Cada vez que pienso en la irremediable caída del régimen castrista, supongo que supondrá también el desmoronamiento de esa vida provinciana y sencilla de los cubanos, el desperdicio de una manera lenta y placentera de existir en un mundo sin objetivos y sin prisas en el que importa poco lo que pueda tardar el progreso o los veinte minutos que cada cuarto de hora atrasen los relojes. No hay en el progreso material una sola conquista que no comporte el sacrificio de algo hermoso, como ocurrirá en Cuba cuando desaparezcan de sus calles esos viejos coches americanos reparados durante décadas gracias a la simple ferretería o con las herramientas del zapatero. Se malogrará también el regusto de hacer las cosas por el puro placer de hacerlas, sin que interfiera en ello el deber de conseguir que, además de hermosas, sean rentables. ¿Será tal vez que la libertad es tentadora hasta que deja de ser una esperanza para convertirse sin remedio en una horrible decepción? ¿Y si resulta que la libertad es como el matrimonio, una institución que con frecuencia sólo sirve para destruir la fe que tenían en él los contrayentes? Será que no padezco sus restricciones, pero a mí me gusta esa Cuba humilde y superviviente, ese orbe calmoso e instintivo poblado por hombres que de vez en cuando se esfuerzan para cambiar de postura y descansar de su pereza, y mujeres vestidas con el fresco descuido de esa ropa escasa y barata que deja traslucir una excitante y roma geometría de honradez, fertilidad y desidia. El de Cuba es un pueblo aplastado por una odiosa dictadura y resulta al mismo tiempo un punto sociológico de reencuentro emocional con un tiempo pasado en el que la pobreza era un ingrediente de la honestidad, un mundo que parece irrecuperable tan pronto nos damos cuenta de que la libertad sirve para que se nos multe por pretender imitar las cosas que hacen libremente nuestros perros.
sábado, 6 de diciembre de 2014
Olor de mercería - José Luis Alvite
Olor de mercería - José Luis Alvite
Resulta fascinante el desfile de bellezas femeninas pisando con sus pies al tacto la alfombra de Hollywood camino de la ceremonia de los Oscar, encaramadas en la brocheta de su cosmética perfección liofilizada, elegantes y esbeltas, también selectas y carísimas, desprendiendo a su paso el cautivador heliotropo de su toilette, la mirra que medra como un aliento en el rebufo con el que drapean a su paso esa mezcla de aire, televisión y vanidad. A mí me resultan fascinantes, sí, y sin embargo, irreales y lejanas, con ese erotismo exquisito y restringido al que tienen acceso unos pocos. Yo las miro y permanezco en cierto modo sereno e impasible, algo ajeno a su hechizo, como cuando en los primeros domingos de mi adolescencia contemplaba a destiempo el escaparate de la pastelería recién cerrada. Recuerdo entonces mi relación con las mujeres fértiles y asimétricas, mi afición a la belleza a granel de esa otra feminidad plural y cotidiana que despierta mi apetito y mis instintos con su carnalidad sin ungüentos, sin propaganda y sin fotos. Ya no me admira la belleza impecable y concluyente de esas mujeres perfectas caminando en vilo sobre la felina estenotipa de sus esfumadas pisadas sin suela. No son lo mío. Las veo desfilar y pienso que ese porte magro y delicado representa una niquelada belleza sin tentación y sin lascivia, puro e inútil glamour, nada que pueda compararse a la contemplación de esa otra mujer de aspecto inacabado –ni tan hermosa, ni tan cosmética– que se parece más a aquellas muchachas rústicas y alimenticias de mi adolescencia en cuyas exultantes canales de hembra con el calor del verano brotaban mezclados en promiscua berrea el vapor de la lujuria, el sabor del almuerzo y el aliento de la vendimia. El sublime ozono del cine crea mitos y diosas, pero a mí lo que me atrae de las mujeres es que a su paso incluso distinga Dios el provinciano y eterno olor de la mercería.
Carne de caballo - José Luis Alvite
Carne de caballo - José Luis Alvite
A la maestra de aquella escuelita en Compostela y a mis profesores del instituto les debo el recuerdo de muchas de las cosas buenas que aprendí; a las mujeres descarriadas con las que malogré el sueño y a los tipos rudos con los que desperdicié la vida, les debo la suerte de haber olvidado el resto. Del mismo modo reconozco que le debo a mi vida desordenada la firme convicción de que lo que hace verdaderamente satisfactorio el pasado de un hombre es su capacidad para recordar con meridiana claridad aquellas cosas tan hermosas que jamás le sucedieron. Ya sé que se trata de una manera poco útil de existir, nada que signifique algo para ser un tipo de provecho. El hombre que cuenta historias al amor de la lumbre suele tener menos consideración social que aquel otro que parte la leña para avivar el fuego, del mismo modo que en este país quienes quemaban los libros gozaron siempre de más reconocimiento que aquellos otros que simplemente los escribieron. La verdad es que no es fácil elegir qué clase de hombre ser uno mismo, si el tipo metódico y estudioso que disfruta con la ilustración y el conocimiento, o aquel otro, instintivo y escéptico, que cree que como se han puesto las cosas en la cadena alimentaria, será en las carreras del hipódromo donde nadie encuentre un solo gramo de carne de caballo. Italia es estos días un buen ejemplo de cómo un país da lo mejor de sí mismo a partir del instante en el que peor lo hagan sus políticos, es decir, justo lo que me dijo aquella madrugada en su burdel una fulana a la que recuerdo sólo por aquello: «Cada uno somos de una manera y tenemos nuestra propia conciencia. Tú escribes casi sin haber leído y yo he vomitado mucho para darle importancia al sabor del pan. En realidad, tú y yo somos sólo maneras distintas de deshacer la cama».
