miércoles, 3 de diciembre de 2014

Cuando relinchaba el sexo - José Luis Alvite

Cuando relinchaba el sexo - José Luis Alvite

Hay un momento en el que descubres que ya no te ocurre algo que te sorprenda, ni ves cosas nuevas de las que desconozcas el nombre. Te preguntas entonces si aún hay alguna posibilidad de que te ocurra algo maravilloso que jamás te haya sucedido, como recuerdas que era tu vida no hace tantos años, cuando tus emociones eran más grandes que tu vocabulario y tenías la agradable sensación de que la existencia era algo que representaba cada día de manera sorprendente e imprevista, como la primera vez que besaste a una mujer y no te importó guardar silencio porque no sabrías cómo describir lo que acababas de notar. Sentías emoción por cosas que desconocías y que tal vez ni siquiera habías imaginado, supongo que casi el mismo estupor que sentirías ahora si dejasen de ocurrir algunas de esas cosas repetitivas que tan a menudo te suceden y todo empezase de nuevo en aquellos días ingenuos y remotos en los que cada mañana, al despertar, la vida era para ti como si el aroma del desayuno fuese la primera vez que tenías madre. Ni imaginabas siquiera que la suerte de vivir llevaría aparejado sin remedio el riesgo de envejecer. Siempre estaba a mano la analgésica belleza de lo nuevo, y por muy mal que estuviesen las cosas, para ti siempre sonaba lejos el fragor de los obuses, la ferretería de la guerra. En las viñas de mi niñez goteaban leche verde las uvas recién herniadas y cuando empeoraba el tiempo nunca resultaba tan amenazador, ni tan terrible, que no pudiese arder la leña mojada, ni fuesen tan azules las nubes más oscuras. Los hombres sabios que conocí entonces salían cada mañana a la calle y ni imaginaban siquiera que algún día serían ellos la estatua en la que jugarían sus nietos en el parque. Ya nada queda de todo aquello, muchacho, de cuando en las bisagras de las alcobas relinchaba sin aliento la onomatopeya del sexo.

Agnosticismo con poleo - José Luis Alvite

Agnosticismo con poleo - José Luis Alvite

No recuerdo en qué momento de mi vida dejé de ser creyente, seguramente porque mi escepticismo no me pareció entonces una conquista inteligente, una proeza intelectual, algo que valiese la pena considerar inolvidable. Por mi buena memoria numérica, supongo que lo recordaría si, habiéndolo fiado todo a la tarjeta de visita de Dios, en algún descuido hubiese perdido su teléfono. Fui un niño creyente y practicante, un dócil y abnegado muchacho que les soplaba a las mariposas para ayudarles a volar y a veces hacía las cosas mal adrede porque quería sentir el extraño e incómodo placer del remordimiento frente a alguien superior que me hiciese reproches con mayor legitimidad moral, y más contundencia, que la roñosa bibliotecaria del instituto cada vez que le perdía un libro. Lo que tengo claro es que quien me alejó de Dios no fue la ciencia, ni el trato con los sacerdotes, ni que a las monjas les oliese en el aliento el requesón de su sexo fermentado en el nido ignífugo de sus bragas de amianto. Creo que fueron mis rodillas, que llevaban mal la repetitiva gimnasia del reclinatorio, sobre todo cuando iba con tía Pepita a la novena de San Bieito y volvía por la noche a casa diezmado por aquella fatiga litúrgica que tanto daño me hacía en los malditos meniscos. Pero no dejé de creer en Dios como resultado de una reflexión lúcida, ni movido por alguna lectura inteligente, de modo que no puedo presumir de mi agnosticismo, sino, simplemente, admitirlo como el resultado de una cierta pereza recreativa, supongo que también como la consecuencia de que en el camino de la parroquia alguien tuvo la ocurrencia de abrir un salón con futbolines. Supongo que creeré otra vez en Dios cuando en medio de la agonía no me importe que el jodido consomé venga mezclado con el poleo insípido de la extremaunción.

Amor con flemas - José Luis Alvite

Amor con flemas - José Luis Alvite

Resulta sorprendente que nuestras modelos y actrices, nuestros toreros, los futbolistas, cantantes y otras especies de la vida mundana se enamoren con tanta facilidad, rompan enseguida unas relaciones que se suponían sólidas e idílicas y vuelvan a enamorarse sin haberse tomado siquiera un respiro, con una facilidad que no deja de asombrar a quienes, como yo, consideramos casi un exceso sentimental habernos enamorado cuatro veces en cincuenta años. ¿De verdad se enamoran tanto como dicen ellos y proclaman los programas televisivos o la prensa rosa? ¿No resulta sorprendente que muchos de esos enamoramientos suceden cuando se trata de relanzar la carrera decadente de alguien o se pretende promocionar su película más reciente o su último disco? Yo lo siento por mis colegas de la prensa rosa, pero creo que son cómplices de una gran patraña cuyos fines no son en absoluto sentimentales, sino descaradamente comerciales. El enamoramiento no puede ser ese asunto trepidante, frívolo y superficial que ellos retratan con una prosa recargada de frases hechas, ensambladas en textos manidos que tendrían que ser considerados la obvia demostración de que hay una prosa que más que para la lectura parece indicada para su fácil conversión en albóndigas o en flemas de menta para ser disparadas como goma arábiga en la escupidera. Esos excesos sentimentales urdidos por agencias especializadas y jaleados por la prensa rosa resultan tan artificiosos como que cualquiera de esas criaturas de veinte o treinta años publique sus memorias en un momento de su vida en el que ni siquiera ha tenido tiempo de que le ocurra la mitad de las cosas que le sucedieron a su abuela, aquella mujer silenciosa y abnegada que, ansiosa por disfrutar de un sentimiento sublime, hizo lo imposible por enamorarse de su marido un instante antes de que una bronquitis mal curada la dejase viuda. Yo preferiría no enamorarme por quinta vez, sobre todo porque temo que con el dinero de mi divorcio se quede con mi chica el abogado.

Esquela con lilas - José Luis Alvite

Esquela con lilas - José Luis Alvite

Estaré en la Feria del Libro de Madrid, esta vez para firmar ejemplares de «Lilas en un prado negro», que es un título recopilatorio de relatos urdidos en la penumbra de mi cabeza en un momento de mi vida en el que hasta me parecía que fuese yo el único excremento que no se atreviesen a comer los cerdos. Contiene pasajes amargos y otros jaspeados son la llamarada ignífuga de un humor sin demasiadas esperanzas, como ese gesto de vago y remoto placer que veríamos en el rostro de un muerto al que le hiciesen cosquillas las lombrices que devoran tenazmente la gomosa flacidez de sus vísceras. Pero eso es lo de menos. Soy devoto de la Feria porque me acerca a un público lector al que, además de las alubias, le debo el remanente de mi precaria felicidad, incluso la vida. En absoluto me mueve el ansia de un éxito editorial, no porque desprecie sus dividendos, como cualquier esnob, sino porque me he concienciado desde muchacho de que la vida es un viaje a bordo de un tren con humo que avanza al tacto sobre las vías gracias al recurso de ir alimentando las llamas del fogón con la madera de sus vagones. Lo que de verdad me interesa es ese rostro plural de los lectores, la mirada colectiva de quienes siendo tan distintos entre sí, en el fondo tanto se parecen a mí. Lo digo porque del mismo modo que los veo frente a mí en una de las casetas del Retiro, con la misma naturalidad, y tanto efecto, podría imaginarlos echándole con cariño un vistazo a mi cadáver en el tanatorio. Les regalaría a todos ellos el libro si pudiese. Mis lectores se ahorrarían un dinero y yo sería el de siempre, un tipo que escribe sin ambiciones materiales, si acaso con la razonable esperanza de que con motivo de su muerte a los suyos les hagan un descuento en la esquela del periódico.

Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite

Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite

Conozco a muchas mujeres que estarían dispuestas a romper con su vida familiar de muchos años y dar un paso hacia delante en busca de la libertad y del placer sin importarles siquiera que al otro lado de la niebla acaso les esperen la decepción, el remordimiento o el abismo. Sólo unas pocas al final se deciden a dar el paso, echan dos mudas en una bolsa, queman en un cenicero la última lista de la compra y salen al encuentro del tipo con el que esperan compartir la emoción de la incertidumbre, la indescriptible excitación del caos, enfrentadas a partir de ese instante a una existencia aleatoria en la que sólo queden a mano las cosas que estén fuera de su sitio. Pero esa clase de mujer son casos contados. El resto hacen conjeturas, sopesan las ventajas y los inconvenientes, y aunque aprietan los dientes y parecían dispuestas a no volver la vista atrás, lo cierto es que recogen otra vez la llave del felpudo y prefieren renunciar. Ellas dicen que se quedan porque se deben a los suyos, pero yo creo que en esas circunstancias mis amigas llaman responsabilidad a lo que ellas y yo sabemos que sólo es cobardía. Esa actitud claudicante y miedosa recuerda en cierto modo la angustia de los esclavos negros de Virginia o de Alabama al enfrentarse a la incertidumbre de la libertad tras la derrota del Sur y el desmoronamiento de aquel mundo señorial, soñoliento y esclavista en el que si bien se sabían atados a la disciplina de las oprobiosas plantaciones de algodón, al menos estaban seguros de cenar cada noche cualquier cosa que diese pena vomitar y mejorase al menos la comida de los perros. Una de esas amigas mías se hace trampas para vencer la tentación de romper amarras y no le importa reconocerlo. Una madrugada me la encontré de copas en la barra del «Corzo» y me dijo: «Me da miedo que mi conciencia no me reproche la decisión de abandonar a mi familia y cambiar de vida para ser feliz. Para que eso no ocurra me creo compromisos estúpidos que me obliguen a seguir en casa al día siguiente. ¿Por qué diablos crees que pongo tan a menudo a funcionar la lavadora sin ropa y dejo cada noche seis puñados de lentejas en remojo? Puede que sea muy triste, pero necesito convertir mi aburrimiento en un deber». Mi amiga ya no ama a su marido y sus hijos viven lejos. Pero no se larga de casa porque, aunque ella no lo diga, yo sé que lo que de verdad le preocupa no es tener un buen motivo para marchar, sino que no acierte luego con una buena razón para volver.

Shaolín, Cambados - José Luis Alvite


Shaolín, Cambados - José Luis Alvite


No he entendido nunca que para aprender a meditar haya que recluirse con una túnica anaranjada en un monasterio chino, decir aforismos enigmáticos y disculparse con las acelgas antes de comerlas. Don José Ortega y Gasset razonaba muy bien con traje y corbata, Oscar Wilde hacía formidables aforismos casi sin probar el arroz y tía Pepita tranquilizaba a las parturientas con una frase bien poco tibetana pero de una eficacia concluyente: «¡Deja de gritar, maldita sea, y empuja!». Tía Pepita no sabía nada del monasterio de Shaolín, ni creía que hubiese algo más cosmopolita que el cartero. Se había hecho comadrona durante la Guerra Civil en un curso de urgencia en la Facultad de Medicina de Compostela y tenía del sexo la idea aproximada de que era algo un poco hidráulico que funcionaba casi como la bomba del pozo. La acompañé de niño a muchos partos en las aldeas de Cambados y no recuerdo una sola queja de sus pacientes por aquel temperamento tan práctico. Concluida la tarea, tía Pepita se enjuagaba las manos y resoplaba con una mezcla de alivio y satisfacción, como si, además de traer a un niño al mundo, con las mismas herramientas hubiese desatascado un obús. Luego me volvía con ella al pueblo y en la aldea quedaba la madre con su bebé recién nacido, feliz y relajada, la cara limpia y la cama recién mudada, mientras en la cocina alguien prendía un faldero fuego de leña en el que hervía la leche y se adormecía el gato. Nadie hablaba entonces del monasterio de Shaolín. El hambre era laxante y la gente se relajaba en el retrete con las mismas muecas de contenido placer que recordaba haber visto en el rostro de su padre aquella lejana tarde en el campo. Y en el rostro de tía Pepita regurgitaba la señorial serenidad amodorrada de aquel mundo elemental en el que con la pachorra le brotaba al fuego la misma lana que a las ovejas.

