miércoles, 23 de marzo de 2016

Sangre y orina - José Luis Alvite

Sangre y orina - José Luis Alvite

Cuando Ernie Loquasto abrió las puertas del Savoy, soñaba con una clientela distinguida, gentes de la alta sociedad que únicamente torcían el gesto al encontrar muy seco su Dry Martini. Años después era él quien torcía el gesto al ver desfilar por su local a esa clase de tipos que sólo celebran el día de la madre cuando cae en miércoles y que siempre son capaces de ver el lado bueno de un balazo a quemarropa. Siendo sinceros, los tipos que cada noche llenan el local de Ernie no suelen ser del tipo de gente que cambia mucho, ni de bar, ni de agente de la condicional y, quizá por eso, la clientela se mantiene tan fiel como el terciopelo que oscurece las paredes. Tal y como lo definió el periodista del Clarion Chester Newman en un brillante artículo, el Savoy es ese tipo de lugares donde el barman, con infinita elegancia, deja sobre la mesa un whisky, el teléfono del sepulturero de guardia y la dirección de la salida trasera más próxima.

Los chicos del Savoy no son de mucho hablar y es normal pasarse las noches sentado, bebiendo y sin despegar los labios, excepto para sentir el frío saludo del licor mientras adormece la garganta y embota el cerebro, pero ni es esa situación, con el calor seco que deja el último bourbon, es normal ver a alguien hacer un comentario. Por eso Jack Sullivan, Sully, nos dejó perplejos una noche del 76 cuando comenzó a hablar en voz alta, sentado en un taburete de la barra, departiendo tranquilamente con alguien situado un palmo más allá de su mirada perdida. Sully había sido teniente en Omaha Beach y, por lo visto, eligió aquella noche de febrero para contar todo cuanto recordaba del desembarco y del miedo que nos hace a todos iguales, mientras se trasegaba reposadamente su whisky sin hielo y justo antes de caer desplomado sobre la barra, víctima de un aneurisma.

Nadie acudió al entierro porque a Sully no le habría gustado, pero durante la copa de despedida en el Savoy, Chester Newman, quien había cubierto el desembarco, dijo que el relato del difunto era tan real que, tras cinco bourbon, la saliva aún le sabía a esa mezcla de sangre y orina tan típica de la costa norte francesa y sentía ese extraño hormigueo en las piernas que le anunciaban que era hora de volver a correr los cien metros lisos, como antaño, frente a las ametralladoras, en aquella barraca de feria con arena, donde a cada infante se le daba, antes del desembarco, la extremaunción y el dorsal con su número de féretro.

Algunos años después, hablando con Al de Sully durante una pegajosa madrugada de verano, Al me miró fijamente y me dijo, muchacho, puede que Sully terminase sus días tratando de levantar la barbilla del barro entre copa y copa, pero nadie corría más rápido que él y en la playa, en aquella picadora de carne y metal amenizada con música de Wagner, maldita sea, Sully dejó atrás a su propio miedo y su sombra le perdió de vista durante media hora, en cuanto media docena de balas del calibre cincuenta y dos silbaron junto a su cabeza, anunciandoles la cena a los buitres de St. Laurent sur Mer.

lunes, 21 de marzo de 2016

Mujeres - José Luis Alvite

Mujeres - José Luis Alvite 

Una mujer deja de interesarte cuando te olvidas de intuir su desnudo y empiezas imaginar su autopsia. A menudo la belleza de una cita está en el viaje más que en la llegada. Nos fascina lo lejano, lo que parece innacesible.

La mujer más hermosa esla de la mesa de al lado. El amor fracasa con el conocimiento. Lo obvio interesa menos que lo enigmático. Más emocionante que ver una mujer bajo la luz es suponerla en mitad de un apagón. Lo fascinante de mis viajes es haber perdido el tren. Hay que ser sutil. Una mujer me dijo: «Cariño, no necesitarás pegarme un tiro; bastará con que me devuelvas el correo». Hace muchos años, Ernie zanjó una historia de amor porque le pareció que habían llegado a lo explícito. Ella se llamaba Brenda Lambert y tenía una sonrisa sin acertar, indolente, sin domicilio, una sonrisa ciega como una pisada. Cuando intimaron durante algunos meses Ernie le dijo: «Nena, hemos acabado. Llevo días pensando sobre lo nuestro. Sabía que algo se había enfriado entre tú y yo. No se trata de aburrimiento fisiológico. Lo que echo de menos en ti no es tu piel sino tu ropa». Días más tarde, el jefe me amplió detalles: «El amor necesita emociones, sexo, líquidos, eso que hace que el cuerpo funcione como el extintor de un cine. Todo eso es cierto. Pero el amor necesita también un par de botones. ¿Sabes por qué desistí con Brenda? Porque un día descubrí que lo que me fascinaba de su desnudez no era su cuerpo sino su biombo».

Sobre las equívocas apariencias del amor hablé muchas madrugadas en el Savoy con Ernie Loquasto. Dice el jefe que las mujeres son seres muy complejos, con un mundo afectivo muy extraño. También dice que a las mujeres les gustan los tipos sensibles y resueltos, la clase de hombre muchacho, capaz de dispararte con sus equívocas manos de pianista.

martes, 15 de marzo de 2016

Al fondo de la ratonera - José Luis Alvite

Al fondo de la ratonera - José Luis Alvite

Intento descifrar el mecanismo que hace que algunas mujeres resulten irresistibles sin necesidad de ser primorosamente hermosas y reconozco mi fracaso. Sé que se trata de algo generalmente invisible, aunque es probable que ese resorte casi endocrino de la mujer irresistible asome al exterior a través de una sutil cicatriz en el rostro o concluya en la acupuntura de su ademán casi inalámbrico al pinchar con enigmática intención la aceituna del martini. Hay también en el aliento de algunas mujeres una pizca de pimienta que tiñe de marrón el humo de su cigarrillo y le añade al aire que respiras un puntito de sudor y perversidad, esa pizca de venenoso y exquisito condimento que matiza el sabor de la comida. Barbara Stanwick no era físicamente nada del otro mundo,
pero se comprende que a Fred MacMurray lo arrastrase a cometer un crimen en «Perdición» y sólo sorprende que tardase más de diez minutos en resultar irresistible con aquella sonrisa suya en la que era como si acabase de romper con sangre y carmín el filo azucarado de una copa de «Alexander». Pero, ¿qué hace que una mujer así resulte tan seductora? ¿Surge acaso en ellas una personalidad arrolladora y fatal tan pronto pliegan el delantal en la cocina y retocan la carrera en las medias con una lasciva sutura de saliva? Uno mira el vientre de la mujer que le parece irresistible y se da cuenta de que lo que en principio era un sagrario de dignidad y obstetricia, se convierte luego en algo oscuro, aromático y tentador, como el trecho angosto y enrejado que conduce al apetitoso cebo enganchado en un resorte al final de la ratonera. Tengo una amiga que es así y no sé como explicarle lo que a su pesar me ocurre con ella. El caso es que sin ser una belleza canónica la encuentro irresistible. Es como si después de sorber ella su martini, fuese a escupir yo el hueso de la aceituna.

Frente a la mujer irresistible se pregunta uno quién será su amante afortunado, el tipo que le abre la puerta del coche y le separa la silla en el restaurante, el estilista que retoca su pelo hurgando en su melena con el rabo del peine… y a veces uno mira el resplandor de su rostro, la luz tamizada de tu tez, y supone que en el alma de una mujer como ella quien de verdad maneja los resortes es un discreto e impagable electricista, alguien como aquellos tipos de la Warner o de la Paramount que sabían con incontestable exactitud cuantos amperios había que deslizar por la sonrisa lisérgica de Joan Bennett para que en «La mujer del cuadro» Edward G. Robinson aceptase casi con placer verse involucrado en un asesinato. Tampoco Joan Bennett era una belleza rotunda, una simétrica mujer sin defectos, y tenía sin embargo ese encanto sugerente y perverso que a mi me resulta irresistible, esa capacidad de persuasión con la que incluso podría conseguir que la asesinases a ella para ver luego como se desvanece en su rostro la luz de la vieja marquesina del cine Rialto, la buganvilla gris de su fotogénica y cautivadora codicia, ese extraño polen que resulta al mezclarse el sexo, el dinero y la avaricia en la brasa escalfada del cine. Conocí a una mujer que me pareció irresistible y le pregunté cual creía ella que era el secreto de su atractivo inapelable. «No hago nada para ser así. Serán los genes, encanto –me dijo–, o que me ves con buenos ojos. Hay
mujeres que comen sardinas y les huele a ostras el aliento. Será que hay un metabolismo de la belleza, cielo, algo que ocurre dentro de ti y en el caso de que no te ocasione flato, te produce luz». Después prendió un cigarrillo y me echó el humo a la cara. Y al parpadear me pareció tener en los ojos las pestañas penales de Joan Bennett.

En el retrete regurgitaba la cisterna y en la barra del bar sólo quedaba ella, una mujer de casi cuarenta años, rubia como cualquier morena, sentada en su taburete, el codo apoyado en el mármol, la copa en la mano y un cigarrillo ardiendo en el cenicero con un humo lento que se descompuso como un sauce con el rebufo al pasar cerca el barman. Escribí una nota en el posavasos de papel y soplé suavemente hasta deslizarlo al alcance de su mano: «Sé que no eres de aquí. Paró de llover a mediodía y llevas puesto el chubasquero. ¿Te importaría que esta noche fuese por mí por quien finges que no esperas?». Le hice llegar entonces mi bolígrafo y ella me devolvió la nota franqueada con su letra en el reverso: «Nunca quise ser del sitio en el que estoy. En realidad espero por un hombre con el que me cité a esta hora en otra parte. Mañana tendría que viajar a un lugar al que no deseo ir.¿Sabes de algún sitio sin pretensiones en el que pueda dormir tanto que pierda el tren?». Le planté fuego al posavasos y me ausenté al baño mientras la nota ardía en el cenicero con una llama en cuclillas que parecía una dalia azul. Ya no estaba ella cuando volví a la barra. El barman me entregó un mensaje suyo: «Querría contarte muchas cosas, pero no tengo la letra tan pequeña. Me he ido porque llevo puesto el chubasquero y parece que vuelve a llover. Hay una fonda barata al doblar la esquina. Soy una madura belleza sin dinero. ¿Quieres ser en mi camino el obstáculo inesperado que me ayude a perder el tren?». Y salí a la calle bajo la lluvia y di con ella en la penumbra de aquella fonda barata. Me resultó una mujer irresistible. Ella dijo que no quería nada, pero, ¡qué demonios!, reconozco que la suerte de no pagarle me costó dinero.

