jueves, 18 de diciembre de 2014

Lluvia en la Moraleja - José Luis Alvite

Lluvia en la Moraleja - José Luis Alvite
Hay pocos elementos tan literarios como la lluvia, hasta el punto de que cualquier párrafo mediocre puede mejorar si uno acierta a colar una frase en la que descarguen las nubes. Supongo que los editores conocen el valor literario de la lluvia, aunque se comprende su malestar por el aguacero que deslució la jornada inaugural de la Feria del Libro en Madrid. Es cierto que la lluvia que dispersa a la gente y vacía las calles es la misma que abarrota los cafés, pero no es buen negocio si se trata de que la gente acuda al Paseo de Coches del Retiro. Es obvio que la lluvia que vacía las calles con su toque de queda es menos agradable que si solo descarga por escrito en una novela o resbala como a ganchillo por la pantalla del cine. El viernes almorcé con mi editor, Alejandro Diéguez, en compañía de Lorenzo Díaz, el sutil colega de Onda Cero que sabe en lo que piensa incluso la gente que casi con toda seguridad yo diría que no piensa en nada. Nos instalamos en la terraza de La Máquina, en La Moraleja, y el agua nos obligó a guarecernos en el porche del restaurante. Fue una evacuación ejecutada por los responsables del negocio con esa diligencia sin prisas que siempre nos parece un recurso a la medida de la capacidad exclusiva de los ingleses para convertir en sublime protocolo las angustiosas vicisitudes de cualquier tragedia. Lorenzo no se inmuta casi por nada, así que en medio de la tempestad organizó el menú y moderó luego una sobremesa en la que hablamos de todo, incluidas unas cuantas referencias a la inútil e impagable belleza de entretiempo de esas mujeres ricas y ociosas que pisan con la numismática huella del dinero, exquisitas e inabordables, como suaves tacadas de Cartier engarzadas en el aliento de un galgo sobre un tapiz de seda. A mí me gusta mucho cuando Lorenzo Díaz me trata de usted para establecer un cierto clima de objetividad sociológica en la conversación, depone la cubertería sobre el plato del arroz a banda e introduce una pausa para que se escuche –como una baza de aire, como un full de seda– el aleteo oleoso de los gorriones húmedos picando en el suelo el pan desdentado por la lluvia. Con tanta agua en la calle no quedan mesas libres en el restaurante y sin embargo no hay ruido porque la gente rica mastica en off. Lorenzo hace otra pausa mientras los gorriones se llevan las migas a los setos y en medio del silencio se desliza, como un velero de piqué, una de esas deslumbrantes mujeres de mundo en cuyos cuerpos de alta costura incluso se convierte la lluvia en ropa. Y yo supuse que para alguien como ella mi sonrisa solo sería la firma de un mendigo en un cheque sin fondos.

Humo en la chimenea - José Luis Alvite

Humo en la chimenea - José Luis Alvite
Esta vez la Feria del Libro de Madrid me encuentra relajado y con espíritu de colaboración. Sin dejar de ser con frecuencia errático e imprevisible, me he dado cuenta de que el afecto que me tienen los lectores merece que corresponda con el mínimo esfuerzo de dedicarles una frase y mi firma, como en anteriores ocasiones, sólo que ahora siendo consciente de que entre mi mano de escribir y sus ojos de leer se ha establecido a lo largo de los años una relación que va más allá de lo simplemente circunstancial y excede sin duda del simple cumplido. Muchos colegas son reacios al contacto estrecho con el público y prefieren la distancia, ignorantes sin duda de que la verdadera talla de un hombre la da su sencillez, no el pedestal al que se aúpa. Además de darme cuenta de eso, he comprendido que mi editor no es en absoluto mi enemigo y que arriesga su dinero en una empresa en la que a veces el éxito consiste sólo en conseguir que por culpa de las deudas no le embarguen súbitamente la edición de un libro que sale al mercado como resultado de un esfuerzo y con la remota esperanza de que no lo lea únicamente el olvido. Alejandro Diéguez, que es mi editor, sabe bien de mi inconstancia porque la ha sufrido con un estoicismo que nunca sabré agradecerle. Como editor y como amigo saca ahora de la imprenta el título «Humo en la recámara», una colección de textos sobre historias del Savoy publicados en LA RAZÓN, y yo estaré mañana y el sábado en El Retiro madrileño para firmar ejemplares porque lo merecen él y mis lectores. Y también, lo reconozco, porque me he encariñado con toda esa gente con la que me escribo en Facebook y a la que le debo la suerte de que me prodiguen su afecto sin preguntarse siquiera quién soy y sacudiéndose el bolsillo en la apuesta por un libro que si no les gusta sólo les va a servir para el lamento por haber quebrantado su economía y para convertirlo sin en el menor remordimiento en leña para que las llamas hagan fumadas frases de bruma que se esfumen sin apenas repercusión por el tiro de la chimenea. Soy sincero si reitero que me importan poco las rentas económicas de mi trabajo literario. Y no lo digo por soberbia, ni porque sea rico, sino, lisa y llanamente, porque mi verdadera aspiración en el asunto de escribir ha sido siempre la de alimentar la esperanza de que a mi muerte no se presente un jodido acreedor con una orden para embargarles a los míos mi recuerdo, su dolor y mi cadáver.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Grasa en la cintura - José Luis Alvite

Grasa en la cintura - José Luis Alvite
Con motivo de la espectacular aglomeración humana de los «indignados», estos días se escucha hablar mucho sobre que en realidad esas concentraciones pudieran tratarse de un movimiento callejero sin calado intelectual, una reacción casi adolescente, todo insensatez, furia y gimnasia, condenado de antemano al fracaso una vez que sobre la pulsión asamblearia pase en tropel el tiempo y el peso de la cruda realidad devuelva a su sitio tanto entusiasmo, como si lo que ocurre no fuese otra cosa que una pasajera explosión hormonal. ¿Habría sido mejor que todos esos jóvenes consumiesen el tiempo y la esperanza en los botellódromos que, a saber con qué intenciones anestésicas, les ofrece el Poder? Es verdad que en la vida de un hombre la juventud es un periodo corto de tiempo que tarde o temprano desemboca en la horrible desgracia de la cruda sensatez y que muchas de las ilusiones de esos años dorados se malogran precisamente por culpa de que con el paso de los años los seres humanos deploramos los valores del impulso, nos volvemos cartesianos y caemos en la cuenta de que de todas las ideas que se nos suben a la cabeza, sólo tienen verdadero valor aquellas que estuvieron antes en el estómago. Si se hiciese un estudio al respecto, se vería que respecto del tipo lírico, revolucionario y soñador, el hombre burgués pesa una media de diez kilos más y sueña vivir con la holgura que se necesita para que pueda permitirse el lujo de pasar hambre por prescripción facultativa. Uno le echa un vistazo a los portavoces asamblearios de Puerta del Sol, observa su delgadez casi ojival, los compara con sus padres y se pregunta a sí mismo cuál es la razón por la que con el paso del tiempo la conciencia degenera en intereses y por un extraño metabolismo el pundonor se amontona como grasa en la cintura. ¿Cuál es el proceso bioquímico que determina la evolución del pensamiento político y de la ética humana? Yo no lo sé, como es obvio, pero sospecho que el único error verdaderamente grave e irreversible de la juventud es la vejez. Puede ser que con el paso de los años muchos de esos rousonianos muchachos de la Puerta de Sol deriven en altos ejecutivos como los que ellos ahora repudian. Y a mi eso me entristece mucho porque cuando a los sesenta años de edad uno se puede permitir comprarle un anillo a su tercera esposa, se da cuenta de que era más feliz cuando su ilusión revolucionaria no era convertirse en cliente preferente, sino apedrear a la luz del día el escaparate de la joyería.

El sueño y el hambre - José Luis Alvite

El sueño y el hambre - José Luis Alvite
Vivo lejos de la madrileña Puerta de Sol y reconozco que la pereza de desplazarme me puede con seguridad más que la tentación de hacerlo, pero también yo estoy indignado, como toda esa gente que proclama la repugnancia que les produce la vida política española. Hay dudas de que se trate de una manifestación espontánea de la ciudadanía harta y asqueada, lo que para algunos ortodoxos de la irrespirable vida pública supondría un lastre ético y motivo sobrado para la descalificación automática de una reacción ciudadana que probablemente rechazan por temor a las consecuencias morales de comprenderla. Yo desconozco si hay una mano que mueva a toda esa gente con oscuras y aviesas intenciones y la verdad es que no me importa mucho ignorarlo. Si de lo que se trata es de limpiar de mugre la vida pública de mi país, me trae sin cuidado de quien sea la mano que mueve la escoba. Puede que en esa riada humana que proclama la necesidad de sanear la política española se haya colado con intereses inconfesables cierta basura ideológica, pero tampoco eso me preocupa demasiado porque desde la noche de los tiempos es sabido que cuando descarga la tormenta y la lluvia altera su cauce, incluso en los ríos más limpios la corriente arrastra sin remedio cierta cantidad de mierda. Yo me pregunto a quién puede molestar que toda esa gente proclame su asco y pida un cambio drástico en la higiene de la vida pública española. También me gustaría saber si la juventud de una parte de esos manifestantes es motivo suficiente para descalificar sus aspiraciones, como si no fuese cierto que la Historia está sobrada de formidables destellos de euforia casi juvenil en los que el instinto pudo por fin más que la razón, probablemente porque es en los momentos de indignación incontenible cuando el pueblo llano se siente capaz de convertir en imaginación la furia, y la resignación, en talento. La verdad es que este levantamiento civil no me sorprende por lo repentino que surge, sino por lo tardío que aparece. Por mi parte, bienvenido sea. Los políticos de este país tendrán que darse cuenta de que a veces el pueblo llano se cansa cuando lleva demasiado tiempo sentado. Puede que en esta ocasión cierto caos terapéutico sea la solución que nos libere de la modorra causada por el odioso e interesado orden de los oligarcas. Nadie detendrá jamás a quien en realidad no lucha sólo movido por un sueño, sino desvelado por el hambre.