Los robles de Hyde Park - José Luis Alvite

Los robles de Hyde Park - José Luis Alvite

Ya estaba ella sentada en el trono de Inglaterra cuando empecé yo a ir a la escuela y creo que seguirá ahí mientras no acabe con ella cualquier enfermedad de la madera. En muchos países modernos hay monumentos más jóvenes que ella, más frágiles y, desde luego, menos arrogante de su porte no parece que se haya desmoronado aun el Imperio Británico. Tiene la reina Isabela II de Inglaterra la ambigua expresividad heráldica de alguien que sabe a ciencia cierta que pertenece a un mundo augusto y antiguo en el que lo que importa de las manos no es su calor, sino los modales. Es algo que le viene de cuna y por haber vivido en un ambiente familiar en el que no era extraño encontrarse por la mañana una perla en la escupidera de su padre y una corona entre la loza del desayuno. Acaba de cumplir sesenta años de reinado y no hay síntomas de que piense abdicar. Se mantiene encaramada en un alto índice de popularidad entre los británicos y no parece que nada vaya a moverla del trono si ni siquiera han conseguido que se resienta su entereza los dibujantes del «The Times». Ella es la madre, la abuela o la bisabuela de todos los británicos y ha conseguido que sientan por ella esa mezcla de fascinación, curiosidad y adicción que suelen despertar las leyendas, los narcóticos y los sellos de Correos. Hasta que un día su médico de cabecera encuentre el alabastro de su cuerpo en el lecho palaciego, mire el reloj de leontina y certifique que Su Graciosa Majestad acaba de fallecer víctima de una de esas enfermedades que ahuecan los robles de Hyde Park.

martes, 2 de diciembre de 2014

Pamela con vestidos - José Luis Alvite

Pamela con vestidos - José Luis Alvite

Ocurrió muchas veces en mi infancia y no estoy seguro de haberlo superado. Mi madre ingresaba con frecuencia en un sanatorio para ser operada. Desde Cambados venía tía Pepita para que hubiese una mujer en casa. Aunque fuese media mañana, nada más llegar ella, irrumpía la noche y aquel silencio casi abacial que sólo se interrumpía para que se dirigiese a mí con un aviso que nos concernía a todos: «Tenemos que estar preparados para lo peor». No decía otra cosa, ni expresaba nada con aquel rostro tan austero en el que se plisaban sin idioma las facciones reglamentarias de un conserje. Después se levantaba la mesa y yo me iba a la habitación de mi madre, abría el ropero y miraba con tristeza la caja de su pamela y sus vestidos vacíos. Solo un rato, casi abrir y cerrar el ropero, el tiempo justo para darme cuenta de que estaba a punto de convertirme en el huérfano de un puñado de ropa, en el expósito perplejo de una mujer hermosa, dulce y vulnerable con la que temía encariñarme por miedo a echarla de menos si se cumplía el vaticinio mortuorio de tía Pepita, que esperaba de mí la entereza de un soldado enlutado por la muerte de su comandante, el ácimo dolor institucional de un niño que no perteneciese a una familia, sino a un escalafón. «No entiendo cómo con su mala salud, tu mujer no le tiene ropa negra a estos niños», le escuchaba decirle a mi padre en la cocina. Y volvía el silencio, aquel silencio descalzo en el que mi respiración sonaba como si cavase una sandía en mi pecho la azada del enterrador. A los pocos días mi madre regresaba a casa débil y demacrada, con el vientre recogido en el cuenco de una mano sin tacto. Entonces tía Pepita se volvía a Cambados y yo me veía vestido de negro en el reflejo medicinal de los ojos grises de mi madre...

Sombrero de paja - José Luis Alvite

Sombrero de paja - José Luis Alvite

En sus labios aprendí de oídas a leer, compartimos de niños los libros y la ropa, estuvimos mucho tiempo en las mismas fotos y me gustaba sentarme a su lado en el muelle de Cambados porque mi hermano miraba el horizonte con una mezcla de ansia y resignación, como si el tiempo que estaba por venir fuese apremiante y al mismo tiempo innecesario, igual que un buey tirado por caballos. Tenía los ojos muy vivos y muy azules, tan limpios y tan traslúcidos que eran como esa poca agua en la que incluso hace pie la lluvia.
Sabía tocar la guitarra y dibujaba a tinta china unas mujeres con los ojos velados por una indiscreta ceguera como de vidrio, con un portal en el vientre, y en el portal, un mendigo con el esqueleto amarillo de un niño cenando hambre azul en su regazo. Una tarde se cayó al mar vestido al bordear la escollera del muelle y salió a flote sin reloj y sin zapatos. Fue aquella la primera vez que temí que se acabasen para siempre las fotos a su lado, el ábaco de la música presintiendo el tiempo en su guitarra y aquellas tardes de verano en las que nos sentábamos en la bajamar de Tragove y mirábamos como bogaba en su dorna un marinero a merced del cansancio, en un matorral de espuma. Me había dicho mi hermano que al retirarse la marea bajo el sol de agosto, con el agua seca y ardida podríamos hacernos un sombrero de paja.
Tendría que recordárselo cuando murió, pero me pareció tan pensativo que no me atreví a distraerlo. Mi hermano sabía tantas cosas que al ver su cadáver algo me dijo en mi interior que en realidad no era aquella la primera vez que se moría. Y si hoy le recuerdo aquí es porque cuando murió estaba yo tan ocupado en acabar aquel bendito sombrero de paja, que mis estúpidas manos no tuvieron entonces tiempo para las flores.