Es probable que lo que hace irresistible a una mujer sea lo que nosotros suponemos de ella sin necesidad de saber mucho, como cuando de un hotel nos atraen el ir y venir de los taxis, las banderas sin identificar y lo que sucede en su puerta giratoria. También puede ocurrir que ese atractivo tenga su origen en su personalidad real y en su aspecto físico al mezclarse con nuestra imaginación. Las mujeres fatales del cine son el resultado de mezclar en las dosis adecuadas la belleza de la actriz, la intensidad de la luz y la fértil imaginación del guionista. La fascinación de la mujer irresistible aumenta al decrecer la luz, del mismo modo que al apagar la lámpara incuba la mente voluble del hombre el instinto sexual y el deseo de delinquir. Lo que es seguro es que hay mujeres cuya fuerza persuasiva es un misterio que se complica al indagar en él. A mí me gustaron siempre las que son persuasivas para la seducción y demoledoras para el placer, sin importarme los desperfectos que pudiera sufrir por culpa de perder la voluntad y convertirme en su rehén. He sentido el regusto de compartir su piel y su alma a cambio de soportar como un idiota el monto de sus facturas y el peso de sus maletas, entregado sin condiciones a la rigidez de su voluntad y al vaivén de sus caprichos, incluso a sabiendas de que en la biografía de una mujer como ella un tipo como yo sólo podría ser esa parte de la letra pequeña en la que cae siempre la jodida mancha de café. No importa que la historia salga mal y que de su melena recuerdes sólo el suave portazo amarillo. Lo que cuenta es el emocionante riesgo de haberla compartido, como si cayeses al agua y la única posibilidad de no morir fuese agarrarte, con una mezcla de lucidez y desesperación, al caimán que te acecha.

Yo no sé por qué razón hay mujeres que resultan irresistibles sin ser las mas hermosas, ni las más provocativas. Hay en esas mujeres un carisma determinante, del mismo modo que se da en algunos hombres esa vis cómica que los hace especialmente simpáticos antes incluso de abrir la boca. Sin importar siquiera que lo pretenda, una mujer así puede arrastrarte por su manera de estarse quieta en medio de la gente, o en ese instante de rutina doméstica en la que hace números mientras bate mecánicamente un huevo. Yo conozco a una mujer así y estoy seguro de que en un momento dado haría casi cualquiera cosa que ella me pidiese. Desprende algo misterioso que me atrae y podría someterme, vejarme o destruirme. A lo mejor no se trata de un rasgo de su personalidad que pueda averiguar el psicólogo, sino de un subliminal aroma bioquímico del que sólo pueda averiguar algo su endocrino. No sé si será cierto, pero una fulana me dijo de madrugada en su garito que hay mujeres de apariencia insignificante que en su actitud seductora son capaces de proezas impensables, «como ocurriría si vieses a una hormiga cargada con el peso descomunal de la cabeza de un perro». Yo encajo desde luego en el retrato que hizo al referirse a que hay hombres que se prestan con gusto a ser destruidos por alguien así y ceden a la fatalidad sin rechistar, como un reo que subiese las escaleras del cadalso con su cabeza depositada en un cesto. A veces una mujer así pasa cerca, desprende el vaho anfetamínico de su seducción y lamento que no se detenga y me arruine la vida. Y entonces me quedo decepcionado y pensativo, derrotado por la evidencia de que pasa el tiempo y va a ser difícil que me arrastre a la perdición una de esas mujeres irresistibles en cuyas pestañas se desliza, como una trainera de rimel, la frase impecable de tu epitafio.

lunes, 20 de julio de 2015

Tendal con blusas - José Luis Alvite

Tendal con blusas - José Luis Alvite

Aquel amigo de mi infancia se quedaba mirando al cielo porque a veces pasaba rasante un piloto del Aero Club y creía que podría verle las bragas a la avioneta. Luego se decepcionaba porque decía que el maldito aeroplano llevaba pantalones. Yo me conformaba con sentarme en un prado a las afueras y mirar cómo clareaba al sol la colada de las mujeres, que era un ajuar lúbrico, una yeguada de lactosas hembras de lino que me ayudaban a imaginar cosas que pudiesen costarme la suerte de ir al infierno por culpa de aquel prematuro placer. Me gustaba la ropa modesta y encinta de la mujer madura, aquellas blusas cacheadas a granel por un viento lascivo que arrastraba hasta los tendales el aliento de los cerdos, el oleoso membrillo de las ingles de las beatas y el calostro sobado de las vacas. A veces corría detrás del viento que acababa de pasar por los tendales, le daba alcance, cerraba los ojos y aspiraba de nuevo el aroma jabonoso y genital de la bendita pañolada de blusas mientras en alguna cocina escapaba desde la radio por la ventana la voz venérea y hormonal de Gloria Laso cantando «Luna de miel». En verano a tía Pepita no le gustaba que yo me aficionase a los tendales y me buscaba ocupaciones para que no saliese a los prados. Entonces me quedaba en casa y miraba sujetas con pinzas en el tendedero del patio aquellas otras blusas asexuadas y penitenciales, insípido ajuar de holgadas prendas abaciales que a mí me parecían la ropa interior de Churchill mezclada con los bombachos de campaña del general Bernard Montgomery, aquel tipo flaco y relamido que se perfumaba en la sala de banderas hasta dejar el rostro guisado, inflamable y ofidio. Y por la noche me dormía preocupado por el riesgo de que Dios notase en mi aliento aquel turrón de lujuria con olor a vientre, a mercería y a pecado. (A Ramón Arangüena)

miércoles, 3 de junio de 2015

La bonita - José Luis Alvite

La bonita - José Luis Alvite

Seguía teniendo unos inmensos ojos que hacían casi inexistente la presencia de la pupila, algo más cansados de mirar y de ver, y siempre subrayados por el negro de su lápiz, compañero de siempre y único atisbo de maquillaje en su rostro. Por las mañanas, agua y jabón, la línea continua de su mirada y el día comenzaba.

“La Bonita” tenía el desparpajo propio de una mujer del sur y una cautivadora palabrería que no sólo conocía de sus mayores, sino que no dudaba en utilizarla. Era desconfiada e inocente a la vez. También era madre de tres niños. Y viuda. Se casó hace muchos años sin más papel que la prueba de un pañuelo ensangrentado y fue feliz hasta el final. Su marido, su gitano, nunca le puso la mano encima, en contra de lo que dicen por ahí, y sólo estuvo en un lugar equivocado a una mala hora y no se pudo hacer más.

Ella sola sacaba ahora a sus niños para adelante, no faltaban a la escuela y nunca hubo nadie que le pusiera la cara colorada porque sus niños fueran sucios, sin las tareas hechas o sin el material. La escasez y las lágrimas sus hijos no la verían, eso sería por encima de su cadáver, me contaba, pero tampoco le daba alas a las locuras que tienen otros chiquillos.

Ella vendía en el puesto de una prima, y algo se llevaba, y el resto era de “arreglitos” que hacía por ahí, no le pregunté y ella se sonrió, “no es de droga, te lo juro, que ví caer a muchos y supe de donde venía lo malo, por bien que se estuviera un tiempo, que no les faltaba de ná, el final era el que era y además -se encogió de hombros- ahora está la cosa mu vigilá”

Yo sabía que su palabra estaba escrita a fuego en un bloque de hielo, porque liarme sabía hacerlo, o lo intentaba, pero la verdad es que pasaba tabaco de contrabando, “destraperlo” y en los tiempo que corren hasta podía entender, justificar y aceptar algo tan inocente como dos cartones de tabaco a la semana.

Se bebió su café, en vaso, negro con mucha azúcar y se puso de pie, “paga tú y otro día te convío yo, voy a hacer unos mandaos y voy a tirar pa la casa, los niños habrán terminado ya los deberes”

La paré sujetándole levemente de la mano, “¿te hace falta algo Bonita?” Suspiró y me dijo, “son tantas cosas las que me hacen falta que si empiezo no termino, pero mientras no me falten dos manos para trabajar y un trabajito que hacer y mis niños tengan salú…gracias morena, yo se que puedo contar contigo y aunque no te lo creas, estos cafelitos me saben a gloria y me dan la vida, así me aireo, no es orgullo, sabes que si le hiciera falta a mis niños pediría hasta en la puerta de la Iglesia, aunque allí no va mucha gente ya…” Sonreía.

Y yo me quedé allí mirando como se iba y como los hombres se volvían a mirarla al verla pasar y ella, entre distraída y coqueta salía canturreando del bar ya lejos de donde estaban sus pies.

jueves, 28 de mayo de 2015

La autenticidad del otro - José Luis Alvite

La autenticidad del otro - José Luis Alvite

A las seis de la madrugada es un asco ser decente. La "jet" del crimen habla un idioma distinto del que uno conoce por el día. La pasión y el autor se demuestran a bocados. Te apuñalan hasta por amor. Es de buen tono conocer tres maneras distintas de asesinar a alguien sin dejar huellas. Los jugadores del futbolín del bar de "Tita" sueltan trallazos bajo una luz tan disipada que a veces me parece estar presenciando una alucinante partida en las neveras del Clínico.
Le tengo mucha fe al compañero Alfredo Conde. Me dice que su entereza política le ha puesto muy lejos de los actos sociales y que ya casi nadie le invita a canapés. Pero se mantiene con su dignidad diurna y sobrevive a esa otra «jet» que en el fondo comete crímenes de lesa hipocresía y de deleznable vanidad. Me he apostado con Alfredo un intercambio de cruceros. Un día me llevará a sus territorios sociales y una noche vendrá conmigo a los sumideros de la mierda. Aprenderemos ambos lo dura que es la autenticidad del otro. Alfredo se juega cuchilladas editoriales. Yo le echo vaselina a la piel para que me resbalen los navajazos del hampa. Creo que Alfredo y yo deberíamos ir por la vida en un condón. De mi última noche en el arroyo he vuelto con algunos cortes en un brazo. A la discreta gente del día le he explicado que me corté en la manicura. A mi colega Alfredo Conde habré de reconocerle que de noche me alcanzan las mismas insidias que le hieren a él de día. Si la envidia es la memoria de los tipos del día. la memoria de los tipos de la noche es el rencor. A Conde le acechan tipos que hacen sus obras completas con dos folios y una grapa. A uno le esperan en los futbolines los tipos que recorren la ciudad de madrugada con las espaldas contra las paredes. En ambos casos, mi colega y yo sabemos que para estas heridas no hay más sanatorio que la propia dignidad. Y mientras tomamos café, nos enseñamos las cicatrices sin entusiasmo, persuadidos de que la mala conciencia no pertenece a las heridas sino a las armas.Y salimos a la calle temerosos de que alguien de un abrazo nos deje tirados en el suelo...

sábado, 7 de febrero de 2015

Lío de llaves - José Luis Alvite

Lío de llaves - José Luis Alvite

Al final de una larga temporada en la que pasaba días enteros fuera de casa, mi mujer de entonces me dijo que podría denunciarme por abandono de hogar. Intuí el alcance de su amenaza y decidí cambiar. «Demasiado tarde –me dijo–. Ahora que has entrado en casa podría denunciarte por allanamiento de morada». Comprendí que en ambos casos ella tenía razón, así que no dije nada y seguí como hasta entonces, hasta que recibí una notificación judicial informándome de las diligencias previas a la separación matrimonial. Un juez me dio veinticuatro horas para que saliese de casa y me buscase la vida. Me presentaron un largo pliego de cargos para que lo leyese y diese mi conformidad. Encontré media docena de infundios e inexactitudes en el primer folio, pero estaba cansado y firmé sin rechistar. «¿Por qué firmas todo esto sin leerlo?», me preguntó el juez, que era amigo mío. «Se dicen unas cuantas cosas muy duras de ti, y yo, que te conozco bien, sé que no eres capaz de eso», insistió por si cambiaba de actitud. Y yo le dije: «Verás, juez, firmo todo esto porque sin todos esos malditos infundios mi biografía sólo sería una jodida mierda y correría el riesgo de que la gente me respetase. Y ambos, sabemos, juez, que no hay una sola estatua que no llame más la atención si caga en ella una paloma». Al firmar juntos en el juzgado el acta del divorcio, ella se emocionó mucho y me pidió perdón. «Son cosas de los abogados, ya sabes», se excusó. Una madrugada después de tres noches sin ir a la cama llamé a su puerta y me invitó a pasar. Me dio café y repasó mi pelo con sus dedos. Nunca supe muy bien por qué hice aquello. El caso es que era un desconocido cuando empecé con ella y estuvimos juntos hasta que me convertí en un extraño. Joder, mi corazón siempre se hizo un lío con las llaves.