Abdicación - José Luis Alvite
Abdicación - José Luis Alvite
Ahora se habla mucho de la abdicación del Rey y se hace en un tono como de conveniencia, pensando tal vez en que su renuncia al trono serviría para reponer el prestigio supuestamente perdido por La Corona, una institución que parece haber entrado en sus horas más bajas. A mí las abdicaciones me gustaron siempre como gestos polvorientos e históricos que solían ocurrir en el lecho en el que agonizaba el monarca rodeado de una corte de conspiradores y de adeptos, con la cámara en rigurosa y premonitoria penumbra funeral y un pintor trazando al fondo de la estancia el boceto de una escena lúgubre en la que, si hubiese sonido, escucharíamos con arqueológica demora el rezo de los frailes, el hervor de las lavativas, y a lo lejos, en los campos mustios y trillados, el ladrido colegiado y necrológico de los mastines. No es el caso de Don Juan Carlos, que renquea a pie y por lo visto sólo necesita unos cuantos retoques que con un poco de asepsia y buena voluntad podrían hacérsele casi con las herramientas del garaje. No nos engañemos. La Corona ha perdido prestigio, pero muchos de quienes sugieren la abdicación de Su Majestad no lo hacen pensando en que le suceda el Príncipe de Asturias, sino contando con la posibilidad de que cualquier carambola circunstancial permita que a Don Juan Carlos le continúe en el trono el presidente de la III República. Personalmente me gustaría ver como rey a Don Felipe, sobre todo pensando en que por su edad no conviene esperar demasiado, por si ocurriese que se le echasen los años encima y por culpa de su avanzada edad fuese coronado el mismo día de su abdicación. A mí es que Don Felipe y Doña Letizia me caen bien. Y me gustaría verlos en La Zarzuela antes de que a alguien se le pase por la cabeza que Don Juan Carlos abdique en Jaime Peñafiel.
Domingo - José Luis Alvite
Domingo - José Luis Alvite
Nunca me gustaron las tardes de domingo. Tienen algo de fracaso emocional, de hecatombe de la esperanza, como cuando era un muchacho y me parecía que la adolescente de los calcetines no recordaría nada de mí tan pronto en la penumbra vespertina del domingo se entrometiese la víspera gris del lunes y el mundo se llenase otra vez de reglamentaria gente ajetreada, de compromisos adquiridos y de malas noticias. A veces tiene uno la sensación de que los días de su vida se van volviendo repetidos y acaban todos sin remedio en la desencantada expectativa de una tarde de domingo. He preferido siempre los días de semana, la vida a distancia de lo que es familiar y doméstico, esa otra sociología competitiva y apremiante, poblada por gente acorralada que duda entre el heroísmo de mudarse en un bar y cambiar de rumbo o meter las manos en los bolsillos y volver derrotada a casa. Hay en la seguridad familiar e indolente de los domingos algo de pudorosa y triste claudicación, de indoloro fracaso, de irrespirable rutina social que sólo al llegar la primavera se altera con el bullicio coral de los niños arremolinados en torno al carrito de los helados mientras sus padres miran el reloj angustiados por la idea de que sus vidas no han respondido en absoluto a lo que esperaban de ellas. Mis tardes de domingo representan la aplastante e insufrible certeza de que no suponen otra cosa que una tregua monótona e inquietante que no presagia nada bueno, como cuando la sanatorial rutina de la paz malogra las esperanzas concebidas al final de la guerra. No me gusta el orden ocioso y moral de los domingos, con la ropita planchada, la orina de pana y las banderas lacias y plisadas en la fénica atmósfera sin brisa. España necesita que sea lunes varios años seguidos y que hasta salir de la crisis ni siquiera se tome un respiro la muerte.
Al fondo de la ratonera - José Luis Alvite
Al fondo de la ratonera - José Luis Alvite
Intento descifrar el mecanismo que hace que algunas mujeres resulten irresistibles sin necesidad de ser primorosamente hermosas y reconozco mi fracaso. Sé que se trata de algo generalmente invisible, aunque es probable que ese resorte casi endocrino de la mujer irresistible asome al exterior a través de una sutil cicatriz en el rostro o concluya en la acupuntura de su ademán casi inalámbrico al pinchar con enigmática intención la aceituna del martini. Hay también en el aliento de algunas mujeres una pizca de pimienta que tiñe de marrón el humo de su cigarrillo y le añade al aire que respiras un puntito de sudor y perversidad, esa pizca de venenoso y exquisito condimento que matiza el sabor de la comida. Barbara Stanwick no era físicamente nada del otro mundo, pero se comprende que a Fred MacMurray lo arrastrase a cometer un crimen en «Perdición» y sólo sorprende que tardase más de diez minutos en resultar irresistible con aquella sonrisa suya en la que era como si acabase de romper con sangre y carmín el filo azucarado de una copa de «Alexander». Pero, ¿qué hace que una mujer así resulte tan seductora? ¿Surge acaso en ellas una personalidad arrolladora y fatal tan pronto pliegan el delantal en la cocina y retocan la carrera en las medias con una lasciva sutura de saliva? Uno mira el vientre de la mujer que le parece irresistible y se da cuenta de que lo que en principio era un sagrario de dignidad y obstetricia, se convierte luego en algo oscuro, aromático y tentador, como el trecho angosto y enrejado que conduce al apetitoso cebo enganchado en un resorte al final de la ratonera. Tengo una amiga que es así y no sé como explicarle lo que a su pesar me ocurre con ella. El caso es que sin ser una belleza canónica la encuentro irresistible. Es como si después de sorber ella su martini, fuese a escupir yo el hueso de la aceituna.
Frente a la mujer irresistible se pregunta uno quién será su amante afortunado, el tipo que le abre la puerta del coche y le separa la silla en el restaurante, el estilista que retoca su pelo hurgando en su melena con el rabo del peine... y a veces uno mira el resplandor de su rostro, la luz tamizada de tu tez, y supone que en el alma de una mujer como ella quien de verdad maneja los resortes es un discreto e impagable electricista, alguien como aquellos tipos de la Warner o de la Paramount que sabían con incontestable exactitud cuantos amperios había que deslizar por la sonrisa lisérgica de Joan Bennett para que en «La mujer del cuadro» Edward G. Robinson aceptase casi con placer verse involucrado en un asesinato. Tampoco Joan Bennett era una belleza rotunda, una simétrica mujer sin defectos, y tenía sin embargo ese encanto sugerente y perverso que a mi me resulta irresistible, esa capacidad de persuasión con la que incluso podría conseguir que la asesinases a ella para ver luego como se desvanece en su rostro la luz de la vieja marquesina del cine Rialto, la buganvilla gris de su fotogénica y cautivadora codicia, ese extraño polen que resulta al mezclarse el sexo, el dinero y la avaricia en la brasa escalfada del cine. Conocí a una mujer que me pareció irresistible y le pregunté cual creía ella que era el secreto de su atractivo inapelable. «No hago nada para ser así. Serán los genes, encanto –me dijo–, o que me ves con buenos ojos. Hay mujeres que comen sardinas y les huele a ostras el aliento. Será que hay un metabolismo de la belleza, cielo, algo que ocurre dentro de ti y en el caso de que no te ocasione flato, te produce luz». Después prendió un cigarrillo y me echó el humo a la cara. Y al parpadear me pareció tener en los ojos las pestañas penales de Joan Bennett.
