutilidad manifiesta de la clase política y no ocultan su repugnancia por el imperio del dinero obre cualquier otro valor humanístico. Puede que se trate solo de unos pocos miles de ilusos soñadores con tiempo libre y sin empleo, pero conviene no perder de vista que es en la relativa edad de la inocencia, cada vez más tardía, cuando un hombre hace aquellas cosas tan hermosas que de otro modo le impedirían hacer la codicia, la conveniencia o la razón. Ni sé quienes son los promotores de esa lucha, ni me importa. No los descalificaré por su origen, sino por sus hechos. En una ocasión me fui a la costa de viaje, salí a mirar el paisaje, bajé el seguro de las puertas del coche y lo cerré con las llaves dentro. Intenté bajar la ventanilla para recuperar las llaves y no pude. Pensé en la posibilidad de romperla e iba a darle con una piedra justo en el momento en el que me saludó un delincuente al que conocía por mi condición de reportero de sucesos. Entonces le pedí de favor que abriese la puerta de mi coche, como si fuese a robarlo. Lo hizo en un santiamén y yo le quedé muy agradecido. Aceptó mi propina y se sintió pudoroso, legal y regenerado, tanto que yo creo que le pesó no tener a mano papel y lápiz para extenderme una factura con el IVA. Comprendí entonces que, según en qué circunstancias, un ladrón de coches puede convertirse en un respetable cerrajero. Cuento esto a propósito de la duda suscitada acerca de quienes puedan estar detrás de ese movimiento que proclama la necesidad incuestionable de regenerar la democracia española, a todas luces infectada de demagogia, nepotismo e indecencia, sin duda escasa de mecanismos para sanearse a si misma sin que alguien desde la calle, desde el dichoso pueblo, le meta mano. Puede que lo que promueven esos miles de muchachos sea solo uno más entre tantos y tan decepcionantes movimientos asamblearios surgidos en España y ahora reeditados con una mezcla de senderismo, idealismo y nostalgia. Me da lo mismo. Cualquier noticia de que algo se mueve en la sociedad española es bienvenida en un momento en el que la situación es tan dramática como la de la muchacha que ha caído al agua y para no morir ahogada acepta que la salve el tipo que está segura que a continuación se propasará con ella. Hemos llegado en la vida pública española a una situación tan lamentable, que el miedo a equivocarnos por luchar alguna vez por la regeneración de la democracia no nos libraría jamás del remordimiento por no haberlo intentado nunca. A mi el estallido de ese movimiento no me sorprende en absoluto. Es posible que alguien convierta la iniciativa en correa de transmisión de fuerzas ocultas tan reprobables como las que esos muchachos pretenden debilitar. Tampoco eso me importa demasiado ahora. Con un 20 por ciento de parados, la gente encarcelada por la pobreza en la calle y el desempleo juvenil más elevado de Europa, no estamos en condiciones de esperar a que nos saque del agua la Providencia. Incluso los creyentes saben que cuando se padece una enfermedad muy grave, Dios es más eficaz si en el tratamiento le echan una mano el oncólogo y esa chica tan masculina que despacha subempleada en la farmacia de guardia.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Las patatas - Jose Luis Alvite

Las patatas - Jose Luis Alvite
Son muchos los indicadores económicos que ponen de manifiesto el empobrecimiento general de los españoles. Lo peor en esta ocasión no es que se vendan menos pisos, que haya decrecido la compra de coches o que sea más fácil encontrar mesa para cenar en el restaurante. Mucho más grave que todo eso es que según los sondeos del mercado se haya disparado el consumo de patatas, un producto cuya demanda suele decrecer de manera sensible en momentos de prosperidad. Hay muchas maneras de averiguar la marcha real del país, pero el dato de las patatas parece incontestable, más aun que el del precio del pollo, que era hasta ahora la referencia más socorrida para conocer con cierto rigor estadístico la salud de las cuentas familiares. Pero hay otras señales alarmantes, entre ellas la sobrecogedora evidencia de que en los comedores benéficos se sientan a la mesa personas cuya presencia allí era impensable hace solo unos meses. Y si uno se fija bien hasta descubrirá la sombra obvia del empobrecimiento en el número de personas que se deshacen de su perro porque necesitan para que coman los suyos el dinero que les costaba a diario la dieta del animal. Si preguntásemos a los empleados del servicio de limpieza tal vez detectaríamos otra inequívoca señal del creciente empobrecimiento en la calidad de las basuras domésticas. De las calles han ido desapareciendo los perros que husmeaban en los desperdicios, y si prestásemos atención, nos daríamos cuenta de que por falta de contenido orgánico en las basuras, tenemos ya vagando sin aliento por nuestras ciudades a muchos de los gatos más delgados de Europa. Según los expertos tendremos crisis para cuatro o cinco años, lo que significa que incluso cabe la posibilidad de que las patatas se conviertan en artículo de lujo y los españoles más necesitados se vean obligados a improvisar una dieta de emergencia, con severas restricciones acordes con cualquier hecatombe ecológica o propias de inquietantes tiempos de postguerra. Yo miro alrededor y me preocupa que cada día eche el cierre algún negocio, que las basuras ya no tengan huesos ni espinas y que los perros miren con recelo a sus amos, quien sabe si temerosos de dejar de ser un fiel amigo de antes para convertirse en una receta de cocina que sus invitados degusten en una cena a media luz, condimentado el pobre can si fuese conejo a la cazadora. ¿Saldremos de esta? Desde luego que si, claro que saldremos. Los ciclos de la economía suelen hacer mejor las cosas que los políticos que interfieren en ellos. Superaremos el mal momento, bajará otra vez el consumo de patatas y nuestros gatos ganarán peso. Y llegado ese momento habremos aprendido que el empobrecimiento de estos años nos sirvió al menos para darnos cuenta de que el ser humano da lo mejor de si mismo cuando tiene los sueños de sus dioses sin perder de vista la dieta de su perro.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Sangre de jabalí - Jose Luis Alvite

Sangre de jabalí - Jose Luis Alvite
Si quienes abatieron a tiros a Ernesto “Che” Guevara pretendieron destruir su aureola revolucionaria mostrándole al mundo su cadáver semidesnudo y acribillado a tiros, se equivocaron por completo y no consiguieron otra cosa que consagrarlo como un mito. Equivocado o no, Guevara fue un luchador porque dio la cara y se jugó la piel hasta pagar con la vida su arrogancia, su estupidez o sus sueños. No ocurre lo mismo en el caso de Osama Bin Laden, cuyo cadáver redondea una peripecia de diez años en la que jamás ha tenido a su favor el aura romántica de un guerrillero legendario, ni el beneficio de la duda respecto de que hubiese luchado por una causa justa. Al ver su rostro ensangrentado en televisión no he sentido la menor tristeza, tampoco piedad, ni siquiera la compasión que a veces recuerdo haber sentido por una fiera reventada con disparos de postas o por un criminal abatido a tiros mientras atracaba un banco para pagar la hipoteca vencida del piso con el dinero del botín. Reaccioné frente a esa foto del terrorista árabe como supongo que reaccionaría el campesino mientras contempla, como un guiñol caído en el suelo, la cabeza del jabalí que había destrozado días antes su cosecha. Yo sé que Bin Laden era un ser humano, pero no me importa admitir que en este caso su muerte me ha dejado impasible, dicho sea con generosidad y con el esfuerzo que me supone no reconocer que su cadáver me ha producido cierto alivio emocional y ningún contratiempo moral, como si se tratase de una peligrosa alimaña abatida en el transcurso de una larga y concienzuda montería. Ahora comparo su rostro con el de Guevara recién asesinado y aun sin desangrar, y entiendo que Bin Laden jamás se convertirá en un souvenir, ni acabará estampado en las camisetas que se venden, sin otra ideología que la del dinero y la publicidad, en los grandes almacenes de todo el mundo. Puede que alguien salga ahora diciendo que la muerte de Bin Laden es el resultado deplorable de esa montaraz filosofía americana del ajuste de cuentas al margen de la Ley, que tiene tanto que ver con el pasado puritano y fronterizo de una sociedad inquieta y algo caótica en la que nadie meaba el café donde lo hubiese sorbido, un conglomerado de intereses, de pudor y de furia en el que los niños aprendían en la escuela a leer la Biblia y a hacer con una soga el nudo corredizo de la horca. No seré yo quien discuta esa furia antropológica del pueblo americano, ni pondré en duda su primitivismo moral, pero en el caso de Bin Laden, sinceramente, estoy del lado de quienes festejaron su cadáver y no me importa que la muerte del terrorista haya sido el resultado irracional de la ira y no la consecuencia reflexiva de la Ley. Supongo que si pienso así será porque desde la óptica de mi cambiante rusticidad moral lo que veo en esa imagen ensangrentada de los telediarios no es la fotogenia siempre sobrecogedora y triste de un ser humano muerto a tiros, sino la cabeza hermética de un asesino y la incisiva furia dental de una alimaña capaz de devorar a enganchones su propio rostro. Y no me cabe duda de que si le diesen tierra a su cadáver, el rostro escarmentado y cinegético de Osama Bin Laden podría desvelar a varios centenares de generaciones de gusanos que si se lo comen con ansia, no será por placer, sino por falta de luz.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Experiencia, esa patología - José Luis Alvite