miércoles, 21 de enero de 2015

A solas con la digestión de las termitas - José Luis Alvite

A solas con la digestión de las termitas - José Luis Alvite

Mi primera mujer y yo no estábamos unidos por el esternón, así que podría habernos separado cualquier juez que distinguiese las cataratas de sus ojos sin necesidad de ponerse las gafas. Estábamos tan compenetrados, que incluso podríamos habernos peleado de mutuo acuerdo. Las cosas parecían claras ante la ley. Ella era hermosa y decente y yo, en cambio, tenía en la boca cinco alientos distintos y una sonrisa con la perversidad de una ingle. Lo nuestro estaba tan cantado, que podría habernos divorciado cualquier tipo que de la ley sólo conociese las infracciones. Personalmente me mostré siempre dispuesto a dar las máximas facilidades para acelerar el proceso iniciado por ella. Me declararía culpable para evitar que se suscitase la menor controversia acerca de la tutela de nuestra hija. También me mostré encantado con la posibilidad de verme privado del domicilio familiar, persuadido de que la libertad hace que te sobrepongas a cualquier contratiempo. El caso me lo llevaba un abogado guaperas cuya mejor cualidad era lo bien que le sentaban los pantalones blancos y la posturita del "swing". No hizo gran cosa por mí pero yo me conformaba con que por su culpa no me acusasen del Holocausto. El abogado de los pantalones blancos murió al poco de iniciarse el proceso. Entonces se hizo cargo del caso un letrado amigo mío que me puso las cosas claras: "No tengo por donde pillarlos, muchacho. Hay demasiada nocturnidad en tu vida y en mi caso es la primera vez que te veo a plena luz del día. Con un poco de suerte evitaremos la cadena perpetua. Pero te sacarán los ojos y la sentencia te dejará el dinero justo para que no se te peguen los forros de los bolsillos". No se equivocó. El juez me llamó a su despacho. Éramos amigos y cabía un instante de terminal franqueza antes de que me envolviese la sombra del caos. Entonces me leyó los considerandos y la sentencia. Me encontré irreconocible. ¡Aquel tipo me estaba condenando por la vida de Al Capone! Quise salvar mi dignidad: "¡Dios Santo!, ¿quién puede haber dicho esas cosas de mí? Es cierto que no me corto las uñas con los guantes puestos, maldita sea, pero tampoco soy El Estrangulador de Boston". Me quedé sin tutela, sin piso y con todas las deudas a mi espalda. Según la sentencia, comparado conmigo, el exterminador Martin Borman fue un peluche. ¡Joder!, con la rabia confieso que estuve a punto de llorar lejía. Luego me mudé a un apartamento en el que se le oía la digestión a las termitas. Para ahorrar gastos generales, las primeras veces me lavé la cara con el agua de cocer las verduras. Con el tiempo me repuse. Alguien me dijo que el juez tiene artrosis en la mano con la que redactó la puta sentencia...

domingo, 18 de enero de 2015

Aquel beso tullido... - José Luis Alvite

Aquel beso tullido... - José Luis Alvite

No me gustan los simétricos rostros de las modelos cuya belleza sin pifias se convierte fácilmente en soporte para la publicidad, como tampoco encuentro interesentes esos paisajes sin defectos que ni siquiera mejoran su aspecto al ser convertidos en postales. Los rostros demasiado hermosos son útiles para el comercio, igual que los paisajes impecables son ideales para el turismo. Resultan en cierto modo monótonos e inexpresivos, vapor empañado en la niebla, como esos estanques sin brisa a los que hay que arrojar una piedra para cerciorarse de que tienen agua. Respecto de la belleza femenina, la descripción de un rostro perfecto ofrece menos posibilidades artísticas que el retrato de una cara marcada por los estragos del tiempo, por la cicatriz de un golpe o por el desangelado abatimiento de una vida descorazonadora, dolorosa y abnegada. La mujer que despierta por la mañana radiante y descansada no es en absoluto más hermosa que cuando la encontramos rendida y decepcionada al final de la tarde, en esas horas en las que en la fotogenia de las mujeres echa sus cuentas el agotador ajetreo del día, cuando sus facciones acusan el hastío y prende en su rostro el rictus del escepticismo, la desalentadora sensación de que con su fotogenia habrán envejecido sin remedio la esperanza, la luz y los espejos. Esa es la mujer que me gusta, la que me atrae para admirarla, para detenerme a su lado y describirla. En comparación con ella nada me transmnite esa otra belleza inmaculada, irreprochable y ecuánime que me resulta anodina porque nada me dicen los rostros sin defectos, el aburrido palíndromo de esa perfección geométrica y nemotécnica que al instante de despertar admiración, produce indiferencia y presagia el olvido. Porque es fácil olvidar una cara perfecta; mucho más fácil que si se trata de un rostro pervertido por un vicio, socavado por un mal recuerdo o malversado por algún dolor, igual que un papel en blanco es menos memorable que un folio en el que por un simple descuido se nos haya caído una mancha de tinta. Aunque ellas no lo crean, a muchas mujeres les favorece la imperfección de un rasgo. Ocurre en ese caso como con la iglesia que si nos queda grabada para siempre en la memoria es porque la recordamos asociada al desaliñado mendigo que pedía limosna acurrucado bajo la lluvia en su puerta. Esa belleza femenina fría y geológica, esplendor de piedra, solo resulta conmovedora en el momento en el que amenaza ruina. Les ocurre a esas mujeres perfectas lo que a las envaradas estatuas de los parques, que resultan conmovedoras y aparentan vida solo cuando resbalan hasta su pedestal las meadas iconoclastas de los perros. Hace algunos años me encontré de madrugada en un bar con una chica que había sido mi novia adolescente mucho tiempo atrás. Un accidente de carretera había desfigurado su rostro y no la reconocí. Me habló y recordé su voz. Tomamos algunas copas y recordamos tiempos. Me besó en los labios al despedirnos. Era tarde y había mucho humo en el local. Algunos años más tarde le dediqué una artículo en el periódico y si no tuve noticia de ella fue porque un cáncer se la había llevado por delante. Y ahora que hablo de las literarias y hermosas bellezas lastimadas, recuerdo con emoción y gratitud el rostro escaleno de aquella chica y el almendrado sabor amargo de su beso tullido. Y me enorgullece que su rostro escarmentado por la cruel carpintería de aquellas horribles cicatrices me ayude a poner fin a mi columna de hoy con la certeza absoluta de que los cables del telégrafo siempre resultaron más expresivos si entre los gorriones que los frecuentaban se posaba de vez en cuando un cuervo.

jose.luis.alvite@hotmail.es

Los cachorros del agua - José Luis Alvite

Los cachorros del agua - José Luis Alvite

Parece que se registra desde hace algún tiempo una corriente de inversión del movimiento demográfico que implica el regreso de mucha gente a los pueblos y a las aldeas de los que un día salieron ellos o sus antepasados para instalarse en la ciudad. A falta de que con sus consabidos errores y obviedades lo expliquen con detalle los sociólogos, a mí me gusta pensar que ese viaje de retorno a los orígenes representa la necesidad del ser humano de reencontrarse con un ritmo de vida reposado y disfrutar, como lo hicieron hace muchos años los suyos, de un estilo de vida en el que el compás lento de las cosechas importa más que el ritmo trepidante del reloj, la sobremesa del almuerzo acaba a tiempo de servir la cena y la gente solo tiene prisa para cambiar de planes y perder el tiempo. Yo no tengo un pueblo al que volver, salvo que lo haga al inigualable Cambados de mis largas vacaciones estivales. En realidad nunca se esfumó de mi cabeza aquel tiempo manual y premioso, un tiempo de mucha luz y pocos coches en el que podías entretenerte en mirar cómo cruzaba la carretera una lenta manada de hierba escarchando como herpes el asfalto. A nadie le preocupaba mucho la actualidad, ni había quien se extrañase de que en el coche de línea se esperase para mañana la llegada del periódico de ayer con sus noticias caducadas, redactado con una fertilidad a destiempo, escrito con aquella tipografía abigarrada y algo confusa, con sus textos deformados por las dobleces marinadas por el viaje y los titulares deshiladas en raíces ortográficas, como patatas de siembra. Nada grave o importante estaba por ocurrir. En casi todas las casas salía con su olor hasta la calle el requesón de la lactancia y por fin todas las guerras ocurrían lejos. No había en el pueblo perros con collar, huérfanos con hambre, ni recuerdo que hubiese puertas cerradas. A veces en el lento anochecer del verano iba hasta la orilla del Umia y me sentaba en la hierba a escuchar cómo pasaba hacia el estuario del mar inminente aquel río limpio, seminal y alimenticio que se acurrucaba en los recovecos de Mar de Frades para que a mí me fuese fácil disfrutar bajo la luz de la luna el instante lento y neonatal en el que echaban a nadar desde el vientre del Umia, como una oleosa carambola de mica, los cachorros serosos, instintivos y ciegos del agua. No importaba que se hiciese tarde. No había entonces un solo peligro que por la noche no se hubiese puesto a salvo entre el maíz, en el cementerio o embozado en los pinares. A veces a punto de amanecer se detenía en el portal de casa una carreta tirada por dos caballos, tía Pepita se levantaba de la cama, me arreglaba masturbándome casi el pelo con el agua niquelada del lavabo y la acompañaba en aquel carruaje para atender un parto en cualquier aldea. Después en el cañonazo del parto nacía un bebé de cuatro o cinco quilos, tía Pepita recogía las herramientas de la obstetricia en su bolso de trabajo y regresábamos a casa en la misma carreta; ella, en el pescante, al lado del cochero; y yo, sentado de espaldas al viaje, con los pies colgando por popa y con los ojos bien abiertos porque creo que intuía que aquel mundo sería años más tarde un sitio mítico y venial al que difícilmente podría volver, una geografía emocional hacia la que se dirigen ahora en terapéutica procesión los hijos y los nietos de aquella gente de pueblo que solo se daba prisa para poner el reloj en hora por las campanadas lentas y volubles de una iglesia en cuyo pararrayos se posaba como caligrafía incandescente el filamento cereal de los relámpagos.