Fuego meado - José Luis Alvite

Fuego meado - José Luis Alvite
Sería por culpa de la ambigüedad moral que te invade al cabo de tantos meses de insomnio, el caso es que aquellos fueron sin duda los momentos en los que estuve cerca de acertar con mi vieja idea de unir mi destino al de una mujer ambiciosa, atractiva y perversa en la que incluso fuese imperdonable la bondad, alguna de aquellas fulanas ambiciosas y desalmadas, maduras y desesperadas, aun hermosas, en cuya compañía siempre pensé que incluso la muerte podría parecerme un premio, y mi cadáver, el trofeo. Se llamaba R. y necesitaba unirse a un hombre que le ayudase a desplazar de su lado al tipo rudo y vulgar con el que llevaba quince años casada. «Bésame –me decía– y sentirás como un anticipo de la gloria el placer de escupir en la boca de mi marido». Acudí a su casa unas cuantas tardes aprovechando que aquel tipo trabajaba por horas acarreando equipajes en un hotel. Me gustaba correr el riesgo de que apareciese su marido y hubiese una trifulca. Sabía que me estaba engatusando y que aquella historia podría acabar muy mal, pero en el fragor de la lujuria, en la berrea de su cama con las patas desiguales, de repente me sentía redimido por el olor de la fruta que llegaba desde la cocina mientras en la boca de aquella mujer maduraban la saliva y las blasfemias y se apoderaba de mi conciencia el deseo de no parar, el ansia de insistir en el riesgo, como un atleta que si corre hacia la meta es por temor a que por la espalda te alcance de nuevo el fracaso. «Tienes que sacarme de aquí y ocultarme a tu lado en alguna parte», me pidió una de aquellas tardes. «Será lo mejor –insistió– antes de que mi marido sepa lo nuestro y pierda la cabeza». Me gustó que hablase de «lo nuestro». Sonaba cómplice, amoral y excitante, como si estuviese robando en sus bolsillos mi propio dinero...
Ella era una pasión para mí, una tentación arriesgada que yo sabía que me perdería interés tan pronto dejase de suponer también un peligro. Deseba compartir su intimidad, pero no quería cometer el error de formar parte de su rutina. Y tampoco estaba seguro de que sus sentimientos no fuesen más que la falsa apariencia de su ambición, la ganzúa en la que a veces me parecía que se convertía su sonrisa cuando pensaba que yo jamás sería capaz de tomar una decisión que no fuese copia literal de la suya. «Podríamos alquilar un piso en el otro lado de la ciudad, en una de esas calles que tanto te gustan en las que ni siquiera estuvo más de cuatro veces el cartero», me propuso una de aquellas tardes de lujuria y tensión en su alcoba. «Tú disfrutarías con más calma del placer y yo estrenaría cada noche lencería», dijo con aquella voz saciada que olía como su pelo. Me defendí como pude: «No funcionaría. Suele ocurrirme que me produce más placer viajar cuando, sentado en mi automóvil, imagino que voy al volante de un coche robado. ¿No estamos bien así? Me atrae el riesgo que corremos. Creo que un hombre como yo sólo puede ser feliz si para conseguir la felicidad necesita agallas». Escuchó mi contraoferta ladeada en la cama, con un cigarrillo en la mano, sin perder la compostura, segura de sí misma, sin duda convencida de que sucumbiría a su proposición tan pronto volviésemos a encontrarnos en su alcoba y mis manos descubriesen otra vez en su cara el mismo tacto irresistible que si pasase la mano por sus medias. Solía ocurrir, sobre todo cuando pasaban algunos días sin vernos y al sentir su sensualidad invertebrada pensaba que incluso si me disparase en la boca me habría parecido sexo oral. Una tarde me dijo: «Los vecinos hablan y mi marido escucha cosas. Un día se me escapará tu aliento en su boca...».
Me desentendí de sus sugerencias como pude y seguí visitándola en su casa. La idea de alquilar un piso al otro lado de la ciudad no era desde luego lo que esperaba de ella. Necesitaba una alternativa más fuerte, algo que en vez de disminuir la tensión aumentase el peligro y nos obligase a tomar una determinación dramática, un giro inesperado que, además de confirmarnos como amantes, nos uniese en la custodia del secreto de algo verdaderamente inconfesable. Mi idea era entonces que dos amantes no podrían conseguir el placer de la gloria si camino de alcanzar el paraíso no les saliese al encuentro el grave riesgo de pisar la cárcel. Se lo había dicho la primera vez que bailamos juntos en aquel húmedo local sin gente en el que la pista se oscurecía aún más al encenderse la lepra de la luz. «No sabría decirte qué es exactamente lo que me ocurre contigo, pero creo que por primera vez me doy cuenta de que eres la clase de mujer tentadora y complicada con la que sería feliz compartiendo al mismo tiempo mi dinero, tu codicia y un cargo de conciencia». Ella se refugió con ahínco entre mis brazos como si con aquel pensamiento la hubiese cogido el frío. «¿Matarías por mí?», preguntó casi con rutina, sin darle demasiada importancia, como si supiese la respuesta. Enterré mis narices en el aliento pecuario de su abundante mata de pelo negro y aspiré su olor a caballeriza, el perfume carnal y cobrizo de aquella melena en la que me pareció que contenía su estampida la yeguada ciega del sexo. ¿Por qué diablos no habría apalabrado con ella aquella noche el crimen que además de confirmarnos como amantes nos convirtiese en cómplices? Comparada con aquella posibilidad, la idea de mudarnos a un piso a las afueras me resultaba un riesgo sin la menor emoción. Era como asaltar un banco y abrir allí mismo una cuenta con el dinero del botín...
Al ver que yo no me decidía a dar el paso que esperaba de mí, buscó una excusa para espaciar nuestras citas. Sin duda, pensaba que el racionamiento me haría entrar en razón de la manera como solemos hacerlo los hombres cuando nos puede el deseo: perdiendo la cabeza. Aunque llevábamos poco tiempo juntos, me conocía bien. Sabía que la buscaría aun a sabiendas de que ella fuese sólo el cebo al final de la ratonera. Nuestra relación estaba aún en ese punto en el que, antes de convertirse en una costumbre, lo que uno siente por una mujer es un capricho. Era justo ese momento de ambigua moralidad en el que una mujer nos resulta fascinante por lo que desconocemos de ella, el tiempo no muy largo, pero intenso, en el que una mujer nos parece una diosa gracias a no haberla visto nunca repasando la lista de la compra sentada en el retrete. Ambos sabíamos que aquella atracción no tardaría en resentirse por culpa de la rutina y que entonces mi entusiasmo iría a menos. Por eso cuando nos reencontramos una noche en el mismo local en el que habíamos bailado aquella vez, me dijo ella: «O nos decidimos ahora o no lo haremos nunca. Con el tiempo nos volveremos sensatos y ya no encontraremos razonable perder el sentido. Nos volveremos rutinarios y mansos. La nuestra sería entonces una relación aburrida por la que pasarían diez años cada día. Incluso podríamos tener la desgracia de que mi marido ni se entere de lo nuestro, de modo que, como me dijiste una noche, habremos vencido con el extraño sinsabor de no haber derrotado a nadie». Bailamos de nuevo la canción de entonces y acordamos que yo alquilaría un piso a mi nombre al otro lado de la ciudad. Nos dimos un largo beso deshuesado y sentí como por su boca pasaban a la mía su conciencia, su alma y las vísceras de su saliva.
De repente irrumpió un verano cálido y húmedo, la meteorología carnal y caldosa que alienta la infidelidad, afianza los vicios e incita al crimen. Pensé entonces que la temperatura que me impedía concentrarme para escribir solía ser en mi caso la misma que me llevaba a relajarme y temí que mi conciencia fuese incapaz de reprocharme nada que en cierto modo me alentase a cometer el calor. Recordé que en las estribaciones de mi adolescencia el verano era el momento de la vida en el que prevalecía la lotería de los instintos y me podía permitir el olvido impune de los preceptos reglamentarios del catecismo. Por encima de los treinta grados centígrados mi conciencia se sentía libre de perder el control y Dios se esfumaba como un gramo de sal en un plato de sopa. Fue entonces cuando nos instalamos en aquel piso al otro lado de la ciudad, en una calle anónima en la que era como si las fachadas de los edificios estuviesen escondidas dentro de sus portales, un rincón en el que con el viento se agrupaban el olvido, la mierda y los perros. Ella lo consideró «un primer paso» en sus planes. Aspiraba a más, a mucho más. «Me gusta que hayas tomado esta decisión por mi, cariño –dijo– pero creo que no merezco que este placer momentáneo se convierta en un castigo duradero... Necesito vivir a tu lado el tibio calor refrigerado de la gente con clase, compartir en algún momento el placer de lo exclusivo en uno de esos lugares elegantes en los que tú me dijiste aquella noche que se escucha a lo lejos, como un cuco, el peloteo de las chicas tontas dando indolentes raquetazos en sus pistas de tenis... ¿Recuerdas?, un sitio como el Gran Hotel de La Toja,... ese refinado ambiente sin ruido en el que en la luz del bar inglés medra como maleza la cretona de la penumbra...».
En medio del calor insoportable de aquel verano tuve un momento de lucidez y comprendí que mi conciencia era más elástica que mi economía, y que si seguía el ritmo que marcaba ella, llegaría el momento en el que no podría costearme mis instintos. Ella insistía en el capricho de una vida elegante. «No soy una mujer cualquiera. Jamás habías imaginado tu vida al lado de alguien como yo. Tenemos que salir de este horno y que se nos vea. Nuestra cama es como acostarse en una llaga. Tenemos una nevera que asa el hielo. ¿Para qué me tienes? ¿Para ocultarme? ¿Serás tan idiota de tener un coche de lujo parado en el garaje?»... «No puedo pensar con este calor –me defendí– Tampoco sé muy bien qué pretendes. ¿Ya no te sirve el dichoso piso al otro lado de la ciudad? ¿No se trataba de evitar a tu marido? Te dije que no sería una buena idea. La Toja no es nuestro mundo. Estamos donde nos corresponde, en un piso en el que solo valdría la pena robar la basura. Somos llamas distintas de la misma hoguera y estamos condenados a abrasarnos en uno de esos fuegos meados que dejan en el suelo un rastro de orina al arder». Se ausentó al dormitorio y regresó al poco rato cambiada de ropa. «Es el único vestido que tengo sin estrenar. Comprenderás que no me lo he puesto para asistir elegante a nuestro fracaso. Arréglate y nos largamos. Tengo algo de dinero en el bolso. ¿Me subes la cremallera?». Me volvió la espalda y se recogió con las manos el pelo sobre la nuca. Yo no quería ceder, pero lo hice. Fue como si le hubiese subido la cremallera del vestido con las manos de otro hombre. Sentí como si con el calor de su cuerpo fuese a salirme por el pecho el sudor de la espalda. Pensé que en La Toja estaría a la sombra el sol.
Cenamos sin problemas en el Gran Hotel de La Toja. Aunque elegí una mesa al final del comedor, mi chica llamaba tanto la atención que fue como si aquel rincón estuviese en la mitad del salón. Ella me sugirió que le pidiese «algo elegante, ya sabes, una de esas recetas francesas que no sabría pronunciar». Me pareció una buena idea, así que al ordenar el menú le sugerí al camarero que nos trajese «algo a juego con su vestido, para ella, y para mí, si es tan amable, cualquier cosa que al salpicar no perfore mi corbata». El camarero sonrió con una mezcla de profesionalidad y cachondeo, se dio la vuelta y desanduvo sus pasos con esa elegante y silenciosa elasticidad que en un soldado sería sin duda cobardía. Miré a mi chica y pensé que, en medio de aquel silencio, tan sólo una semana antes se habría escuchado con absoluta claridad el litúrgico goteo de su ovulación, como un estribillo de amatistas derramándose en la patena de la comunión. Entonces ella buscó mis ojos con su mirada y me dijo: «No volveremos a vernos. Sólo necesitaba una noche así, algo elegante en lo que pensar cuando esté de regreso en mi dormitorio y me cueste conciliar el sueño en esa cama en la que decías que relinchaban el aliento, el somier y los besos. Siempre supe que jamás matarías por mí. Sé que un día contarás lo ocurrido entre nosotros y que entonces tu cobardía parecerá que fue inteligencia. No importa. Nunca creí que lo nuestro saldría bien. Nos destruiría la rutina de la felicidad. Somos como esos jugadores que apuestan atraídos por el riesgo de perder. No digas nada. Devuélveme a la calle en la que vivía y si algún día nos encontrarnos, por favor, repíteme lo que me escribiste aquella noche en un posavasos de papel: ''¿De verdad no eres un escalofrío de niebla al final del humo?''».

Una nuez con cerezas - José Luis Alvite

Una nuez con cerezas - José Luis Alvite

Estuve dos veces a tratamiento psiquiátrico porque me sentía muy perdido y, sin embargo, en ambos casos hice lo posible para seguir como estaba. Ni entonces supe muy bien lo que me sucedía, ni estoy seguro de saberlo ahora. A veces pienso que me ocurre como al tipo que se aferra al vértigo sólo porque le gusta vomitar. En la etapa de mi vida en la que quise ser boxeador, me dijo el entrenador: «Tienes los brazos largos, muchacho, y una pegada discreta, pero te falta convicción para pelear. Es como si te diese miedo vencer. ¿Qué coño te ocurre? ¿Acaso quieres que toda tu carrera transcurra caído en la lona? Te noto ausente, pensativo... Esto es un gimnasio, muchacho, no una biblioteca. Mucho me temo que has hecho una mala elección. Creo que eres un jodido boxeador de letras». Aquel tipo tenía razón. Jamás he tenido lo que se necesita para ser un triunfador. Incluso con la suerte de cara, se me da mejor tomar las peores decisiones. Soy enemigo de entrometerme en la vida de la gente por la misma razón que soy reacio a saber cosas de mí. Prefiero sentirme culpable de un fracaso antes que verme en el apuro de dar explicaciones por un éxito. En mis días de tratamiento psiquiátrico, la mujer que me amaba cogió una madrugada mi cabeza con fuerza entre sus manos y me dijo: «Cada día sé menos cosas de ti. Eras un desconocido cuando te vi por primera vez y con el tiempo te has convertido en un extraño. ¿Quién hay dentro de ti? ¿Cuántos sois tu cabeza y tú, por el amor de Dios? Me desespera la idea de que cuando lo nuestro se haya acabado, ni podré saber a quién he amado, ni sabré siquiera a quién tendré que odiar». No recuerdo que le contestase nada convincente. Entonces, como ahora, mi cabeza era una nuez en cuyo interior tratasen de abrirse paso las cerezas...

Atasco en Times Square - José Luis Alvite

Atasco en Times Square - José Luis Alvite

No penséis que os estoy vendiendo el cartel turístico de mi tierra si os digo que todavía hay en Galicia lugares en los que los perros ladran con la boca dentro del culo y sentimentales ancianos que tienen entre las de sus familiares la foto de un viejo roble al que cada noche le llaman hermano. A mis seguidores tuiteros les he dicho también que hay en esta tierra lugares en los que ni siquiera el humo ha visto alguna vez el fuego. No sabría como demostrarlo, pero es rigurosamente cierto. Tan cierto como que en algunas playas solitarias deja a veces la marea el correo póstumo de los náufragos. Créeme que no exagero, amigo mío, si te digo que he visto en la costa unos cuantos de esos lugares apartados en los que con el relente de la noche cruzan la carretera la maleza, el viento y una tamborrada de caballos con el aliento esmerilado en una niebla pelirroja en la que se presiente la placenta del fuego. Recuerdo que una noche me perdí circulando por carreteras secundarias y en el requesón de una bruma espesa se me cruzó un taxi amarillo de Nueva York. Lo conté al amanecer en un bar de aldea y al tipo que lo regentaba sólo le extrañó que el dichoso taxi no fuese de Chicago. Dijo que, «por lo visto, emplearon un asfalto americano al reparar la carretera y ocurren cosas así desde entonces». Parecía un tipo tranquilo. Le pedí el periódico del día y me dijo que allí el periódico del día era el de unos cuantos meses atrás, así que «estamos en diciembre, de modo que si quiere usted el diario de hoy, será mejor que me lo pida en julio». En aquella ocasión volví a casa con dos días de retraso. No hubo problemas. En Galicia todo el mundo sabe que cuando alguien llega tarde de madrugada a casa, será porque había atasco en Times Square...