Experiencia, esa patología - José Luis Alvite
Un hombre que en los años de su juventud se contuvo de dejarse dominar por las hormonas y se resistió a que el entusiasmo le arrastrase a cometer errores, está condenado a ser en la edad madura un tipo amargo que se felicita por no haberse equivocado pero que en el fondo sabe que tendría que arrepentirse de no haber fracasado en la edad a la que tendría que haberlo hecho. La suerte de no haber caído de joven en algún vicio se corresponderá al cabo de los años con el insoportable arrepentimiento por no haberlo al menos intentado. No es cierto que los muchachos que se salvan de cometer errores puedan ser considerados sabios a una edad prematura. En la existencia de un hombre hay actitudes y circunstancias de su juventud que no tiene mucho sentido evitar. Es cierto que la sabiduría puede darse de manera excepcional a cualquier edad, pero por lo general se trata de una conquista que tiene más que ver con la experiencia que con la actitud y que por lo general aparece asociada a otras patologías. Ocurre lo mismo con al experiencia, que es lo que un hombre adquiere cuando por lo general ya no le sirve de nada, como el aficionado al tenis que aprende la bolea cuando ya sus piernas no le sirven para asestar el golpe antes de que la bola haya dado tres botes. En muchos casos la experiencia es un sustitutivo del vigor y una conquista que el ser humano por lo general no alcanza por su inteligencia, sino por su edad, por la misma razón que si aprende a no apurarse por nada no es porque lo considere una decisión inteligente, sino, lisa y llanamente, porque por culpa del colesterol le fallan las piernas. A mí me lo dijo de madrugada en un antro un tipo que entonces me doblaba la edad y ahora lleva algún tiempo reteniendo tierra en el cementerio: "No es cierto que la sensatez sea un logro. Cuando yo era joven hacía esfuerzos increíbles, a veces incluso sobrehumanos, que en apariencia carecían de sentido y a veces resultaban incluso contraproducentes. Reconozco haber tenido remordimientos de conciencia por culpa de que mis padres se lamentaban de mi poca cabeza. Ahora tengo la edad que entonces tenían mis padres y no pienso en absoluto como ellos. Me jode mucho haber envejecido. Daría lo que me queda de vida por unos cuantos días de desenfreno sin sentido. El problema es que me fallan las fuerzas. Habría querido ser un loco insensato, amigo mío, pero mi mala salud me obliga a la horrible resignación de ser un sabio. Hace meses en un chequeo me dijeron que tenía exceso de azúcar en sangre. Joder, cuando era un muchacho no tenía en la sangre nada que no hiciese arrancar el motor de un coche. Ahora tengo experiencia, si, es cierto, pero, maldita sea, ¿sabes que te digo?, era más feliz, mucho más, cuando a los veinte años de edad no había un solo error en el que no intuyese el placer de repetirlo, ni una herida que no cicatrizase con solo escupir en ella". Aquel tipo murió amargado a los pocos meses por culpa de lo azucarada que tenía la sangre. Yo aquella noche le escuché con relativa intención. Había conocido a otros como él y llevaba años metido hasta el cuello en la noche. Mi problema era que se me estaba yendo de las manos la juventud real y no había caído aun en todos los errores que de muchacho pensaba cometer. Ahora es distinto. He perdido el hábito de la noche y me cuesta resistirla. Después de una madrugada de desenfreno necesitaría la mañana entera en cama para rehacerme. ¡Que distinto era al principio, cuando incluso la muerte me parecía un hábito del que podría recuperarme con más facilidad que del vicio de fumar! Claro, ahora tengo experiencia y puedo alegarla en la tertulia de la sobremesa. Pero sé que me engaño a mi mismo. Un amigo mío que atraviesa por un bache emocional parecido, me comentó el otro día que había hecho planes para recuperar a destiempo los días de placer perdidos cuando era un muchacho. Localizó a una antigua novia que había enviudado y concertaron una cita para trasnochar. Lo hicieron, pero fue un fracaso. Mi amigo reconoció que al meterse en cama con ella se dio cuenta de que las posturas que le permitía su renovada conciencia juvenil, por desgracia se las impedía su dolorosa hernia discal. "Esto es lo que hay –admitió- Por mucho que me duela he de reconocer que las cosas que ahora pasan por la conciencia, eran más divertidas cuando por suerte solo me entraban por los ojos".

domingo, 24 de agosto de 2014

Palomitas de maíz - Jose Luis Alvite

Palomitas de maíz - Jose Luis Alvite


Puede que mi reciente acercamiento pacífico a los adolescentes se deba a que ya estoy de vuelta de las esperanzas y comprendo que todo es un cúmulo de fatalidades, entre ellas, la dorada fatalidad de la juventud. Ya ni siquiera comparo a los adolescentes de ahora con los de mi generación, ni pretendo que aquellos tuviesen una conciencia social más desarrollada que estos. Son tiempos distintos, incuso cuerpos diferentes. Lo que nosotros hicimos con la conciencia, los adolescentes de ahora a menudo lo hacen con la fisiología, entre otras razones, porque cuando yo era un muchacho solo te estaba permitido excitarte con la gabardina puesta frente al escaparate de la tienda de lencería. En todas las épocas la adolescencia ha sido un estado idealista e impulsivo, y aunque una minoría ilustrada suele encabezar en cada etapa histórica las inquietudes más profundas de su generación, la gran mayoría de los adolescentes de los tiempos modernos se han dedicado tradicionalmente a darse empujones, abrir las cervezas con los dientes y masturbarse en los cines. Hay ligeros matices diferenciales que distinguen a una generación de otra. Uno de ellos es que en sus relaciones sexuales los adolescentes de ahora son capaces de jadear con la cabeza en blanco y teniendo en la boca un puñado de palomitas de maíz. Es cierto que el promedio de instrucción cultural de los jóvenes de mi generación parecía a simple vista superior al de los muchachos de ahora, pero también eso es relativo y tiene una importancia discutible. La educación instrumental con sofisticados recursos tecnológicos ha relegado a la condición de antigualla pedagógica a la educación con memoria. Puede que alguien considere eso muy preocupante y tal vez lo sea. A mi personalmente no me dice mucho en contra de un joven que desconozca la especie del árbol en cuya corteza escarba a navaja un corazón con el nombre de su chica. Dispone de medios abrumadores para averiguarlo pulsando tres o cuatro teclas. Por eso creo que hay una indigencia que no es tan grave como pensamos. Nuestros adolescentes prosperarán como prosperaron sus padres e incuso serán más altos y más guapos. A fin de cuentas, los huevos anidan en los árboles sin tener conocimientos de botánica y los caballos trotan salvajes por los montes sin haber aprendido equitación, igual que vuelan los pájaros sin tener azafatas y piloto. Un mismo valor cultural tiene diferente relevancia según en que época se contemple. Cuando yo era niño, había en Cambados un tipo que vendía por las puertas su carga de marisco, incluidos soberbios camarones largos como dedos y elásticos como tendones. Solía retirarse extenuado de caminar y sin vender buena parte de una mercancía que ofrecía casi regalada. En muchas casas los gatos comían aquel marisco rutinario y excedente porque era algo muy abundante que no daba demasiado prestigio. Entonces se habría considerado ideal que los cerdos comiesen marisco y convirtiesen lentamente en jamón los camarones. ¿Eran idiotas aquellos hombres?¿Lo son los de ahora, que pagan por los camarones tanto como por las alhajas? Aquellos adolescentes de mis veraneos en Cambados se sabían las Guerras Púnicas, el Renacimiento y el “Efecto Venturi”, es cierto, pero,¡demonios!, también eran intensos, soñadores y obcecados, como los adolescentes de ahora, como los muchachos de siempre. Como digo, las diferencias en cierto modo son apenas de matices. A los adolescentes de mi generación por culpa de pecar los condenaba Dios; a los de ahora por culpa de beber los castiga el hígado. En todos los tiempos lucharon los adolescentes y se refugiaron de la realidad en los sueños. Lo terrible es que ahora el cine es demasiado caro para soñar en él. Eso demuestra que, por desgracia, los muchachos tienen que soñar fijándose sin remedio en la triste realidad y en una época en la que todo está tan descontrolado, que pernoctar en casa es a menudo más peligroso que dormir en la calle, entre otras razones porque en muchas familias de ahora solo desprende algo de calor el perro.