Guiso de azafrán gris - José Luis Alvite

Guiso de azafrán gris - José Luis Alvite

Mi vida está plagada de hermosas ideas fallidas, de libidinosas vírgenes preñadas y de ambiciosos planes truncados. De la horrible sensación de haberme equivocado tanto, me redime en cierto modo la suerte de que nada me impide que también cometa interesantes errores al contarlo. ¿Será por eso que de los reproches que me hizo aquella mujer con la voz tan aguda recuerdo ahora que fueron solo agradables reflexiones hechas al amparo de la penumbra por alguien con la voz suave y permisiva de Gladys Knight? ¿Y si resulta que aquella fatídica noche de erotismo frustrado salió mal solo porque en mitad del sexo oral ella descubrió que lo suyo era ser vegetariana? Respecto de superar los traumas de tu vida, en realidad es cuestión de que si se resiste tu conciencia, se resienta al menos tu memoria. No hay una sola relación sentimental cuyos sinsabores no puedas superar si con el tiempo tus recuerdos olvidaron juntos los gritos, el mal aliento y los portazos. Tenía razón mi amiga D. cuando me dijo "dentro de algunos años las cosas no serán con en realidad nos ocurrieron, sino como hayamos decidido contarlas, así que por nuestro bien lo mejor será que de lo peor que haya ocurrido esta noche entre nosotros, mañana al despertar hayan pasado diez años".

En una ocasión creí enamorarme de una chica casada que vivía casi en un establo al que fui a hacer un reportaje en una serie sobre la marginación social y la miseria. Su marido era un tipo sórdido e indiferente que pasaba temporadas borracho y ausente entre las solapas de la mierda de la ciudad, y yo, después de publicar el reportaje, empecé a salir con ella mientras su hijo estaba en el colegio. Era invierno y a mi me parecía innecesario distinguir la dignidad en medio de aquel ambiente tan húmedo y entre las nubes tan bajas. ¡Cuantos meses dura octubre en la miseria! Me sentía moralmente a salvo con la idea de que la soledad junta los corazones del mismo modo que con el frío se reagrupa el ganado. Si sentíamos deseos, ¿para qué coño íbamos a necesitar tener también razones? Cuando aprietan juntos la soledad y el desarraigo; en el momento en el que el rostro de una mujer tiene las mismas dobleces que su cama aun deshecha; si presientes que con el almuerzo regurgita en tu boca la oleosa premonición de su pubis de acetona, entonces, amigo mío, entonces sabes que algo de agua al fuego y un poco de saliva a medias es suficiente para que el lirismo del sexo más crudo sea en última instancia un hogar.

Durante algunas semanas fuimos instintivos y voraces. Una tarde le ayudé en los preparativos de una cena modesta en la que apenas era sólido el vapor y nos dimos un revolcón mientras en el fuego de la cocina rumiaba, flácido y desdentado, un guiso de azafrán gris. Repuestos del sexo, con su marido en otra ciudad y el niño ya dormido en el caolín de su cama, en el momento de cenar a solas me avisó ella: "Algo me dice que será ésta la última vez que nos veamos. Mañana a ti te retendrá el trabajo y a mí me frenará la conciencia. Pero no importa. Hemos sido sinceros y eso es lo que cuenta. Me conociste porque tú querías saber y yo tenía cosas que contar. Cuando hayan pasado algunos años de lo nuestro, tú tendrás algo que escribir y yo al menos seré feliz conmemorando lo que tenga que callar". Y yo recuerdo ahora aquello con gratitud y con cariño porque lo mío con aquella chica pobre de solemnidad me sirve para justificar mi pasado y me confirma en la idea de que, si se sabe contar, el amor puede ser eterno aunque solo haya durado el tiempo que tarda en cocer un puñado de guisantes para dos en una cocina en la que arde apenas el esqueleto del fuego, mientras en la resina del último beso agoniza enamorada la onomatopeya del silencio.

jose.luis.alvite@hotmail.es

Días como galgos - José Luis Alvite

Días como galgos - José Luis Alvite

Reconozco que de un tiempo a esta parte he cambiado de actitud ante la vida y ya no considero importante hacer cosas pensando en que algún día pueda recordarlas. Supongo que eso me ocurre porque estoy en una edad complicada en la que las cosas que antes me causaban remordimientos, me producen ahora gases. Recuerdo haber ido al retrete con papel y lápiz porque la de la defecación era casi siempre una innegable oportunidad para la creación literaria. Ya hace tiempo que desistí de eso. Renuncié a las expectativas literarias del retrete cuando comprendí que a cierta edad lo que cabe esperar en la vigilia del baño no es la feliz irrupción de la literatura, ni siquiera la fina hebra de una simple aforismo, sino la posibilidad de encontrar sangre en las heces. Aquel malestar interior que en los buenos tiempos de la disipación existencial y de los malos hábitos anunciaba la inminencia de una frase, la víspera incontestable de una idea acaso singular o brillante, podría tratarse ahora del síntoma inquietante de un cáncer de colon, de modo que quien se interesaría por esas sensaciones no sería el pedante crítico literario, sino el cabrón del radiólogo. Así son las cosas cuando corren como galgos los días y es obvio que se nos acaba el tiempo. ¿Cómo plantearse grandes objetivos si cada vez que sales a la calle te dan sobre todo en la vista las funerarias, el marmolista y los notarios? ¿Cómo explicarse que, como sin darse cuenta, el camarero te entregue cada mañana con el café el periódico local abierto por la página de las esquelas? ¿Y que decir del agente de viajes, que si le pides su opinión te aconseja como destino prioritario un lugar cercano, supuestamente, digo yo, para no encarecerles a los tuyos la repatriación de tu cadáver?

Comprendo que la situación a la que me enfrento es nueva y sé que en este pesimismo existencial lo razonable será que el librero me recomiende una novela con pocos personajes, un texto sin pretensiones que requiera poca atención, uno de esos libros escritos a oscuras que ganan mucho empleados como combustible para avivar el fuego de la chimenea. Incluso esta columna me viene hoy demasiado ancha y prefiero acabarla antes de que el jefe de la sección de opinión del periódico considere que los artículos de un tipo como yo solo tendrían que ser publicados con relativa urgencia, y con las dobleces de un pañuelo, en el periódico de ayer.

jose.luis.alvite@hotmail.es

Recuerdos de nunca - José Luis Alvite

Recuerdo de nunca - José Luis Alvite

De todas las cosas que me ocurrieron aquel día, juraría que aquella mujer fue la única que de verdad me sucedió. Pasó cerca de mi mesa a la hora del desayuno en el bufé de aquel hotel cosmopolita en el que juraría que hasta era caro no entrar e incluso estaba en inglés el silencio. Dio una docena de pasos hasta las bandejas con queso. Ni uno más, ni uno menos. Cada pisada, en su horma, igual que una yema en su huevo, como un aplauso en unas manos; cada uno de sus pasos, con la holgura precisa, sutiles e isósceles como un compás; y ella, vertical y silenciosa, estilográfica al andar, como un velero atravesando la nata de la mañana con la orza de raso partida en la suave estenotipia de dos zapatos de tacón. A mi periódico se le quedaron sin aliento las páginas y me perdió interés el mundo. Entonces se atravesó gente en medio y casi la perdí de vista. Y de repente se abrió aquella plural marea de gente y ella pasó de nuevo al lado de mi mesa llevando en la mano un plato con queso y algo amarillo que supuse que era la luz caramelizada de un quinqué. Se sentó a mi izquierda, muy cerca, a la distancia que podría ocupar la cola de un piano. Saqué una cuartilla del bolsillo y tomé una larga nota: "Melena oscura. Ojos negros. Una sonrisa en la que no acaba de morir la esperanza, ni ha cuajado aun la felicidad. Treinta y tantos años. Manos finas que juraría que no se cerraron nunca por culpa de un esfuerzo, de una deuda o de un dolor. Nada más verla en el comedor me pregunté si antes en alguna parte alguien habría visto una cometa de vaho parada de pies frente a la bandeja de los quesos en el bufé de un hotel. En los mástiles de los mejores hoteles del mundo siempre se echa en falta una bandera así. Tiene esa mirada algo cansada de las mujeres hermosas en cuyas pestañas se depila a deshora el sueño". Pensé que el número de teléfono de una mujer como aquella pertenecería a los misterios insondables del bombo de la lotería y que por su longitud algebraica se parecería sin duda a sus gastos de mantenimiento. Yo había dormido poco y tenía estampada en el rostro, como una patada, la suela del sueño. Recorría con el viento la calle un bandoneón de lluvia y el periódico estaba lleno de malas noticias mientras en mi café se arrugaban el tiempo, la luz y el frío. Y cerca de mí, en aquella mesita del bufé del hotel cosmopolita, estaba ella, la chica abatida y elegante, sobria y abstraída, tan solitaria y misteriosa, con la felicidad restringida por una sonrisa en la que era como si se hubiese atascado para mí la cremallera de su vestido azul. No tengo una idea muy clara de como ocurrió aquello. De hecho, recuerdo que la conocí en aquel hotel bien entrado el otoño y que gracias a su aparición la lluvia de noviembre fue a destiempo lo mejor de aquel verano. Coincidimos por segunda vez almorzando aquel mismo día en el comedor inglés, yo con mi periódico; ella, elegante y lejana, con el rostro biselado de incógnito en su leve belleza sin ruido, como uno de esos retratos al pastel en los que solo resulta sólida y consumada la firma. Eché mano de otra cuartilla y redacté mi segundo apunte del día con una letra desgarbada en la que deambulaba sin duda mi deseo: "No puede haber margen de error. Es ella. ¿Cuanto tiempo hace? En Estoril sonaban aquel verano como bicicletas infantiles las ruletas del casino. Brillaba en las fichas de las apuestas el polen fugaz del dinero. Vi como se despedía de un hombre con el que aparentaba estar muy enfadada. Parecía un tipo mediocre, alguien a quien supuse con demasiado premio para tan poca apuesta. Si no recuerdo mal, la abordé y le dije que con un tipo como aquel una mujer como ella no solo no tendría que haberse citado en la misma ciudad, sino que no tendría siquiera que haber coincido con él en el mismo siglo. Ella no dijo nada y acabó de gastar en el black jack las fichas de aquel fulano que a mi me pareció que en el caso de ser piloto, lo sería sin duda de un tractor en una tierra en la que solo medrase la sed.".
 Dejé en suspenso mi letra, levanté los ojos de la nota y de aquella mujer solo quedaba en el comedor inglés el rastro esfumado de su perfume y los ojos venatorios del camarero que retiraba el servicio de su mesa mientras tarareaba algo que recordaba por su ritmo las pisadas de aquella monada vestida de azul que se alejó dejando en el aire la indolora acupuntura de sus zapatos de tacón, la mecanografía deshuesada de una manera de pisar que a mi me recordaba los pasos de la muchacha sin frase a la que había conocido en Estoril aquella otra noche de noviembre en la que empecé a escribir una novela en la que me juré a mi mismo que recorrería sus páginas una chica como ella -hermosa, silenciosa y fracasada-, alguien como la mujer que ahora se había esfumado del comedor inglés mientras yo recordaba su presencia anterior como personaje en el arranque literario de aquella historia portuguesa y fallida: "Supe que de su voz recordaría solo la pulpa labial de su saliva; y de su conciencia, el fuelle de su respiración agitada, la apnea de su boca jadeando como un náufrago en el pozo la mía, y sus ojos ceñidos a la penumbra por la excitante miopía del sexo, unidos ella y yo como las llamas de una hoguera en la que fuesen leña las manos y lencería el fuego, mientras en el casino de Estoril amainaban como oraciones las apuestas y en aquella cama del Hotel Palacio la silenciosa desconocida y yo hicimos en el pajar de un puñado de luz una yegua y un caballo con su pelo, mi sudor y su saliva?"Después de asegurarme en recepción de que ella seguía alojada en el hotel, al atardecer bajé temprano al restaurante inglés con la intención de ver entrar de frente a la silenciosa monada del vestido azul encaramada en lo alto de sus suaves pisadas de elásticos zapatos de tacón casi sin frase. No había nadie en el comedor, y aunque esperé un buen rato antes de ordenar la cena, tampoco hubo gente más tarde. Se me acercó un camarero y me sugirió que me decidiese. "De un momento a otro cerrará la cocina, señor. ¿Espera acaso por alguien?". Aunque no era cierto, le dije que tenía una cita para cenar con la hermosa huésped de la habitación 1.562. "No vendrá, señor. No se empeñe en esperarla. Es imposible que ella acuda a su cita con usted. Siento decepcionarle, señor, pero no hay habitación 1.562 en este hotel". "Pero en recepción me han dicho esta misma tarde?". "No es cosa mía lo que le haya dicho el caballero portugués de recepción, señor. Este hotel tiene cinco plantas desde que fue inaugurado y que yo sepa no ha estado en obras desde entones. Tiene que haber un error. Será mejor que olvide a esa mujer y ordene su cena o al cocinero se le gangrenarán los brazos de tenerlos cruzados tanto tiempo". "Esta mañana en el bufé del desayuno llevaba puesto un vestido azul con cremallera a la espalda. ¿Y dice usted que es portugués el empleado con el que hablé en recepción?". "Ya casi no conserva su acento. Creo que ni siquiera ha vuelto por su país desde que ocurrió lo de aquel hotel en Estoril"? El camarero acercó su boca a mi oído con exquisita discreción confidencial, a esa distancia en la que un hombre a veces solo admite que se le acerque la voz de su otorrino: "Dicen que hace unos cuantos años mató a una muchacha en el Hotel Palacio, un mes como éste, en Estoril? Le recomiendo una lubina a la espalda, señor?"? "¿En serio mató el recepcionista a una mujer en Estoril, en noviembre, hace unos cuantos años?... Vaya? ¿la lubina es fresca?"? "Criada a los pechos de otra lubina, señor. Aquí incluso es del día el periódico de ayer, señor ? Si, dicen que mató a aquella pobre muchacha. Por lo visto la escuchó jadear en su habitación del Hotel Palacio desde el pasillo. Era su chica. ¿Que haría usted en su caso, señor?". Recordé el rostro del tipo con el que años atrás había discutido ella aquella noche en el casino de Estoril y lo casé con el recuerdo aun fresco de las facciones del recepcionista que ya casi no tenía acento portugués. Con las naturales correcciones del paso del tiempo, y acaso deformado su aspecto por algún remordimiento, ambos eran los rostros cronológicos del mismo hombre, la tapicería algo cambiada y la misma carcasa. Pero, ¿y la silenciosa monada del vestido azul? ¿Y la habitación 1.562? ¿Habría matado el recepcionista a la chica del casino de Estoril porque a través de la puerta de su habitación en el Hotel Palacio la escuchó vaciar su pasión y su aliento en el bajo vientre de mi boca deformada por la horma cambiante de la suya y distendida por la culera de la lujuria" ... "Señor, su lubina a la espalda. Estaba tan fresca que dice el cocinero que hasta subía la marea en sus ojos? Otra cosa, señor: el recepcionista me ha pedido que haga el cargo de su cena en la factura de la habitación 1562". "Pero esa habitación no existe en este hotel?". "No, señor, no existe. El recepcionista correrá con el gasto. No me haga usted mucho caso, señor, pero yo creo que la habitación 1.562 es la conciencia del recepcionista"?