Literatura acatarrada - José Luis Alvite

Literatura acatarrada - José Luis Alvite 

Proliferan los talleres de escritura para personas interesadas en el oficio de la literatura. Yo los miro con recelo porque creo que la escritura no es una afición que se adquiere, ni un oficio que se perfecciona, sino una necesidad que se padece, algo que sobreviene por pura fatalidad, a veces por una simple carencia, como sucede con el bocio. El escritor lo es instintivamente y habrá de extremar las precauciones para que las normas no malogren su actitud. A veces los monitores de esos talleres de escritura explican la necesidad de que el mensaje resulte claro y preciso, que la idea expresada sea inequívoca, de modo que si uno describe la plancha de la ropa, el lector no entienda que se trata de un pisapapeles. El consejo es ideal para redactar un pedido comercial y que al encargar por correo una merluza del pincho, no te traigan una liebre. Al escritor le conviene reservar un papel relevante al instinto, a lo que le pide el cuerpo, sin importarle siquiera que el resultado pueda parecer confuso, incluso precisamente por eso, dando por cierto que quien se siente escritor acaba siempre por encontrar su punto de literatura sin necesidad de instrucciones, instintivo para acertar, igual que de manera natural el caballo detenido frente a una hoguera no huye jamás hacia el interior del fuego. Me gusta la gente que escribe sin obediencias académicas, libre como el agua del manantial que no pasa por el grifo. Lo digo por experiencia. Mi mejor momento en relación con las chicas lo tuve en los comienzos de mi carrera profesional, cuando se sentían tan halagadas gracias a lo mal que entendían lo que yo les escribía, igual que le sucedía a aquel cantante del Savoy al que las mujeres se le rendían por lo bien que sonaba su voz cuando estaba acatarrado. Y eso es así por la misma razón que la mejor descripción de Praga se consigue recordando confusamente las calles de Lisbo

Tendal con blusas - José Luis Alvite

Tendal con blusas - José Luis Alvite

Aquel amigo de mi infancia se quedaba mirando al cielo porque a veces pasaba rasante un piloto del Aero Club y creía que podría verle las bragas a la avioneta. Luego se decepcionaba porque decía que el maldito aeroplano llevaba pantalones. Yo me conformaba con sentarme en un prado a las afueras y mirar cómo clareaba al sol la colada de las mujeres, que era un ajuar lúbrico, una yeguada de lactosas hembras de lino que me ayudaban a imaginar cosas que pudiesen costarme la suerte de ir al infierno por culpa de aquel prematuro placer. Me gustaba la ropa modesta y encinta de la mujer madura, aquellas blusas cacheadas a granel por un viento lascivo que arrastraba hasta los tendales el aliento de los cerdos, el oleoso membrillo de las ingles de las beatas y el calostro sobado de las vacas. A veces corría detrás del viento que acababa de pasar por los tendales, le daba alcance, cerraba los ojos y aspiraba de nuevo el aroma jabonoso y genital de la bendita pañolada de blusas mientras en alguna cocina escapaba desde la radio por la ventana la voz venérea y hormonal de Gloria Laso cantando «Luna de miel». En verano a tía Pepita no le gustaba que yo me aficionase a los tendales y me buscaba ocupaciones para que no saliese a los prados. Entonces me quedaba en casa y miraba sujetas con pinzas en el tendedero del patio aquellas otras blusas asexuadas y penitenciales, insípido ajuar de holgadas prendas abaciales que a mí me parecían la ropa interior de Churchill mezclada con los bombachos de campaña del general Bernard Montgomery, aquel tipo flaco y relamido que se perfumaba en la sala de banderas hasta dejar el rostro guisado, inflamable y ofidio. Y por la noche me dormía preocupado por el riesgo de que Dios notase en mi aliento aquel turrón de lujuria con olor a vientre, a mercería y a pecado. (A Ramón Arangüena)

Pupilas de cuarzo - José Luis Alvite

Pupilas de cuarzo - José Luis Alvite

Lo hacía cuando era niño y aun lo hago con frecuencia. Me sentaba frente a un paisaje irreprochable, y cerraba los ojos para que el panorama se volviese aún más deslumbrante al tratar de recordarlo. Reconstruido en mi memoria, el paisaje resultaba entonces un mar fosco y amarillo lamiendo la comisura de una campiña azul, uno de esos paisajes que me confirman que el privilegio de la realidad mejora si en su contemplación irrumpe esa ceguera transparente que nos permite el capricho de redondear el catastro de la realidad con la dimensión inefable del Arte, como cuando en los días cambadeses de la siembra cerraba los ojos para recordar aquel arado romano tirado frente a mi mirada por un par de toscos bueyes azuzados por el látigo rojo de un obispo sarraceno y calzados con sedales patas de caballo. Si el paisaje era la gramática de la realidad, aquella deliberada ceguera momentánea resultaba ser su literatura, la maleza incandescente que brotaba en la oscuridad hipermétrope de mis ojos, como una buganvilla que medrase encamarada en las llamas que cada verano calcinaban una parte del bosque. Después medraba como lana la penumbra, se cerraba a mi alrededor la noche y volvía a casa pisando por la retina de los ojos sobre la viñeta arrugada de aquel paisaje fértil y literario en el que a mí me parecía que las mujeres recién paridas amamantaban a los bebés y a los perros mientras las cuadras se iluminaban con aquellos cerdos biselados e incandescentes por cuyo interior volaba en llamas un aforismo de mariposas ciegas. No he cambiado mucho desde entonces. Todavía cierro los párpados para mejorar lo que veo. Y si no acierto, no será porque no lo intente, sino porque se me abren los ojos cada vez que ladran esos perros neófitos e invertebrados que buscan amamantarse arrimados como reptiles al cadáver de una mujer con las pupilas de cuarzo y la leche de leña.

El aliento y la conciencia - José Luis Alvite

El aliento y la conciencia - José Luis Alvite

No entiendo la razón por la que está mal visto hablar de sexo sin convertirlo en una asignatura o en una patología. Hay sexo detrás del éxito de muchas personas y lo hay también en la explicación de sus fracasos. El del sexo es tal vez el único placer que no mejora al contarlo. Hay un sexo familiar y medicinal que explica muy bien Bernabé Tierno, y un sexo tórrido y pecuario para el que casi nadie tiene el vocabulario necesario para contarlo. Mi amiga D. me reconoció una noche haber hecho con la boca cosas que ni sabría pronunciar y dijo también que jamás iba al dentista al día siguiente de una aventura por miedo a eructar. Le resultaba incómodo que su dentista averiguase su sexualidad por el aliento. Con razón decía mi amiga que su ruptura con C. le había dejado hermosos recuerdos y un mal sabor de boca. El pudor que a ella le producía el dentista, se lo causa a los creyentes el confesor. Tradicionalmente, la religión ha presentado el sexo como una flaqueza, incluso como una bajeza moral. Yo jamás lo he considerado de ese modo y el sexo no figura entre los motivos de mis numerosos remordimientos. Lo que de verdad me preocupaba era que las manchas que no salpicaban mi alma fuesen a parar a la tapicería del coche. Los poetas siempre han visto el sexo de otro modo, con profilaxis y mucho jabón, con flores, madreselvas y alegorías, sin fluidos, y, claro, al final se les parte el corazón porque su chica se va con el tipo que no puede garantizarle un lugar en el Olimpo, pero tiene para ella un catre con culera en la cabina del camión. Yo he evitado siempre la tentación lírica del poeta en su relación con el sexo. Como le dijo a un amigo mío una fulana, «cuando te hayas largado, de tus mejores frases sólo recordaré con nostalgia el chupón del cuello».

Los perros de Angrois - José Luis Alvite

Los perros de Angrois - José Luis Alvite

Antes de ocurrir la desgracia del tren, la de Angrois era una de tantas aldeas de Galicia, lugares entrañables y apacibles en los que la vida transcurre tan tranquila, tan silenciosa, que hay perros que mueren de viejos sin haber aprendido a ladrar. Es en sus aldeas donde radica la esencia de esa galleguidad recelosa y a la vez hospitalaria, el lugar emocional del que surge ese tipo humano que te recrimina que robes un puñado de uvas de su parra y después del reproche colma tus brazos con dos docenas de racimos y te da conversación hasta que se echa encima la hora de cenar y se ofenderá mucho si no te sientas a su mesa. Dentro de la terrible desgracia que supuso, el Alvia ha ido a descarrilar en un buen sitio, en Angrois, la aldeíta próxima a Compostela a la que tantas veces fui caminado cuando era niño porque me suponía cruzar el río Sar con los pantalones arremangados y adentrarme en aquel orbe silvestre en el que, como en tantos lugares de Galicia, había unos señores calmosos que jugaban a las cartas con los naipes repetidos y unas mujeres muy trabajadoras y entusiastas que a mí me parecía que tenían la santa paciencia de hervir la leche con el fuego apagado. Fueron los hijos y los nietos de aquella gente quienes bajaron a las vías a socorrer con mantas a las víctimas del Alvia, consolaron a los heridos y dudaron si ofrecerles a los muertos un poco de conversación y un sitio en su mesa para compartir con los ancianos la cena invertebrada de los niños. Ni siquiera con el estruendo del tren ladraron los perros de la aldea. Fue hasta en eso un pasmoso ejemplo de silencioso civismo, de sobrecogedora y callada solidaridad. Y ahora Angrois saldrá de los telediarios y recobrará la calma antigua de esos sitios de Galicia en los que incluso la muerte es donante de sangre.

lunes, 1 de diciembre de 2014

El gel y las toallas - José Luis Alvite

El gel y las toallas - José Luis Alvite
  
Un sacerdote me recriminó ayer públicamente en Twitter el retrato que dos días antes había hecho de Cristo «repartiendo con naturalidad y el gel y las toallas en la penumbra del burdel». Al padre Antonio Romero le pareció una blasfemia lo que para mí sólo se trataba de una imagen concebida y plasmada con fines literarios. Al cabo de un breve intercambio de comentarios,cada uno mantuvo su postura. Por mi parte le hice ver que mi manera de escribir responde exclusivamente ante mi conciencia,por lo que consideraba fuera de lugar que su moral y su doctrina pretendiesen estar por encima de mi pensamiento y de mi manera de ejercer un oficio cuya esencia reside de manera irrenunciable en la libertad de expresión.Al final nos cruzamos invitaciones para que cada uno visite la ciudad en la que le recibiría como anfitrión el otro y el incidente no pasó a mayores, de modo que nos demostramos a nosotros mismos que dos personas pueden entenderse sin necesidad siquiera de estar de acuerdo. Ya sin las restricciones expresivas a las que obliga Twitter, quiero felicitar al padre Romero por la convicción con la que defiende sus creencias y espero que comprenda que con ese mismo entusiasmo defienda yo las mías. También deseo que sepa que tengo poco que ver con quienes con cualquier pretexto arremeten contra la Iglesia y consideran el Evangelio una antigualla intelectual, y la fe, poco menos que una perversión de la inteligencia.La suya y la mía sólo son maneras distintas de entender la vida, eso es todo, y comprendo que su idea de trascender y alcanzar el cielo es tan natural y tan legítima como en cada viaje que hago vencido por el sueño lo es mi deseo de llegar con vida a la siguiente gasolinera. Por último, padre Romero, creo que estaremos de acuerdo en que no son el gel y las toallas lo peor con lo que podría mancharse Cristo las manos.