Malas noticias - José Luis Alvite

Malas noticias - José Luis Alvite
Puede ser moralmente discutible que un periódico se cebe en el dolor ajeno para aumentar sus ventas y afianzarse con tal motivo en el mercado. También es discutible la moralidad de quienes ayudan a ese objetivo comprando el diario en el quiosco. Muy a menudo las personas que censuran la actitud del periódico son las mismas que lo compran, como ocurre con esos programas de televisión que si son tan criticados será porque es mucha la gente que los ve. Lo queramos o no, las normas del mercado están con frecuencia por encima de las normas de conducta y suele ocurrir que la oferta es poco ética o explícitamente inmoral porque hay una demanda que también lo es. Cada exceso cometido por los medios de comunicación casaría en todo caso con la correspondiente voracidad de quienes compran el producto, igual que si prosperan los restaurantes de comida rápida se debe a que es muy numerosa la clientela ávida de consumir la clase de menú que decían detestar. En el caso de la prensa escrita, la literatura periodística suele considerarse menos ofensiva que las imágenes de televisión y aun así se polemiza sobre la crudeza de sus textos o sobre la rapacería de sus fotos. Es como si alguien pretendiese cargar sobre la prensa la responsabilidad de los estragos causados por los terremotos o por las guerras y se diese por sentado que la conciencia del periódico coincide en todo caso con su cuenta de resultados. Es cierto que la descripción de la muerte aumenta la difusión de los periódicos y que ésta se contrae con la buena noticia de que no ocurre nada grave, pero eso es así porque, lo queramos o no, el periodismo sigue siendo sin remedio una variante relativamente intelectual de la vieja peluquería de señoras, rancia y sólida institución mediática en la que, como es bien sabido, muchas mujeres se sentaban a que les hiciesen la permanente en frío sólo para que les diese tiempo de enterarse al dedillo de asuntos de los que es obvio que jamás se enterarían en la iglesia. Fui redactor de sucesos durante más de veinte años y podría jurar que cada vez que el periódico informaba de que alguien había resultado herido grave en una reyerta, lo que el público bienpensante esperaba era que la siguiente fuese sin remedio la noticia de su muerte. No quiero ser malpensado pero estoy seguro de que la mayoría de las personas que acuden al quiosco se decepcionarían si el diario no incluyese en sus páginas ese día las malas noticias que uno tantas veces se juró a si mismo que sólo desearía leerlas en el caso de que fuese ciego.

Hemorroides - José Luis Alvite

Hemorroides - José Luis Alvite
De niño me dio por pensar que la afición a las cosas pequeñas podría derivar, por la evolución natural del crecimiento, en la realización de grandes sueños. Ésa era la razón por la que pensaba que mi afición a jugar en casa con las moscas concluiría en que al cabo de algunos años sería un reputado piloto de la Fuerza Aérea con una brillante hoja de servicios. Con un razonamiento parecido supuse que por escribir cuatro líneas en un retal de papel de estraza sería más que probable que andando el tiempo me convirtiese en un escritor de largo aliento, al estilo de Don Benito Pérez Galdós, que era un señor muy serio y muy compacto que apilaba libros en su casa igual que en el desván de la casa de mi amigo de la escuela amontonaba su padre leña para la cocina. Es obvio que mi visión era equivocada y que ni estaba en las moscas el cierne de un piloto de combate, ni desde aquellas frases infantiles en el papel de estraza se deduciría la figura de un abnegado escritor enciclopédico como don Benito, que escribió docenas de libros y aún tuvo tiempo para coquetear con doña Emilia Pardo Bazán, una señora de tungsteno a la que a simple vista uno cree que sólo cortejaría cualquier escritor al que de sus amigas casadas le gustasen sólo sus maridos. Puedo imaginar las dificultades de ser piloto de aviación y desde luego conozco las de ejercer como escritor, que es un trabajo en el que lo más determinante no es desde luego la ropa que uno se pone para las fotos, ni la silla en la que se sienta a trabajar. Es mucho más complicado que eso. Creo recordar que fueron veinte días los que el socialista Abel Caballero tardó en escribir su primera novela y no olvido que a la vista de los resultados yo le dije entonces que si fuese un hombre menos audaz y más sensato, veinte días era lo que tendría que haber tardado en no escribirla. Yo ando a vueltas ahora con la preparación de una novela y no estoy muy seguro de que sea una buena idea. Recuerdo aquellas frases del papel de estraza y me digo a mí mismo que la literatura no es algo que se amontone sobre el armazón de la gramática, como se amontona con el tiempo la lana en la silueta de las ovejas. No niego que me gustaría conseguir una novela redonda, adictiva y estupefaciente como la heroína, pero, ¡demonios!, no se me oculta la posibilidad de que al final de tanto esfuerzo en la misma silla sólo consiga desarrollar hemorroides.

Criminal con peces - José Luis Alvite

Criminal con peces - José Luis Alvite
Ahora que los americanos se cargaron a tiros al infame Osama Ben Laden reverdece la polémica sobre la temperatura a la que ha de ser administrada la Justicia. Se enfrentan quienes proclaman la necesidad del enfriamiento de los hechos antes de juzgarlos y aquellos otros que piensan que la Ley ha de actuar en caliente, incluso con los jueces recién levantados de la cama y con la toga por encima del pijama. A mí no me cabe duda de que muy a menudo lo que sale ganando con el dichoso enfriamiento de las garantías procesales no es la Ley, sino quien la conculca. Por eso me inclino por la justicia rápida y concluyente, administrada con garantías pero sin prejuicios ni demoras, sin miramientos, a sabiendas de que el enfriamiento de los hechos para lo que es bueno no es para juzgar a los asesinos, sino para aplacar las erecciones y para escribir la Historia. Estoy de acuerdo en que los norteamericanos de hoy son los descendientes aún frenéticos y turbulentos de aquellos tipos rudos e intrépidos que estudiaban leyes con la Biblia en una mano y la soga para la horca en la otra mano. También sé que no es bueno para la ecuanimidad de la Ley que se administre la Justicia con el criterio incandescente y efusivo con el que se dirimen las preocupaciones sociales en la taberna. Pero conviene no perder de vista que en el caso de Ben Laden se trata del cadáver de alguien que estaba en guerra y por lo tanto se arriesgaba a ser víctima de las normas sumariales por las que se rigen las batallas. Personalmente su muerte me deja impasible, como si los muchachos del «SEAL» se hubiesen llevado por delante a un tipo deleznable que yo creo que incluso le será indigesto a la muerte. Yo sé que suena duro, o cruel, pero así suele serlo la franqueza, de modo que no me importa decir que el de Osama Ben Laden es uno de esos casos en los que ni siquiera me produce incomodidad moral que la Ley se parezca tanto a la venganza. Es posible que ahora los fundamentalistas le conviertan en un mártir camino de adorarle como a un dios. No importa. A mí lo que me preocupa de que hayan arrojado su cadáver al mar es que se les joda el estómago a los peces. El caso, creo yo, es que a veces se hace justicia gracias a que con las prisas alguien es capaz de evitar que en la razón se entrometa a destiempo la maldita sensatez.

Pensamientos - José Luis Alvite

Pensamientos - José Luis Alvite
- Es evidente que hay novelas escritas por novelistas que detestan la literatura, para ser leídas por tipos que aborrecen la lectura.
- Si el hombre de tu vida te hiciese caso, amiga mía, correrías el grave riesgo de que se convirtiese en tu marido.
- ¿Por qué tan a menudo las pensiones compensatorias del divorcio dejan descompensada la economía de los hombres?
- Tiene que ser verdaderamente terrible que las pocas veces que duerme, el insomne sueñe que está despierto.
- Con la suerte que tengo, estoy seguro de que en el caso de existir la reencarnación yo me reencarnaría en un cadáver.
- Quince años de matrimonio es lo que tarda una mujer de tu edad en ser diez años mayor que tú.
- Cuando era adolescente tenía a menudo la impresión de que al confesarme el sacerdote no averiguaba mi principal pecado por verme el alma, sino por mirarme la mano.
- Una prostituta me dijo hace muchos años que hasta hacía poco tiempo había sido azafata. Después de intimar con ella, me dio en la nariz que seguramente había sido azafata en un bacaladero.
-Si es cierto que Dios está en todas partes, ¿por qué demonios no está también en la cabeza de los ateos?
-Pasarse el enemigo a sabiendas de que la guerra está perdida no está bien visto, pero es tan agradable casi como lo sería para un atleta empezar a correr en la meta.
- Las mujeres operadas para aumentar el pecho van a tener difícil la posteridad porque ni siquiera Dios va a ser capaz de resucitar la silicona.
- Como están las cosas en este país, los mendigos tendrán que andarse con ojo si no quieren que un golpe de mala suerte los convierta en clase media.
- La burocracia española no tendrá remedio mientras para solicitar un papel te obliguen a cubrir tres impresos.
- Como soy muy despistado me preocupa que con motivo de mi muerte no acierte a morir en mi cadáver.
- Admirar un cuadro de Van Gogh constituye una demostración de cultura. Pero hay obras cuya destrucción tendría que considerarse una demostración de civismo.
- A la gente que tiene mala caligrafía lo lógico sería que les mejorase la letra si les temblase la mano

Belleza manuscrita - José Luis Alvite

Belleza manuscrita - José Luis Alvite
A los impresionistas les gustaba retratar a las mujeres en actitudes frescas, naturales y espontáneas, a menudo incluso desprevenidas, como si en un descuido les mirasen el alma adocenada en el escorzo algo trivial de sus manidos cuerpos de diario. Puede tratarse de una agraciada señorita tocada con una pamela amarilla con la sombra azul, o de la prostituta que se recoge el pelo con las manos mientras descansa los pies desovándolos en el agua torda y sobada de la palangana. Me producen serenidad esos óleos rebosantes de expresividad y de ocio, y contemplo con verdadero placer las fotografías que me remiten a rostros femeninos atrapados en un momento de ausencia, quien sabe si abstraídos en la evocación de un recuerdo amargo, en la conjetura de un problema que parece sin remedio o acaso sólo victimas de ese cansancio inesperado y puntual que les sobreviene a las mujeres cuando en la mariposa perpleja de sus ojos parece que se distendiesen, como un chaqué prestado, las alas de un cuervo perdido de su trigal. Buscando en la galería de rostros de mis amigas de Facebook he encontrado en un retrato de Rocío González uno de esos sumariales instantes de amarga belleza, de inclemente desencanto, de cósmica zozobra emocional, que tanto dice del alma de una mujer. No podría asegurar que es el suyo un gesto de dolor; tampoco un rictus de angustia o el deje existencialista de un desencanto vital. Diría que se trata de la distraída fotogenia de una lucidez callada, el clamor sulfuroso de un destello forrado con el resplandor de una ceguera transparente; el ensimismamiento de alguien en cuyos ojos estuviese a punto de ovular su mejor párrafo la mano abdominal del novelista. Yo he mirado unas cuantas veces esa foto del rostro de Rocío González y en la duda de no acertar a detallar la claridad del enfoque o la cuantía de la luz, para que os hagáis una idea de su abstraída expresividad, de tan sugerente abandono, de tanta belleza pasiva y sin pretensiones, os diré que lleva unas gafas de sol montadas sobre la cabeza, una melena afónica con mechas, el cuello acechado sin agobios por un vestido de batista blanca perforada y que en el lóbulo de su única oreja visible hay una perla que le sienta como un asterisco a ese apasionante y manuscrito rostro de mujer en cuya mirada por un momento me ha parecido que pasaba cabizbajo el recuento ácimo de su pasado, el corolario de una vida, el mosto de la esperanza. En el rostro de Rocío González no hay sonrisa. Pero yo con su permiso me tomo la libertad de firmársela con mi última frase de hoy, aunque sólo sea para que sepa que estuve de paso en él. A los impresionistas les gustaba retratar a las mujeres en actitudes frescas, naturales y espontáneas, a menudo incluso desprevenidas, como si en un descuido les mirasen el alma adocenada en el escorzo algo trivial de sus manidos cuerpos de diario. Puede tratarse de una agraciada señorita tocada con una pamela amarilla con la sombra azul, o de la prostituta que se recoge el pelo con las manos mientras descansa los pies desovándolos en el agua torda y sobada de la palangana. Me producen serenidad esos óleos rebosantes de expresividad y de ocio, y contemplo con verdadero placer las fotografías que me remiten a rostros femeninos atrapados en un momento de ausencia, quien sabe si abstraídos en la evocación de un recuerdo amargo, en la conjetura de un problema que parece sin remedio o acaso sólo victimas de ese cansancio inesperado y puntual que les sobreviene a las mujeres cuando en la mariposa perpleja de sus ojos parece que se distendiesen, como un chaqué prestado, las alas de un cuervo perdido de su trigal. Buscando en la galería de rostros de mis amigas de Facebook he encontrado en un retrato de Rocío González uno de esos sumariales instantes de amarga belleza, de inclemente desencanto, de cósmica zozobra emocional, que tanto dice del alma de una mujer. No podría asegurar que es el suyo un gesto de dolor; tampoco un rictus de angustia o el deje existencialista de un desencanto vital. Diría que se trata de la distraída fotogenia de una lucidez callada, el clamor sulfuroso de un destello forrado con el resplandor de una ceguera transparente; el ensimismamiento de alguien en cuyos ojos estuviese a punto de ovular su mejor párrafo la mano abdominal del novelista. Yo he mirado unas cuantas veces esa foto del rostro de Rocío González y en la duda de no acertar a detallar la claridad del enfoque o la cuantía de la luz, para que os hagáis una idea de su abstraída expresividad, de tan sugerente abandono, de tanta belleza pasiva y sin pretensiones, os diré que lleva unas gafas de sol montadas sobre la cabeza, una melena afónica con mechas, el cuello acechado sin agobios por un vestido de batista blanca perforada y que en el lóbulo de su única oreja visible hay una perla que le sienta como un asterisco a ese apasionante y manuscrito rostro de mujer en cuya mirada por un momento me ha parecido que pasaba cabizbajo el recuento ácimo de su pasado, el corolario de una vida, el mosto de la esperanza. En el rostro de Rocío González no hay sonrisa. Pero yo con su permiso me tomo la libertad de firmársela con mi última frase de hoy, aunque sólo sea para que sepa que estuve de paso en él.