jueves, 15 de enero de 2015

Mala letra - José Luis Alvite

Mala letra - José Luis Alvite

No recuerdo haber sido demasiado feliz con los regalos que me hicieron de niño los Reyes Magos. Lo que me traían no era mejor ni peor que lo de los otros niños del barrio, pero recelaba de abrir los paquetes porque sabía que nunca me regalarían aquello que tanto me gustaba. Por otra parte, cada vez que un juguete era de mi agrado, se me rompía al estrenarlo. También me fijé en que los niños de familias ricas tenían mejores regalos que los niños de familias pobres. Como no creía que los Magos fuesen capaces de hacer diferencias clasistas entre los niños según el dinero que tuviesen sus padres, supuse que lo que ocurría era que la letra de los niños más pobres era de peor calidad que la de los niños ricos y que los Reyes tenían problemas para leer sus cartas. Eso podía entenderlo y no me importaba aceptar que mi mala letra fuese la culpable de que mis regalos decepcionasen mis expectativas. En cambio, nunca pude entender que se me rompiesen los juguetes con motivo de estrenarlos, de modo que lo que deseaba con toda mi alma era que al menos me regalasen cosas que se pudiesen pegar.
Supongo que mi actitud desconfiada frente a la vida me viene de entonces, de cuando me resistía a abrir mis regalos porque estaba seguro de que lo mejor sería jugar con ellos dentro de las cajas; al menos si se rompían no tendría que recoger del suelo los pedazos.
En cuanto a mi mala letra, jamás pude mejorarla e incluso creo que con el tiempo no ha hecho sino empeorar. En una ocasión entrevisté a un cardiólogo y al cabo de una hora tomando notas en un puñado de papeles, hube de pasar el bochorno de pedirle a mi entrevistado que me ayudase a descifrar mi letra por temor a que pudiese tergiversar sus declaraciones. Su letra de médico empeoró aún más las cosas, así que cuando llegué al periódico recurrí a mi memoria y redacté una de las mejores entrevistas de mi carrera profesional. Por primera vez desde aquellas cartas a los Reyes Magos supe que mi mala letra podría serme útil. El cardiólogo me envió una efusiva felicitación al periódico escrita con una caligrafía que parecía sacada de un sismógrafo. Yo no dije nada, pero pensé que sus declaraciones habían quedado la mar de interesantes gracias a lo bien que supe malinterpretarlas. Tendría gracia que mucha gente se curase gracias a que el farmacéutico le expidiese el medicamento equivocado por haber entendido adecuadamente mal la deslavazada letra del médico.

martes, 30 de diciembre de 2014

Citas de Alvite

Citas de Alvite
Última edición hace 3 meses por Manolo mt
José Luis Alvite
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José Luis Alvite (n. Santiago de Compostela, 1949) es un periodista y escritor español. Anteriormente empleado de banca, ha escrito en los periódicos 'Diario 16', 'La Razón', 'Faro de Vigo' y 'La Opinión de A Coruña'. También colabora en el programa de radio 'Herrera en la Onda' de la emisora 'Onda Cero'.

CitasEditar

Detesto cualquier ejercicio físico cuya última consecuencia no sea el orgasmo.
(Gente bajo par)
Soy un intruso en mi propia biografía.
(El intruso)
No hice nada por la vida ni haré tampoco ningún esfuerzo por la muerte.
(El intruso)
El fracaso es el único sitio en el que puedes sentirte seguro. Nadie intenta quitarte el último puesto.
(Historias del Savoy)
El amor es algo muy resistente; se necesitan dos personas para acabar con él.
(Historias del Savoy)
Yo creo que el amor es algo complejo que empieza cuando conoces a alguien cuyo cuerpo parece que llevase años preguntando por el tuyo.
(Historias del Savoy)
Lo mejor de mi currículum es la grapa.
(Historias del Savoy)
El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre.
(Historias del Savoy)
Lo que me interesa de una mujer es lo que ignoro de ella.
(Historias del Savoy)
El matrimonio reduce el tamaño de las cosas y lo envejece todo.
(Historias del Savoy)
El amor fracasa con el conocimiento.
(Historias del Savoy)
No hay peor enfermedad que la obsesión por la salud.
(Historias del Savoy)
Hay quien sobrevive casado, sobre todo si acepta que en una relación de pareja lo inteligente es ser el del medio.
(Historias del Savoy)
La sinceridad consiste en contar siempre la misma mentira.
(Historias del Savoy)
La televisión es una cosa que sólo vale la pena encender durante los apagones.
(Historias del Savoy)
A veces la vida pone en tu camino una mujer fascinante, muchacho, y entonces sabes que la echarás de menos porque las mujeres fascinantes están de paso.
(Historias del Savoy)
Eres un personaje, nena, y los personajes no se merecen un reproche sino una crítica literaria.
(Historias del Savoy)
Mi vida se ha regido por los impulsos, no por el álgebra.
(Una vida por los pelos)
He sido para las mujeres tan tenaz como lo son otros hombres para coleccionar sellos. En realidad, el sexo y la filatelia solo son maneras distintas de usar la lengua. ¡Qué importa cuántas mujeres haya habido en mi vida! No soy coleccionista. A veces me enamoro y otras simplemente me encapricho.
(Una vida por los pelos)
El desprecio del talento suele considerarse en ocasiones una conquista moral de la gente corriente.
(Desayuno con cuervos)
Es cierto que si me gustan tanto los lugares a los que cuesta llegar, es porque también es luego difícil salir de ellos.
(Una carrera en las medias)
La insensatez me ha dejado casi siempre mejores sensaciones que el sentido común.
(Gárgaras de orina)
A veces demoler un edificio requiere más inteligencia que la empleada en su construcción.
(Gárgaras de orina)
La gente que cuenta el tiempo por las flores no encaja bien con aquella otra que lo mide por el reloj.
(Pan con lápiz)
También yo concibo la vida con esa aparente resignación de quien sabe que el lugar en el que se encuentre en cada instante es exactamente el sitio al que tendría que haber ido. Se trata de establecer la meta justo donde te pueda el cansancio, ni un poco antes, ni un metro más allá...
(Pan con lápiz)
A veces creo que mi mala reputación ha salvado mi prestigio.
(Camisa desplanchada)
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martes, 23 de diciembre de 2014