jueves, 21 de agosto de 2014

Una llave en el sepulcro - Jose Luis Alvite

Una llave en el sepulcro - Jose Luis Alvite
Es cierto que tuve unos cuantos fracasos sentimentales que me hicieron daño y que si me sobrepuse a ellos fue gracias a que nunca me metí en un incendio del que no conociese a tiempo la salida. Puede que en la vida en pareja los tipos como yo no adquieran grandes conocimientos de los avatares del hogar, lo reconozco, pero también es verdad que por lo menos aprende uno a dormir de pie y a hacer deprisa las maletas. A mi primera mujer no supe que decirle en la despedida final porque no hubo tiempo para mucho. Recuerdo que le di dos sorbos a un café mientras el ascensor subía hasta el piso desde el portal y evité parpadear porque tenía los ojos húmedos. No fue un final de película, como me habría gustado, aunque ella no me dejará por mentiroso si recuerdo que le dije que si yo muriese antes que ella, le pedía de favor que arrojase una llave de su casa en la tierra de mi sepulcro por si la muerte me ayudaba a recapacitar y en un arranque de nostalgia acordaba volver. Aquello no tuvo remedio y después de trillar con la memoria los sinsabores de la convivencia, mi matrimonio en cierto modo se convirtió en un error imperdonable, en un puñado de reproches y creo que incluso en un agradable recuerdo. Conocí en una ocasión a una muchacha salmantina que estaba de paso en mi ciudad y le hice una entrevista turística para el periódico en el que trabajaba entonces. Aquella noche salí con ella y la invité a bailar en un pub de la Zona Vieja de la ciudad. Repetimos en la misma noche una docena de veces aquella canción en la que alguien decía “Sé que aun me queda una oportunidad”. No fui su mejor pareja de baile pero no le importó reconocer que era la persona con la que más veces no había podido bailar a gusto una canción. Me disculpé por mi torpeza y le rogué que a su regreso a Salamanca me hiciese llegar con urgencia la factura del podólogo. Fue una agradable velada hasta bien entrada la madrugada gracias a que yo no tenía nada mejor que hacer y ella no dio con una buena excusa para marchar, sin olvidar que en contra de ella se puso la circunstancia de que llovía a cántaros y el taxi más cercano estaba probablemente con las cuatro ruedas pinchadas en su cochera. Dos días más tarde le dediqué mi columna del periódico, me telefoneó y quedamos. Como a mi entonces no me importaba en absoluto confundir la gratitud con el amor, acepté que fuésemos pareja los cinco días que siguieron. Después ella regresó a su ciudad y yo continué dando tumbos por escrito en la mía. Años más tarde la resucité con otro nombre y la convertí en el personaje de ficción que en una crónica del Savoy me decía: “Juré no volver a verte, cariño. Tenía mis motivos para jurar aquello. Luego supe que estabas muy enfermo y he vuelto porque sé que no tienes quien cierre tus ojos”. Aquello en la radio no quedaba nada mal. Naturalmente, fue un hallazgo tardío. Por desgracia, cada vez que cometo un error le pongo remedio cuando hasta puede que sea contraproducente remediarlo. Ahora mismo no sabría decir si la solución a mis problemas de pareja sería vivir con más calma o escribir más rápido...

miércoles, 20 de agosto de 2014

Libertad sin placer - Jose Luis Alvite

Libertad sin placer - Jose Luis Alvite
En momentos de la vida española en los que la doctrina de la Iglesia era casi tan influyente como las leyes civiles, y a veces incluso más temida, a los ciudadanos se nos reprochaban costumbres que se consideraba moralmente licenciosas, aunque se nos toleraban, y hábitos que comprometían nuestra salud. La Iglesia veía mal la promiscuidad sexual y condenaba el adulterio, pero no se metían ni con los bebedores, ni con quienes fumaban. Yo fui en mi adolescencia uno de aquellos creyentes temerosos de infringir las normas morales y al mismo tiempo disfruté con la tolerancia eclesial en relación con ciertos vicios. No sabría decir en qué momento me alejé de la Iglesia, pero soy consciente ahora de las razones por las que me gustaría alejarme también del Estado. Incluso creo que los poderes civiles son en la actualidad más vigilantes y severos de lo que lo fueron en su día las instancias religiosas. De hecho, la Administración civil no solo convirtió en delitos muchas de las infracciones que para la moral religiosa solo eran pecados, sino que ejerce una doble moral al permitir que se comercialicen productos cuyo consumo en teoría tendría que perseguir por razones sanitarias y que en cambio convierte en fuente de suculentas exacciones fiscales. Ningún gobierno se atrevió por ahora a un enfrentamiento frontal con la hostelería dictando medidas disuasorias del consumo alcohólico, pero las restricciones al consumo de tabaco en sus establecimientos suponen un auténtico castigo indirecto a los hosteleros. Vemos ahora que en su constante tentación represora, los poderes civiles extienden su vigilancia a una institución con la que ni siquiera Dios se había atrevido: la taberna. A lo mejor es que los políticos con el pretexto de velar por nuestra salud quieren obligarnos a una cierta sensatez que a donde nos conduce con descaro no es a las dudosas mieles de una longevidad imperativa, sino a la insoportable amargura de un aburrimiento irremediable. A mí las restricciones impuestas por los políticos a mis hábitos y a mis vicios me hacen mucho daño emocional. No comprendo sus criterios para imponerme la salud como un deber, cuando hasta ahora me la habían publicitado como un derecho. Naturalmente, como ciudadano que soy me atengo a las leyes y procuro cumplirlas. De todos modos, cualquier restricción que se me imponga en materia de consumo de tabaco la convertiré en una reducción drástica, y sin embargo, en cierto modo simbólica. Por la cantidad de cigarrillos que consumo cada día, yo mismo me reconozco un fumador compulsivo, de modo que en el peor de los casos, una reducción sensible del tabaco mejoraría relativamente mis esperanzas de vida gracias a haberme convertido en un fumador empedernido. La verdad es que nunca entenderé que para conquistar la libertad los ciudadanos hayamos de renunciar a los goces que la constituyen. En eso el Estado es tan absurdo como la Iglesia cuando recomienda a sus seguidores el orgasmo sin placer. 