Un Papa sin aliñar - José Luis Alvite

Un Papa sin aliñar - José Luis Alvite

Si me gusta este Papa es porque rompe, con su estilo tan cercano, una larga tradición de pontífices que predicaban la humildad encaramados en la cúspide de una Iglesia adinerada y clasista, enjoyada y bien comida, poblada de orondos cardenales premamá que a su paso dejaban una estela de incienso y Margaret Astor. La cúpula eclesial desmentía con su boato la sencillez de miles de párrocos flacos y sacrificados que predicaban el Evangelio con los bolsillos vacíos y la boca sin saliva. Yo recuerdo con frecuencia al cardenal Fernando Quiroga Palacios, que era un hombre alto y corpulento, un leñador de púrpura que comparecía en los actos de palacio con el rostro empanado por una mezcla de bechamel y maquillaje, obstétrico y luminoso como si con el sobrecogimiento de la inspiración divina le hubiese bajado la regla en su útero de terciopelo. Monseñor desprendía un penetrante olor a jabón y a especies, a soprano y a pinche de cocina. Y cada vez que impartía la bendición, al girarse para difundirla me llegaba hasta la cara aquel ácido vaho episcopal en el que se mezclaban la toilette de Bette Davis y el resuello de Jack Nicklaus. Francisco es un Papa sin aliñar. Habla con suavidad y dice cosas drásticas que nos devuelven la esperanza en una Iglesia en la que la palabra de los prelados deje más huella que el aliento de esos almuerzos palaciegos en los que uno imagina al camarlengo trinchando el pavo de Navidad con la cresta del crucifijo. Le deseo suerte al Sumo Pontifice. La va a necesitar para recuperar entre los católicos la imagen del Cristo que de niño me enseñaron en la escuela, aquel tipo sencillo y expresivo al que tantas veces imaginé repartiendo con naturalidad el gel y las toallas en la penumbra del burdel. Porque no es buen camino el que sigue esta Iglesia golosa y vertical en la que parece que los cardenales tengan a Dios de cocinero.

Camisa desplanchada - José Luis Alvite

Camisa desplanchada - José Luis Alvite

Llevo más de cuarenta años en el ejercicio del periodismo y creo que puedo sentirme razonablemente satisfecho por lo que he conseguido, y sobre todo, por lo que he sabido evitar. En todo este tiempo solo he pretendido que el dinero obtenido estuviese mas limpio que mis manos recién lavadas. Como nunca me propuse grandes objetivos, tampoco he cosechado grandes decepciones. En realidad hubo momentos en los que me sentí tan atosigado por quienes me menospreciaban, que cada vez que conseguí un éxito, me creí en el deber de dar explicaciones. Me volqué en este bendito oficio hasta olvidarme de los míos y buscar en la calle el afecto de los perros. Por mi manera de entregarme al periodismo jodí mi matrimonio y aun ahora la hija que tuve entonces me mira con curiosidad y siente cierto pudor al abrazarme. Nunca supe muy bien a qué portal pertenecían mis llaves, ni recuerdo haberme lavado la cara diez veces seguidas en el mismo hogar.Amaba el periodismo y me entregué a él sin condiciones, incluso a sabiendas de que con el mismo entusiasmo estaba rompiendo amarras y alejándome sin remedio de los míos. Y todo eso a cambio de un sueldo miserable para el que ni siquiera necesitaba bolsillos, hasta el punto de que una noche me prestó dinero un mendigo. No me importaba. Disfrutaba buscando frases entre los marginales a los que frecuentaba y jamás reparé en lo que sería de mi vida.Era feliz en medio del dolor y los destrozos,como un soldado que en medio de la oscuridad corre hacia el peligro atraído por la luz de la artillería. Algo me decía que no haría bien mi trabajo si además de contar la vida de los miserables no corría el riesgo de contraer también sus enfermedades.A veces creo que mi mala reputación ha salvado mi prestigio. A fin de cuentas, este oficio consiste en saber elegir con quiendes planchar por la noche tu camisa.

Blues de la gente dormida - José Luis Alvite

Blues de la gente dormida - José Luis Alvite

Desde que tengo memoria me gustó mirar a la gente mientras duerme, incluso si se trata de un muerto. De niño iba los domingos a echarle migas del pan a los difuntos del cementerio por si se les abría el apetito al resucitar. Me fascina la bondad genérica de la gente dormida, el sueño estoico y plomizo de los hombres derrotados, la abstracción de las fulanas del burdel cuando en mitad del asco las vence el cansancio y eso que regurgita en su boca no se sabe muy bien si es un eructo,una oración o el nombre confitado de un niño. Pocos placeres he encontrado más satisfactorios que el de aquella noche al arropar en su cama al hijo de la prostituta que me había llevado a su casa y me pidió que despertase suavemente al crío para que por una vez en su vida tuviese la sensación de que había en casa alguien que hablaba pausado, llevaba la ropa puesta y no hacía daño. O la madrugada en la que dejé de mi puño y letra sobre la cama de una niña un folio en el que al despertar creyó haber encontrado la letra fosca y encariñada del padre que la había abandonado al poco de nacer. Y recuerdo la muerte de aquel joven camarero que, vencido por el sueño, se estrelló al amanecer con su moto camino de casa.Me conmovió tanto el rostro encerado de aquel muchacho, que para quitarle gravedad a la escena, delante de los suyos pregunté qué tal había pasado la noche el muerto. Me puede la gente acorralada por el cansancio y doblegada por el sueño.Supongo que es algo que hago pensando también en mí, que he dormido muy poco durante treinta años y nunca tuve quien me hablase mientras me vencía el sueño.Y aunque ya no espero carta de nadie, no me importaría que me enterrasen en un féretro con una ranura para el correo.

Las tenazas del marisco - José Luis Alvite

Las tenazas del marisco - José Luis Alvite

Por la naturaleza de mi trabajo he frecuentado los ambientes más diversos y compartido las inquietudes y los problemas de gente muy distinta. He encontrado buenas y malas personas en cualquier circunstancia y sin importar a qué clase social perteneciesen. No me importaría disculparme si alguna vez caí en la tentación de la demagogia para censurar con carácter general la actitud soberbia de los ricos, proclamar la honestidad global de la clase media y solidarizarme sin condiciones con la desesperada honradez de los pobres. He conocido a indigentes capaces de saciar el hambre con el cadáver de sus hijos y a tipos muy adinerados que a veces negaban haber comido para que nadie se sintiese ofendido, y hasta fui muy amigo de un importante empresario que salía adrede de casa con una mancha en la ropa y con frecuencia les hacía de chófer a los hijos del jardinero. Que unos y otros se comporten bien es cuestión de clase, de estilo, de saber estar en el mundo con una mirada simplemente humana y razonable. No importa que unos vivan en la eterna primavera del dinero y que para otros sea siempre fin de mes si saben que todo es relativo y si se aprende a quitarle importancia al valor de la ropa que lleven puesta o al precio de aquello que mastiquen. A mis amigas ricas –que las he tenido– al principio no les gustaba que en los sitios que ellas frecuentaban me presentase en compañía de chicas en cuyo rostro fuese explícito el motivo de su mala reputación. Una noche aparecí con una mujer negra a la que con las prisas casi no le había dado tiempo a borrar de su aspecto los rasgos maleados de su oficio, la fogotenia apaleada de su cara exhausta, y al sentirse observada rehusó pedir la copa. Se dio cuenta de que los hombres la miraban con fingido estupor y que las otras mujeres le daban la espalda a ella y a mi me hacían el vacío. "No tienes que hacer esto por mi –me dijo– Tendríamos que haber ido a otra parte. Quedarás marcado. Y cuando yo me haya ido, ya nada en este local será para ti como era antes de venir conmigo esta noche". Entonces le pedí papel al barman, escribí una nota y le rogué que se la entregase a una de aquellas monadas rubias llenas de dinero y de soberbia, de vanidad y de cosmética. No podría citar el texto con exactitud, pero más o menos le decía: "Mañana hará un mes de lo nuestro aquella noche en tu casa. Y tal día como hoy, dentro de treinta días, hará un mes que hice con esta chica lo mismo que contigo aquella noche. ¿Te vienes a tomar una copa con ella o prefieres que le cuente que la única diferencia entre vosotras es lo bien que, comparada contigo, mueve esta negra el culo?". Ahora dudo que pensase lo mismo, pero yo, a lo que hice aquella noche al poner en un brete a la chica mona del dinero, hubo un tiempo en mi vida en el que no me importó llamarle "estilo". Nadie de entre aquella gente supo por mi jamás algo de aquella nota. El caso es que a los dos minutos de leer con disimulo el papel, la chica rica se vino a nuestro lado y brindó muy sonriente con la muchacha negra. Después se sumaron los demás y la de aquel día fue una de las noches más hermosas que recuerdo haber vivido. Mi querida chica negra trabajaba en un club de alterne, pero al final de la velada me quedé absorto mirándola mientras hablaba con toda aquella gente y me pareció una hermosa y jovial antropóloga a la que le sentase como astigmatismo el sueño y como gafas las ojeras. Y supe que cualquiera con un poco de ayuda puede entender que nadie es mejor que nadie. Aunque reconozco que a veces para que la chica rica comprenda que no es en absoluto mejor, ni más digna, que la chica pobre, lo mejor que puede hacer un periodista insomne es demostrarle lo mucho que se abre la mente de una rubia rica y estúpida cuando, con un simple puñado de letras, alguien consigue que tenga la sensación de que Dios le está apretando entre las piernas los huevos de su marido con las tenazas del marisco. 

domingo, 30 de noviembre de 2014

Rostro sin espuma - José Luis Alvite

Rostro sin espuma - José Luis Alvite

De aquella carta que ella jamás me remitió: «En estos pocos días ha pasado demasiado tiempo y has dejado de interesarme porque ya no eres el hombre que decían que no me convenía, el que juraba que la lluvia era agua en pelotas. Ahora sé que jamás me llevarás contigo a comprobar que en Los Angeles las calles son tan anchas que la acera de enfrente está en otra ciudad. Y también sé que si continua sea tu lado, seríamos como esas parejas estancadas en cuyos relojes son tres días seguidos las seis de la tarde, ese horrible momento del día en el que huelen como el cementerio las escuelas. ¿Qué puedo esperar de ti? ¿Una novela inacabada en la que cada página nueva sea justo lo que necesite para prender el fuego con el que arder la pagina anterior?¿Uno de esos hogares medicinales en el que te espere con tres horquillas en el pelo y un bizcocho de urea en el horno? No era eso lo que me decían que podía esperar de ti. Fue un error que te enamorases. Habría preferido que fueses el hombre poco recomendable del que me advertían mis amigas, el tipo amoral y desordenado que tuviese en el rostro el mismo dibujo que en las ruedas del coche, el que supuse que eras la noche en la que nos conocimos y prometiste que me harías feliz con las mismas cosas que me causasen dolor, como cuando de muchacha soñaba relacionarme con uno de esos tipos penitenciarios y rudos que descuartizan el agua al asearse, alguien de quien pudiese contar que pasé la noche con un hombre en cuyo rostro Dios era un fulano y jamás hacía espuma el jabón. Lo dejo antes de que por culpa de la rutina nos quedemos sin remordimientos y nos llenemos de efemérides.Eras mejor cuando el tipo que me interesaba no se parecía nada al hombre que me convenía».