Desayuno con cuervos - José Luis Alvite

Desayuno con cuervos - José Luis Alvite

Es relativamente elevado el número de artistas que dedicaron muchos de sus mejores esfuerzos a destruirse como personas y pusieron en ello tanto empeño como el que habían empleado antes en el desarrollo de su obra. Una amiga me pide opinión sobre los motivos por los que creo que alguien que ha tenido una vida artística exitosa decide autodestruirse hasta el punto de terminar incluso con su vida. Muchas veces me hice esa pregunta y jamás supe darme una respuesta que yo mismo, aunque solo sea por conveniencia, encuentre convincente. 
Como uno es muy libre de especular, se me ocurre que algunos artistas consideran que ya no pueden expresar más ideas por el camino del Arte, creen que sus vidas carecen entonces de sentido y deciden que lo mejor es echar mano de una pistola y desaparecer después de haber firmado el cadáver con su propia sangre. ¿Un cobarde? Según la idea convencional de la cobardía, lo es. Pero me pregunto si además de soportar la carga emocional de un talento a menudo convulso, el artista está obligado también a ser un valiente. ¿No es acaso cierto que el equilibrio de su obra lo consigue a menudo el artista gracias a llevar una existencia vacilante, desarraigada, ajena al modelo social en el que se desenvuelve? ¿Será tal vez que el Arte es la sublimación de una patología mental y que el artista se aferra a su talento porque no tuvo suerte cuando quiso aferrarse a los dulces sabores de la vida ordinaria? ¿Y si resulta que la genialidad es solo la consecuencia patológica e incontrolada de no haber sido capaz de ser un feliz hombre corriente? ¿Puede ser el talento artístico una perversión lúcida del desencanto, acaso una brillante e incontrolable malformación de la inteligencia?
Aunque no conozco en profundidad la vida de los grandes artistas, intuyo que muchos de ellos recurrieron al Arte porque no supieron que otra cosa podrían hacer con su talento. Ni siquiera los numerosos psiquiatras que estudiaron su caso se ponen de acuerdo al explicar la compleja personalidad de Vincent Van Gogh, de quien algunos nos saben si hacer un comentario crítico que analice su obra o emitir un diagnóstico médico que la justifique. El pintor holandés fue un tipo tenaz para perseverar en el desarrollo de una obra que por su abundancia puede considerarse incluso obsesiva. En cambio, carecía de paciencia para afrontar los fracasos de su vida cotidiana y, sobre todo, para sobreponerse con cierta dignidad el fiasco permanente de su vida sentimental. De hecho retrató con cariño a unas cuantas mujeres a las que probablemente en un decepcionado arranque de furia habría preferido decapitar. A Van Gogh le dolía mucho que ellas no se parasen a conocerle y sin embargo su venganza no consistió en despreciarlas, sino en someterlas con sus pinceladas al agradable suplicio de la inmortalidad. El Arte era probablemente su recurso para escupirles a la cara sin que se sintiesen ofendidas. ¿Y de quién era la culpa? Por supuesto, de nadie. Entre las rentas que se derivan del talento no figura necesariamente la plusvalía del amor, así que el ofuscado pintor holandés arrastró con inmenso dolor una existencia llena de insatisfacción y de amargura, sufrió el traumático sinsabor del fracaso con las mujeres y se quitó la vida sin que los psiquiatras sepan muy bien por qué lo hizo, supongo que desolado por su incapacidad emocional para absorber más reveses, tal vez atraído por la certeza de que la muerte era el único lugar en el que podría pasar a gusto el resto de su vida, quien sabe si porque al final se dio cuenta de que la incapacidad para granjearse en vida el amor de alguien se compensa a veces con la oportunidad de conseguir su compasión con motivo de que la chica de sus sueños sepa que aquel tipo errático e incomprendido se pegó un tiro pensando heroicamente en que ella tuviese un motivo público y notorio por el que ponerse en misa el elegante tafetán de su vestido negro. 
Superado el impacto de la noticia del suicidio de Vincent, la gente de su vecindad habrá hecho sin duda todo tipo de comentarios perversos sobre su vida. El desprecio del talento suele considerarse en ocasiones una conquista moral de la gente corriente. A veces lo único que cuenta tras la muerte del artista es que el tabernero se haya resarcido a tiempo de sus pufos. Pero así es la vida de tantos artistas que fueron sublimes en su obra y profundamente desdichados en su vida. ¿Por qué se autodestruyen? ¿Es el suicidio un recurso del artista para salpicar con su sangre la conciencia de quienes en vida le castigaron con su indiferencia? Yo no lo sé, claro. Tampoco es que tenga muchos datos. En un intento especulativo de indagar en la mente de Vincent Van Gogh, yo diría que mi admirado pintor se suicidó porque, pensando en la mañana del día siguiente, y sabiéndose tal vez en el límite al que había llegado su inspiración, comprendió que los sumariales y circunflejos cuervos de sus trigales habían dejado de poner en su cabeza los huevos que iba a necesitar para el desayuno.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Alas de alpaca - José Luis Alvite

Alas de alpaca - José Luis Alvite
Muchas veces he pensado que si fuese comandante en jefe de un ejército triunfal, a punto de vencer al enemigo lo más probable sería que en un inoportuno arranque de compasión, o de pereza, detuviese la marcha y desistiese de la victoria. Algo desde mi infancia me induce a creer que no hay un solo objetivo cuyo logro resulte más emocionante que la simple expectativa de conseguirlo. Ésa es la razón por la que cada vez que viajo a una ciudad me conformo con rodearla en el coche y salir huyendo; y el motivo evidente de que conseguido el amor de una mujer, a menudo sólo encuentre estimulante la inmediata posibilidad de malograrlo. He empezado las colecciones más diversas a sabiendas de que completarlas me resultaría más desalentador que renunciar a ellas. Desde luego si algún éxito he logrado en la vida se deberá sin duda a que me faltó determinación para evitarlo. Aunque alguien pueda considerarlo una estúpida frivolidad, lo cierto es que la mayor parte de mis conquistas profesionales han sido la inesperada consecuencia de algún descuido. Aunque siempre me gustó escribir, con la vida que he llevado lo normal habría sido que desistiese de hacerlo y me dejase arrastrar por cualquiera de los acariciantes vicios que tanto frecuenté. En realidad esto jamás me pareció un trabajo, de modo que nada de lo que hago me supone un gran esfuerzo. No rechazo el dinero que me pagan por ello, pero debo reconocer que si soy columnista de LA RAZÓN será probablemente porque era algo que ni siquiera entraba en mis planes. En el momento de apuntarme alguien me advirtió de que mi actitud ante la vida y mi manera de escribir no encajarían en la filosofía de este diario y que no tardarían en cortarme las alas. Luego resultó que LA RAZÓN es el único periódico en el que jamás me insinuaron el menor recorte en mi manera de pensar o de expresarme. Con arreglo a mi contradictorio sentido del éxito, puedo decir que tanta libertad me produjo al principio una extraña tristeza, como si me viese privado de la posibilidad de sufrir el grado de represión editorial que alentase mi rebeldía. Aquí no he tenido que falsear mi identidad, como hacía en un diario gallego, pretendidamente muy liberal, al atribuir a Oscar Wilde aquellos pensamientos míos que el redactor jefe de turno se negaba a publicar por considerarlos escabrosos o amorales. Nadie en LA RAZÓN intentó jamás taparme la boca y eso me ha producido un enorme desconcierto. No sólo me permiten ser libre, sino que por mi jodida reputación de fugitivo casi me veo obligado a ello. Ha tenido que ser en un periódico conservador donde descubriese que la libertad de volar frustra mi viejo sueño perezoso de ser un pájaro que tuviese el cuerpo de seda y las alas de alpaca.

Mano de tenista - José Luis Alvite

Mano de tenista - José Luis Alvite
Sé de un tipo que se supo que llevaba algunos días muerto porque sus vecinos habían dejado de escuchar a través de los tabiques su receptor de radio. El aparato se había quedado sin pilas y era muy extraño que aquel tipo no se preocupase de reponerlas. Aquella radio sin señal fue el síntoma inequívoco de una muerte que se anunció por clamoroso que en ocasiones resulta el silencio. Otras veces la gente solitaria fallece y sus vecinos sólo se enteran por el gemido de un perro, por la inesperada abundancia de insectos funerales, o, sencillamente, en el momento en el que el olor se decide a bajar como una babosa de talco las escaleras. Cada día hay más pisos habitados por gente que vive sola y enciende la radio para sentir el genérico afecto de los profesionales que hacen el programa de su gusto. Muchas parejas salen de día y al caer la noche se retiran a dormir en casas distintas. Me dijo hace poco una vieja amiga: «¿Cómo podría tener un orgasmo simultáneo con alguien con el que ni siquiera comparto la cama?». No me sorprendió su pregunta. Con motivo de mi divorcio me instalé en un piso barato de Compostela, justo al lado de donde pernoctaba una pareja de recién casados. Yo estaba solo, pero las paredes eran tan delgadas que juraría que tuve un par de orgasmos por culpa de sentir tan cerca los escandalosos gemidos de aquella mujer. No pegaba ojo y acabé tan estresado que estuve tentado de dormir con la cabeza metida en el casco de una moto. El caso es que aquel tipo se lo pasaba en grande, pero los otros vecinos a quien miraban por la mañana era a mí, que era el único que salía a la calle con ojeras. Sabían que yo vivía solo, pero era evidente que para ellos aquellas ojeras eran el resultado de una vida sexual tan agitada como secreta. De mi intimidad no sabían nada por haber escuchado a través de las paredes mi receptor de radio, sino que lo suponían por mis ojeras. Temeroso de que buscasen otras señales más sutiles, tomé la decisión de saludar a mis vecinos sin sacar las manos de los bolsillos, no fuesen a mirarme con el recelo de quien cree haber descubierto que tienes una mano más grande que la otra, ya me entiendes. Podría haberme ocurrido como a aquel amigo mío al que sus compañeros de trabajo no le preguntaban por el carácter solitario de su vida sexual, pero le decían de manera bien insinuante que tenía una mano de eunuco, y la otra, de tenista. Mi amigo fue siempre un tipo solitario, la clase de hombre casi sin sombra cuya muerte abarata mucho las esquelas. Todavía vive, pero continúa instalado a solas en uno de esos pisos en los que a veces sabes que sólo el sigiloso retén de la muerte se toma de cuando en cuando la molestia de apagar con un chorro de silencio la radio de los difuntos.

Autorretrato - José Luis Alvite

Autorretrato - José Luis Alvite

He tenido siempre una vida interior agitada, a veces incluso angustiosa, y sin embargo me considero un hombre tranquilo. Como jamás me marqué objetivos, considero mi meta cualquier lugar al que haya llegado. Por culpa de esa actitud he acudido tarde a muchas citas y me consta haber perdido por ese motivo unas cuantas oportunidades que no se me volvieron a presentar. No importa. Siempre pensé que escalar sin compañía tiene la ventaja de saber que no arrastrarás a nadie en tu caída. Por otra parte, superé los remordimientos de mi impuntualidad gracias a haberme convencido de que quien no tiene la paciencia de esperar por ti probablemente tampoco se merece la suerte de que llegues. Las mujeres que me amaron saben que nunca se me dio bien demostrar los sentimientos y que si no las abrazaba mucho era por la misma razón por la que en mis lejanos días de incipiente boxeador se me había dado tan mal sacar los brazos. Reconozco haber tenido algunos éxitos en la vida, no muchos, pero eso supongo yo que se debe a simples descuidos o a lo mucho que a algunos hombres nos cunden los fracasos. Debo reconocer que en términos generales no soy un tipo con mucha suerte y eso explica que si a veces compro lotería es para permitirme el gesto inútil de la esperanza, igual que cuando me siento al lado del teléfono a esperar esa llamada de Meg Ryan que nunca llega. Estoy hecho para perder y repetir derrota no es para mí en absoluto peor que repetir camisa. Mis alternativas vitales han sido en el fondo tan homogéneas que es como si hubiese planificado mi vida con la agenda de un muerto. La verdad es que sólo tengo cierta fe en el escepticismo. Hasta los cuarenta años sólo una vez me tocó un premio en un sorteo y desistí de cobrarlo porque su importe no alcanzaba a cubrir lo que tendría que pagar en el autobús que me llevase a recogerlo. Tampoco eso importa mucho. Puedo sobrevivir con poca cosa. Todavía ahora creo, como cuando era sólo un muchacho, que en ocasiones para ser un hombre de mundo es suficiente con haber estado alguna vez de madrugada al otro lado de la calle, sobre todo si al otro lado de la calle funciona a deshora uno de esos locales nocturnos en los que sólo te buscaría la gente que por algún motivo temiese encontrarte.