La rueda de repuesto - José Luis Alvite

La rueda de repuesto - José Luis Alvite
Yo no estoy muy seguro de que el agnosticismo sea una conquista del pensamiento y que la fe, por el contrario, sea la consecuencia de un instinto o la secuela de cierta indigencia intelectual. Lo que me parece indiscutible es que las personas con fe religiosa viven con un sentido de la resignación más desarrollado y soportan mejor las adversidades, incluida la horrible adversidad del dolor. Si se emplea en la elucubración y en las fascinaciones, la inteligencia es sin duda un recurso creativo de primer orden, tanto como lo es cuando se aplica a la pesquisa científica. Empleada en la discusión cartesiana de la fe, la inteligencia puede producir resultados tan devastadores como sin duda lo es el agnosticismo, esa angustiosa sensación de soledad cósmica que en muchos seres humanos conduce a tormentos psicológicos insoportables y a remordimientos difíciles de controlar. El creyente sabe que la vida es un viaje complicado que ha de hacerse por una carretera en pésimo estado y lo afronta convencido de que la fe es su caja de herramientas por si surge alguna avería. No es ese el caso del agnóstico, que hace el mismo viaje y comparte la carretera sin tener la seguridad de llevar la rueda de repuesto en el maletero del coche. Desde las filas del agnosticismo se critica con dureza la pasividad del creyente, al que se considera un ser inapetente y melancólico que prefiere sucumbir con resignación a la injusticia antes que comprometerse en cualquier lucha que requiera cierta agresividad. Luego resulta que tampoco el escéptico es decidido, ni fajador, y que, si bien se mira, el uno y el otro, el hombre de fe y el agnóstico, son en cierto modo cobardes; el devoto, porque cree que en definitiva su destino está en manos de Dios, y el agnóstico, porque en su sofisticado escepticismo cree que al final tendrá que echar mano de la fe cuando el oncólogo ya no le vea remedio a sus problemas de colon. Aunque se dice que Dios prospera sólo donde aún no ha entrado la ciencia, lo cierto es que incluso los ateos recalcitrantes saben que hay momentos de la vida en los que lo que ya no se nos arregla en la farmacia sólo hay alguna remota posibilidad de que se nos resuelva en la iglesia. A lo mejor resulta que en ese viaje vital por la carretera en mal estado, Dios es la rueda de repuesto de los agnósticos en el momento en el que ya no sirve de nada la quimioterapia.

Julio Iglesias Aznar - José Luis Alvite

Julio Iglesias Aznar - José Luis Alvite
A mí lo que dicen la mayoría de los políticos que hablan en serio francamente me trae sin cuidado. Por lo general hay en los avatares de la vida cotidiana inclemencias bastante más interesantes de las que ocuparse. Muchas veces los españoles abominamos de nosotros mismos porque nos consideramos una carga para el país, aunque hay que reconocer que vivimos en un territorio muy afortunado en el que la vida resulta agradable a pesar de lo mucho que interferimos en ella. Tenemos una productividad muy baja, casi cinco millones de parados, y a pesar de todo, una tasa de humoristas muy por encima de la media europea. También somos lo bastante listos como para seguir adelante a pesar de que cuando una cosa nos sale mal sólo nos esforzamos lo necesario para empeorarla. Ni que decir tiene que en España lo que los ciudadanos esperamos de nuestros gobernantes es que cuando salgan de La Moncloa tengan al menos la decencia de despegar los chicles de las mesas y tirar de la cisterna del retrete. Lo malo es cuando ventilan nuestras miserias en el extranjero, como acaba de hacer José María Aznar, que dijo cuatro tonterías de las que tal vez no le pasemos factura porque con su mediocre dominio del inglés probablemente le entendieron lo contrario de lo que quiso decir, como le ocurría a Julio Iglesias al principio, cuando al grabar un disco en inglés todo el mundo se daba cuenta de lo mal que cantaba en español por culpa de su dentista. Es triste que el ex presidente Aznar haya hecho un elogio del miserable Gadafi en un momento en el que incluso vomitarían sus rasgos los gusanos que se comiesen el rostro del criminal dirigente libio. Yo quiero pensar que el señor Aznar no quiso decir lo que dijo, pero, coño, para eso habría sido mejor que intentase decir lo contrario de lo que todo el mundo le entendió. Tampoco dudo de su buena fe para apoyar lejos de nosotros la imagen de una España apetecible para los inversores extranjeros, aunque también sospecho que el señor Aznar sufre de esa soberbia que a los presidentes suele quedarles como subproducto de su paso por Moncloa. No soy devoto del presidente Zapatero, ni enemigo del ex presidente Aznar, de modo que mi opinión es lo bastante gratuita como para resultar decente. Por eso me atrevo a decir que lo terrible no es que nuestros políticos pierdan la dignidad, sino que no pierdan al mismo tiempo el habla.

El éxito de caer - José Luis Alvite

El éxito de caer - José Luis Alvite
Muchas veces me entretuve de madrugada leyendo caligrafía de apretón en las puertas de los retretes de los bares mientras, y si nunca tomé nota de las interesantes ocurrencias fue porque me empeñé de muchacho en evitar las reproducciones y ser el autor de cada frase que escribiese. También he huido de los refranes, temeroso de que el tambor de su estribillo se apoderase de mi escritura y la convirtiese en una retahíla de frases hechas, en un convoy de fórmulas, en una especie de hormiguero al que solo mereciese la pena rociar con insecticida. Para sortear la resistencia literaria de un redactor jefe recurrí a tomar como referencia el nombre de Oscar Wilde, aunque siempre fueron míos las reflexiones y los aforismos que tantas veces le atribuí al floreado talento irlandés pensando en vencer la censura de aquel idiota. Yo no sé si mi decisión de evitar lo formulario es la correcta, pero en mis días de marinero en la Armada me di cuenta de que el recluta que destacaba en la perfecta formación de la brigada era precisamente el que llevaba cambiado el paso. Supongo que en mi devoción por esa resistencia a lo reglamentario está el origen de muchas de mis desgracias profesionales y la razón por la que tuve sonados fracasos emocionales que en un par de ocasiones dieron conmigo en el psiquiatra. He querido siempre ser díscolo en la escritura y en la vida, reacio a las instrucciones y a las normas, incluso resistente a seguir el camino que parecía evidente que podría conducirme al éxito. Nunca se me ocultó que mi manera indisciplinada de entender la vida solo podría acarrearme disgustos y la verdad es que he recibido muchos palos para que volviese al camino. Mis obedientes colegas progresaban en el periódico, copaban los mejores puestos y no tenían, como yo, un coche en el que con las lluvias del invierno se me encharcaban los pies. La verdad es que llegó un momento en el que conseguí dominar mis amarguras y me hice resistente al dolor. Supe entonces que en este oficio se puede conseguir cierto éxito cultivando con tenacidad el fracaso hasta convertirlo en un verdadero logro, como ocurre con esas lombrices de California con cuyo asqueroso detrito se abonan los jardines en los que brotan luego las flores más fragantes.

El amor y la artrosis - José Luis Alvite

El amor y la artrosis - José Luis Alvite
Es cierto que los seres humanos hemos sustituido la intuición por el conocimiento y que ésa es la razón por la que hemos progresado, lo que explica que en las carreras del hipódromo no seamos nosotros quienes entremos en la meta con el caballo cargado a la espalda. Conservamos sin embargo cierta capacidad intuitiva y presentimos la inminencia de hechos que luego se constata que ocurren. Una de las sensaciones intuitivas más generalizadas es la relativa al amor.NCada vez que alguien pide mi opinión sobre cuál es la esencia del amor, suelo contestar que, a falta de explicaciones bioquímicas que suelen resultar simpáticas pero poco fiables, el amor es algo que no se puede explicar de una manera racional y que si el amor se pudiese explicar, con seguridad no sería amor. A una mujer que nada más conocerla le dije que la quería, hube de darle explicaciones porque ella no entendía que un sentimiento semejante pudiese surgir sin apenas conocernos. Como no podía ser de otro modo, recurrí al argumento de la intuición: «No me pidas que te lo explique. La intuición del amor es algo instintivo. Para saber si uno está enamorado, se guía por el presentimiento, del mismo modo que para predecir el tiempo los ancianos se fían de la artrosis». Le dije también que el conocimiento de la otra persona no sólo no garantizaba el enamoramiento, sino que en muchos casos lo impedía, igual que en el caso del matrimonio la convivencia conduce a menudo a su destrucción. En materia de amor cualquier hallazgo empírico es dudoso y a menudo surge condenado a ser sustituido por un hallazgo nuevo, a veces contradictorio incluso con el anterior. Uno se fija en la boca de la persona con la que desearía emparejarse y hace cuanto puede para seducirla con la esperanza de besarla. Luego surge la convivencia y pueden ocurrir muchas cosas, una de ellas, que detrás del beso aparezca el aliento insoportable. Todo está sujeto a crisis. ¿No se dice ahora que el pan no engorda? Durante siglos los seres humanos creyeron lo contrario apoyados en la referencia de la báscula y resulta que no, que uno puede hartarse de comer pan sin coger peso. Además se recomienda comer de todo y muchas veces al día, en la seguridad de que la gula moderna, que es científica, no engorda como la gula de antes, que era una instintiva gula de recebo. En cambio parece que atiborrarse de amor conduce sin remedio al fracaso por culpa de la torpeza de conocerse bien. Una pareja puede ser feliz si los dos se preocupan de no conocerse demasiado. Ambos sabrían en ese caso que a veces entre un hombre y una mujer las cosas marchan bien hasta que en lo suyo se entromete el amor.