Artie Stanton - José Luis Alvite

Artie Stanton - José Luis Alvite

Espalda de matrimonio y un par de manos que parecían equipaje, eso era a simple vista Artie Stanton, un tipo de dos en fondo que había amasado una fortuna contándolesu vida entre las piernas a las señoras que acudían a desovar sus cálculos renales enlos balnearios entre Savanah y Charleston. La simétrica geometría de su rostro poseíaesa belleza capicúa de los elegidos. "Artie era un dios a escote", escribió Chester Newman en el 'Clarion'.
 Sus entradas de madrugada en el 'Savoy' resultaban inconfundibles: "¡Qué hay, Nic!,escucho por ahí que tu esposa me es infiel contigo", "¡Más ánimo, Joe, ese saxo suena como una rueda pinchada", "Hola, Terry, encanto ¿sigues imitando a Sammy Davis Jr. con la vagina?", "Laurie, querida, tengo entendido que tu sonrisa vuelve a parecer ropa interior", "No me llena el claquetista nuevo, Ernie; dicen que se lava los pies con ginebra" Luego se sentaba a cenar a nuestra mesa y acudía el camarero: "Lo dejo en tus manos, Charlie: cualquier cosa más tierna que el plato". Un matón vigilaba en el guardarropa el gabán de Artie ¡El gabán de Artie! Se decía que el gabán de aquel fulano era uno de los diez tipos más deseados del país.
Sólo Artie tenía más éxito con las chicas que aquel abrigo. En su mejor año pasaron tantasmujeres por su cama en el Chelsea, que una cicatriz en la ingle de Artie Stanton fue el 'best-seller' del 73. Un año más tarde estaba muerto. Cuatro tipos le tirotearon a la salida del 'Savoy'. Había tanto plomo en su cuerpo, que le hicieron laautopsia con una báscula. Su sepelio fue un éxito social. En el velatorio me dijo Terry Shelton que hubo un instante en que no supo si rezar por el difunto o tirarle los tejos.Al acabar el apasionado desfile de las chicas alrededor del féretro, Ernie y yo retiramos de las manos del cadáver quince citas para lo que restaba de mes.

Tipos - José Luis Alvite

Tipos - José Luis Alvite

Al escuálido Giácomo Fidanza, el traje le sentaba como una carpeta. Su rostro era hielo encuadernado. Años atrás, un cirujano amigo de Ernie le había reparado la mandíbulareforzándosela con el tirador de un féretro ¡Dios santo!, la mirada de aquel tipo te echaba diez años encima. Los días de tórrido calor en el cereal verano de la ciudad, Giácomo Fidanza sudaba resina. Apenas se inmutaba. Alguien como él se tomaría tres disparos en el vientre como un cumplido. Fue Lorraine Webster quien me dijo una madrugada: "No me gusta ese tipo, Al. No me infunden confianza los tipos cuya sonrisaes como si le tirasen los puntos de fimosis".Cuando le conocí, Giácomo Fidanza alternaba en el 'Savoy' con Jeff Marauder y con Rebeca Labelle, una ex actriz que arrastraba del cine mudo la desagradable costumbre de sorber las frases con los mocos. Jeff era treinta años más joven que Rebeca, pero le ayudaba a derrochar las sobras de su fortuna dándole a cambio unos cuantosrevolcones en los que se sentía "como si estuviese profanando el Cementerio Nacional de Arlington". ¡Jeff Marauder! Presumía de escritor cinematográfico, pero en realidad sólo había hecho incursiones en un par de películas sucias en las que el actor principal era un pene. El tipo venido de la costa nos dijo que la mayor proeza literaria de Jeff Marauder había sido escribirle los jadeos a José d'Alessandro para una película de Paul Morrisey.La última vez que estuvieron Rebeca y Jeff en el 'Savoy', cenaron a nuestra mesa con Harry Pallantine, un tipo tan poco memorable que los camareros intentaban cobrarle cuatro veces la misma cuenta. Aquella madrugada, Harry le dijo a Rebeca: "Me gustaría saber tu secreto para conservarte tan vieja, nena". Ella guardó silencio. Harry era demasiado gris como para reparar en él. En Harry Pallantine, incluso la calva parecía postiza.

Dos baladas - José Luis Alvite

Dos baladas - José Luis Alvite

Sé que no voy sobrado de tiempo, y que si quiero dejar algo para la posteridad, habré de renunciar a escribir mis obras completas con una máquina de coser. En el 'Savoy', muchas madrugadas soñé ganar el 'Planeta' si el 'Planeta' fuese tóxico y si los otros aspirantes escribiesen con un tiro en la sien. ¡A la mierda la gloria! A estas alturas de la vida, uno ya sólo hace planes para el pasado. Aguanto madrugadas enteras sin ir a la cama, y en el mórbido éxtasis del agotamiento juraría que incluso veo doble la oscuridad. ¿Y qué importa? A fin de cuentas, uno empieza a convencerse de que lo mejor que puede hacer en la vida es comprarse unas gafas de cerca con las que buscar las gafas de lejos y mirar al otro lado del río el miriñaque de los rascacielos en la varicela de la noche encendida. La vida sólo puede ir a peor, y así las cosas, muchacho, es un consuelo recordar que la cumbre de tu fotogenia la alcanzaste a los doce años y que aquella luz en tu rostro no era el talento, la premonición o la santidad, sino una mata de lombrices. ¡Qué cosas tiene la luminotecnia del ser humano! Aquella luz de los doce años sólo la vas a encontrar otra vez en tu faz cuando descubras que ha empezado a tirar en tus ojos la tiza de la muerte, y que en tu rostro lo único que grama no es la señorial elegancia de la madurez, sino el demacrado crustáceo de la quimioterapia, el hule con el que llega calladito el viático. Y entonces recordarás lo idiota que fuiste diciéndole a una mujer las frases que habías pensado para otra. Así son las cosas, amigo: le hiciste al oído cuatro párrafos a la única mujer del mundo que lo único que esperaba de ti era una pulsera y un 'martini' haciendo tiempo en Tiffany's.
Una noche te sacará la lluvia en una curva. Y con un poco de suerte, muchacho, el macramé del frenazo dejará sin firma en el asfalto la letra de dos baladas.

El Holocausto - José Luis Alvite

El Holocausto - José Luis Alvite

No conviene dejarse llevar por el pesimismo. Una vez que lo hice acabé en el diván del siquiatra comiendo turrón de ansiolíticos. Juraría que fueron los días más terribles de mi existencia. Quería recuperar mis ilusiones pero no podía. Mi sueño recurrente era soñar que era insomne. No le veía sentido a mi vida. Revisados ahora, mis textos de entonces parecen escritos con el bombo de la lotería. Estaba desesperado. Me abrumaba la sensación de haberme mudado a un piso que daba al interior de otro piso. Lo más consistente de mi maldita cabeza era la foto del carné. Se me ocurrió pensar que un tipo así sólo podría suicidarse disparándose en la cabeza una bala anticaspa. Leía con la luz de la nevera y bebía leche gris. Una fulana con la que compartí algunos de aquellos días cocinaba a veces para mí y como era muy realista, me decía "cómete eso antes de que cicatrice". Había tanta mierda en la vajilla que un día le sugerí que probásemos a limpiarla con goma de borrar. ¡Joder!, parecía la loza del Holocausto. ¡Buena chica! ¡Excitante mujer! Recuerdo que al andar le blasfemaban las medias en la becerrada de sus muslos. En cama era un soplete. Sudaba guiso de jibia. Por la mañana el catre parecía un accidente de aviación. Me olía a pies la pasta de dientes. No sabría cómo explicarlo pero el caso es que iluminó mi vida en los peores momentos de mi existencia, aunque recuerdo que durante la cena siempre me dio la surrealista sensación de que aspiraba inútilmente a ser una refinada mujer del mundo, una de esas mujeres que fueron a Harvard para aprender que es de mal gusto comer con la boca llena. Fue ella quien una madrugada me dijo: "Tienes que centrarte, cielo. El aire no tiene aceras". Fue como escucharle a Rocío Jurado una copla de Leibniz. No hice caso. La subestimé. Estoy arrepentido. Fui injusto. Creí que el techo cultural de aquella fulana era el almanaque de un chapista. Lo cierto es que su pelo era la librea del aire.

El loco - José Luis Alvite

El loco - José Luis Alvite

Amigo Al: Tanto tiempo después de haber entrado en este maldito manicomio, tengo la trágica sensación de que empiezo a acostumbrarme. Mi organismo se ha hecho resistente a los tratamientos y mi espíritu soporta el ostracismo. Desistí de quitarme la vida. El veneno me engorda y he vencido por fin la tentación de saltar al vacío. He aprendido que la libertad no consiste en correr a lo largo sino en correr por dentro, en ser un atleta interior, un fondista del pensamiento. Estos hijos de perra pueden imponerte el pijama pero no los sueños. Ahora comprendo que soy libre para estarme quieto entre mis propios brazos. Por las noches me entregan todavía una novela terapéutica pero no hago caso, así que los enfermeros acabaron por aceptar que alguien como yo mejora mucho si lee con la luz apagada. Y en cuanto a la autoestima, es otra cosa totalmente relativa, amigo. Antes aspiraba a salir en la primera página de un periódico recogiendo un premio o confesando un asesinato, pero con el tiempo he comprendido que el destino publicitario de algunos hombres es salir en el recibo de la luz. Estos tipos me dieron tantas descargas en estos años, muchacho, que si pudiese flirtear con una señora, tendría que advertirle que lo nuestro no sería formar pareja sino hacer masa. Con el voltaje que me sacuden periódicamente, me siento ligero como un telesilla. Recuerdo que de niño mi madre me insistía en la luz del alma. Con el tiempo descubres que lo que llevas dentro, muchacho, es el contador de la silla eléctrica. ¡Y qué importa! El electricista del manicomio me deja extenuado. Creo que el cansancio es la única cordura que me puedo permitir. También podría morirme para alcanzar la lucidez de la posteridad. Pero la muerte me interesa poco. La muerte sólo sería una buena excusa para llegar tarde al electroshock.

Prensa - José Luis Alvite

Prensa - José Luis Alvite

En la vida los grandes cambios casi nunca son morales, políticos o sociales, sino tecnológicos. De los refrescos lo que cambia con los vaivenes del mercado no es el sabor, ni la fórmula, sino el envase y la publicidad. E igual ocurre con el periodismo, que tendría que consistir en contarle a la gente las cosas que se supone que le ocurren. La gran conquista del marketing periodístico no suele ser el contenido sino el regalo. Algunas cabeceras lo que le ofrecen de ventaja a sus lectoresno es un articulista distinto, original, sino una cubertería o una faja para las hernias. Por eso ahora la prensa, que era un místico producto alado, casi ornitológico, se vende ahora en un formato que nunca le fue muy propio: la bolsa. Seguramente la próxima gran conquista de la prensa no sea un ordenador más rápido, ni un columnismo insospechado, sino las asas para la bolsa. Un periódico en el que estuve algún tiempo lo único que cambió en sus estructuras fue la máquina del café. Muchos lectores desistieron de los contenidos para quedarse con las ofertas. Lo que interesa de algunos periódicos no son sus noticias o sus opiniones, son sus regalos. Cualquier día un avispado editor da la última vuelta de tornillo ofreciendo en el quiosco un periódico y tres cuartos de pollo. Entonces ya no se requerirá formación específica como lector, sino preparación física bastante para llevarse a casa los cien gramos de papel y la sopera. Y la prensa, Dios Santo, se habrá convertido en menaje del hogar.Nos quejamos de que en España se lee poco pero lo que promocionamos por encima de la lectura es el ajuar. Un día de estos la gente acudirá a los quioscos para comprar la leche. Y así las cosas, muchacho, lo que quedará de la vieja prensa no será el hondo sabor de su pensamiento, sus contenidos o el peculiar olor de la tinta no, ni siquiera el residuo de sus heroicos sufrimientos. El editorial del periódico será entonces el código de barras.