Cuestión de idiomas - José Luis Alvite

Cuestión de idiomas - José Luis Alvite
Tengo la inmensa suerte de ser bilingüe de nacimiento y de hablar indistintamente los dos idiomas habituales en Galicia. Lo hago con tanta naturalidad que al acabar una conversación ni siquiera recuerdo en que idioma he participado. Es algo que le ocurre a la mayoría de los gallegos, que sólo recuerdan con absoluta seguridad haber recurrido expresamente a la lengua de Rosalía con el doloroso motivo de haberse pillado los dedos con un martillo. En cualquier tertulia de cafetería se utiliza simultáneamente ambos idiomas sin darle la menor importancia a la diversidad lingüística. Hasta que los políticos decidieron reglamentar el uso del gallego, la gente que iba al mercado pedía pulpo cuando quería comer pulpo, que es lo que aún ahora quieren comer quienes en la misma tienda piden «polbo» sin que la dependienta pueda evitar ruborizarse. Prolifera ahora en Galicia una casta de galegoparlantes formados en las normas oficiales de la Xunta de Galicia. Hablan con envidiable corrección institucional pero si se alejan de las ciudades y se adentran en la Galicia interior, tendrán serias dificultades para ser entendidos por los campesinos, que hablan un gallego viejo y sin academicismos con el que han sobrevivido durante siglos sin necesidad de acreditarlo con un vistoso diploma oficial. Yo hablo el gallego que aprendí a granel en las calles de mi infancia, que es un gallego sin vanidad y sin prestigio, es decir, un idioma conservado en la taberna, en los andamios y en las lonjas del pescado. He soñado y vivido en ese idioma, el mismo idioma en el que aprendí a pecar y en el que siempre me entendí con mis amigos hasta que los políticos empezaron a retocarlo con la ortodoncia de sus normas y lo convirtieron en una lengua de cetárea que a muchos se les atraganta, como si en realidad en vez de un derecho, fuese un impuesto. Es una suerte que mi querida lengua parvularia conserve intactos sus defectos en los burdeles, ese ecléctico fortín de las costumbres en el que todavía algunos viejos campesinos gritan «gol» durante el orgasmo. Yo desde luego no le veo tanta complicación a esto de los diversos idiomas autonómicos. Desde la inevitable simpleza de un ingenuo vocacional, yo creo que el catalán es un idioma para defender con ecuanimidad las ideas, del mismo modo que el gallego me parece ideal para que suenen bien las cosas que saben mal. En cuanto al euskera, me resulta tan oscuro y enigmático, que yo creo que es el idioma ideal para diagnosticar enfermedades mortales.

Galgo dormido (Completo) - José Luis Alvite

Galgo dormido (Completo) - José Luis Alvite


No sé si las tengo merecidas, pero el caso es que llegan las vacaciones y creo que no opondré resistencia. En la duda de que alguien desconfíe de que yo las necesite, estoy seguro de que habrá lectores que, por el bien de su descanso, incluso me las agradezcan. La verdad es que no es el cansancio físico lo que me anima a levantar la mano de escribir y darme un respiro. Quince días de distanciamiento de la tarea de escribir me vendrán bien para darle un repaso a mi vida, reflexionar sobre mis ocupaciones y decidir al menos si tienen razón quienes aseguran que el pesimismo existencial mejora sensiblemente con una dieta equilibrada. Ya que mi discutible inteligencia no me sirvió de mucho para mejorar mi autoestima, no veo motivos por los que no pueda confiar a partir de ahora en la eficacia intelectual de un menú con lechuga. Tampoco descarto el reencuentro con viejas lecturas que en su día me resultaron reconfortantes, como recuerdo que me sucedió la primera vez que leí «La muerte en Venecia» y quedé fascinado por la facilidad profiláctica de Thomas Mann para describir la atracción homosexual como si se tratase de un poético concurso de camelias. Leí aquella novela sentado en la sombra del porche de un café frente a una playa en Arousa y al levantar los ojos me pareció que todos aquellos bañistas eran hermosas y veniales criaturas capaces en un momento dado de sentir la pulsión de la belleza como algo que suscitase una emoción anovulatoria, decadente y balnearia, igual que la que describía Mann en aquel libro fascinante en cuyas páginas a mí siempre me parece que incluso la muerte huye aterrada de la peste que se cierne como lava de zotal sobre la bellísima ciudad desconchada, distraída y zozobrada. Aunque soy reacio a dejarme afectar por las lecturas, reconozco que la novela de Mann me produjo un impacto considerable y que durante algún tiempo hube de esforzarme para que su estilo no invadiese el mío. Me defendí con éxito de su influencia, pero aprovecharé estas vacaciones para reencontrarme con aquellas páginas, sobre todo porque la primera vez que le puse la vista encima a la novela de Mann, descubrí que la vida puede transcurrir rápida casi sin que sepas que está pasando, lenta e inexorable, casi un reloj con telarañas calcetadas como saliva en las agujas, como le pasaría el tiempo a un galgo que al final de su carrera por la arena pisada por el agua, se hubiese quedado dormido al sol en la culera de una silla de ruedas. Leeré a Mann en Praga y en Cambados. Después levantaré de nuevo los ojos y, como les dije a mis amigos de Facebook, seguro que no podré evitar la idea de que la vida sólo son alegrías, fracasos y pausas para la publicidad. Cada vez que tomo vacaciones me propongo caer en la más absoluta indolencia. Es algo para lo que no necesito concienciarme porque siempre he sido propenso a la inactividad. Creo que la pereza es el estado natural del hombre y que en eso lo que influye sobre todo no es la educación recibida, sino la ley de la gravedad. A mí me gustan las vacaciones como motivo para no hacer nada que no sea disfrutar de los placeres más elementales, sin rebuscamientos intelectuales, entregado al disfrute sin necesidad de mejorar las sensaciones empobreciéndolo con la inteligencia, sólo incontinencia y deseos, igual que recuerdo que disfrutaban los cerdos deshuesándose casi de placer cuando los contemplaba de niño en Cambados. Quiero saber qué se siente cuando, liberado de la necesidad imperiosa del trabajo, y con el reloj en el bolsillo, un hombre se puede permitir incluso el lujo de que a su cabeza no se le ocurra nada, como si el placer de la plena indolencia le supusiese la pérdida de la memoria, incluso casi la muerte. Supongo que en ese estado de virginidad mental uno se identifica mejor con la naturaleza, incluso con los animales, y, a pesar de desistir de la imaginación, de forma instintiva podría renovar su casquería mental y sus apetitos y reparar con ellos las áreas de la imaginación que antes hubiesen sido contaminadas por los conocimientos superfluos. Acumulamos demasiados conocimientos retóricos durante el invierno y somos víctimas de un exceso de información que nos impide la recreación emocional en el mundo cada vez más perdido de los instintos. Fascinados por la tecnología y viciados por el dinero, cegados por los dioses fluorescentes, nos hemos olvidado de que el alma también es una tripa. Es necesario que conozcamos las cosas y sus sensaciones por haberlas sentido, no por haberlas leído en alguna parte. Ahora más que nunca me doy cuenta de que las emociones más fuertes, las que de verdad son inolvidables, no son las que adquirí mezcladas con el conocimiento ilustrado, sino aquellas otras que me hicieron disfrutar sin saber dónde diablos había puesto las gafas. Durante un verano de hace muchos años me di cuenta de que, por desgracia, a veces la lectura nos inculca con sus sugerencias una serie de sensaciones que tendríamos que haber conocido por la propia experiencia. A renglón seguido de darme cuenta de aquello, no tardé en comprender que en realidad lo más excitante de cuantas visitas había hecho a mi librería de toda la vida, no eran las frecuentes novedades editoriales, ni el estupefaciente olor de las ediciones nuevas, sino las tentadoras piernas de la hija del librero. Supe desde entonces que las mejores conquistas urdidas en la cabeza de un hombre, fueron antes las manchas más inconfesables en su ropa interior. Según yo lo veo, hay en el ambiente emocional de las vacaciones algo que recuerda la comprensible amoralidad que rige durante las treguas tensas e intermitentes en tiempo de guerra, mientras las asistencias recogen a los heridos, los enterradores sepultan a los muertos y en las parras se descuelgan las uvas abatidas por el eco de la artillería, vendimiadas como gangosas hernias de mosto por la sobrecogedora fonética de los obuses. Del mismo modo que la guerra deja en suspenso los modales y las conciencias, las vacaciones suponen una moratoria en la contención de los vicios y la pérdida momentánea del escrúpulo en las comidas. Olvidamos en vacaciones las recomendaciones del médico, igual que en las treguas del combate son indiferentes los soldados a las instrucciones morales de su religión y al recuerdo doctrinal de sus dioses y cenan con la escudilla apoyada en el vientre de un cadáver. Tiempo habrá de reflexionar al acabar el verano, cuando, como sucede después de las batallas, comprendamos que aquel fue un tiempo de comprensible desenfreno estacional en el que no había en nuestra conciencia una sola recomendación dietética capaz de frenar la aromática tentación de las sardinas recién asadas, ni un solo remordimiento que pudiese en nuestras emociones más que el instinto animal de sobrevivir al combate aun al precio de llevarnos por delante la vida de otro hombre. En el disfrute del placer estival, como en el desenfreno de la guerra, quedan en suspenso la moral y la dieta, y las actitudes que antes habíamos disimulado con las apariencias caen en desuso para dar paso al imperio de los impulsos, al exultante dominio de las gandulas sobre los pensamientos. Aun reconociendo que la humanidad ha prosperado sobre todo gracias a la reflexión, es difícil negar que a veces los seres humanos necesitamos deponer la razón para que por un momento rija nuestras vidas el instinto. Estoy de acuerdo en que muchas de las grandes conquistas modernas son atribuibles a la sabiduría de quien logró la división del átomo, pero no es menos cierto que a veces tampoco está nada mal que sintamos dentro de nosotros la emoción que produce el aprovechamiento social del despiece de la ternera. No importa que la indolencia estival no sea un memorable hallazgo de la inteligencia humana.

América puritana - José Luis Alvite

América puritana - José Luis Alvite
Anoche debutó en el Savoy un tipo de cincuenta años de carrera a cuestas y varios lustros de ostracismo. Bobby Jennings perdió el pelo de la cabeza hace mucho y lo sustituyó por un espectacular bisoñé de otra talla que le sentaba como una rata con gases. Hace dos temporadas, Bobby Jennings desistió del peluquín. Ahora el viejo cantante luce una calvicie con la piel poco ceñida al hueso, una circuncisión como fuera de sitio, algo que le sienta como una calva postiza. Fue una noche muy evocadora. Bobby alteró la línea tradicional del Savoy con un repertorio para colegiales de los años cincuenta y primeros sesenta. Cantó «Diana», «Put your head on my shoulder», cosas de Paul Anka, temas de Frankie Avalon, aquellas dulces partituras que se bailaron en las graduaciones de los bachilleres durante la Administración Eisenhower, cuando por los alrededores de San Francisco descendían hasta Sausalito pandillas de coches azules y amarillos sobre el asfalto fucsia de aquella América puritana y segura que izaba sus banderas con el palomar aleteo del cancán antibiótico de Sandra Dee, la América feliz y abstraída en la que no perdías el tiempo si decidías esperar a que diesen cerezas los cipreses del cementerio. ¡Dios Santo!, dice Bobby Jennings que en su América de entonces los ríos todavía estaban buscando los cauces en los que quedarse y los últimos tipos de la frontera vadeaban la corriente cargando a sus espaldas una leña de caballos muertos. Al final de su actuación, Bobby tomó café en nuestra mesa y nos dijo: «Muchachos, estas cosas suenan falsas pero fueron ciertas. Fue cierto, maldita sea, que podía llegar al despacho oval de la Casa Blanca un tipo sin recursos que la noche anterior a subirse con la Biblia y un sombrero de copa a la escalinata del Capitolio, hubiese cenado la sopa sorbiéndola de sus propias manos. Conocí en la «high school» de Tulsa a una muchacha dulce y entera. Sé que parece un sueño, pero lo cierto es que a aquella chica tan decente le lastimaba el himen al bailar».