domingo, 17 de agosto de 2014

El gángster del Inserso - Jose Luis Alvite

El gángster del Inserso - Jose Luis Alvite
Creo que se celebra estos días un señalado aniversario de los viajes para la tercera edad promovidos con gran éxito social por el Inserso. Gracias a los excedentes presupuestarios de los años de bonanza, millones de personas mayores pudieron disfrutar de viajes y estancias hoteleras pagadas a precio de ganga. Al tiempo que se paseaba a los jubilados, la Administración aseguraba el sostenimiento de los hoteles en temporada baja, siempre amenazados por la retracción invernal del turismo ordinario. Ahora corren malos tiempos económicos, el paro se vuelve insoportable y todo parece indicar que muchos programas sociales verán recortada sensiblemente su contabilidad. Dudo mucho que el Gobierno incluya en las restricciones presupuestarias el gasto en los viajes del Inserso, entre otras razones, porque el de los pensionistas es un voto emocional que suele agradecer explícitamente las atenciones recibidas, igual que agradece el enfermo de próstata la proximidad del retrete. Pero si se actuase con sentido común, las excursiones del Inserso habrían de sufrir un drástico recorte que permitiese emplear una buena parte de sus presupuestos en atender los subsidios de desempleo que salven de la insoportable lacra del paro a los hijos y nietos de los pensionistas viajeros. Ni siquiera en mejores momentos de la economía se entiende muy bien que se gasten tantos millones en programas turísticos para un contingente humano en el que se incluyen personas que recorren las ciudades monumentales de España sobreponiéndose a la obvia incapacitación de sus terribles cataratas oculares. Una tía mía que recurre habitualmente a los viajes del Inserso no solo desconoce a menudo en que lugar del mapa está su destino ocasional turístico, sino que olvida los lugares que visita casi en el mismo instante en el que los recorre. Se incumple de ese modo uno de los requisitos que hacen recomendable cualquier viaje: su recuerdo. Un elevado porcentaje de usuarios de las excursiones del Inserso necesita además cuidados médicos continuados, si es que el tratamiento principal para sus males irreversibles no es en bastantes casos el viático. Por las referencias de algunos beneficiarios me consta el exquisito tratamiento que reciben los excursionistas del Inserso, siempre atendidos por un personal cualificado y diligente que vela por la integridad física de un pasaje en el que la mitad de las conversaciones son un rico repertorio de toses. Eso no excluye que con frecuencia salte la noticia de que a los viajeros del autobús hubo que distraerlos con una pegadiza canción de Georgie Dann entonada a coro por los pensionistas mientras el guía de a bordo se sentaba discretamente al fondo del vehículo al lado del tipo coronario y corticoide a cuyo cadáver habría de cerrarle los ojos antes de colocarle unas ostentosas gafas de sol para que nadie repare en que en la feliz comitiva del Inserso viaja, con impertérrita expresión de gángster, un difunto que parece prestarle al paisaje la misma borrosa atención astigmática que el resto de los ocupantes. Al final la gira concluye en medio de la alegría general, con el cordial recibimiento a los pensionistas, que retiran sus bultos escamoteados en los fondos del ómnibus, mientras al amparo del revuelo los muchachos de la funeraria acomodan al difunto en su féretro y lo sacan del autocar con aseado disimulo, como si fuesen cuatro músicos de la Real Filharmonía de Galicia retirando las flores de la soprano y la caja barriguda con el violonchelo. Yo no sé si este año mi tía tiene previsto apuntarse a uno de esos viajes del Inserso que tanto dinero le cuestan a la tesorería nacional. Está muy mayor y es francamente elevado el riesgo de que regrese de la turné con las gafas de sol de "Bugsy" Siegel y los pies por delante. Ella es muy animosa y no me extrañaría que reincidiese. Con los años que tiene, y lo mal que anda ahora de memoria, incluso cabe la posibilidad de que a su vuelta haya olvidado que vino muerta.

Sexo con kebab - Jose Luis Alvite

Sexo con kebab - Jose Luis Alvite
Tengo dos o tres amigos homosexuales y de acuerdo con las estadísticas que se manejan, supongo que también lo serán algunos otras amistades que jamás lo confesaron. A mi me importa poco la tendencia sexual de la gente. Me alegro de que los homosexuales puedan manifestarse como tales con naturalidad y respeto a quienes prefieren camuflarse como uno más entre los heterosexuales. En ambos casos están en su pleno derecho, igual que uno puede reservarse la profesión que ejerce, el dinero que posee o sus vicios más personales. En nombre de exhibir su libertad, a veces los individuos se sienten presionados a hacer concesiones que no preveían y ventilan su intimidad más restringida solo para no parecer cobardes o reaccionarios. En otros casos, el homosexual se convierte en una especie de muestra gratuita de un falso sentido del humor exhibiendo un repertorio de gestos y frases que no deje lugar a dudas sobre su condición sexual. Eso explica que en el cine español y en las series de televisión nacionales el gay sea siempre un tipo extrovertido y coqueto que no hace en todo el día otra cosa que demostrar su condición sexual, algo tan absurdo como lo sería que el bombero saliese de copas con la manguera y el terrorista dejase constancia de sus sentimientos dinamitando el restaurante en el que acaba de cenar. Se han cometido muchas atrocidades contra los homosexuales invocando curiosamente su defensa desde una óptica supuestamente progresista, como ocurre en el cine de Almodóvar, en algunas de cuyas películas hasta parece que tenga "pluma" el perro del simpático chico gay. A mi no me parece que la dignidad de los homosexuales se repare convirtiéndolos en absurdas caricaturas. Quien haya visto "Brokeback Mountain" comprenderá de qué estamos hablando. Ang Lee puso en imágenes con absoluta seriedad los problemas de una pareja de vaqueros homosexuales enfrentados a los rigores sociales y a los prejuicios morales de los años sesenta, de los que ellos se evaden aprovechando el encubrimiento de su retiro profesional como pastores de ovejas en las inhóspitas y solitarias Montañas Rocosas. Ambos son gay y al mismo tiempo varoniles. Discuten, se enfadan y hasta se sacuden. Un hombre puede ser homosexual sin que se sienta obligado a perder esa cierta mala leche que tradicionalmente se les atribuye a los hombres muy masculinos. No hay nada escrito sobre que un gay no pueda blasfemar haciendo de vientre en el retrete. Es cierto que entre los homosexuales hay corrientes "blandas" y facciones consideradas "rudas", y que en función de cómo se alinee cada cual, así será su comportamiento gestual. A mi me parece muy bien que uno de mis amigos gay se lleve la mano al vientre con el mismo gesto premamá con el que lo hacen las mujeres que presienten en el útero el vacío emocional de la maternidad frustrada, pero también encuentro razonable que mi otro amigo de su misma condición sexual sea un coloso partiendo en mangas de camisa leña para la chimenea y que no descanse de su esfuerzo titánico hasta haber hecho pedazos una tonelada de troncos. Con los dos me siento muy a gusto, sinceramente, aunque sé que uno es ideal para encargarle los regalos para mis amigas y el otro es perfecto para partirse la cara por mí en cualquier pelea. A mi trae sin cuidado lo que hagan con su vida sexual porque para eso tiene cada uno su libertad y su conciencia. Pero tampoco necesito que nadie haga exhibiciones de sus inclinaciones, entre otras razones, porque tengo la impresión de que muchos homosexuales se sienten en el deber de proclamarlo constantemente ante los demás, como si su sexualidad fuese una enfermedad de la que tengan que prevenirnos. Mis amigos saben de qué va nuestra relación y lo llevamos estupendamente bien. No hay problemas jamás. Cada cual hace su papel lo mejor que puede y no recuerdo haber tenido dificultades de convivencia. Ellos evitan considerarme anticuado porque me gusten las mujeres y yo me tengo prohibidos los chistes de maricones. Y no digo que somos una piña, porque, sinceramente, ellos saben que a mi no me van las aglomeraciones ni me gusta sentarme sin haber retirado antes cualquier objeto punzante que haya en la silla. Mi amigo más dulce es amanerado y yo sé que le tienta mucho la feminidad. Yo le miro y encuentro razonable su deseo de que un golpecito hormonal le cambie de sexo. Nunca sería una mujer como las otras, pero eso tendría sin duda la ventaja de que jamás atascaría el retrete del "Corzo" con la "kebab" de sus compresas.

jueves, 14 de agosto de 2014

Párrafo de cormoranes - José Luis Alvite

Párrafo de cormoranes - José Luis Alvite
Yo tuve diez años en un momento de mi vida en el que todos los niños de mi edad eran mayores que yo. Bueno, a lo mejor eso me ocurría porque estaba distraído mirando como se estrenaba a mi alrededor la vida y me fijaba poco en ellos. La verdad es que a los diez años a mí me parecía que el mar aún extrañaba la orilla y que, para no perderse de su aroma, la brisa del salitre y el aliento de las flores recorrían al tacto la costa neófita y garrapiñada. Una mañana me adentré en la bajamar de Cambados y me metí hasta la cintura en la paz obstétrica y epidural del agua, caminando sobre un silbante morse de almejas y berberechos, sintiendo en las piernas la suave acupuntura de los camarones, sobrevolado por un párrafo de cormoranes altos, como el bracero infantil y descansado de una azulada plantación de silencio, agua y espuma. Mientras el agua pagana y ladrada me santiguaba las ingles, vi pasar a lo lejos una pañolada de veleros orzando en cursiva para recoger un sorbo de viento en la hernia de sus aparejos. Todo entonces era nuevo para mí y estaba seguro de que a cada rato se abrirían flores en las que jamás antes hubiese estado su aroma y ocurrirían frente a mis ojos cosas fantásticas e inimaginables de las que nadie sabría aún el nombre. Yo sólo tenia diez años, sólo eso, como tú, amiga mía, y, ¿sabes?, entonces me parecía que nada malo podría ocurrirme y que, con el espectáculo de la vida debutando sin ensayos para mí, los trenes se deslizarían sin fatiga sobre la vainica de las vías, como las yemas de los dedos en la bandurria de Santi el relojero; el hambre volvería pan la saliva en rama de los mendigos y sólo la muerte tendría los días contados. Todo era entonces tan hermoso, chiquilla, y tan nuevo, que aún la mitad del humo desconocía cual era exactamente su llama y ni siquiera a los difuntos les habían caído cosas en el olvido. Y te prometo que todo era entonces tan suave, tan fértil, niña, y era todo en aquellos días tan acogedor y entrañable, que podría, si quisiera, recorrer el fondo del mar pisando a oscuras con una campanilla de cera en una mano y una vela ardiendo con sus llamas de miel en la otra mano. Yo tenía sólo diez años, ¿sabes, María del Rocío?, y todo eso sucedió en un momento de mi vida en el que lo malo que pudiese ocurrirme no sería en absoluto peor que encontrarme en la boca el sinsabor de ese puntito cítrico que de paso que te apaga la sed, te cierra los ojos. (A María del Rocío García González).