La chuleta - José Luis Alvite

La chuleta - José Luis Alvite

Dice Ernie que las mujeres tienen que dar disgustos y que la comida tiene que dejar manchas. El 'Savoy' no se distingue precisamente por una sofisticada carta internacional. También es cierto que la clientela no es la más refinada del mundo y que al paladar de algunos de los muchachos le cuesta distinguir entre una chuleta y una silla de montar. Falta clase, sofisticación, idiomas, en la mesa del club de Ernie Loquasto, pero nadie duda de que el género es de la mejor calidad. Las chuletas del 'Savoy' son grandes y expresivas y con un par de frunces podrías hacerte con ellas un juego de máscaras de Edward G. Robinson. Dice Larry el pianista que en los momentos de más terrible soledad de madrugada en el club, recuerda haber encontrado consuelo en la rotunda carne cocinada por Jake Morandi. "Te quedas mirando aquel pedazo de carne, muchacho, y no sabes si comerla o sincerarte con ella". A Larry, como a los muchachos, lo que le gusta es llevarse a la boca algo denso, sabroso, abundante, que se sepa que estuvo vivo y que tuvo familia. "Ya sabes, Al, una de esas chuletas que tienen parecido con alguien, la carne de siempre, la receta eterna, uno de esos enormes trozos de carne que bien se merecen llevar tu apellido".Ernie detesta las vanguardias. Dice que no hay vanguardia como el pasado, sobretodo a la hora de comer. Una de las veces que cenamos en un sitio de moda, le dijo al maitre: "Muchacho, todo esto está muy bien de color. Pero nosotros estamos anticuados y no solemos masticar pintura, así que, si no te importa, amigo, llévate el tebeo y tráenos para cenar un pedazo de carne al que le quede justa la pamela de Peggy Lee".A Ernie le gustan los matrimonios que empiezan mal y la carne vuelta y vuelta"y esas mujeres crudas a las que miras a la cara y tienes la sensación de haber visto por una vez en la vida un rostro de cuerpo entero".

Samantha Lee - José Luis Alvite

Samantha Lee - José Luis Alvite
  
La noche que la conocí, Ernie me echó una mano. Jamás había cenado algo tan exquisito en el 'Savoy'. En un aparte le pregunté al cocinero qué había hecho para mejorar tanto la calidad del menú. "Nada especial, muchacho: lavé la vajilla". Samantha Lee había estado casada con un fulano al que no le cabía la cabeza en el cráneo. La chica estuvo unos días actuando en el 'Savoy'. No cantaba gran cosa pero sus labios eran muslos. Sonreía como si cruzase las piernas por delante de la garganta. Él se llamaba Jess Mancuso y amañaba combates de boxeo: "Ya sabes, Ernie, con las apuestas 10 a 1 encontra, el tipo asmático de las gafas graduadas tumba en el quinto asalto al gigante al que las orejas le quedan como los tiradores a un féretro". Y eso -el dinero fácil- fue lo que encandiló a Samantha Lee, que de economía sólo sabía que "lo malo del dinero es que sale caro". La noche que la conocí en el 'Savoy' empezaba a aliviar el luto de su vestido. Jess Mancuso había sucumbido en el incendio de su mansión en Staten Island. Un fuego pavoroso lo había quemado todo. Chester Newman escribió en el 'Clarion'. "Los bomberos no recuerdan nada igual. En la mansión de Mancuso incluso se quemó el fuego de la chimenea". Samantha Lee llegó cuando de la casa sólo quedaban los restos humeantes. Aquello era irreconocible. La identificación de su marido sólo fue posible porque, según la Policía, "era el único mueble capaz de sostener un cigarro en la boca". Samantha quedó ligeramente postrada. Luego se cepilló el pelo y pareció más animada. A los bomberos les plantó una denuncia porque le habían puesto pingando la piscina. ¡Samantha Lee! Cuando la conocí le quedaba la voz justa para anunciar su retirada. Y la última noche que cenamos en el 'Savoy', me dijo: "En el fondo fui una estúpida, Al, cariño. Me gasté todo el dinero de Jess Mancuso en pagarle al tipo que me enseñó a contarlo".

Cunas de sangre - José Luis Alvite

Cunas de sangre - José Luis Alvite

¡Dios Santo, Al! De cuando te conocí sólo queda en mi sonrisa el escarmiento cansado de la tuya cuando me dijiste: "Esto se acaba, nena. Ya no queda nada de cuanto nos unía. Anoche comprendí que llevamos semanas durmiendo en cuerpos separados. En tus ojos hace tiempo que no hay carta para mí. Con las llaves de casa he mandado fundir una veleta". Así acabamos. ¡Fue tan breve! La noche que nos presentaron, jugabas al billar al fondo del club. Tus carambolas eran un telegrama de palomas afinadas por el cuco de tus tacadas. A veces cerrabas los ojos y sé que escuchabas en las sienes el dulce ábaco de las bolas aplaudiendo sobre el tapiz como una manada de claqué, como una crucifixión. ¡Dios Santo, Al!, yo era una muchacha de pueblo. Nunca había visto nada igual. Mear con las piernas cruzadas era lo más bajo que había caído nunca. Mi pubis era una muñeca de abedul con las anginas de amianto.El humo arropaba tu rostro. Ernie nos presentó: "No le hagas mucho caso a ese tipo. Dicen que el escape de su coche sabe idiomas". Callaste con una mano por la mitad la habladuría de una carambola. Me miraste a los ojos. La orquesta cambió de asunto. Tus ojos me pusieron el cuerpo en otra hora. Semanas más tarde me había hecho a tu ambiente y me sentía a gusto en el 'Savoy', entre toda aquella gente que le daba las buenas noches a los muertos. Fueron días imborrables. Yo aprendí a bailar en zig-zag y tú te acostumbraste a dormir ocho minutos seguidos sin apoyar la espalda contra la pared. Creí que aquello no acabaría nunca. En tu rostro la cicatriz de aquel balazo me parecía un aforismo. Decían que te desvelaba cerrar los ojos. Me despediste al pie del autobús. Amanecía. Sobrevolaba la bahía un párrafo de gaviotasaltas. Leí tu nota donde de la ciudad quedaba apenas una pandilla de luces. "Es mejor así. No podría sobrevivir en el 'Savoy' una mujer que se arregla mojando en leche su lápiz de ojos". Dicen que a veces en tus carambolas sollozan las palomas.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Aire en rama - José Luis Alvite

Aire en rama - José Luis Alvite

A veces, en el 'Savoy', echo de menos París. Estuve hace años con Lorraine y la ciudad casi se nos vuelve un vicio. En el Sena es mediodía a media tarde y juraría que no hay sitio igual y que sólo en París el peluquero te coloca la cabeza frente al espejo y te dice: "¡Voila, monsieur!; si lo desea, puedo dejarle el pelo más largo". Llevaba apenas unos días en la ciudad y aquel tipo me colocó una servilleta alrededor del cuello para afeitarme. Por un instante imaginé al verdugo de la guillotina haciendo lo mismo con el cuello de los desgraciados. ¡París! En París cuesta separar la sangre y la comida. Tienen una extraña calma, esa calma epidural que dan la Historia y un idioma que se morrea. Un tipo me dijo: "No se apure, caballero, aquí cerramos a la hora de abrir". Luego salí a la calle y me fijé en las muchachas. ¡Dios santo!, hablan con el mismo embarazado entusiasmo que si fuesen a escupir en el 'martini' la lengua de Cary Grant. Algo tienen las francesas, no sabría decir qué tienen,muchacho, pero el caso es que sólo a alguien como Jean Seberg podría quedarle bien el peinado de Lee Marvin. Pero nadie tiene a su lado una mujer como ella. He de aceptarlo con resignación: en la vida de una mujer así un tipo como yo sólo podría entrar por su fe de erratas. Tienen algo distinto, un toque especial, ese matiz que les permite convertir en canciones la ginebra y en tafetán el mármol de los cementerios. Esas mujeres tienen el útero a juego con el bolso de mano. Los labios de Juliette Greco eran obscenos y cálidos como fibromas.Nuestro último día en París, los pájaros de Orly eran aire en rama. Se cernía sobre la pista un plomizo cielo de manga larga. Nos sirvió café una amarga mujer que resultaba mayor, trágica y sentimental como si hubiese estado de azafata en el Calvario. Me dijo: "Una no es lo que parece. Pasé años en Pigalle. Fue allí donde aprendí a rezar con la vagina".¡París! Dice Ernie que en París el cáncer de garganta es un dialecto del francés.

Cadáver empedernido - José Luis Alvite

Cadáver empedernido - José Luis Alvite

Como soy un fumador empedernido, no mido la vida por el tiempo sino por los cigarrillos, igual que ajusto mis textos echándole un vistazo a las colillas acumuladas en el cenicero. Si a alguien se le ocurriese calibrar la importancia de mi trabajo, yo le sugiero que en vez de preguntarse cuántas páginas he escrito, se ocupe mejor en averiguar cuántos cigarrillos me he fumado. En mi casa se sabe cuál es la habitación en la que escribo porque aunque estuviese vacía, sería la única en la que fuesen marrones las paredes blancas. Al reincorporarse al trabajo después de su día libre, el barman Tino Landeira sabía por el tabaco de la basuras cuanto tiempo había estado en "El Corzo" la noche anterior, calculando a razón de seis cigarrillos por hora, que es mi velocidad de crucero tragando humo. Algunas mujeres con las que tuve algo que ver jamás me reprochan mi vida discontinua, ni mi falta de insistencia, pero en el momento de romper me advirtieron que el dolor que pudiese haberles causado a su corazón no era nada comparado con las quemaduras que les había dejado en la cama. Mi amigo el actor Pancho Martínez fue colega de copas durante muchos años de madrugada entre el humo del tabaco en los bares de la ciudad. Una mañana nos cruzamos en una calle de Compostela y dudó si saludarme. La mañana estaba limpia de nubes y Pancho me dijo que al no haber humo entre nosotros le costaba reconocerme. Fue un encuentro un poco frío, distante, casi como de dos tipos que se hubiesen equivocado al creer reconocerse. Nos encontramos aquella misma noche en "El Corzo" y nos dimos el abrazo fraternal que nos habíamos negado apenas doce horas antes. A Pancho no le faltaba razón. Si lo has conocido en el fondo del mar, será difícil que identifiques en la calle al buzo que pasea sin su escafandra.
Se me consume el cigarrillo que prendí al empezar este texto y lo acabaré a tiempo de aplastar la colilla en el cenicero. Solo me falta añadir que la última vez que me miré los pulmones en la consulta del médico, el tipo, al saber que era tan fumador, no me dijo "tosa" para afinar en la auscultación. Se limitó a decirme: "Por su tos ya veo que es usted un fumador consumado, de modo que para auscultarle, y sin que sirva de precedente, le pediré que haga un esfuerzo para no toser". Después me presté a unas placas que el médico miró con austera indiferencia y apostilló con un comentario que me llenó de felicidad: "Supongo que lo que hay detrás de esa nube son los pulmones sorprendentemente sanos de un fumador de cinco cajetillas diarias que lleva camino de convertirse en un cadáver empedernido". Fin del artículo. La colilla es ese gusano que apenas asoma por debajo de la firma. Si esperábais algo mejor, será mejor que los busquéis en el humo. 