Con la oreja en el oído - José Luis Alvite

Con la oreja en el oído - José Luis Alvite
Durante un almuerzo en Dubrovnik me di cuenta de que el tipo del restaurante se esforzaba por comunicarse conmigo en un castellano portuario adquirido por contagio gracias al contacto diario con el creciente turismo español y tuve en ese momento la horrible sensación de que si él a mí no me entendía bien no era porque yo no hablase su idioma, sino por lo mal que me expresaba en el mío al intentar poner mi vocabulario al alcance de sus conocimientos. Pensé entonces que los españoles hemos sido siempre un pueblo ansioso de salir al extranjero y de relacionarnos con otros pueblos, pero a menudo reacios a la aceptación de sus costumbres y sin duda resistentes al aprendizaje de sus idiomas. Hablamos mucho, gritamos demasiado y nos cuesta escuchar, como si tuviésemos las orejas dentro de los oídos. Millares de compatriotas que vivieron durante años en Alemania regresaron luego sin haber aprendido bien el alemán y, lo que es peor, habiendo echado a perder una parte de sus conocimientos del castellano. Un tipo que trabajó durante muchas campañas en la flota bacaladera me contó que de los días de arribada en puertos de Canadá lo único que muchos de sus compañeros habían aprendido de memoria era el precio en dólares de las busconas y los nombres de las enfermedades que podrían contraer. Fue él quien me aseguró que los españoles sólo mostraríamos verdadero interés por aprender lenguas nuevas si los idiomas diesen que desconfiar, estuviesen castigados o fuesen vicios. Es una suerte que contemos ahora con una hornada de jóvenes con interés por salir al extranjero y ansiosos de aprender los idiomas de otros pueblos. Es alentador que esos muchachos inviertan la endémica pereza idiomática de sus compatriotas en un momento en el que otros muchos jóvenes han sustituido la lengua materna por una jerga sintética en la que en una frase de seis palabras, cuatro podrían acabar mezcladas con las flemas catarrales en cualquier escupidera. Desde luego, a mí me habría gustado comprender en su idioma al tipo de Dubrovnik y compensarle un poco de su amabilidad con los forasteros y de su esfuerzo por hacerse entender en su propio país. Resulta muy incómodo que el camarero que te atiende tenga que adivinar tus necesidades fecales por la congestión de tu rostro. Menos mal que de mi indigencia idiomática me consuelo cada vez que escucho a Julio Iglesias cantando con Willie Nelson y por conveniencia pienso que, según se mire, el inglés sólo es una manera como otra cualquiera de pronunciar mal el castellano.

Cana al aire - José Luis Alvite

Cana al aire - José Luis Alvite
A medida que uno cumple años se da cuenta de que las posibilidades de que le ocurra algo grandioso son mucho menores que las de que le sobrevenga algo malo. Hay personas que acuden al médico tan pronto notan en su salud cualquier señal preocupante de que algo no funciona como debería. Otras, en cambio, prefieren pensar que la visita al médico a la postre sólo va a servir para que donde buscaba una enfermedad, el especialista le encuentre cuatro, igual que ocurre cuando al cambiarle al aceite al coche con diez años de uso, el tipo del taller te advierte de que lo mejor, será que lo malvendas para el desguace. Yo soy de los que prefieren ignorar las enfermedades hasta que sus síntomas las hacen tan evidentes que lo mejor es apuntarse voluntariamente a la cola del forense. No es nada nuevo, ni se trata del sentido de la fatalidad que le entra a cualquiera a partir de que le ocurre algo inquietante. Hay una edad a partir de la cual los riesgos son inevitables y si estás mal del corazón incluso puede resultar trágica la alegría de despertar cada mañana. Un amigo mío que sufría una enfermedad incurable me dijo de madrugada en la barra del «Corzo»: «Me han diagnosticado algo que no tiene remedio y convivo desde entones con la idea de que uno de estos días al volver tarde a casa me encontraré con que me abre la puerta mi viuda. Así son las cosas, amigo, y así hay que aceptarlas. En realidad desde hace ya algunos años siempre estuve preparado para una noticia así. Ya hace mucho que no soy un crío, amigo. Me di cuenta de que me había hecho irremediablemente mayor el día en que leí en el periódico la noticia de que se había muerto de viejo mi pediatra. Supe entonces que mi biografía estaba hecha y que lo que ocurriese a mayores solo serviría para encarecer mi esquela. Cada día que despierto lo considero un regalo con el que no contaba. Con la vida que he llevado la verdad es que no contaba con estar vivo a estas alturas. A veces me siento por la mañana en la mesita del bar y rechazo la prensa del día porque considero que a mi solo me corresponde leer con relativo entusiasmo el periódico de ayer». No me importó darle la razón. Ya no soy un chiquillo. Ahora sé que mi biografía está casi hecha y que, si bien se mira, y pensando interesadamente en la resurrección, tal vez la muerte sólo sea una cana al aire.

Sillón de barbero - José Luis Alvite

Sillón de barbero - José Luis Alvite
Mientras escuchaba una tertulia radiofónica acerca de lo que habría de ser una existencia satisfactoria, llegué a la conclusión de que la calidad de vida consiste en vivir en una ciudad pequeña o en un pueblo, y que una condición necesaria para la felicidad vital sería la posibilidad de residir en un lugar en el que todo parezca que está tan cerca, que incluso quede a mano el horizonte.BEra domingo y no le di demasiadas vueltas al asunto, aunque pensé que esa idílica visión de la existencia prolifera sobre todo entre quienes sufrieron el desgaste físico y emocional de las grandes ciudades y desean el retorno a espacios más habitables para reencontrarse con un mundo manual y primario en el que la única mancha que arrastra el río es la sombra como de cristal que hace el agua en el fondo siempre recién lavado. Yo vivo en una ciudad pequeña en la que podría decirse que incluso está a mano lo que queda lejos. A pesar del crecimiento urbano de los últimos veinte años, el ambiente y las dimensiones son tan entrañables que yo diría que hasta los coches pueden ir a pie a cualquier parte. Yo entiendo muy bien a quienes dicen que en una ciudad así puedes sentirte protegido, porque es cierto y se agradece, aunque me gustaría que entendiesen que al mismo tiempo también puedes sentirte vigilado. Puede que lleves una vida a tu aire, ajena a lo que piensen los demás, y que no te importe nada de cuanto murmuren ellos, en la seguridad de que aunque por exceso de juerga y por falta de sueño hayas olvidado lo que hiciste en la última semana, te enterarás con todo detalle tan pronto como por culpa del cansancio, llevado de la curiosidad, o por el simple capricho de asearte, te desplomes casi sin aliento en el sillón giratorio del barbero.Naturalmente, no hay que excluir las inexactitudes propias de los rumores que circulan en los sitios pequeños.BHace ya algunos años, mi barbero de toda la vida detuvo en alto las tijeras, sopló el humo de su cigarrillo y me dijo: «Conviene que sepas que incluso la gente de tu confianza murmura de ti». «Ya sé que te trae sin cuidado lo que digan, pero supongo que no te gustará que alguien haya dicho que sabe de buena tinta que incluso a veces te acuestas con tu mujer».

El resuello del viento - José Luis Alvite

El resuello del viento - José Luis Alvite
La verdad es que a mí me trae sin cuidado que el Gobierno reduzca la velocidad permitida en las autovías. Aunque me gusta correr en el coche, salgo a la carretera sin prisa por llegar y más bien acelero para perder de vista el lugar del que he partido. Mis planes cuando salgo de viaje se reducen a detenerme cuando me apetece y a reanudar la marcha cuando ya no le encuentro sentido a haber parado. Cuando de las llanuras al oeste del río Missouri sólo se sabía que incluso con su vastedad se quedaba sin resuello el viento, los tipos de las caravanas se detenían donde a los caballos los rendía el cansancio. Entonces prendían fuego, hacían café y dormían recostados en el vientre puerperal de sus monturas. Al amanecer apagaban los rescoldos de la hoguera con las borras del café, aviaban la carreta y seguían camino. Nada les corría prisa. Nadie les esperaba. Ni la soledad ni el silencio habían visto allí jamás un cementerio. El mapa estaba por dibujar y hasta llegar a las montañas nada estaba escrito de que al otro lado de los abetos y las ventiscas los esperase en orden de revista el mar. Para mí tiene poco sentido darse prisa puesto que al fin y al cabo ni uno solo de nosotros dará un paso de más antes de meter los pies en los zapatos cauterizados de su cadáver. A veces me detengo en la carretera sin haberme fijado en las señales y pido un periódico de la zona para saber dónde diablos me he parado. Puede que entonces descubra que me he desviado de mi rumbo y que en ese caso lo mejor será hacerse a la idea de llegar con naturalidad a otra parte, como el tipo con las ideas poco firmes que, camino de la iglesia para su boda, se enamora de la florista que le vendió con algo de descuento la orquídea para el ojal. Tengo muy escaso sentido de la rentabilidad de los viajes. Por eso me importa poco que el Gobierno retoque a la baja la velocidad en las autovías, ni que lo haga con el discutible pretexto de ahorrar combustible. Ni tengo prisa, ni me mueve la idea de llegar a un lugar determinado. Mi idea de la vida es conocer gente y seguir camino. Puede que mi manera de viajar no sea la mejor para enriquecer mi cultura turística, pero tampoco eso me preocupa demasiado. Igual que fracasar con una mujer te deja a veces la tentación de escribir una buena frase, pasar de largo por las ciudades es una manera como otra cualquiera de que te entren ganas de volver.