En el retrete regurgitaba la cisterna y en la barra del bar sólo quedaba ella, una mujer de casi cuarenta años, rubia como cualquier morena, sentada en su taburete, el codo apoyado en el mármol, la copa en la mano y un cigarrillo ardiendo en el cenicero con un humo lento que se descompuso como un sauce con el rebufo al pasar cerca el barman. Escribí una nota en el posavasos de papel y soplé suavemente hasta deslizarlo al alcance de su mano: «Sé que no eres de aquí. Paró de llover a mediodía y llevas puesto el chubasquero. ¿Te importaría que esta noche fuese por mí por quien finges que no esperas?». Le hice llegar entonces mi bolígrafo y ella me devolvió la nota franqueada con su letra en el reverso: «Nunca quise ser del sitio en el que estoy. En realidad espero por un hombre con el que me cité a esta hora en otra parte. Mañana tendría que viajar a un lugar al que no deseo ir.¿Sabes de algún sitio sin pretensiones en el que pueda dormir tanto que pierda el tren?». Le planté fuego al posavasos y me ausenté al baño mientras la nota ardía en el cenicero con una llama en cuclillas que parecía una dalia azul. Ya no estaba ella cuando volví a la barra. El barman me entregó un mensaje suyo: «Querría contarte muchas cosas, pero no tengo la letra tan pequeña. Me he ido porque llevo puesto el chubasquero y parece que vuelve a llover. Hay una fonda barata al doblar la esquina. Soy una madura belleza sin dinero. ¿Quieres ser en mi camino el obstáculo inesperado que me ayude a perder el tren?». Y salí a la calle bajo la lluvia y di con ella en la penumbra de aquella fonda barata. Me resultó una mujer irresistible. Ella dijo que no quería nada, pero, ¡qué demonios!, reconozco que la suerte de no pagarle me costó dinero.
Es probable que lo que hace irresistible a una mujer sea lo que nosotros suponemos de ella sin necesidad de saber mucho, como cuando de un hotel nos atraen el ir y venir de los taxis, las banderas sin identificar y lo que sucede en su puerta giratoria. También puede ocurrir que ese atractivo tenga su origen en su personalidad real y en su aspecto físico al mezclarse con nuestra imaginación. Las mujeres fatales del cine son el resultado de mezclar en las dosis adecuadas la belleza de la actriz, la intensidad de la luz y la fértil imaginación del guionista. La fascinación de la mujer irresistible aumenta al decrecer la luz, del mismo modo que al apagar la lámpara incuba la mente voluble del hombre el instinto sexual y el deseo de delinquir. Lo que es seguro es que hay mujeres cuya fuerza persuasiva es un misterio que se complica al indagar en él. A mí me gustaron siempre las que son persuasivas para la seducción y demoledoras para el placer, sin importarme los desperfectos que pudiera sufrir por culpa de perder la voluntad y convertirme en su rehén. He sentido el regusto de compartir su piel y su alma a cambio de soportar como un idiota el monto de sus facturas y el peso de sus maletas, entregado sin condiciones a la rigidez de su voluntad y al vaivén de sus caprichos, incluso a sabiendas de que en la biografía de una mujer como ella un tipo como yo sólo podría ser esa parte de la letra pequeña en la que cae siempre la jodida mancha de café. No importa que la historia salga mal y que de su melena recuerdes sólo el suave portazo amarillo. Lo que cuenta es el emocionante riesgo de haberla compartido, como si cayeses al agua y la única posibilidad de no morir fuese agarrarte, con una mezcla de lucidez y desesperación, al caimán que te acecha.
Yo no sé por qué razón hay mujeres que resultan irresistibles sin ser las mas hermosas, ni las más provocativas. Hay en esas mujeres un carisma determinante, del mismo modo que se da en algunos hombres esa vis cómica que los hace especialmente simpáticos antes incluso de abrir la boca. Sin importar siquiera que lo pretenda, una mujer así puede arrastrarte por su manera de estarse quieta en medio de la gente, o en ese instante de rutina doméstica en la que hace números mientras bate mecánicamente un huevo. Yo conozco a una mujer así y estoy seguro de que en un momento dado haría casi cualquiera cosa que ella me pidiese. Desprende algo misterioso que me atrae y podría someterme, vejarme o destruirme. A lo mejor no se trata de un rasgo de su personalidad que pueda averiguar el psicólogo, sino de un subliminal aroma bioquímico del que sólo pueda averiguar algo su endocrino. No sé si será cierto, pero una fulana me dijo de madrugada en su garito que hay mujeres de apariencia insignificante que en su actitud seductora son capaces de proezas impensables, «como ocurriría si vieses a una hormiga cargada con el peso descomunal de la cabeza de un perro». Yo encajo desde luego en el retrato que hizo al referirse a que hay hombres que se prestan con gusto a ser destruidos por alguien así y ceden a la fatalidad sin rechistar, como un reo que subiese las escaleras del cadalso con su cabeza depositada en un cesto. A veces una mujer así pasa cerca, desprende el vaho anfetamínico de su seducción y lamento que no se detenga y me arruine la vida. Y entonces me quedo decepcionado y pensativo, derrotado por la evidencia de que pasa el tiempo y va a ser difícil que me arrastre a la perdición una de esas mujeres irresistibles en cuyas pestañas se desliza, como una trainera de rimel, la frase impecable de tu epitafio.