lunes, 4 de agosto de 2014

Horario de trenes - José Luis Alvite

Horario de trenes - José Luis Alvite

Querida Paloma Pedrero:
Fue hace más de seis años y aún tengo fresco el recuerdo de aquella columna tuya a la que me aferré para salvar la piel en un momento de mi vida en el que la muerte era la única mujer que me atraía. A veces me ponía frente al espejo y me veía sólo la nuca, como si yo mismo me hubiese vuelto adrede la espalda. El mío era por entonces el viaje emocional de alguien desquiciado cuya idea de la liberación era irse en globo al centro de la Tierra. Me había hecho con un horario de trenes y sólo era cuestión de elegir el lugar en el que acostarme en las vías mientras imaginaba a los míos recogiendo en sacas el contrabando de lo que quedase de mí. Había redactado una nota pensando en explicar los motivos por los que me suicidaba, Paloma, pero la rompí porque pensé que con mi mala letra seguramente se entenderían mejor los pedazos de papel. Por lo demás, estaba seguro de que mi muerte en aquellas circunstancias le importaría muy poco a la gente y sólo habría sido tratada en la prensa local como el motivo rutinario de un pequeño retraso en el tren. Fue entonces cuando leí aquella columna tuya, querida Paloma, y decidí darme una tregua y esperar el paso a deshora de otros trenes. Conservo todavía aquel horario del ferrocarril y nunca se fueron del todo mis ganas de morir, pero, ¿sabes, amiga?, tengo también a mano tus ojos y tus palabras, tu generosa amistad y el suficiente sentido común para darme cuenta de que la muerte es un esfuerzo baldío, tedio todo el rato y una mala postura para mucho tiempo. Llueve a cántaros y truena sobre Compostela, las nubes van tan bajas que vuelven musgo el fuego y en mis manos cansadas es más tarde que en mis ojos insomnes, pero releo tus cosas, Paloma, y me digo a mí mismo que mientras haya alguna posibilidad de sonreír aunque sea sin motivo, no tendrá sentido que me quite la vida sin estar yo de pie al lado de las vías para identificar con seguridad los restos apócrifos de mi cadáver. Gracias a ti, Paloma, ahora tengo claro que lo mejor para suicidarme será que me haga con un horario de los trenes que por suerte ya pasaron. Además, querida amiga, he llevado una vida muy confusa y no quiero que haya peleas para no aparecer en mi esquela.

jueves, 31 de julio de 2014

Mujeres - Jose Luis Alvite

Mujeres - Jose Luis Alvite

Cosas que alguna vez les escuché decir a las mujeres con las que, por lo que fuera, tuve algo que ver:
– "Ahora que soy mayor, me doy cuenta de que cuando era joven los hombres que de verdad valían la pena eran aquellos a los que ignoré porque según mis amigas no me convenían".

– "A los diez años de casada recordé que mucho tiempo antes mi madre me había dicho que meterte demasiado tiempo con el mismo hombre en cama es la peor manera de despertar de un sueño".
–"No importa que el hombre al que te unas sea un desconocido. De todos modos, con el tiempo no hay un solo hombre que no se convierta en un extraño".

–"Estoy segura de que jamás tuve un orgasmo con mi pareja. ¿Acaso crees que no despertaría si lo hubiese tenido?"
– "Los hombres nos dicen que nos aman por cualquier pequeño detalle que vieron en nosotras. Por lo general se refieren al pequeño detalle sobre el que tenemos la costumbre de sentarnos".

–"No nos llamemos a engaño. En la relación matrimonial lo más divertido es ser la otra".
–"Lo malo de que un hombre te prometa amor eterno es que tengas la desgracia de que sea cierto". – "Dejó de interesarme mi marido porque siempre tenía un motivo por el que llegar tarde a casa. Entonces me eché un amante y se enteró. Ahora detesto a mi a marido porque siempre tiene una disculpa para volver temprano a casa".
– "Puede que no lo creas, pero mi marido llevaba una vida tan desordenada que una noche en un bar me lo presentó su amante cuando ya llevábamos ocho años casados".
– "Cada vez que un hombre dice que te está mirando a los ojos te entra la duda razonable de que tengas los ojos tan abajo".
–"En cama, lo único interesante que aprendí con el soso de mi marido fue a cruzar las piernas".
– "Desengáñate, hija. Solo hay dos clases de hombres: los infieles y las mujeres mayores de cincuenta años".
– "Por desgracia, los hombres que te causan el dolor de arruinar tu vida suelen ser los mismos que alguna vez te hicieron feliz al deshacer tu cama".
–"Se diga lo que se diga, el hombre que tarda en salir de casa es siempre menos interesante que el que tarda en volver".

martes, 29 de julio de 2014

Gente despoblada - José Luis Alvite


Gente despoblada - José Luis Alvite


Por propia decisión, porque la sociedad se ha vuelto insolidaria o porque les fueron mal las cosas, cada vez hay más personas que viven solas. No hay más que echar un vistazo a los buzones del portal para comprender hasta qué punto es cierta tanta soledad. Un viejo delincuente compostelano me contó en una ocasión que había decidido no entrar a robar en los pisos en los que vivía gente solitaria porque después de desvalijar la vivienda le entraba pena por la situación del inquilino y se veía en el deber moral de darle conversación a su víctima. Aquel tipo era un reputado criminal, un tipo frío acostumbrado a resolver sin miramientos, pero se dio cuenta de que para sus víctimas se había convertido en una visita incómoda pero hasta cierto punto agradable. «Hay gente que está tan sola –me dijo– que te juro que he llegado a un momento en mi carrera delictiva en el que cometo los delitos casi por un inesperado sentido de la misericordia. Hay gente dispuesta a ofrecerte cuanto tiene con tal de asegurarse de que volverás a su casa aunque sólo sea porque sabe que le darás conversación mientras le robas». Aquel hombre era un tipo duro, ya te digo, pero pasó muy malos tragos por culpa de entrar donde no tendría que haber entrado. En una ocasión decidió subir a robar en un piso porque era enero y no soportaba el frío huesudo de la calle. No pretendía otra cosa que abrigarse un rato y aprovechar para sustraer cualquier minucia que encontrase a mano. Así me lo contó él: «Al fondo del pasillo escuché toses al otro lado de una puerta y entré. Vi a una anciana muy delgada metida en cama. Había enfermado y llevaba tres días sin comer. Toqué su frente. Estaba tan fría que pensé que lo peor que podría ocurrirle sería que con la muerte entrase en calor. Entonces te juro que me dije a mí mismo que lo que los suyos le habían hecho era sin duda peor que lo que yo pudiese hacerle. La vieja me confesó que había algo de dinero en un cajón de la cómoda. Y, joder, amigo, aquella pobre vieja me dijo: «Llévate ese dinero, hijo. Te lo has ganado por venir a verme. Es una suerte que hayas entrado a robar. Y no tengas mala conciencia. Date prisa y vuelve a la calle o te acatarrarás». Entonces aquel tipo retiró el dinero del cajón de la cómoda, desanduvo el pasillo y se largó con la sensación de que se cruzaría escaleras abajo con los gusanos por los que esperaba impaciente aquel flaco cadáver despoblado.