La pasión y la leña - José Luis Alvite

La pasión y la leña - José Luis Alvite

Está muy extendida la idea de que las personas somos menos capaces de sentir pasión a medida que pasa el tiempo y nos hacemos mayores. Es de suponer que si se dice eso será porque se trata de un comportamiento humano fácil de observar, algo que ocurre cotidianamente a nuestro alrededor y que en algún momento nos afecta a todos. Según eso, la capacidad del ser humano para apasionarse es temporal y se extingue progresiva e inexorablemente, igual que en el atleta merman sus fuerzas hasta que se da cuenta de que ya no es competitivo y opta por retirarse. Yo no estoy de acuerdo con que las pasiones se esfuman tanto como se reduce la fortaleza física, aunque es cierto que con los años nos volvemos cómodos y preferimos trasladar a la confortable habitación de un hotel lo que antes hacíamos con nuestra pareja en el asiento de atrás del coche. Hay inconvenientes físicos que entorpecen el desarrollo de las pasiones, pero no creo en absoluto que las destruyan. Sé de hombres que todavía se apasionan con su pareja como cuando eran muchachos, aunque ahora se frenen un poco en su conducta, no porque se lo pida el pudor, sino porque a veces se resienten de su hernia discal. El problema de muchos hombres es que no se sienten atraídos por la mujer con la que llevan años conviviendo, y en consecuencia, ya no les tienta la idea de sentarse con ella en la última fila del cine, algo que sin duda harían con la vecina que tiende la ropa en el mismo patio que su mujer desde hace veinte años. También es cierto que la pasión requiere cierta costumbre de codearse con ella y la mayoría de la gente vive estancada en situaciones de convivencia en las que el entusiasmo erótico ha ido remitiendo hasta ser sustituido por la costumbre, cuando no por el deber. Pero no culpemos de eso a la edad, porque no puedo creer que esté incapacitado para la fogosidad de la pasión un tipo que es capaz de partir en una sola tarde toda la leña que va a necesitar su chimenea durante el invierno. Yo creo que el gran enemigo de la pasión es el confort y que la pérdida de entusiasmo de muchos hombres de donde viene no es de una supuesta pérdida de masculinidad, o de un deficiente riego sanguíneo, sino de una excesiva afición al sofá. Si viviesen rodeados de menos comodidades, buscarían sensaciones nuevas y tendrían una vida más apasionada. Entonces tal vez recordarían los dorados tiempos de pasión, de esperanza y de escasez, cuando por no tener sofá se acostaban con su chica y sólo de vez en cuando se levantaban de la cama para descansar. 

Espuma de cordero - José Luis Alvite

Espuma de cordero - José Luis Alvite
Mis amigas Emma y Susana me invitaron una noche a cenar juntos en un restaurante vanguardista de Compostela al que acudían casi en peregrinación los políticos de pelaje más variado y un puñado de esos artistas que se sabe que lo son porque lucen el fular mejor que sus parejas. La gente hablaba tan bajito que ni siquiera movían con su aliento la llama de las velas. Mis amigas ordenaron de inmediato que les sirviesen algo que estaba en otro idioma. Yo le eché un vistazo a la carta y me di cuenta de que de todo lo que allí había escrito a duras penas entendía el precio. En la duda de no acertar con algo que fuese de mi gusto y para no provocar la impaciencia del camarero, señalé con el dedo una de las líneas del menú. Entonces el camarero se inclinó discretamente a mi lado y me susurró al oído: «Eso que señala usted es un verso de Paul Verlaine, señor». Me rehice del espantoso ridículo como pude y le pregunté si en medio de aquella parrafada en otros idiomas había por casualidad algún manjar que en vida hubiese tenido patas. El camarero asintió con la cabeza y al poco rato dejó la comanda delante de mis narices, sobre la mesa, con una espumosa reverencia de coreógrafo: «Su cordero, señor», me dijo con indisimulada y cosmopolita satisfacción. El cordero era un pastel verde y anaranjado, flácido, untuoso, que en cualquier sanatorio antituberculoso habría sido una flema de la tisis. A lo largo del plato cruzaba el cordero el trazo amarillo de algo que a mí me pareció vaciado por presión del interior del abdomen de una mosca gigante. Iba a llamar al camarero para quejarme por el exceso de color y la ausencia de cordero, pero desistí para no dejar en mal lugar a mis amigas. Me molestó su pasividad y aquel conformismo acorde con la cordial resignación de los otros comensales. Pero me limité a mostrar mi enfado en un inútil arranque de dignidad: «¿Es que no os dais cuenta de que en el parabrisas del coche dejan cada día gratis las palomas raciones como las que estamos comiendo? Esta tarde he estado en el Museo de Arte Contemporáneo y he visto colgado en la pared algo con el mismo aspecto que lo que ese tipo nos ha puesto para cenar. ¿Y qué hago con todas estas hierbas de colores? ¿Se comen o sólo se comentan? Ese tipo me prometió que me daría algo que hubiese estado vivo alguna vez. Me ha mentido. Joder, ¿desde cuando tiene patas la espuma?». Casi no probé bocado, e hice cuanto pude para precipitar el final de la velada. Luego pensé que una crema como aquel cordero la utilizaban los subalternos en los quirófanos para afeitarles el pubis a los pacientes.

Amor con abrelatas - José Luis Alvite

Amor con abrelatas - José Luis Alvite
¿Cómo podría explicar qué es el amor alguien que a duras penas entiende el abrelatas? Yo he estado enamorado unas cuantas veces y siempre supe que lo que sentía era para el resto de nuestras vidas, aunque no tardé en darme cuenta de que la vida por lo general es más larga de lo que dura el amor. A lo mejor es que le llamamos amor a lo que sólo es fascinación, conveniencia o simple astigmatismo. O una emoción insuperable con la que acostumbramos a cubrir de manera interesada las lagunas que deja en nosotros el desconocimiento del otro. Una mujer se enamoró de mí en un momento en el que mi mala fama llegaba a los sitios diez minutos antes de que lo hiciese yo. Luego me di cuenta de que en realidad aquella mujer se había enamorado de un hombre marginal e imprevisible que sin duda no era yo. Renunció a lo nuestro tan pronto supo que yo era mejor persona de lo que ella había imaginado y que jamás había matado a un hombre. Me dijo: «¿Sabes, cielo? Me cautivó tu mala reputación porque me tentaba la posibilidad de reformarte. Es terrible descubrir que mis esfuerzos en ese sentido serán innecesarios. En realidad lo que yo esperaba de lo nuestro era que me dieses la oportunidad de intentar cambiarte y correr con ilusión el riesgo de no conseguirlo. Esperaba a un tipo peligroso con una cobra tatuada en la espalda y temo haberme encontrado con un diácono que lleva pegada en la planta del pie una calcomanía indeleble de Santa María Goretti». La verdad es que yo no era en absoluto el tipo virtuoso que ella creía haber descubierto, pero aproveché su decepción para perderla de vista sin necesidad de fingir dolor al despedirme. Lo nuestro me había aburrido antes incluso de haber hecho el menor esfuerzo para que durase, como le ocurriría al caballo que en el hipódromo desistiese de la salida en el hándicap por haberse agotado en el cajón. Me pregunto ahora por qué me he aburrido tantas veces en el transcurso del amor. Pero, ¿qué diablos es el amor? Hay muchas definiciones al respecto y ninguna parece definitiva. ¿Es el amor una conquista de los instintos?¿Una carencia intelectual? ¿Un error de apreciación? ¿Algo engañoso que se nos pasa como cualquier mala postura en cama? ¿Y si sólo es una fascinación que se desvanece cuando a nuestros sueños se les repite la cama? Yo no sé qué diablos es el amor. Sé lo que siento ahora, pero creo que si pudiese definirlo, con seguridad no sería amor.

Cosas de pareja - José Luis Alvite

Cosas de pareja - José Luis Alvite
Si todo el mundo se casa enamorado y a pesar de eso al cabo de algún tiempo empiezan las deslealtades y los engaños, será, supongo, porque al menos uno de los dos no está a gusto en la pareja. En alguna parte acabo de leer un trabajo estadístico que revela que más de dos tercios de las mujeres españolas casadas están satisfechas de su vida sexual. Si por otra parte, un segundo estudio advierte que la mayoría de los hombres casados no son felices en sus relaciones íntimas de pareja, ¿qué habré de entender? Solución A: que ellas mienten; solución B: que mienten ellos; solución C: que para ellas la satisfacción sexual consiste en no verse en el apuro de tener sexo gracias a que sus parejas ya no las desean. Por supuesto, cabe en esto toda clase de elucubraciones. Por ejemplo, es fácil observar que muchos matrimonios funcionan bien gracias a la facilidad con la que en cama cada uno acepta el rechazo del otro, aunque luego de cara a la galería hagan circular una versión distinta. Yo creo que muchas parejas son sexualmente felices gracias a que lo mal que lo pasan en cama se compensa con lo bien que mienten al contarlo. Hay quien sostiene que en matrimonios de más de diez años el nivel de satisfacción sexual en la pareja sólo es ligeramente superior al que sentirían si les ardiese la cama. Algunos teóricos en la materia consideran que más allá de tres o cuatro años de convivencia es difícil sostener sinceramente los niveles de excitación iniciales. En una línea parecida, un sexólogo amigo mío aduce la tesis de que cuando en un matrimonio de ocho o diez años ambos cónyuges defienden en público a ultranza la bondad de sus relaciones sexuales, es que algo no va bien en la pareja. Al marido evasivo que rehúye la cama de matrimonio le tienta a menudo la necesidad de proclamar entre los amigos su fogosidad marital, del mismo modo que algunos criminales con mala conciencia se presentan en comisaría dispuestos a colaborar en el esclarecimiento de un crimen del que, por supuesto, se consideran inocentes. Gracias al creciente prestigio social de la sinceridad, los hombres somos ahora más honestos, así que de vez en cuando salta a la palestra el marido desprejuiciado y vanguardista que reconoce haber consumado su matrimonio acostándose con el hermano de la novia. Yo me casé dos veces y aunque nadie tuvo queja de mi conducta en cama, la verdad es que a mí, como soy inquieto, siempre me hizo ilusión consumar mi matrimonio y el de algún amigo.

Chatarra sin perros - José Luis Alvite

Chatarra sin perros - José Luis Alvite
En un parque de Compostela hay una obra escultórica marrón que si no fuera porque asistí a su solemne inauguración oficial, pensaría que se le cayó allí de su carreta al jardinero. Yo no dudo de que el autor de esa pieza escultórica se haya devanado los sesos para expresar alguna idea en un tosco volumen geométrico rebozado con un montón de oxido, pero ni la gente se detiene a admirarla, ni los niños la golpean son sus pelotas, ni recuerdo tampoco haber visto que se posase en ella alguna vez un pájaro y tampoco mean en ella los perros. La mañana de su descubrimiento, un funcionario de la Policía Municipal miró de reojo al alcalde, pensando, supuse yo, en que a una leve indicación el regidor tendría que intervenir para retirar con ayuda de otros agentes aquel odioso obstáculo de la vista del público. En una de esas reacciones automáticas tan propias de la multitud dócil y protocolaria, el público prorrumpió en aplausos y concluido el acto oficial la escultura quedó donde estaba sin que alguien se atreviese a cubrirla discretamente con una sábana. Se trata de una obra voluminosa y muy pesada que aun nadie se ha atrevido a cargarla en un camión con objeto de malvendérsela como chatarra a algún perista que disponga de treinta euros para un despilfarro. Yo no sé si los compostelanos que se acercan a ese parque se sienten inspirados por la dichosa escultura, pero es seguro que las mamás temen que a los niños se les infecte cualquier herida con su óxido. El otro día salió el sol y una pareja de novios se sentó sobre el césped al lado de la escultura. Me dio la impresión de que ella extendía un periódico sobre la hierba por temor a que le manchase de óxido los pantalones la sombra de la escultura. Supuse que a la chica lo que le preocupaba no era que la escultura fuese indescifrable, sino que resultase corrosiva. Mientras caminaba hacia el coche pensé luego que aquella obra marrón recordaba mucho la chatarra que resultaba en la II Guerra Mundial al final de las grandes batallas de carros de combate. Pasaron casi veinte años sobre aquella escultura y es tan defectuosa que ni siquiera silba el viento en ella. Hoy he vuelto a reflexionar sobre cierta concepción del Arte y, como otras veces, he llegado a la decepcionante conclusión de que al enfrentarse con los metales, el escultor no ha conseguido con su discutible inspiración mejores resultados que la artillería con su implacable contundencia.