Río con sandía - José Luis Alvite
Río con sandía - José Luis Alvite
A l jovencito Jorge Mario Bergoglio se le cruzó en el camino el aroma de la carnalidad primeriza de aquella chiquilla porteña, se sintió enamorado y en un arrebato de sana pasión le planteó la posibilidad de casarse y el dilema de meterse a cura si ella lo rechazaba. ¿A quien no le ha ocurrido algo así en esa edad en la que los chiquillos creen que para ser un hombre sólo se necesita un empleo, un vicio y desistir de la merienda? Es esa la edad en la que se ve venir la adolescencia y los muchachos dudan entre el placer lírico de leer un poema y la tentación de imitar lo que en la calle hacen bajo el sol los perros. Es fácil imaginar al jovencito Bergoglio perturbado al descubrir que está entrando en ese confuso territorio emocional y fisiológico en el que uno recuerda haber descubierto la pegadiza estribación del sexo al hundir la cara en la pulpa de la sandía, volvió luego sus ojos hacia el corro de las chiquillas y supo que en la taracea de aquellos cuerpos ácimos empezaba a desovar sus grumos la hembra salobre de la lujuria, el nudo corredizo de la obstetricia. Los doce años del jovencito Bergoglio no fueron distintos de los de los otros chiquillos, ni hizo seguramente nada que los demás no hayamos hecho a esa edad en la que cualquier bofetada te deja en la boca un anfibio sentimiento de árida tristeza mezclado con un húmedo regusto de fruta, como la primera vez que nos metimos desnudos hasta el medio del río y sentimos como piafaba entre las piernas aquella agua amniótica, caldosa y labial con la que al cabo de los años recordaríamos haber tenido un lío de faldas. El chiquillo Bergloglio es ahora ese Papa carismático y afable en cuyas manos vagamente nodrizas y escolares son muchos los que esperan que se abra con los ojos cerrados la hembra aniñada del pan.
Como agua naufragada - José Luis Alvite
Como agua naufragada - José Luis Alvite
De una carta que no me importaría haber recibido:
Hola, amigo desconocido: ¿Sabes por qué te escribo? Anoche revolviendo en mis cosas antes de cambiar de ciudad, encontré una nota que me escribiste la única madrugada que estuvimos cerca de estar juntos. Tú llevabas un rato tomando copas en la barra del club y yo fumaba para quitarle el sabor al chicle. Llovía a cántaros. Las otras chicas hacían corro contándose sus hijos, su soledad y sus fracasos. Hablabas con el jefe, que estaba de brazos cruzados. Le dijiste que con aquella luz roja y la jodida mezcla de sordidez y remordimientos, te sentías como si estuvieses tomando las copas con un candil en el interior de un cerdo. Me fijé en lo mucho que fumabas. Prendías un cigarrillo sin haber expulsado de la boca el humo del cigarrillo anterior. Entonces pediste un trozo de papel y vi que escribías algo en lo que la mitad de la letra era el humo del tabaco, y el resto, según te escuché decirle al jefe, "el vuelo apaisado de una bandada de cejas siguiéndole en voz baja el rabillo a la oreja de un ojo oriental". Se conoce que no te gustó lo que acabas de escribir, así que hiciste una pelotita con el papel, la arrojaste entre las colillas del cenicero y te ausentaste al baño. Al volver, tu cenicero estaba limpio y la pelotita de papel la había desplegado por curiosidad en mis manos. ¿Recuerdas aquella nota, amigo desconocido? Supongo que no. El jefe me había dicho que solías hacer anotaciones así en trocitos de papel y que a veces iban a dar a las manos de cualquier chica o directamente a la basura y que en ocasiones una cosa y la otra casi te parecía la misma cosa. Yo misma me pregunto ahora por qué tuve interés en leer un papel que tu mismo acababas de despreciar. ¿Recuerdas aquellas frases? Las dejaste en la basura del cenicero y yo metí la mano y todavía las conservo en mi poder. ¿Y sabes por qué todavía la conservo? Supongo que te parecerá una estupidez, pero la conservo porque fue como meter los dedos en la mierda del perista y encontrar un anillo a tu medida. La primera frase me apeteció tomarla como algo personal porque me pareció hermosa y triste a la vez, o porque dadas las circunstancias, aquella noche estaba tan necesitada de hablar con alguien, que no me habría importado que cualquier hombre sincero me vomitase en la boca la cena para mi hija. ¿Recuerdas aquella primera frase? Me la sé de memoria pero suelo leerla porque me gusta imaginar al final de cada frase la mano de la que viene el hilo de un pensamiento que me llenó de agradable incertidumbre y de inquietante esperanza en medio de mi terrible soledad de tantos días, y precisamente aquella noche en la que llovía tanto que, como le dijiste al jefe, la mitad del paisaje era el sediento náufrago de la otra mitad. Decías en aquella primera nota: "Incluso en un sitio como este le cabe a uno la esperanza de ser capaz de pintar un cisne mojando el pincel en la mierda de un cerdo". Nunca sabré en qué o en quien pensabas al escribir aquello, pero lo tomé como algo personal porque necesitaba sentir algo así, porque estaba sola y triste, y porque me pareció que llovía a cántaros sobre mi tumba, y también porque era la primera vez que el humo de un puñado de cigarrillos se convertía a mi vista en algo que tal vez valiese la pena leer entre dos bostezos, mientras las otras chicas se contaban como si tal cosa sus novios, sus fracasos y todas esas mentiras que se cuentan las mujeres solitarias cuando saben que, como decía otra de tus frases, "a veces la verdad solo sirve para estropear la alentadora sinceridad de una hermosa calumnia". Escribiste luego algo que redondeaste con una tachadura que lo hace ilegible, y como si entresacases un hilo de una madeja, le añadiste al borrón de algo por lo que me valió la pena comprar un brazalete en el que desde entonces lo llevo grabado: "La expresión de esa chica sentada al fondo de la barra me hace pensar que a veces la belleza ocurre chocante y cruel, como una pesadilla en la mitad de un buen sueño, como una mariposa volando en llamas por el interior de un cadáver, ...y entonces, amigo mío, entonces te fijas en alguien como ella y piensas, ¡Oh, Dios!, que esta es una de esas misteriosas ocasiones en las que jurarías haber visto entre el humo a una mujer en cuya vida incluso la muerte perteneciese al pasado".