martes, 8 de julio de 2014

Una boca entre las piernas - Jose Luis Alvite

Una boca entre las piernas - Jose Luis Alvite
Si se habitúa a convivir con ellos, un hombre desvelado por los horrores de su biografía puede dominar sus remordimientos y conciliar tranquilamente el sueño. No hay en la sabiduría humana una sola enseñanza que no tenga su origen en el aprovechamiento moral de un error. Cuando la muerte es el resultado de una decisión legal, el verdugo no se inmuta al trinchar el pollo del almuerzo con la misma mano con la que horas antes ejecutó al reo. Me dijo de madrugada una fulana en un antro: "Si pienso en la educación religiosa que me dieron mis padres, mi oficio es una inmoralidad, pero cada vez que mis hijos se llevan algo de comida a la boca, entonces, amigo mío, entonces me quedo tranquila porque sé que lo que hago es un esfuerzo laboral. Con esto te quiero decir, cariño, que si yo no ejerciese de puta por culpa de mi conciencia, mis hijos no dormirían por culpa del hambre". Estaba claro que por razones de subsistencia, para ella la moral era la taquilla. Pensé ayer en esto mientras miraba al otro lado de la ventana el revoloteo de una gaviota venida tierra adentro desde el mar. Estaba lejos de su territorio, buscando comida en un lugar sin olas, en un paisaje sin pesca ni salitre que le era ajeno. Si la gaviota fuese culta y conociese al pie de la letra sus hábitos, no se habría alejado del mar. Pero la gaviota era iletrada, tenía hambre y seguramente remontó desde Arousa el curso del río Ulla, se plantó sobre Compostela y su instinto de supervivencia le aconsejó apostarse cerca de donde los chiquillos comen sus pasteles en las puertas de las panaderías. Yo pensé que si la gaviota había cambiado su teatro de operaciones sería porque su instinto es su cultura; y sobre todo, porque las gaviotas saben de si mismas más que los ornitólogos, del mismo modo que el caballo entiende de equitación más que su jinete, que a fin de cuentas llega a la meta gracias a la suerte de no caerse. En mi caso personal, mi afición a los clubes de alterne me planteó al principio serios problemas de conciencia, aunque he de reconocer que no tardé en darme cuenta de que mi conciencia daba más de si que mi dinero. Desde luego es más fácil acostumbrarse a los remordimientos que a la ceguera, así que a los pocos meses decidí mezclar el trabajo con el vicio y escribir sobre temas relacionados con aquel relativo mugre moral. No tardé en darme cuenta de que la bajeza moral solo se percibe desde determinados puntos de vista y que puestos en otro ángulo de observación no hay una sola decisión humana que aun siendo asquerosa no pueda resultar razonable. Aquel mundo era ahora mi lugar de trabajo, el sitio en el que me ganaba el sueldo, y mi conciencia podía admitir sin reparo alguno que lo que hacían aquellas mujeres era amasar saliva, semen y dinero para hacer pan. Puede que el ginecólogo viese entre las piernas de aquellas mujeres la umbría tronera de sus vaginas, pero, ¡demonios!, a mi la experiencia me demostró que teniendo en cuenta que ejercían su oficio para mantener a sus familias, el otorrino del ambiente lo que habría visto asomando a voces entre sus piernas sería sin duda la boca hambrienta de un niño. Y en mi caso fue aun más fácil. Me había metido en aquel submundo en mis primeros momentos como periodista, estaba empezando en el oficio y quería aprender. No niego que al principio aquello me pareció una inmoralidad y un vicio. Pero a medida que fui adquiriendo conocimientos, mi conciencia me permitió tener la certeza de que aquello que parecía una bajeza, una inmoralidad o un crimen, en realidad solo era una asignatura.

miércoles, 25 de junio de 2014

El castigo de la libertad - José Luis Alvite

El castigo de la libertad - José Luis Alvite
Quedan pocos días para que entren en vigor las nuevas restricciones con las que se pretende combatir el consumo de tabaco. No parece que el sentido de esa lucha vaya a invertirse, de modo que a partir del 2 de enero va a ser imposible fumar en los bares, lo que supone que en su lucha contra el tabaco el Gobierno lo que conseguirá de mí es que deje de tomar café. Muchos fumadores se replegarán sobre sí mismos y consumirán tabaco en la vía pública o en la intimidad, renunciando a los bares y cafeterías a los que acudían habitualmente. No sé hasta qué punto la medida redundará en un descenso del consumo de tabaco, pero estoy convencido de que será decisiva en la caída de la venta de café. En una etapa anterior de su cruzada contra el tabaco, los políticos decidieron estampar en las cajetillas mensajes advirtiendo de que el hábito de fumar acortaba la vida o podía incluso matar. No sé si hay estudios serios acerca de la repercusión de aquellas advertencias, pero estoy seguro de que, lo mismo que me ocurrió a mí, muchos consumidores lo que hicieron en vez de dejar de fumar, fue dejar de leer. Nuestros gobiernos siempre consiguen éxitos inesperados mientras intentan conseguir otros resultados, lo que explica que al PSOE se le dé tan bien que gobierne el PP. Ahora me entero de que en su rigor persecutorio contra los fumadores, la Ley reconoce la excepción de las prisiones. Un pacífico ciudadano que cumple con todos sus deberes sin saltarse las normas tiene prohibido fumar en el bar en el que paga sus consumiciones, pero podrá hacerlo en la cárcel a la que le lleven por haber asesinado al camarero que le obligó a apagar el cigarrillo. En prisión todo serán facilidades para que estudie y podrá ganar algún dinero extra haciendo pequeños trabajos que sólo producen fatiga si los dejas. A los reclusos se les ofrecen también espectáculos teatrales a los que jamás habrían asistido si tuviesen que pasar por taquilla y juguetonas chicas de pago. Y ahora, según he leído, a los presidiarios se les permitrá fumar. Yo he llevado una vida irregular y algo turbia, lo reconozco, con vicios diversos y no pocas salidas de tono, temeroso de cruzar la finísima línea que me ponía a salvo de la cárcel. Si volviese a las andadas, creo que cruzaría esa dichosa línea, aunque sólo fuese porque el castigo de perder la libertad tal vez se compensase en mi caso con el premio de fumar. Los presidios se llenarán de ansiosos fumadores hartos de las horribles restricciones de la vida en libertad. Y de vez en cuando entrarán en la cárcel los antidisturbios de la Policía para desalojar a los reos que se resistan a la salir a la calle una vez cumplida su condena. Me pregunto qué clase de sociedad es ésta en la que la salud se ha convertido en un deber y la libertad se considera un castigo...

Mamie Van Doren - José Luis Alvite

Mamie Van Doren - José Luis Alvite
De muchacho me dejaba llevar por los impulsos, y aun así, que yo recuerde, mi impulso más determinante era siempre un impulso lírico y contemplativo, es decir, el impulso de no hacer lo que tendría que haber hecho. Supuse entonces que con el paso del tiempo recuperaría el retraso y haría todo aquello que para entonces aún tendría pendiente de hacer. Me equivoqué.
No perdí mis impulsos y todavía muy a menudo me dejo arrastrar por las corazonadas más que por las razones, pero cuando me pongo reflexivo pensando en la conveniencia de tomar decisiones inteligentes, lo único que consigo es pensar bien los planes que al final dejo de nuevo sin hacer. Sigo siendo cobarde para las cosas que me acobardaron en la adolescencia, sólo que ahora soy un cobarde más reflexivo, es decir, un estoico cobarde sin excusas.
Sólo me queda ante mí mismo la coartada de entender que mi cobardía de ahora ya no es el resultado de un atolondramiento, sino una conquista intelectual, del mismo modo que ciertos nacionalistas consideran un hallazgo ideológico lo que en realidad por lo general no es otra cosa que una patología mental. Yo reconozco haber tenido inclinaciones nacionalistas en una época de mi vida en la que me sentí descontento con el hedonismo de la adolescencia y pensé que un hombre no podría redimirse de su indigencia conceptual si se resignaba a creer que su techo ideológico era la masturbación. Un día al salir de la ducha rompí la foto de Mamie Van Doren y decidí invertir mis energías en la adopción del nacionalismo radical como método de redención vital. Fue uno de mis impulsos menos líricos y mi apuesta adolescente más arriesgada.
Con el transcurso del tiempo comprendí mi error y me pregunté sin éxito adónde diablos habría ido a parar aquella bendita foto de Mamie Van Doren con la que tan a gusto había cultivado mi indigencia ideológica.
Había llegado a la conclusión de que el nacionalismo no sólo no había llenado de sentido mis expectativas intelectuales, sino que había vaciado de contenido mis manos. Ahora soy mayor y, por suerte, lo bastante inmaduro para creer que los pensamientos que calientan la cabeza y envenenan la mente de un hombre, no son en absoluto más recomendables que aquellos otros que simplemente le vician la mano y le joden la letra.