Recuerdos del silencio - José Luis Alvite

Recuerdos del silencio - José Luis Alvite
Tuvo conmigo la paciencia de un monitor de autoescuela. Fue él quien me enseñó a moverme por la noche en los peores ambientes. Una madrugada me dijo: "Llevas poco tiempo en esto, hijo. Es natural que todavía receles y en serio te digo que no tendrías que sorprenderte si descubres que aún tienes miedo. En realidad un hombre no puede decir que se ha hecho con el ambiente hasta que lleva cinco meses sin manchar el calzoncillo con las heces de la fabada. Como me dijo en cierta ocasión un matón que trabajo para mí, la conciencia es aquí la parte más insensible del metabolismo de las grasas. No hay en la conciencia de un hombre un solo remordimiento que dé olor. Es cuestión de temple, ¿sabes? Mírame a los ojos. Me preocupé de anotarlo en un almanaque que aun conservo en la oficina del club: No parpadeo desde el 14 de noviembre del 83. ¡Seis años si parpadear, hijo! Podría atravesar una tormenta de arena con los ojos abiertos. El año pasado fui al tanatorio a ver el cadáver de mi padre. Puede que no lo creas, pero el cadáver de mi padre parpadeaba más de lo que había parpadeado yo en los cinco años anteriores. ¿Y sabes por qué no parpadeo, hijo? Pues no parpadeo porque cada vez que un hombre baja un párpado, con seguridad se pierde algo que puede que no sirva para mirarlo, pero que con seguridad valdrá la pena recordar". Le pregunté entonces por qué se resignaba a perder de vista las cosas que ocurrían a su alrededor mientras dormía. Reconozco que no me espera aquella respuesta: "Soy humano, hijo. Cierro los ojos para dormir. Sin embargo, no pierdo detalle de lo que ocurre alrededor. Es fácil: cada vez que me duermo, sueño que estoy despierto, que tengo los ojos bien abiertos y que, por supuesto, no parpadeo". A mi amigo lo mató al poco tiempo un cáncer de colon agravado con un disparo en el estómago. Los muchachos de la morgue no fueron capaces de cerrarle los ojos al cadáver. Para que su inquietante mirada despoblada no descentrase al duelo, las chicas del club que regentaba decidieron velar los ojos del difunto con unas gafas de sol. Aun así, un tipo que le debía dinero prefirió quedarse a las puertas del tanatorio. Yo estuve un rato al pie del catafalco y le eché un vistazo al rostro de mi amigo. Su rostro no se inmutó, es cierto, pero, ¡demonios!, de regreso en el periódico pensé que aquel tipo muerto se había fijado en mi. Y aunque permaneció callado, yo sé que en un tipo como aquel ni siquiera pierde su memoria el silencio.

Galgo cansado - José Luis Alvite

Galgo cansado - José Luis Alvite
Después de mis decepcionantes experiencias como espectador de cierto cine español en el que los protagonistas tienen sexo en el pasamanos de las escaleras, en la mesa de la cocina, en la sacristía de la iglesia o en lomo de un buey, he llegado a la conclusión de que mi vida sexual no ha sido tan variada como suponía. Me consuela saber que a la mayoría de los ciudadanos españoles les ocurre algo parecido. Si todos hiciesen lo mismo que los protagonistas de nuestro cine, llegaríamos a la conclusión de que el lugar más exótico en el que alguna vez hicimos el amor fue en una cama. A raíz de haber visto una película nacional en la que un vendedor de libros llamaba a la puerta de un piso en un barrio de clase media y le abría una tía preciosa y casi desnuda, quise saber si algo así era creíble e hice una lista de amigas a las que podría visitar. Dediqué una mañana al experimento. De una lista de diez, seis no estaban en casa esa mañana. Las cuatro restantes estaban en su domicilios, pero en tres ocasiones me abrieron la puerta sus padres y en la otra descubrí que mi amiga me había engañado con sus señas y quien vivía en aquel piso era una señora muy anciana a la que no me importó subirle desde el portal por las escaleras hasta el tercero la bombona del gas. Es cierto que hay pisos en los que llamas a la puerta y te atiende una señorita sugerente y muy solícita que no duda en invitarte a pasar. A mí me ocurrió algo así unas cuantas veces y no me importa contarlo. Me hicieron feliz y ni siquiera tuve que esforzarme mucho en convencerlas. Con la mitad del vocabulario del vendedor de libros de aquella película conseguí los mismos resultados, aunque he de reconocer que las filólogas que me atendieron se dejaron hacer gracias a lo sugerente que en esos casos solía ser la mejor frase de un hombre: un billete de cinco mil pesetas. Un tipo que me había precedido en uno de aquellos pisos me contó que a él no le importaba que su elocuencia fuese el dinero. Me dijo: «Soy práctico, amigo. No puede ser que para acostarte con una mujer tengas que hablar tanto como para venderle una nevera que cuece el hielo. Son bellezas profesionales, cierto, pero, ¡demonios!, tienen la ventaja de que, saldada la deuda, lo que tienes que hacer no es tranquilizar tu conciencia con una coartada moral, sino, lisa y llanamente, enjuagar la boca con desinfectante». Reconozco que pagan justos por pecadores, pero me alejé del cine español porque yo no me puedo creer que en las escenas de sexo el jadeo de un galgo cansado parezca una mala imitación de Maribel Verdú.

Coche con manzanas - José Luis Alvite

Coche con manzanas - José Luis Alvite
Tengo por costumbre relacionarme con la gente a partir de ignorar sus creencias religiosas, su declaración de la renta y su ideología. Un comunista y un ultraderechista pueden disfrutar con las mismas emociones y llevarse una alegría al darse cuenta de que para ambos, como para un rico o para un pobre, es igual de agradable el vuelo de una gaviota, las pisadas de una mujer, el sabor de una manzana... Yo a la gente de derechas siempre le reproché que en sus reuniones no participase más activamente el chofer, y a los líderes más izquierdosos les manifesté a menudo mi malestar porque en sus manifestaciones callejeras no hubiese chicas menos furrieles y más guapas. La verdad es que yo siempre he sido más propenso a moverme entre gente de vida anárquica y simpaticé durante mucho tiempo con la izquierda más árida y revolucionaria, hasta que me di cuenta de que la ideología era un cosa que me llenaba interiormente pero no era exactamente lo que me pedía el cuerpo. Me fijé entonces en que las chicas eran más guapas cuanto más a la derecha estuviese su ideario político y alcanzaban el punto de máxima belleza cuando se desinteresaban completamente de cualquier ideología. A la chica guapa no es que no le preocupase el hambre en el mundo, pero no creía que una revolución pudiese esperar razonablemente de ella un esfuerzo superior al necesario para jugar al tenis en la finca de su padre cerca de la playa. A la chica guapa y rica le habían inculcado la idea de que la patria de los de su clase coincidía exactamente con sus intereses. Hasta que un día la chica guapa se fijó en el hijo del chofer y sintió algo nuevo, una blanda punzada de lascivia, el hormigueo del deseo en el membrillo del sexo, una sensación que no pertenecía a su educación, sino algo que los suyos consideraban casi un delito: el instinto. Tontearon a distancia evitando la vigilancia de sus familias e hicieron cada uno planes en secreto para intentar una redención en pareja que quedó en nada. El se casó con la hija de la cocinera y ella lo hizo con el único heredero del notario. Yo sé que todavía a veces se citan en secreto. Nadie me lo contó, pero lo sé porque el viejo automóvil de cuando se conocieron fue arrinconado en la cochera y nadie le encuentra explicación a que con tanta frecuencia tenga la tapicería arrugada y las ruedas bajas. Por el olor de la fruta alguien me dijo que supo que era en aquel coche donde el hijo del chófer comía a menudo las manzanas.

Por amor al miedo - José Luis Alvite

Por amor al miedo - José Luis Alvite


No hay una sola guerra en la que el niño asustado no le dé la mano sin miramientos al soldado que en una ruidosa escaramuza acaba de matar de un disparo a su padre. Es bien cierto que a veces para vencer el miedo no hay nada mejor que abrazarse al peligro, como cuando en el peor momento de la pelea el boxeador casi noqueado se abraza a su rival porque sabe que donde menos peligro corre en ese instante es justo entre los brazos que podrían golpearle. Por el olor de los crematorios y por el rostro escaleno y culposo de sus vigilantes, los judíos recluidos por los nazis en sus campos de exterminio sabían la suerte que les esperaba y sin embargo iban a las duchas de cianuro con una mezcla de fe y resignación, como si supiesen que al final de la muerte segura, en el alba de la posteridad, les estaría esperando entre el humo necrológico de las himeneos la presencia de un amable oficial de complemento sosteniendo en sus manos la bandeja del desayuno. El miedo extremo produce un sorprendente estado de relajación muy parecido al de la felicidad. Un hombre autoritario, de ideas rudas e inflexibles, puede conseguir la lealtad de otros persuadiéndoles con la demagogia de su brillante oratoria, pero si careciese de ideas y le fallase la palabra, no habría un solo libro que resultase en sus manos más convincente que un bate de béisbol, seguramente porque no siendo la fuerza bruta más seductora que la cultura, resulta sin duda más convincente. En mis primeros momentos como reportero entre el fango, el tipo que regentaba un club de alterne me dijo: "Amo a mi mujer y me gusta arropar a mis hijos en cama. Ellos son el motivo por el que a ciertas horas llevo una vida reprobable. Me conoces y sabes que no soy un mal tipo, aunque es cierto que vivo en un ambiente en el que el miedo produce más lealtad que cualquier otra emoción. Aunque no lo parezca y todo resulte tan sórdido, este negocio se rige por reglas muy estrictas. Si alguien se desmanda, tiene que saber que hasta donde no lleguen mis razones, llegará sin duda mi furia. Como te dije, soy un buen tipo, pero la gente es como es; y si quieres sobrevivir, a veces lo mejor es que los otros sepan que tu corazón tiene las manos muy pesadas". Alterné unos cuantos años en el local nocturno de aquel tipo y muchas veces escribí en los periódicos cosas sobre él. Una madrugada me jugó su chica a los chinos con el beneplácito de ella. Me sudaban tanto las manos que yo creo que con mis huevos se arrugaron también mis monedas, pero contra todo pronóstico gané la partida. Me daba miedo que aquel tipo se enfadase por no cobrarle la apuesta, así que aquella noche la chica del jefe salió de allí conmigo. Nos fuimos a un hotel barato y pagué una habitación en la que el mueble más decente era el humo del tabaco. No pensaba hacerlo, pero nada más salir del club en mi coche, me dijo ella: "A él esto le va a doler durante mucho tiempo, periodista, pero, ¿sabes?, cuando regreses al club y te encuentres con ese hombre, le gustará saber que si le hiciste daño no fue porque seas un mal tipo, sino por miedo a desairarle. Yo no sé muy bien por qué estoy a su lado. Podría largarme si quisiera y sin embargo no lo hago. A lo mejor es que estoy tan confusa que hasta me parece que a veces huir del miedo solo sirve para caer en el pánico. Me lo dijo bien claro una madrugada al poco de conocernos: "Si estás en el fragor de un incendio y no hay otra luz a mano, nena, en la duda de elegir lo mejor es no perder de vista el fuego". Hablamos un rato y amaneció. No llegué a hacer efectivo el premio de aquella apuesta. Cuando días más tarde me encontré con él, yo fingí haber cobrado la deuda y él fingió ignorar que sabía que yo fingía. De todo aquel miedo a mi me quedó un grato recuerdo; y ellos, bueno... ellos en la siguiente partida le hicieron trampa al miedo y tuvieron un penitenciario hijo del nueve largo que pesó cuatro quilos y un día al nacer.