Fue el jefe quien me dio tu dirección. Me advirtió de que si te escribía, lo hiciese sin fe alguna en recibir contestación. No me importa que no respondas. Solo quería decirte que conservo aquel papel. Y que cuando me entra llorera y se me nublan los ojos, ¿sabes?, cuando por las cosas de la vida se me nublan los ojos y veo borroso el papel, es como si esos renglones fuesen el esqueleto del humo de aquella mariposa volando en llamas por el interior de mi cadáver". (Para "Anacrusa" y "Alasalamar", que siempre estarán entre el humo de mis cigarrillos).
Canción de lodo - José Luis Alvite
Canción de lodo - José Luis Alvite
Por extraño que parezca, la verdad es que no contaba con llegar a esta edad con tantos años. Me pregunto qué diablos pudo ocurrir para que me haya sucedido semejante cosa. Y sobre todo, me inquieta la sensación de que a la velocidad con la que ha transcurrido mi vida, los días que me queden serán cuestión de horas y, si las uvas no se resisten, pronto se le irá el sol a la última vendimia. Ya no me queda ropa que estrenar, ni errores que aun me valga la pena cometer, y tampoco voy a necesitar la memoria para recordar las cosas que ya jamás me van a ocurrir. Un viejo amigo mío me dijo hace tiempo que a cierta edad un hombre se da cuenta de que incluso la salud es mala para el cuerpo y que a partir de entonces lo mejor que puede hacer es echar mano de los zapatos que le aprietan para asegurarse de no caminar tanto que pueda incomodar a los suyos por culpa de morir lejos del portal de casa. «Perderás velocidad –me dijo– y de nada te servirá decir que en realidad no tienes prisa. Tampoco harás planes para después de haberlos hecho. Un día te darás cuenta de que tu vida consiste ahora en convencerte de que solo es importante encontrar una mortaja que no destiña al llorar». No sé... no lo tengo claro... Ya hace tiempo que despierto en la misma postura en la que recuerdo haber sucumbido al sueño. Ni me entusiasman las cosas con las que me ilusionaba, ni me sabe la comida mejor que el hambre. Creo que solo necesito una última oportunidad para bailar aquella lenta canción de lodo con la que nunca me atreví y confesarle a ella aquello que siempre pensé decir: «Soy mayor y no me hago ilusiones. Hace años habría ido bailando contigo hasta el cielo, nena, pero ahora me conformo con pasar cerca del baño»...
viernes, 5 de diciembre de 2014
Noche con gabardina - José Luis Alvite
Noche con gabardina - José Luis Alvite
Apoyado en la barra del bar, un tipo bien trajeado tomaba notas de madrugada en un cuaderno. «Un día perderé la memoria –me dijo– y con estas notas podré reconstruir mi pasado. Tengo docenas de cuadernos como éste, escritos todos por mí. Anoto cada cosa por pequeña que parezca, incluso lo que pierdo de hacer por culpa de escribir en el cuaderno. Anotaré que esta noche estuve hablando contigo, aunque no sepa quien eres». Al otro lado de la barra del bar bebía con calma un tipo abrigado con una gabardina tan sucia que parecía recién salvada del fuego con un manguerazo de lodo. Yo estaba en medio de los dos. Sin mirarme siquiera, el tipo de la gabardina sucia se dirigió a mi: «¡Bobadas! Ese tipo del cuaderno sólo dice bobadas. Arrastra su vida en un cuaderno como si fuese un puto contable. Seguro que se corta el pelo en la pastelería. Fíjate en mi gabardina. Mi gabardina no miente. Es mi memoria y mi conciencia. No hay en ella una sola mancha que no produzca placer o insomnio. Mi gabardina pudre el jabón, amigo. La llevaba puesta cuando rompí con mi chica y cuando maté a aquel tipo por el que discutimos. Hay más vida en esta jodida gabardina que en todos los cuadernos del puto contable». Le dio un trago a la copa y levantó la voz: «Eh, tú, el de las libretitas! Te diré algo: La autopsia de mi gabardina diría más de la vida de un hombre que todas esas mariconadas que anotas con tu jodida letra de sastre. Esta gabardina ladraría al plancharla. ¿Me escuchas, señor contable? ¿Cómo es que te has alejado tanto de la oficina, colega? Tienes una letra demasiado buena para haber llevado una vida interesante. La vida de verdad es ciega y escribe con manchas». «Tengamos la noche en paz», intervino el barman. «Tranquilo, patrón. No mancharía de fresa mi jodida gabardina».
No esperéis el final sorprendente de algo que no dio tanto de sí. A veces en el bar no ocurría por la noche nada interesante si es que no se atascaba un disco o alguien tiraba de la cisterna del retrete. El tipo bien trajeado siguió arrastrando la minuciosa bitácora de su vida con sus anotaciones en el cuaderno y el fulano de la gabardina sucia entró en esa calma reflexiva que sería sensatez si no fuese porque era cansancio. Escaleras arriba se escuchaba la lluvia deambulando descalza en la marquesina del bar. «Mi jornada se acaba aquí –dijo el tipo trajeado– así que cierro mi libreta y mañana será otro día. Se me olvidó anotar que a la lubina de mediodía le faltaba sal, pero lo apuntaré en casa. ¿Qué se debe?». «Nada, no se debe nada –respondió el tipo de la gabardina–. En el 80 maté a un tipo con un traje como ése y estoy en deuda con quienes se parezcan a él. Pagar tus antibióticas copas de contable tranquilizará a mi conciencia. No digas nada y arranca». El tipo de la libreta se largó con sus flácidas pisadas de baba y el barman dejó la cuenta al alcance del otro. «¿Hemos bebido 200 euros? No llevo tanto encima (rebuscó en los bolsillos). Sólo esto: dos monedas antiguas de Hungría, un palillo con sangre y la foto de mi chica de entonces. Supongo –miró al barman–... quiero suponer que tendrá el agradable gesto de no cobrar antes de que tenga yo el arranque furioso de no pagar –me miró–. ¿Qué opina el caballero?». «Yo devolvería esa foto al bolsillo. Una chica así es demasiado dinero». «Sí, lo es», apoyó el barman. Entonces el tipo se quitó la gabardina y la dejó desgarbada sobre la barra. «Cuídela, patrón. Y no la lleve a limpiar. Por 200 cochinos euros tiene usted un best-seller de 500 páginas. El pañuelo ensangrentado en el bolsillo sólo es el prólogo»...