lunes, 23 de junio de 2014

Abrazo con lluvia - José Luis Alvite

Abrazo con lluvia - José Luis Alvite
Fue en una oscura tarde de diciembre, hace ya algunos años. En pleno centro de Compostela un joven delincuente me salió al paso con las manos en los bolsillos bajo la lluvia. Habíamos tenido lo nuestro por culpa de lo que él hacía y de lo que yo contaba. Días antes me había seguido a los lavabos de una cafetería, cerró la puerta tras de sí y me puso una navaja al cuello. Me dijo: «Esperaré a que con el miedo se te suban los huevos a la garganta y entonces te los arrancaré con la punta de la navaja, los tiraré al suelo y los aplastaré como si fuesen dos putos caracoles». Me dejó sin aliento, luego retiró la navaja y se largó mientras yo intentaba recordar cómo meaba antes del miedo. Aquella tarde bajo la lluvia supuse que podría repetirse la amenaza y quise cambiar de acera. Entonces aquel tipo me alcanzó, me cortó el paso y me dijo: «Es Navidad y estoy solo. Eres un cabrón de mierda, pero, ¿sabes?, es Navidad y no tengo quien me abrace». Entonces sacó las manos de los bolsillos, abrió los brazos en cruz y esperó el abrazo que tuve el acierto de no negarle. Yo le pasé con mis manos el afecto que aún conservaba a pesar del susto de aquel café y él me hizo llegar a la gabardina el agua de su ropa empapada. No recuerdo que nos dijésemos nada. Tampoco sé si aquel tipo lloraba o era sólo lluvia aquel brillo en sus ojos maleados por la vida y pasmados por el cansancio. No volví a cruzarme con él desde entonces. Supe de sus fechorías y las conté en mi periódico pero ya nunca pude retratarle como lo hacía antes de aquel abrazo mojado. Cada vez que probaba a describirle me salía un tipo cordial, el muchacho solitario y navideño que mendigaba un abrazo bajo la lluvia. Era como si por culpa de sus actos criminales me remordiese a mí la conciencia y fuese incapaz de contar la realidad sin dejar que interfiriese en ella la piedad. Supuse que él agradecería aquella imagen más cordial, pero al mismo tiempo pensé que tal vez aquel perfil más sensible podría desacreditarle entre los otros delincuentes. Ni siquiera estaba seguro de que cualquier día no resistiese la tentación de intimidarme y me siguiese de nuevo a los lavabos de la cafetería, me señalase la garganta con la punta de su navaja y me dijese: «En aquella ocasión era Navidad y te pedí un abrazo. Bien, me diste el maldito abrazo y ahí tendría que acabarse todo. Pero ahora hablas bien de mí y me estás hundiendo. Mis colegas creen que soy tu confidente. ¿Sabes?, yo aquel día quería tu abrazo, joder, no tu reputación»...

Cadáver con moscas - José Luis Alvite

Cadáver con moscas - José Luis Alvite
De adolescente quería saber qué se sentía al estar enamorado. Después de aquello me enamoré y me entró curiosidad por saber qué se sentía con motivo de que me hubiese dejado una mujer. La verdad es que me he pasado media vida tratando de que fuese por completo distinta la otra media. En mis relaciones sentimentales he tenido siempre mucha suerte y no puedo decir que haya sufrido porque no me amase la mujer a la que deseaba, probablemente porque jamás me propuse mis objetivos más allá de donde estuviese seguro de que pudiese acertar mi discreta puntería. Supongo que eso significa que si fuese cazador, me habría dedicado a la captura de perdices con las alas de alpaca y a dispararle a los cadáveres de los jabalíes presos de los cuervos. También es cierto que una manera de evitar que alguien deje de quererte por iniciativa propia es hacer cuanto puedas para sugerirle que lo haga ella misma en tu nombre. Con esa actitud conseguí que me dejasen unas cuantas mujeres con las que yo jamás me habría atrevido a romper. Entonces reducía mis apariciones hasta que a ella se le hacía evidente que sobraban una entrada para el cine y un cubierto en la mesa. Reconozco que siempre me faltaron agallas para romper con una mujer mirándole a los ojos. También he de reconocer que si es ella quien parece decidida a acabar, me doy cuenta de que mis recursos para evitarlo no son tan sólidos como pensaba. Un amigo mío que presumía de conocer a las mujeres me dijo en una ocasión que para evitar un fracaso sentimental la literatura daba distinción y quedaba muy fina, pero que lo mejor era acudir a la última cita llevando para ella en un estuche un maravilloso reloj de pulsera. ¡Bobadas! Yo lo pasé muy mal con una mujer a la que adoraba pero al poco de conocerla supe que lo del reloj de pulsera no iba con ella. «Me has decepcionado y ya no puedo confiar en ti. He perdido la fe. Ya no me creo tus promesas», me dijo. Ni siquiera acerté con una sola frase con la que pudiese conmoverla. A mí su decisión me parecía exagerada e injusta, pero no hubo manera de ablandar su resistencia al perdón. Entonces desaparecí lentamente de su vida y convertí el dolor en literatura. Le dije adiós a lo lejos con una columna cobarde y cariñosa que le dediqué en el periódico. Nunca supe si ella llegó a leer aquello, pero, ¿sabes?, yo sigo donde solía estar y aún soy propenso a enamorarme, de modo que si acuerda cambiar de opinión no tiene más que desandar sus pasos y decirme: «He vuelto porque sé que estarás solo como un perro y porque un día me dijiste que te gustaría que espantase con mi abanico las moscas de tu cadáver».

sábado, 21 de junio de 2014

El ascensor - José Luis Alvite

El ascensor - José Luis Alvite
Cada vez que entro en un portal me aseguro de que no habrá nadie a punto de utilizar el ascensor, no porque no me agrade compartirlo, sino porque detesto las conversaciones forzadas que suelen darse en las inevitables restricciones de sitios tan pequeños. La meteorología y la salud son temas muy socorridos en esas conversaciones un poco automáticas en las que uno se ve obligado a participar sin el menor interés. La gente mira hacia el techo del ascensor como si se tratase de un fondo de nubes del que derivar la conversación sobre la lluvia inminente o el sofocante calor que hace insoportable la humedad del ambiente. La situación es más incómoda si quien se sube al ascensor es la señora madura y atractiva que no sabes muy bien si desea que la observes con admiración o te vuelvas de espalda para hacerle más cómodo el viaje. A veces suena en el ascensor una de esas agradables melodías de Henry Mancini que sirven de envoltorio para cualquier conversación y te sientes en la tentación de decir algo, lo que sea, una pirotécnica frase vacía, un comentario genérico sobre la soledad o la rutina, cualquier cosa que supones que va a despertar hacia ti la simpatía de la señora madura y atractiva que en realidad no sabes si espera que te fijes en ella o te pondrá una denuncia en el caso de rozarle el pelo con el aliento. A mí la elegante música de Mancini siempre me ha servido para hacer frases, pero eso no suele funcionarme en los ascensores, probablemente porque a las señoras de los ascensores la estrechez del elevador les produce una desconfianza insuperable y creen que aunque yo fuese un canónigo, sería capaz de descuartizarlas y huir luego con sus restos metidos en su bolso de mano. El miedo es, a menudo, un elemento desencadenante del erotismo, aunque se trate de un erotismo asustadizo, incluso criminal, que la señora madura y atractiva no sabe si se resolverá en un beso o en un hachazo. Suena «Snowfall» de Mancini e imagina uno que a su acompañante del ascensor no le desagradaría una de esas frases que parecen pensadas para ser pronunciadas en el vestíbulo de un hotel de Nairobi con un martini apoyado en la cola del piano. A mí me ocurre con frecuencia, pero me contengo. Se me mete en la cabeza que la atractiva mujer madura lo que desea es que me fije en ella sin que se me note que la observo. Y a mí eso me parece muy complicado, tanto como lo sería disparar un obús sin que retumbe el suelo. Por eso cada vez que me tienta confesarle mis emociones a la madurita con la que comparto el ascensor, mi cabeza piensa en sus piernas, en sus clavículas, en sus axilas, pero por la boca sólo me salen el clima, la salud y el precio del pollo.