Viento pagano - José Luis Alvite

Viento pagano - José Luis Alvite
Me gusta mucho hablar. Reconozco que me cuesta bastante entrar en conversación con desconocidos, pero roto el hielo de las presentaciones cojo confianza y a veces me disparo como si nos tratásemos de toda la vida. Hay conversadores muy amenos por la variedad temática que manejan, por la firmeza documental de sus ideas y sobre todo, por lo agradable que resulta su exposición. Huyo de la gente que me interrumpe y de aquella otra que acepta ciegamente mis argumentos. Tener razón es muy aburrido y acorta cualquier conversación, lo que explica que los matrimonios apacibles se sientan en el fondo tan amenazados. A mí me desagrada profundamente que alguien acepte mis ideas sin el menor interés en rebatirlas. Me siento como el cazador defraudado por haber encontrado a los conejos haciendo cola frente a los cañones de su escopeta. Uno de los veranos de nuestra adolescencia en Cambados, mi hermano mayor divisó un barco en el horizonte y a la vista de su difusa silueta aseguró conocer su puerto de procedencia, su pabellón y su carga. Yo sabía que aquello era imposible y que incluso Dios habría necesitado prismáticos para arriesgar una opinión, pero mi hermano defendía con tanta convicción sus ideas, que a mí me pareció contraproducente rebatirle su apuesta. Llegó a parecerme tan indiscutible su idea, que habría encontrado natural que ni siquiera pusiese demasiado entusiasmo en defenderla. Después de su afirmación tan rotunda, mi hermano cerró los ojos y aspiró profundamente el aire por las narices. Era la hora del ocaso y se hacía tarde para volver a casa, así que no hice preguntas. Mi hermano era un gran conversador y estoy seguro de que si me viese el menor interés, por el aroma del aire que acababa de aspirar me daría con todo detalle el menú que tenían para la cena los tripulantes de aquel barco que a mí sólo me parecía una mancha en las gafas. Aquel fue nuestro último veraneo adolescente. Mi hermano murió joven. A mala leche se lo llevó por delante un tumor cerebral. Casi ciego por los demoledores efectos de aquel tumor, una mañana de verano que lo visité en su casa me pidió que diese la luz porque era noche. Y yo le vi tan convencido, que entorné la ventana y encendí la luz. Desde hace casi treinta años yace enterrado en la ciudad en la que vivo. Su tumba da a una avenida del cementerio, como cuando en el cine pedía una butaca al lado del pasillo porque le gustaba ver los pies de las mujeres abriéndose paso como avena de charol en la luz cereal de la linterna del acomodador. Supongo que la tierra que tiene encima a él le parecerá que es la carga que transportaba aquel barco y que en realidad la muerte sólo es seguir rumbo con el timón a la vía, delfines en la roda y el viento pagano rezando en crujía.

Cadáver con canoa - José Luis Alvite

Cadáver con canoa - José Luis Alvite
A veces en el transcurso de nuestros sueños nos damos cuenta de que estamos soñando y creemos que podremos influir en el curso de lo que nos va ocurriendo de manera imaginaria mientras dormimos. Y he tenido en varias ocasiones sueños concéntricos, de tal forma que en el transcurso de una pesadilla me removía en cama y cuando creía haber despertado, en realidad no había conseguido otra cosa que desprenderme de un sueño en el interior de otro que a mí me parecía la realidad. Era como salir de una caja y encontrarse en el interior de otra caja un poco más grande, igual que aferrarse al agua en un naufragio, o como correr perseguido por un tipo que te las tiene juradas y llevar delante a otro que sólo piensa en matarte. El de anoche no fue un sueño concéntrico, afortunadamente, y al despertarme me sentí libre de una de las peores pesadillas que recuerdo haber tenido. Soñé que al despertar por la mañana me encontraba atenazado con vida en el interior de mi propio cadáver y que era inútil que intentase sacar una mano para pedir socorro porque mi cadáver me sentaba como a los niños pequeños esos pijamas de cuerpo entero rematados en manoplas y patucos que a ellos los protegen del frío y a mí en la pesadilla me privaban de la vida y me retenían cautivo en el lóbrego retén basilical de un cuerpo helado en cuyo interior sonaban como en una gruta las espeleológicas gotas aminoácidas y serosas de un difunto que empieza a descomponerse sin remedio. Algo en medio del angustioso sopor me dijo que aquello podría ser sólo un sueño, así que di gritos desde dentro de mi cadáver hasta que mis propias voces me despertaron. Entonces prendí la luz, me incorporé en cama y tuve la sensación de que había estado durmiendo en la canal de mi cuerpo sin vida, como un remero abandonado sin pala a merced de la posteridad en una canoa de huesos leñosos y sangre cuajada. Tenía heladas las piernas y las manos. Me pasé por el rostro las yemas de los dedos y me aseguré de que el relieve de mis rasgos no coincidiese con las frases de mi epitafio. Eran las cinco de la mañana. Me levanté a beber agua de la nevera para aliviar mi aturdimiento, pero evité mirarme en el espejo del baño por miedo a no reconocerme. A las ocho de la mañana salí a la calle y de reojo miré el buzón. Mi nombre por suerte seguía allí. La vida continuaba. Pero aun ahora, mientras tecleo mi columna, tengo la sensación de haber salido un rato de la morgue para redactar personalmente mi obituario.

martes, 16 de diciembre de 2014

Como agua masturbada - José Luis Alvite

Como agua masturbada - José Luis Alvite
Como yo lo recuerdo ahora, el mundo de mi infancia era algo que ocurría de una manera elemental, lleno de emociones y de instintos, cercano y hormonal, como si incluso la ropa de abrigo estuviese desnuda. Todo tenía alguna clase de aroma o de olor porque no había nada que no produjese alguna emanación. Las fruterías olían en la calle con la puerta cerrada, en septiembre al sexo se le excitaban los pies con el aroma de la vendimia y el agua de los ríos bajaba limpia, deletreada y descalza. Cuando yo era niño, los soldados del cuartel de infantería llevaban las mulas a que abrevasen en las aguas del río Sar y yo me apostaba en la maleza a escuchar cómo juraban los militares mientras las hembras escalfaban su sexo incandescente en los labios de la corriente. Me resultaba excitante aquella mezcla de sexo y vulgaridades, el calor fisiológico de las mulas y la incontinencia verbal de los soldados. Hasta descubrir aquellas estivales tardes de agua con mulas a mí me parecía que mi vida sexual se reduciría a untar la boca en el flujo casi vaginal de las sandías, en aquella pulpa roja por la que yo imaginaba que un día podría entrar con la cabeza meada y los ojos abiertos al interior de una mujer carnal, obscena y malograda. Después los soldados retiraban las mulas del río y regresaban caminando en columna a su cuartel . Y yo los seguía un buen rato pisando sobre el agua que escurría en las pisadas de las mulas, que a mí me parecía que era un agua lúbrica y amoral, el agua cruda y sobada que goteaba como sexo en calderilla desde el gineceo piloso de las mulas y se extendía por el suelo como una gigantesca ameba de membrillo y mercurio en la que saciaban luego su sed los apaleados perros de la calle. Al final perdía el paso de los soldados y de las mulas, desandaba el camino hasta el río, entraba desnudo en él, entornaba los ojos y con el mosto del sol sobre los hombros imaginaba que la vida sería siempre aquello, sólo aquel instante, la bendita sensación de llenarme del olor de las ingles de las mulas y esperar a que el mundo se esfumase a mi alrededor mientras sentía pasar entre mis piernas aquel río por el que bajaba en tropel aquel agua desnuda, caballar y masturbada.

Gatos vacunos - José Luis Alvite

Gatos vacunos - José Luis Alvite
España es un maravilloso país casi sin humos, un territorio de sol y camareros, un espacio para el ocio que vivía en falso y ahora se nos viene abajo como aire con anemia. Fuimos sacrificando el ganado, los astilleros, la siderurgia, la pesca, porque era el precio a pagar por entrar en Europa. Hace muchos años un tipo que venía del País Vasco y coincidió conmigo en Compostela me dijo que su tierra estaba sucia y a simple vista parecía territorio hostil, pero que «apestaba a riqueza». Hablo de mi tierra porque es el caso que mejor conozco. En Galicia ha disminuido drásticamente la flota pesquera y los gatos se han ido apartando de la orilla del mar porque escasea el pescado y ahora comen casi lo mismo que las vacas. No es que las aves marinas se hayan retirado del litoral, pero ahora es muy probable que a los turistas que visitan Compostela les caguen las gaviotas que remontan los valles desde las rías para comer cacahuetes en las terrazas de los bares y robarles su merienda a los niños de los parques. El campo está a merced del abandono y donde no crece la desidia avanza con la lluvia la maleza y prospera en verano el fuego. A pesar de ser gallego el ministro de Fomento, se sospecha que no habrá Ave entre Galicia y La Meseta antes de seis años o siete años. A consecuencia de una vieja tradición de despropósitos, se ha gastado el dinero en tres aeropuertos que diversifican tanto la oferta que al fragmentarla la hacen estéril y sólo sirve para que mejore sus estadísticas el aeropuerto de Oporto. Es de dominio público que los gobiernos de la Xunta se suceden sin que nadie haga nada por detener tanta estupidez. Ni siquiera la opinión pública se moviliza, entre otras razones porque Galicia es España y en España ya sólo de vez en cuando salen a la calle los presos, antes de que por desgracia dejen de hacerlo también el pan y los periódicos. Es una suerte que todavía queden en este país símbolos con capacidad internacional de seducción. Es el caso de la Ruta Jacobea, que sobrevive a pesar del peligroso interés que en el Año Santo puso la Xunta en potenciarlo. Por tratarse de un fenómeno que viene casi desde la noche de los tiempos, el Camino de Santiago sigue siendo una formidable industria y un excelente negocio. Muchos gallegos se felicitan de que se trate de un fenómeno muy viejo, ajeno a las componendas de la modernidad. Yo opino como ellos. Incluso creo que si fuese por los políticos que tenemos, el Camino de Santiago no acabaría en Compostela, sino en Varsovia, en Dubrovnik o en Livorno. El Apóstol no está muy al tanto de lo que ocurre. Sus restos se dice que se custodian en la urna de plata depositada en la cripta de la catedral compostelana. De momento, el mito está a salvo, al menos mientras Europa no nos exija reducir las leyendas, el incienso y los santos.