Mundo sin precio - José Luis Alvite
Mundo sin precio - José Luis Alvite
Vacaciones sin dinero. Es lo que toca este año en Semana Santa. Por lo tanto, vacaciones sin viajes, sin gastos, sin derroche. Se impone la contención y el regreso a una realidad que creíamos superada para siempre, el retorno a esa vida sencilla en la que tendremos que reencontrarnos con los viejos placeres que nunca costaron mucho dinero: las interminables tardes sin ocupación, las campanadas sin brida en la iglesia de la parroquia, los recuerdos rescatados del cajón en el que hace años que no miramos, el menú barato en una de esas tabernas a desmano en las que todavía hay latas de conservas con el precio de la postguerra y sobrevuelan la bombilla unas moscas lentas como el aceite, y tan gruesas y lanares, que forran el aire y oscurecen la luz. ¿Y qué hay de malo en el retorno a ciertas privaciones? Nada, en absoluto. Será bueno que descubramos que el precio de las cosas tiene con frecuencia poco que ver con el placer que nos producen. Hay pocos viajes tan interesantes como quedarse quieto y entretener la cabeza con pensamientos que hace tiempo que no frecuentamos. O apearse al final de la línea del autobús y descubrir que a media hora del portal de casa existe aun un mundo sencillo, manual y sincero en el que ni los perros llevan collar, ni importa mucho que sea de la semana pasada el periódico de hoy. Yo uno de esos días iré en coche hasta el norte de Portugal con el dinero justo para no hacer cuentas y con la certeza de que en Valença, en Caminha, en Viana, también el progreso se ha desmoronado, la gente regresa al instinto de sobrevivir y los hombres hablan tan bajito, que en los cementerios sólo hacen algo de ruido los muertos al expulsar los gases de la extremaunción. Y seré feliz en ese mundo viejo, fronterizo y educado en el que la gente sólo discute por el placer de disculparse.
Sexo de manual - José Luis Alvite
Sexo de manual - José Luis Alvite
Un profesor me explicó de niño la sexualidad con un cruce de guisantes. Fue lo más lejos que llegó su charla en aquel bachillerato segregado por sexos en el que yo siempre supe que no aprendería sobre la carnalidad nada que no pudiese averiguar cualquier mañana de domingo en los futbolines. No comprendo que la Junta de Andalucía distribuya un manual recomendando posturas para el coito a niños de doce años, la edad que yo tenía cuando sin necesidad de ayuda pedagógica descubrí que los seres humanos desarrollaban su sexualidad siguiendo sus instintos, igual que lo hacían los perros, que perpetuaban su especie sin recurrir a un sexólogo. ¿Cómo puede ser que la Junta convierta en una asignatura lo que es un instinto? ¿Acaso en su niñez no se dieron cuenta estos listos de que la sexualidad era algo que ocurría sin remedio y que sólo necesitabas que alguien en casa te dijese que no podías emparejarte con la abuela, con el molinillo del café, ni con las gallinas del corral? ¿Alguien tuvo que explicarles que antes de defecar hay que tener ganas y bajarse los calzoncillos? Doce años tenía yo cuando me metí aquel mes de agosto en la ducha con una foto de Mamie Van Doren y disfruté con ella sin necesidad de que nadie me explicase cómo hacerlo, poseído por el natural instinto del sexo, ávido de placer y exultante de energía, sin que alguien me hubiese instruido, sólo temeroso de que, en el caso de que aquello no afectase a mi conciencia, deformase en cambio mi letra. Mamie Van Doren jamás se enteró de lo nuestro, ni lo conté en los futbolines. He tenido desde entonces una sexualidad exuberante, imaginativa y feliz. Jamás necesité un monitor de la Junta de Andalucía. Lo único que de verdad inquietó mi adolescencia fue el temor a desarrollar mano de tenista. Al cura ni le extrañó siquiera que en agosto me confesase con los guantes puestos...
Blusas herniadas - José Luis Alvite
Blusas herniadas - José Luis Alvite
De niño me gustaba enfadar a mi madre y que me amenazase con preparar un hatillo y entregarme a las monjas del hospicio. Quería ser como los niños sórdidos y expósitos de aquellas novelas de Dickens en las que incluso la suerte de que saliese el sol era el presagio de que enseguida empeoraría el tiempo. Nunca supe muy bien por qué hacía aquello, ni puede averiguar el origen de mi propensión infantil a ser un niño del Estado, uno de aquellos críos del hospicio que al salir al patio resistían el frío con el mismo gesto con el que contenían la orina y masticaban lentamente el pan por temor a olvidar en la saliva el sabor de la merienda. Me atraían también los niños que vagaban sin padres por Europa recién acabada la II Guerra Mundial, cuando yo tenía apenas seis años y mi idea del sexo era lamer sin hambre la ropa jabonosa que dejaban a secar las mujeres en el miriñaque de los tendales, aquellas herniadas blusas femeninas en cuyos frunces mojados rumiaba la hembra lúbrica del viento, mientras en la campana de la iglesia daba coces el tiempo y el nazi Rudolph Hess se paseaba por la finca del presidio de Spandau llevando a la espalda la leña esvástica de sus manos secas, y en los ojos, el calostro de la locura. Nunca conseguí ser el niño expósito que tanto deseaba, ni padecí jamás las privaciones con las que tanto soñé cuando era solo aquel crío con delirios dickensianos que creía ver en la cara de tía Pepita las facciones plurales y nodrizas del rostro panificado de Sir Winston Churhill, aquel tipo sabio y tranquilo que a mi me parecía que se relajaba metiéndose por la noche en una bañera en la que alabeaba una salmuera de agua torda y de manga larga que se volvía hipermétrope al flotar en ella la nata de la higiene mezclada con la legaña de la luz.