Verano de manga larga - José Luis Alvite

Verano de manga larga - José Luis Alvite
Mis amigos andaluces se vinieron este verano a Galicia a sabiendas de que aquí el sol es una lotería que no toca con demasiada frecuencia y que en lo que va de vacaciones ni siquiera es seguro que vaya a dejar la pedrea. En este verano de manga larga, los miles de turistas decepcionados por la falta de sol benefician con su visita a la ciudad de Compostela, siempre atractiva para los viajeros y ahora abarrotada gracias al mal tiempo que vacía las playas. Procedentes de la costa llegan incluso cada día las gaviotas, no sé muy bien por qué, seguramente porque la ecología anda revuelta o, tal vez, debido a que encuentran tierra adentro la comida que escasea en su territorio de siempre, al borde del mar. Mis amigos andaluces se instalaron en la margen derecha de la Ría de Arousa, al borde de una playa de arena fina flanqueada por una discreta masa forestal que si es que no ampara del sol, al menos resguarda de la lluvia. Hacen una vida tranquila, tal vez demasiado tranquila por culpa de una meteorología que si cambiase es casi seguro que sería para empeorar. Pasan algunos minutos de las cinco de la tarde mientras escribo mi columna y al otro lado de la ventana la luz es la que correspondería a cualquier día de noviembre. Mucha gente pide café en las terrazas de los bares y aprovecha la taza para calentar las manos. Al pasar por delante de los restaurantes, a los turistas se les van los ojos al marisco, pero abarrotan las pizzerías porque por el precio del centollo encuentran joyas más baratas en cualquier orfebrería de la ciudad. Dicen que la catedral está siempre abarrotada. Puede que se trate de un rebrote de la fe, pero yo desconfío de que esa afluencia tenga más que ver con la lluvia que con la mala conciencia. Mis amigos andaluces han aceptado su destino con una mezcla de rutina y resignación, como si supiesen que a Galicia no se viene a tomar el sol, sino a huir de él. De todos modos, es un verano extraño, el peor en mucho tiempo. Y es, sobre todo, un verano más pobre que otras veces. Un barrendero de Sanxenxo me aseguró que nunca habían sido tan pobres las basuras de los ricos, ni habían estado jamás tan delgados sus perros. Donde se mantiene el nivel es entre los residentes en A Toxa, esa isla modernista, elegante y termal en la que todavía puede verse a señoras muy ricas con los modales refinados por el peso de sus joyas. Ahí pasa unos días cada verano mi amigo y compañero Josemi Rodríguez Sieiro, un tipo tan correcto, tan exquisito, que yo creo que sería incapaz de estornudar sin haber aprendido antes solfeo.

Los dichosos mercados - José Luis Alvite

Los dichosos mercados - José Luis Alvite
Yo no sé muy bien qué es eso de «los mercados», ni estoy en absoluto seguro de que adelante mucho si me preocupo de saberlo. Puedo vivir sin ese conocimiento, del mismo modo que durante toda mi vida fui capaz de salir adelante desinteresado por viajar al centro de la Tierra y sin conocer el peso atómico del vanadio. Una vecina mía dice que los grandes conocimientos por lo general son innecesarios para llevar una vida satisfactoria y decente, y que desde que tiene memoria, y a pesar de las naturales restricciones de la vida rural, su familia salió adelante sin necesidad de un conocimiento más profundo que el del funcionamiento de la bomba del pozo. A veces basta con tener cierta facilidad para la deducción y adoptar decisiones en función de un mínimo sentido de la corazonada. En una aldea de Galicia le escuché decir a un campesino que «más a menudo de lo que se cree, el ser humano pierde el sentido común por culpa de razonar demasiado las cosas». Un amigo mío muy aficionado a la música estaba convencido de que las plantas de su salón disfrutaban de Mozart tanto como él y se desarrollaban en función de que acertase con sus gustos al elegir los discos que pinchaba. Una de sus plantas melómanas se vino inesperadamente abajo y dio con las hojas en la tierra del tiesto. Le pregunté entonces qué había ocurrido para que, a pesar de Mozart y de Mahler, aquella planta estuviese camino de mustiarse sin remedio. Entonces aquel tipo reaccionó con sentido común, sin dejarse llevar por razonamientos que no venían al caso: «Lo que le sucede a esta planta, amigo mío, no es nada distinto de lo que le sucede al diez por ciento de las plantas que conozco: A todas les gusta Mozart, pero pasado un tiempo, el diez por ciento de las plantas se vuelven sordas». ¿Se puede aplicar ese razonamiento al asunto de los dichosos «mercados» que tanto nos afligen? Para contestar a eso creo sensato recurrir a la sabiduría de una amiga de mi madre que tiene de la vida la idea de que se trata del tiempo que necesitamos para hacernos a la razonable idea de morir. Esa amiga le dijo en una ocasión a mi madre: «Verás, Leonor: La vida está llena de altibajos económicos que nos producen disgustos y alegrías. No hay que descorazonarse por nada. Se trata de saber adaptarse, sólo eso. Son cosas que si no se aprenden con el escarmiento, se asimilan con la edad. Cuando vienen mal dadas, de lo que se trata es de llamarle de otro modo a la pobreza, igual que a cierta edad sustituimos el sexo por la gimnasia de mantenimiento».

Sangre en el maletero - José Luis Alvite

Sangre en el maletero - José Luis Alvite
Muchas veces me he imaginado al volante del coche llevando mi cadáver desangrado como un cebú en el maletero. Supongo que esa obsesión tiene mucho que ver con que mi coche fue muchas noches el lugar en el que me sentía a salvo de los inconvenientes de la realidad mientras recorría de madrugada las calles vacías, como si se tratase de localizar exteriores para la filmación de un sueño. La sangre representaría las palizas que alguna vez me dieron, el navajazo que me comí aquella noche en un bar en el que hasta era clandestino el descaro, la herida al rasgar los besos con la espuela del ansia, y sobre todo, representa el viejo presentimiento de que, por lo que sea, acabaré mis días desangrado en la soledad casi maternal de mi propio coche, como un feto ensartado en el útero oxidado de una trampa para ratas. ¡El coche y las calles! ¡La soledad y la sangre! Y esas madrugadas infinitas en las que el tiempo transcurre oleoso y reacio, con la conciencia jodida y toda la lluvia en el suelo, en esos momentos en los que, como le dije a una amiga, en las aceras quedan apenas los parias, los poetas y los perros. Mezclada con el desencanto, la de la soledad en el coche es una sensación muy dolorosa, pero yo la he cultivado mucho porque siempre creí que aun habiendo llevado una vida reprobable y causado el sufrimiento ajeno, si muriese recogido en mi coche, y aunque al encontrarme solo quedasen reconocibles las gafas, las colillas y los huesos, al menos evitaría la deshonra de que mi cadáver empobreciese el suelo. En una de las muchas noches que dormí en el coche soñé que acudía al hospital por una minucia y que, para ganar tiempo, un tipo que me perseguía en su automóvil porque me las tenía juradas, me apuñalaba en la camilla del servicio de urgencias con la ayuda de una solícita enfermera con la que yo había tenido un asunto que acabó incluso peor que si saliese bien. Tuve un coche muy viejo en el que pasaba tanto frío que tenía que salir a la calle para abrigarme. A veces de madrugada lo arrimaba al cementerio y dormía en él, triste, perplejo y con la cabeza casi decapitada en el regazo. Conocí en aquella época a un tipo que me dijo que por muy perverso que sea un hombre, por ruin que a otros les parezca, nadie podría negarle el derecho a ser rehén de sus sueños y agonizar sentado al volante, aunque sólo sea para no morir atropellado por su propio coche.

Furiosos y turistas - José Luis Alvite

Furiosos y turistas - José Luis Alvite

Se cumplen hoy setenta y cinco años del que se llamó Alzamiento Nacional, es decir, de la insurrección del general Fracisco Franco contra el Gobierno legítimo y constitucional de la II República. Fue el comienzo de una guerra de casi tres años en la que abundaron por ambos bandos los gestos heroicos, las decisiones desesperadas y en la que sin duda se cometieron atrocidades que escandalizaron a las fieras. Tal día como hoy comenzó una guerra fratricida que sirvió de campo de maniobras para la II Guerra Mundial. Nunca supimos muy bien cuántos fueron los muertos de la contienda, ni los que siguieron luego con motivo de la dureza de una paz hiriente y sangrante en la que la justicia se mezcló indiscriminadamente con la venganza. Lo que parece claro es que, a juzgar por la actitud de algunos, la guerra no ha terminado y sólo disfrutamos del prolongado beneficio de un alto el fuego en el que aún se discuten los remordimientos y las culpas; un tiempo de furia contenida en el que nos hemos revelado como un pueblo incapaz de entender la vida sin la venganza de los muertos. Como en cualquier país salvaje, en España nos hemos demostrado a nosotros mismos que, con el pretexto de la justicia, es indudable que la demagogia y la ira pueden prolongar impunemente los destrozos de la artillería. Lo triste es que se trata de la furia maniquea de unos pocos, de un resquemor interesado que ha convertido el remoto dolor de la guerra en un pretexto para transformar en ideología la muerte y el recuerdo, en rencor. Tendrían que explicarle su actitud a mi abuelo materno, que se fue a la guerra sin conocer muy bien el motivo, ajeno a la geografía, indiferente a la doctrina. De regreso del frente, miró un mapa y comprendió con espanto lo mucho que había caminado, lo lejos que había estado de casa y lo poco que sabía de los lugares en los que había sufrido. Mi abuelo era un tipo tranquilo que se llevó las manos a la cabeza al conocer los estragos de la guerra y sufrió luego cuando de regreso en casa mi abuela le recibió con una bronca por lo mucho que había tardado en volver, como si la guerra hubiese sido una infidelidad y la muerte, una señora. Yo tenía sólo doce años cuando murió aquel hombre y no recuerdo que me hablase mucho de la guerra. Era como si entre la gente de mi infancia la guerra fuese un pretexto para olvidarla, una patología de la que no quisiesen conocer el diagnóstico y prefiriesen vivir en silencio el dolor, un recuerdo que les produjese amnesia. Tanto tiempo después de aquellos días de irracionalidad y espanto, algunos españoles se empeñan en mantener intacto el rencor y sienten la interesada tentación de enfurecer la Historia. La guerra civil española habrá terminado sólo cuando los lugares que aún recorren los furiosos los pisen por fin los turistas.