Temblor de piernas - José Luis Alvite

Temblor de piernas - José Luis Alvite
No seré yo quien niegue que el sexo es maravilloso incluso a pesar de que no surja con la excusa del amor. No hay que ser muy listo para entender que el cuerpo humano es una fantástica máquina de dar y de recibir placer que funciona al margen de cualquier pensamiento, sobre todo en el caso de los hombres, que, como es bien sabido, le damos a menudo menos importancia a las ideas de las mujeres que a su lencería. Puede que se trate de un caso extremo, pero yo tuve en la adolescencia un amigo que se excitaba mirando las curvas de las lámparas de flexo en el escaparate de la ferretería. Conozco hombres casados que si tienen sexo con sus esposas es por su probada facilidad para imaginar que en ese momento están solos en cama. Aman a sus mujeres pero no se sienten estimulados por ellas. Resulta más fácil evolucionar hasta el amor a partir del sexo, seguramente porque ocurre lo mismo que con algunos pescadores, que a veces se aficionan a la pesca a fuerza de frecuentar las márgenes del río. No hay motivo para descalificar a quienes le dan prioridad al sexo sin necesidad de sentir antes el amor. Si la clave para convivir en pareja fuese que el otro ejerciese fascinación sobre ti, lo más probable sería que a mí me hubiese dado por pedirle relaciones a Javier Marías, por poner el caso de alguien con cuyas ideas por lo general simpatizo casi a ciegas. En mi caso he de reconocer que mi afición al talento femenino como desencadenante de la atracción física me viene desde hace relativamente poco tiempo y supongo que eso me ocurre porque he descubierto que nada hay tan apasionante como una lúcida conversación sobre el «Ulysses» de Joyce después de que ella me halague reconociendo que me he comportado en cama como un bisonte. Como me dijo de madrugada una fulana en un garito, «cariño, ahora que tengo confianza contigo no me importa reconocer que no hay como una buena frase para compensar un mal orgasmo». Fue con ella con quien hablé de madrugada sobre el sexo y el amor. Yo quise resultar inteligente y ella me atajó con la simple y expresiva franqueza que aquella noche me faltó a mí: «Podría meterme en cama con un hombre que con sus palabras me conmoviese el corazón, pero te aseguro que luego esperaría a que se olvidase del amor e hiciese lo posible para que además de latirme el corazón, me relinchase la vagina y me temblasen las piernas».

Hambre con raíces - José Luis Alvite

Hambre con raíces - José Luis Alvite
Yo estoy convencido de que a los hombres de mi generación nos cuesta poco dominar los vicios, perder las costumbres o renunciar a las ganancias. Desde que se prohibió fumar en los bares le he demostrado a más de uno que aunque fumo a un ritmo de un cigarrillo cada diez minutos, puedo permanecer cuatro horas seguidas sin encender un solo pitillo. Significa eso que no soy un consumidor vicioso, como algunos pretenden, sino un fumador vocacional. Sin ánimo de servir de ejemplo, a mis amigos ya les he dicho que en mi caso dejar el tabaco no sería una proeza sino un acto de desidia, la dejación de algo que forma parte de mis cualidades más reconocidas. ¿Por qué no dejo el tabaco si me resulta tan fácil prescindir de él? ¡Que tontería! ¿Y por qué no dejo el coche si puedo desenvolverme perfectamente sin su recurso? No dejo el tabaco porque me gusta fumar y porque me traen sin cuidado sus malas consecuencias. En el caso extremo de que el exceso de consumo me impida usar las manos, estoy dispuesto a cierta moderación, aunque solo sea para dejar de ser un fumador compulsivo y convertirme en un fumador empedernido. Agradezco que quienes me quieren se preocupen por mi salud, pero, ¡demonios!, también espero de ellos que comprendan que a la postre tendré que elegir mortaja y un sitio entre la tierra, y la verdad es que prefiero morir después de haberme divertido y no enfrentarme con espanto a la idea de morir rebosante de salud. Como decía, los hombres de mi generación estamos preparados para las renuncias y el fracaso. Incluso quienes ahora nadan en la abundancia recuerdan con claridad que en su día fueron apenas los hijos de los mendicantes de hace cincuenta años, aquellos tipos iletrados, cálcicos y marrones que sabían que la solvencia puede ser una conquista relativa y que nadie está libre de mendigar con una mano lo que necesite gastar con la otra. No seré yo quien hinche mi biografía alegando lejanos días de hambre en casa, pero conservo la amistad de unos cuantos de aquellos niños que hace cincuenta años tuvieron que aprender a dormir con hambre y descubrieron que por extraño que parezca, con la alucinación psicosomática del hambre un hombre puede vomitar alubias llevando tres días en ayunas. Por eso digo que aquella gente está preparada para el retorno a los malos tiempos. El problema lo tendrán quienes nacieron y crecieron en los días de la abundancia. Mucho me temo que todos esos españoles adocenados por los excesos ni siquiera podrían prescindir de la pasta de dientes. No sé como van a resolver el problema, pero creo que ha llegado el momento de que comprendan que todavía vivimos en un país en el que muchos recuerdan haber soñado con comerse sin pestañear las hojas ciegas que se suponía que brotaban a oscuras en las raíces de los árboles.

Días sin humo - José Luis Alvite

Días sin humo - José Luis Alvite
Dentro de dos días habrá acabado el tiempo de la tolerancia y ya no podré fumar en los bares. Tengo la opción de acudir a pesar de la prohibición o renunciar a mi vida en los cafés. También podría ocurrir que en un descuido encendiese un cigarrillo, alguien lo denunciase y al poco rato se me echase encima un fornido policía dispuesto a reducirme de la manera más expeditiva, como si en vez de un cigarrillo hubiese sacado del bolsillo una pistola. Lo que era un vicio se convierte ahora en un delito y a los fumadores se nos considerará un peligro social, además de un quebranto sanitario. Vivimos una era de hipocresía en la que la salud individual importa más que la decencia pública, un tiempo en el que ser nazi se considera menos peligroso que ser fumador, probablemente porque entre la pudibunda casta política prolifera la clase de idiota que considera que los vicios son siempre más peligrosos que las ideas. Tal vez olvidan que los grandes dictadores fueron siempre declarados enemigos públicos de los vicios y llevaron sus vidas con arreglo a una sobriedad que ni siquiera a sí mismos se imponían los santos. Yo creo que un hombre sin vicios tiene disponible a mayores el tiempo que necesita para tener ocurrencias como la de prohibir fumar, que es una tentación muy acorde con la personalidad de quienes –como Franco, como Hittler, como Mussolini, como Pinochet...– siempre consideraron que los vicios son una imperdonable flaqueza del espíritu, una lacra psicológica que les impediría ejercer el poder con la permanente dedicación y la férrea entereza con la que ellos lo ejercieron. Curiosamente, ninguno de los grandes dictadores tuvo jamás la ocurrencia de prohibir el consumo de tabaco en los bares. Sabían que el pueblo soporta que le racionen la cultura, pero es muy reacio a que se le restrinjan los vicios. Yo he tomado unas cuantas decisiones equivocadas en mi vida. Raras veces se me puede ver sin un cigarrillo en la mano, pero estoy seguro de que la mayoría de esos errores los cometí en uno de esos contados momentos en los que no me quedaba tabaco en el bolsillo. No es que el tabaco me vuelva más sensato, no; lo que pasa es que siempre he empleado en los vicios el tiempo que por suerte no dediqué a ser tan sensato como esos tipos de la política que se empeñan en hacernos creer que la libertad es algo que se conquista como consecuencia de ignorar sus beneficios y padecer sus restricciones.

Luis Mariñas - José Luis Alvite

Luis Mariñas - José Luis Alvite
¡Que lástima que te hayas muerto, Luis Mariñas, viejo amigo coruñés! Si aún estuvieses aquí y pudieses echar un vistazo a los periódicos de la mañana o escuchar los boletines informativos y las tertulias de radio y televisión, verías lo mucho que te apreciaban incluso quienes en su día no disimularon su intención de moverte hacia el rincón o su ilusión por destruirte. A cambio de ese sinsabor, verías que la gente de la calle sentía verdadero aprecio por ti, colega, y lo mucho que en las comidillas de las peluquerías y de los talleres se echa de menos a los tipos como tú. ¿Sabes?, al leer los obituarios me he dado cuenta de que tenías menos premios que la mayoría de tus renombrados colegas de la televisión y la verdad es que me he llevado una alegría porque en este país y en este ambiente, amigo mío, hay poca gente que se libre de la lacra de ver reconocida su labor con algunos de esos galardones desacreditados que tendrían que pesar como losas en el pecho de quienes se consideran condecorados con ellos. Ahora comprendo por qué un viejo periodista me dijo hace ya algunos años que lo peor que te puede ocurrir en este oficio es que te sientas tentado por la gloria y amenazado por el éxito. Todos quieren asomar la cabeza donde mejor les dé la luz porque este trabajo es algo de esperanza, poco sol y mucho frío. Uno ya no sabe muy bien cuál es el mejor sitio en el que estar. Nos ocurre como al náufrago cuya única opción de salvarse es aceptar que lo recoja en su bote el tipo solitario, furioso y hambriento que con toda seguridad no lo considerará una víctima, sino un bocado. Recuerdo haber hablado de esto contigo hace ya algunos años, con motivo de haber coincidido en el despacho del director de un periódico gallego. Yo atravesaba un mal momento y era casi comida para perros, y tú te quejabas de que tu carrera parecía estancada en el lodo del éxito. Jamás hablé de ti en mis columnas del periódico, amigo. Tampoco me preocupé demasiado por saber cómo te iba la vida. Tú hiciste lo mismo. Cada uno tomó su rumbo y hablamos poco desde entonces. Ahora me encuentro tu cadáver rodeado de costaleros y de elogios. Y me pregunto, querido colega, viejo amigo, si en realidad muchos de esos tipos en el fondo no estarán resentidos contigo porque les haya pisado, sin vanidad y sin aspavientos, la noticia de tu propia muerte. Ambos sabemos, Luis Mariñas, que a más de uno tendrían que entrarle tus cenizas en los ojos.