Fulanas de agua - José Luis Alvite

Fulanas de agua - José Luis Alvite

"Una luz que no desmiente tus ojos y mesa para dos, eso es jazz, muchacho", me dijo Ernie en el 'Savoy' aquella madrugada en la que comprendí que en la primavera de los tipos como nosotros las flores habían muerto cerradas. Cenábamos con Fiona Worley, una vieja cantante de 'blues' en cuyo rostro empezaba a amontonársele el bajo vientre. Fue Fiona quien años antes me había dicho que "la vejez es seguramente el único disparo sin orificio de entrada". "Es natural envejecer. Lo único que tiene remedio son los modales de la edad. Serás feliz si descubres lo elegante que resulta hacer frases de Truman Capote aprovechando que te sube a la boca, como grisú, el flato de tu cadáver". A Fiona Worley los tragos de 'bourbon' le sonaban en la garganta como si mease en una ocarina.
Suave luz amordazada y mesa para dos, esa es la receta de Ernie Loquasto para sobrellevar de madrugada la soledad con los dedos de alguien echando sobre el piano, como estraperlo, dos cucharadas de la sangre pasmada de Oscar Peterson. Aquella madrugada Ernie estuvo especialmente melancólico y me pareció ver en sus ojos el aniñado 'medley' de su lejana juventud y su sangre corriéndole por las venas como un obcecado pájaro de opio. Miró a Fiona y le dijo: "Vamos, nena, no me vengas con historias de tu juventud. A tu edad yo ya era veinte años mayor que tú. Importa poco el tiempo. Si la luz no desmiente tus ojos, incluso parecerá cierto que te conservas como a los doce años, cuando sí que era cierto que te conservabas bien. ¡A la mierda el tiempo! Estuve en la guerra de Europa pero era tan joven que tardé en comprender que el III Reich no eran cuatro maricones nazis con una Lugger en el liguero".Fue una madrugada de poca luz y tres en una mesa para dos. A Fiona le sonaba en los pulmones un popurrí de sangre con piñones. El hielo en las copas se había vuelto lodo y con el viento, las banderas del Waldorf parecían fulanas de agua.

Testamento - José Luis Alvite

Testamento - José Luis Alvite

En los peores momentos de mi vida salí adelante sentado frente a la orquesta del 'Savoy' mientras alguien como Lester Page repasa la lista de mis chicas con la suave doblez del saxo. El camarero sirve mi cena. "No está muy caliente, Al, así que te recomiendo que te comas esto antes de que cicatrice".
¡Condenado Lester! Siempre se las arregla para entornarme los ojos. Fue su saxo el que hace veinte años me ayudó a decirle a Peggy Schultz que estábamos hechos el uno para el otro y que era por nuestros hijos por quien preguntaban mis sueños. Bailamos un buen rato. El saxo de Lester era viento a favor, muchacho, y en la boca de Peggy ocurrió mi boca. Me sentí feliz aquella noche. No necesitaba nada. La tenía a ella entre mis brazos y sabía que mientras sonase el saxo del 'Savoy', sería sólo mía esa media hora de eternidad con la que sueña un hombre cuando está tan cansado que caería de rodillas si se posase una mariposa en el ala de su sombrero. Peggy me transmitía ese extraño fuego que no quema, el fuego del cuerpo, el llevadero calor de la sangre, suave fuego del grifo. "Me siento a gusto, contigo -le dije-, y es como si mi maldito corazón estrenase calzado". ¡Dios!, me hubiese mudado a vivir con ella en el fuelle entre dos vagones de un tren sin ojos.
Anoche no había una rata en el 'Savoy'. Pero estaba Lester Page. Y mientras Ernie hacía caja contando las monedas con una pinza de depilar, recordé a Peggy Schultz. Fue hace veinte años, una noche como la de ayer, aquel día que se despidió de mí y cuando salí a la calle, de ella sólo quedaba en el aire el borrador de su perfume.No volví a saber de ella. Pero la recuerdo cada vez que en el saxo de Lester Page amaina una nota larga y suave que es como si le pasase al humo de mis cigarros el cepillo con el que Peggy Schultz hacía rezar la melena y los poetas sacaban a la calle la basura y el testamento.

La loza de Dios - José Luis Alvite

La loza de Dios - José Luis Alvite

Querido Ernie: Me he instalado en una casita frente al Mar de Arousa. Quería conocer los sitios de los que tanto nos hablaba de madrugada Al en el 'Savoy'. Todo era cierto. Aquí es románico el cielo bajo y a los moribundos les dan a probar la cena hirviendo de los niños. Tenía razón que a veces esto es tan húmedo que las gaviotas salpican como hisopos al volar.No le digas que te he escrito. Siempre le molestó que se interesasen por él. No olvido la noche que le dispararon mientras cantaba Lorraine Webster. No dijo nada. Se tomó el balazo como un cumplido. Pero aquella madrugada que no se fijaba en mí, recuerdo que le vi peinarse con el llanto. Antes de que una ambulancia le llevase al hospital, te dijo: "No es nada, Ernie, muchacho; me he tragado en ayunas la bala del martini, eso es todo".Soy feliz en esta tierra, pero ¿qué quieres que te diga?, a veces echo de menos que huelan a tabaco las flores. Así olían la noche que me despedí de él y me regaló un puñado de rosas que parecían abiertas en una sartén y me dijo: "Te conozco tan bien, Kate, que podría olvidarte de memoria". No comentó nada pero le noté cansado y te lo advertí. Me dio la sensación de que la vida le estaba pasando factura y de que mientras bailaba, se sentía unos cuantos kilos por encima del peso de su estatua. Le sonaba el corazón como un caballo en el fango. Y, sin embargo, conservaba la fluidez de sus modales, aquella fantástica y falsa indolencia de cuando le conocí y cenábais juntos y Al abría las ostras con el ala de su sombrero. ¿Y su sonrisa, Ernie! He visto muchas sonrisas en mi vida pero ninguna como la suya. Al sonreía con aquel amargo rictus y su sonrisa,Dios mío,a su rostro tergiversado por los sueños y los vicios le sentaba como una ganzúa la sonrisa. La última noche que le vi, me pareció que en sus ojos empeoraba el tiempo.Se hace tarde Ernie. Prométeme que cuidarás de Al. Su coche no puede perderse esto.Al atardecer Dios es loza en las campanadas de las iglesias.

viernes, 28 de noviembre de 2014

El 'caddy' - José Luis Alvite'

El 'caddy' - José Luis Alvite'
  
¡Oh, Dios, querida Kate!: Era noviembre en la costa. ¿Recuerdas, vieja amiga?Las mucamas bajaban a la playa a coger camarones con los joyeros de las señoras y al atardecer las langostas salían del agua y podaban los jardines en Hyannis Port.Se recogía en cursiva a barlovento la taiga de los veleros.
En el rostro de Rosse se demacraba lentamente el arrecife de la vejez. En noviembre eran pan de molde las playas y el agua pronunciaba en voz baja el pubis de abedul de las muchachas. ¿Recuerdas, querida Kate? ¿Recuerdas que Pat le añadía 'Chanel' a los rosales? Y tú y yo nos sentábamos al borde de la arena y mirábamos cómo en el cuerpo de las niñas maduraba en diferido la lujuria. Fue una mañana como aquella. En Dallas se escuchó el trote de tres disparos hilados trágicamente como el merodeo de una res sin una pata. Lo dijeron por la radio. Le habían disparado al presidente. En las rocas de Hyannis Port los muchachos rastreaban los delfines con un sedal y una ortodoncia.¡Dallas! Dios Santo, Kate, fue en aquella ciudad, una mañana que veraneó noviembre y Zapruder filmó por el aire aquel 'scat' de tres disparos que sonaron en el coche de JFK como un aplauso en obras.
Al presidente el cráneo le quedó en ayunas. Una bala le había reventado la cabeza. Sevio al trasluz de la luminosa mañana de Dallas la angorina roja de la muerte revoloteando sobre el coche de JFK. La comitiva corrió a Fort Worth. En el hospital Parckland el presidente respiraba esparadrapo y azabache. Luego detuvieron a un tal Oswald, un muchacho corriente, una errata, un tipo de la traída.El cadáver del presidente voló a Washington en una esquela. Y ahora sólo sabemos que en la elegante colina de Arlington es suya la suave sepultura con 'caddy'.

El gato - José Luis Alvite

El gato - José Luis Alvite
  
Puedo vivir con poco. Me sé el Padrenuestro con baches pero a veces por las noches en la carretera se me escapa y rezo para que mis ojos no duren menos que las flores. En ocasiones para sentirme acompañado me echo a oscuras a la Autopista del Atlántico y corro a cántaros debajo de los aviones. Cuando me siento muy solo, más solo que otras veces, malgasto mi tiempo viajando a granel bajo el cheviot de la noche estrellada. Ocurrió anoche mismo. Estaba desolado por algunas cosas personales.Casi ni me tenía sentado. Estaba tan destrozado, ¡Dios!, que me costaba escupir dentro de mi propia boca. Hice por pensar pero sólo se me ocurrió que el matrimonio tendría que ser causa de divorcio.Me consuela que hay gente que lo tiene peor. A una amiga mía sus hijos le llevaron de regalo al hospital un vestido largo justo el día que acababan de amputarle las piernas. ¡Joder!, cuando quiso ponerse en pie, le llegaba el suelo a la cintura.Lo supe por su hijo. Era un buen muchacho que no estaba muy al tanto de la enfermedad de su madre. Me contó el muchacho que cuando lo del vestido, corrió al mar y buceó en la penumbra para llorar a solas.Conocí en el 'Savoy' algunos casos tristes. Recuerdo ahora a la pobre Kate Hellman. Adoraba los gatos. De jovencita se mantenía delgada corriendo detrás de un afgano que le habían regalado sus padres. En 1974 una parálisis la clavó en una silla de ruedas. "Sólo soy el agujero más alto de la ciudad", decía.Una madrugada en el club recuerdo que me dijo Kate: "¡Por el amor de Dios, Al!, de jovencita aspiraba a mirar el horizonte subida a mis hombros, y ahora, encanto,ahora resulta que he alcanzado la trágica velocidad del mármol". ¡Pobre Kate! En la Navidad del 75 los muchachos del 'Savoy' hicimos una derrama. Queríamos verla otra vez contenta. Kate se había desprendido de su último gato porque no podía alcanzarlo cuando corría. Lo de aquella noche fue una sublime y dolorosa decisión: a la dulce Kate le regalamos un gato sin patas.