Tren con musgo - José Luis Alvite
Tren con musgo - José Luis Alvite
Con el progreso se ha empequeñecido el mundo y ya no hay aventureros que descubran las fuentes de un río, ni pueblos salvajes, y tampoco aquellas manadas de búfalos tan densas que los cazadores que las acechaban podían hacer blanco sin necesidad de tener siquiera puntería. Tampoco hay gente esperando tranquilamente en la estación por el tren de ayer, aquel convoy elegante y calmoso, alimentado con carbón, que llegaba a los sitios al mismo tiempo que el humo. Ya ni se recuerda aquel tiempo estancado y apacible en el que no había dos relojes en la misma hora, ni se sabía de dos casas del mismo barrio en las que se repitiese el olor de la comida. Era todo tan abundante, tan pletórico, que las tardes de temporal no había aire para tanto viento, ni en el apogeo de la marea cabía todo el mar en el agua. Y en realidad no hace tanto de aquello, muchacho, de cuando la geografía no estaba toda en los atlas y había en América lugares tan nuevos, también tan pasajeros, que se esfumaron del paisaje con la escuela recién pintada y sin haber tenido siquiera cementerio. En los campos fértiles se amontonaban sin braceros las cosechas y había que darse prisa en recogerlas antes de que en el interior de las sandias medrasen inesperadamente las salamandras con sus bocas llenas de cerezas. No sé si estaré en lo cierto, pero creo haber visto de niño en las aldeas de Galicia aquel faldero fuego de leña que remitía por la noche y se extinguía en invierno solo cuando en su lomo se cernía como una esclavina el musgo. Una tarde me senté en las rodillas del poeta Ramón Cabanillas, que se había quedado ciego y estaba tan flaco como una estrofa de calcio, y comprendí que ya nada volvería a ser como entonces, como aquel mundo casi sin mapas en el que ni siquiera sabía volver a casa el cartero.
Intelectuales del sexo - José Luis Alvite
Intelectuales del sexo - José Luis Alvite
No puede decirse que a los 13 años alguien sea maduro para mantener relaciones sexuales en plano de igualdad emocional con quien podría multiplicar varias veces su edad, del mismo modo que se es inmaduro para apostar en el hipódromo o para regentar un «night club». A Manuel Delgado le he escuchado en la radio razonamientos pintorescos en defensa de la sexualidad libre de quienes son todavía niños. Vino a decir que la inocencia infantil es un tópico y que a una edad muy temprana el desarrollo fisiológico avala la naturalidad de las relaciones sexuales. Por su razonamiento podría pensarse que el profesor Delgado está lejos de madurar, puesto que si la fertilidad avala la libertad sexual de las niñas, habrá que aceptar que la capacidad de puntería faculta automáticamente a los críos para la tenencia y uso de armas de fuego. Pero al margen de que su reflexión resulte pintoresca, lo inquietante es la pasmosa facilidad de algunos «intelectuales» para desmarcarse de la opinión pública por la simple y absurda necesidad de no ser uno de tantos, siempre temerosos de que sus ideas puedan resultarle sensatas a la portera del edifico en el que viven. Es como si un dálmata se avergonzase de ladrar comos los otros perros e hiciese lo posible para balar como una oveja o maullar como un gato. Me pregunto qué clase de complejos determinan que alguien como el profesor Delgado evite a toda costa cualquier opinión coincidente con la de la mayoría. ¿Será que prefieren parecer idiotas antes que resultar sensatos? A simple vista da la impresión de que si el profesor Delgado fuese un pez, evitaría el agua y preferiría ser un polvoriento lenguado de secano. Por mi parte vivo al margen de esa clase de erudito distante, prejuicioso y soberbio, enfermo de originalidad. Yo, como no soy un intelectual, en el cuerpo de una niña de 13 años aún veo puesto el vestido de su última muñeca.
«These Foolish Things» - José Luis Alvite
«These Foolish Things» - José Luis Alvite
Un día me detuve al anochecer en el barrio chino y me di cuenta de que todo lo que me habían enseñado mis profesores en el instituto era menos emocionante que si me cumpliese en un garito el sueño de que una de aquellas chicas me cantase «These Foolish Things» con la voz ahumada de la oscura Della Reese. Con todas las consecuencias de un cambio drástico, mi vida fue distinta desde entonces. Decidí que sería otro hombre a partir de la sordidez bautismal de aquella noche y emprendí un camino que nunca supe muy bien a qué lugar me llevaría, como si harto de la vida segura, aburrido del confort, me largase montado en un caballo sin ojos. Era joven y podía permitirme el capricho de cualquier insensatez. Estaba ansioso por emplear todas mis energías en el esfuerzo de quedar exhausto, convencido de que nada de cuanto pudiese leer en los libros sería en absoluto más apasionante que lo que, por amor o por contagio, pudiese transmitirme una de aquellas mujeres en cuyos labios estaba seguro de que encontraría juntos la biselada luz de un sonrisa, la sangre neonatal de un beso y el ácido sabor de un vomito. Fue así como descubrí la hermosa e inquietante autenticidad de las vidas extremas y comprendí que el mundo era de otro modo si al despertar lo mirabas llevando aun en el rostro el agua magreada en la que se hubiese aseado minutos antes cualquiera de aquellas mujeres, como en el caso de la fulana que una madrugada me dijo que estaba de acuerdo conmigo en que los mejores sueños los tiene un hombre cuando decide dormir lejos de la cama en la que haya dejado doblado su último pijama. ¡Nada de normas e ideologías! Solo tentaciones, honestidad e impulsos. Y tener presente algo que no suele fallar: No hay un solo sueño del que no valga la pena despertar en otro sueño.
Pómulos de madera - José Luis Alvite
Pómulos de madera - José Luis Alvite
Nunca estuvo entre las mujeres que me resultaban atractivas, ni lo estará ahora en atención a la indulgencia que se suele tener con los muertos. Tampoco modificaré mi idea de que era una actriz mediocre y una cantante de cuya voz se enteraba apenas su garganta. Elevada al estrellato por sus incondicionales, yo creo que la cima cósmica de Sara Montiel estaba en ser un bonito prospecto en el escaparate en cualquier peluquería de provincias, con su ensayada boquita de piñón y sus sobresalientes pómulos de madera, encofrada en un aura de laca y perfumada con el mismo exceso con el que en algunos pueblos se aliña el conejo. Como yo la recuerdo, y aun la veo, lo más relevante en su cabeza no fueron nunca las ideas, sino los peinados, igual que de su boca no creo haber escuchado frases que me resultasen más interesantes que el humo de los cigarros que fumaba. Estuvo en Hollywood, es cierto, y se coló allí en algún reparto, pero eso sólo explica la habilidad que se dio para conseguir unos cuantos papeles en los que habría estado igual de elocuente si por orden del director permaneciese muda. Contó también sus amoríos con importantes actores que, curiosamente, estaban muertos en el momento de hacer ella sus revelaciones. ¿Por qué entonces tenía Sara Montiel tantos devotos seguidores? Desde luego, porque representa la clase de atractivo femenino que gusta a muchos hombres, una compacta y cinegética belleza rehogada que a simple vista daba poco que pensar y tenía mucho que comer, una túnida mezcla de sensualidad y cosmética que de algún modo representó a su manera la feminidad racial e impulsiva de una clase de mujer decorativa y suculenta, que lo mismo merecía un piropo, que un bocado. No era mi ideal de mujer, es cierto, y sin embargo la echaré de menos porque ahora con sus cualidades artísticas y su tez de caza mayor sólo nos queda Cristóbal Montoro.