Agua al fuego - José Luis Alvite

Agua al fuego - José Luis Alvite
Un amigo mío que acababa de romper con su mujer y llevaba dos semanas alojado en una fonda me dijo que las desavenencias venían de antiguo pero se habían agravado en el momento de mayor desahogo económico de la pareja. Después de escucharle un buen rato, estuve de acuerdo con él en que a veces lo que nos separa de nuestras parejas no es la escasez de dinero, la incertidumbre laboral o el desacuerdo en la educación de los hijos, sino, lisa y llanamente, porque hay demasiados muebles y es difícil llegar hasta el otro sin tropezar por el camino. Cuando me casé por primera vez, al instalarme en aquel frío piso de alquiler comprendí que era inmensamente feliz a pesar de que el mueble más valioso resultaba ser la puerta de la calle. Ni mi mujer ni yo sabíamos mucho de cocina. En cambio, ambos teníamos claro que para que una casa fuese un hogar lo primero sería que alguien arrimase las ventanas y encendiese el fuego. Yo me encargué de las ventanas y ella arrimó una cerilla al gas y arrastró sobre la llama una olla con agua. Después esperamos algunos minutos, empezó a salir el vapor, nos miramos a los ojos y sin decirnos nada supimos que aquello era un hogar y que nosotros éramos por fin una familia. Fue cuestión de días que con algo de dinero pudiésemos surtir medianamente la nevera con cualquier cosa que no se pudriese con el frío. No recuerdo haber sido muchas veces tan feliz como cuando conseguimos que hirviese en la olla una comida que no sabíamos si sería sabrosa, pero que al menos sin duda era amarilla. Mi mujer tenía un humilde sueldo de oficinista y a mí el periodismo me costaba dinero, así que nos sentíamos tan unidos como dos fugitivos que hubiesen buscado calor y cobijo a espaldas de la Ley en un figón de la beneficencia. Ahora que lo pienso creo que las nuestras eran las basuras más escasas y más pobres de la calle en la que vivíamos, pero, ¡que demonios!, al menos estábamos seguros de que acudirían a ella los perros más ilustrados, aquellos canes líricos e hipermétropes que husmeaban los folios manuscritos en los que a veces envolvía las helicoidales pelas de las patatas. Ahora recuerdo aquello y comprendo que a mi amigo y a su mujer se les hubiesen atragantado de aquella manera la dichosa prosperidad y tantos muebles. Será por eso que a veces desisto de cobrar las cosas que escribo. Nunca anduve sobrado de dinero, pero, ¿sabes?, cada vez que entra un mueble en casa, echo mano instintivamente del listín con los teléfonos de los hoteles...

jueves, 19 de junio de 2014

Nevada en Facebook - José Luis Alvite

Nevada en Facebook - José Luis Alvite
Desde las restricciones sociales que me he impuesto como una merecida penitencia casi monacal por mis lustros de desarraigo en las calles, tengo la suerte de disfrutar de un mundo intangible e inabarcable gracias a los numerosos contactos virtuales que facilita internet. Me muevo en Facebook desde hace ocho meses y he hecho en ese ámbito amistades tan sólidas como podrían serlo las que recuerdo haber formalizado en las barras de los bares, con la particularidad de que no dispongo a mano del barman de cabecera que tan atentamente me facilitaba en «El Corzo» los posavasos en los que escribir mis notas. En mi muro de Facebook cuelgo la música que me gusta, escribo dedicatorias y he logrado reunir a un variado grupo de personas que comparten mis aficiones literarias, mis inclinaciones artísticas o que, simplemente, se sienten a gusto con alguien que ha prolongado en «La Red» su propia existencia y no tiene inconveniente en ser tan emocional, tan intenso y tan autobiográfico como si Facebook fuese el diván del psicoanalista. Hasta que hace unos días mi muro de Facebook empezó a resentirse, se paralizó y tiene problemas de actualización, de modo que mi gente y yo contactamos de manera esporádica, errática, como vagabundos que se encontrasen encaramados de manera inestable en el techo de un tren conducido a oscuras por un muerto durante la noche lluviosa, en una llanura de mazapán, sobre raíles de azúcar. En «El Corzo» le habría manifestado mi malestar al barman y el asunto estaría resuelto con una ronda de copas pagadas de buena gana por la casa, pero en Facebook es difícil saber a quién dirigirse con las quejas. ¿Hay alguien ahí, en la noche fluorescente de Facebook? ¿Alguien que entienda que mi muro se ha quedado como inmóvil, frío y cada vez más despoblado, convertido casi en la tapia de un cementerio? Es como si una nevada virtual me hubiese dejado aislado en la penumbra catastral de Facebook y no tuviese seguridad alguna de que vayan a venir las máquinas quitanieves, los servicios de socorro, el camión en el que acudan, encaramados con guantes y pasamontañas, los entumecidos muchachos que resuelvan la situación con el recurso de las viejas paladas de sal. Como no tengo otra alternativa, quedo a la espera de que alguien sobrevuele mi aislamiento virtual y tenga al menos la generosa ocurrencia, o el agradable descuido, de arrojarme un paquete con comida y una vieja linterna como la que utilizaba el acomodador del cine Capitol para guiar tus pasos hasta el retrete mientras tu chica se alisaba la falda y al otro lado del pasillo en la garganta de un tipo transeúnte croaba –cansado y culposo– el falso sueño redentor de un criminal.

martes, 10 de junio de 2014

Soledad - José Luis Alvite

Soledad - José Luis Alvite
Conozco a muchas personas que huyen de la soledad como si temiesen arder dolorosamente en ella. A mí la soledad siempre me ha parecido una gran conquista y estoy solo con frecuencia. Se ha dado el caso de procurarme la compañía de alguien aunque fuese para tener a quien contarle lo mucho que me gusta la soledad. Claro que la mía es una soledad deliberada, algo que me ocurre como resultado de un deseo, una especie de soledad de conveniencia que me sirve para reflexionar sobre mi vida y sintonizar en mi conciencia los remordimientos que me causen dolor y me ayuden a escribir. Supongo que me encontraría menos a gusto con la implacable soledad de quien desea compañía y no la encuentra. La soledad como pretexto intelectual es más llevadera que la soledad constante e irremediable que al final evoluciona hasta convertirse en una horrible patología. Tiene gracia que algunos intelectuales presuman de su dolorosa soledad creativa y aleguen que su obra es el resultado de graves páramos emocionales, cuando saben que el suyo es un aislamiento voluntario y momentáneo, una cuarentena más llevadera que la estricta soledad del anciano que duerme echado sobre las vísperas de su cadáver porque ni tiene quien le de la vuelta en cama para espantarle siquiera las moscas verdes y azules que se lo comen vivo. Esa es la verdadera e hiriente soledad y no tiene sentido compararla con la mía, que es una soledad buscada por mi propia mano, un dolor que me ayuda a escribir y me hace digno responsable de mis errores. No puedo comparar esta soledad con la de aquella anciana a la que con motivo de un reportaje humanitario visité en su casa cerca de Arzúa. Olían tanto las heces sobre las que yacía, que yo creo que incluso vomitaban las ratas que merodeaban su cama. Había telarañas e insectos por todas partes. La anciana tenía un crucifijo de madera sobre el pecho, con un Cristo que seguramente llevaba meses asqueado con aquella peste y comiéndose las blasfemias contra Dios. Apenas hice preguntas porque se me llenaba la boca de enormes y lacias moscas consonantes. He estado muchas veces solo y he sufrido mientras pensaba sobre los malditos errores de mi vida, pero, ¡demonios!, la mía no es la soledad de aquella anciana leñosa por cuya sonrisa recuerdo haber visto pasar –como un epitafio, como una sutura del forense– la lentitud autógrafa de un ciempiés.

Recuerdos de nunca - José Luis Alvite

Recuerdos de nunca - José Luis Alvite

En un momento de mi vida en el que me pareció que se me hacía tarde para perder el tiempo en los recuerdos, decidí escribir un diario en el que supuse que podría rastrear luego los términos de mi existencia. Puse empeño durante algunos días y escribí unas cuantas páginas de aquel diario. Desistí cuando pensé que el tiempo que dedicaba a la enumeración de lo que me había sucedido me impedía exponerme a que me ocurriesen cosas nuevas. No negaré que mi resistencia a continuar con el diario fue debida también a que me di cuenta de que lo más relevante que había anotado en aquellos pocos días no era una conversación amena  o un suceso crucial, sino el buen sabor de boca que me había dejado una ración de fabada. Decidí suspender las anotaciones en el diario y romper todo lo escrito hasta entonces. Y seguí dejando que la vida me ocurriese sin preocuparme de transcribirla, persuadido de que las cosas que son importantes se recuerdan luego sin necesidad de anotarlas. Casi nada es tan importante como parece. En realidad la vida está llena de momentos inolvidables que en vano tratamos luego de recordar. A lo mejor resulta que el diario  no hay que escribirlo para llevar cuenta de lo que nos ha ocurrido, sino para ser conscientes de lo que por suerte hemos olvidado. Lo mejor que nos puede ocurrir es que gracias a nuestra mala memoria seamos capaces de recordar aquellas cosas tan hermosas que jamás nos sucedieron. Es gracias a esa visión del pasado que tengo fresco en la memoria el recuerdo de aquel crudo día de noviembre en el que no cabía el agua en la lluvia. Me considero muy afortunado cada vez que pienso en lo azul que tenía la mirada aquella chica con los ojos tan negros.