El precio del pudor - José Luis Alvite
El precio del pudor - José Luis Alvite
Se veía venir, incluso cuando parecía derrotada por el pudor, arrinconada por las habladurías, en aquel momento inicial en el que se supo de su vídeo íntimo y la gente hizo piña con ella para arroparla contra el frío inclemente de la maledicencia y ponerla a salvo de cuantos comentarios amenazaban con destruir su recatada vida provinciana en un pueblo en el que incluso podría ser pecado tragar saliva con los ojos abiertos. Olvido Hormigos se mostró afectada y pensó en el amparo de los tribunales, hasta que pasado el tiempo nos hemos dado cuenta de que el techo de su pudor moral consistía en vestirse de traje de año para la televisión y esconderse a la vista de todo el mundo en la portada de una revista que en vez de leerse se trincha, de modo que se ha convertido en una de esas divinidades que se aparecen en las cabinas de los camiones y durante el ritual momento del afeitado en el que los hombres le piden al peluquero una de esas revistas que se miran sin gafas. Yo me alegro de que Olvido Hormigos haya superado el embarazoso trance moral con esa euforia publicitaria con las que tradicionalmente se han resarcido de los sinsabores de la vida las espías, las actrices sin reparto y las coristas. Está en su derecho de convertir el pudor en dinero. El mismo derecho que me asiste a mí para decirle que su reconversión en rutilante estrella de la carnicería se veía venir desde el primer momento, desde el instante en el que frente a las cámaras de televisión no se comportaba como una mujer rota y acosada, sino como alguien que supiese que no hay un solo error moral que no tenga remedio si se sabe convertir a tiempo el dolor en dinero y en publicidad el remordimiento. Felicidades, Olvido Hormigos, aunque camino de la gloria sólo consigas avivar el jadeo los perros y alegrar desde un almanaque el taller laico del chapista.
Un gángster con los calzoncillos de un cardenal - José Luis Alvite
Un gángster con los calzoncillos de un cardenal - José Luis Alvite
Todos en el fondo somos sospechosos de un crimen. Unos, porque lo cometieron; el resto, porque estamos a la espera de dar con nuestra víctima. Muchos hombres se libran de ir a la cárcel porque les da pereza pasar por la armería. O porque no concurren en su vida las circunstancias que le cambiarían de camino los pies.
Se dice que la educación y la cultura frenan mucho la violencia.Yo creo que en realidad sólo la refinan y que un tipo culto y educado tiene sobre el asesino soez la ventaja de que no le importaría darle las buenas noches a sus cadáveres.
Pero sometidos a las mismas circunstancias, todos los hombres seríamos igualmente perversos. Se dan en las alturas financieras horrendos crímenes de una delicada bestialidad. Los ricos urden sus asesinatos en la frialdad del despacho, rodeados de una corte de abogados y en contacto telefónico con el matón de la cloaca, un tipo cuya conciencia funciona a discreción, como un servicio público, como un taxi. El asesino a sueldo no le tiene rencor a su víctima. Simplemente hace su trabajo y procura hacerlo bien, sin dejar huellas y ni un cabo suelto que le una a quien alquiló su pistola. Antiguamente la gente se mataba por algo personal, por una deuda largo tiempo aplazada, por el amor de
una mujer sudada o por el desigual reparto de un botín. Mientras los ricos fundaban empresas, los pobres ampliaban los cementerios con los cadáveres de los suyos. A un rico, otro rico no necesitaba asesinarlo. En la alta sociedad bastaba con retirar el saludo o modificar el testamento en el notario. La saña que el marginal ponía en la matanza, el rico la empleaba solo en el papeleo.
Se dice que la educación y la cultura frenan mucho la violencia.Yo creo que en realidad sólo la refinan y que un tipo culto y educado tiene sobre el asesino soez la ventaja de que no le importaría darle las buenas noches a sus cadáveres.
Pero sometidos a las mismas circunstancias, todos los hombres seríamos igualmente perversos. Se dan en las alturas financieras horrendos crímenes de una delicada bestialidad. Los ricos urden sus asesinatos en la frialdad del despacho, rodeados de una corte de abogados y en contacto telefónico con el matón de la cloaca, un tipo cuya conciencia funciona a discreción, como un servicio público, como un taxi. El asesino a sueldo no le tiene rencor a su víctima. Simplemente hace su trabajo y procura hacerlo bien, sin dejar huellas y ni un cabo suelto que le una a quien alquiló su pistola. Antiguamente la gente se mataba por algo personal, por una deuda largo tiempo aplazada, por el amor de
una mujer sudada o por el desigual reparto de un botín. Mientras los ricos fundaban empresas, los pobres ampliaban los cementerios con los cadáveres de los suyos. A un rico, otro rico no necesitaba asesinarlo. En la alta sociedad bastaba con retirar el saludo o modificar el testamento en el notario. La saña que el marginal ponía en la matanza, el rico la empleaba solo en el papeleo.
Todavía se conservan en las páginas de los periódicos rudimentarios crímenes cometidos por el insostenible peso de la pasión, urdidos en el lodo del vicio, causados por una mala tarde al póker o por el estrés de una retención de tráfico. Pero empiezan a ser una anécdota al lado de los nuevos formatos de una delincuencia perfectamente planificada en cuya estructura la improvisación cede ante la jerarquía. El crimen se ha convertido en algo frío, pulcro y ético como una iglesia o como un dispensario. Y todo empezó hace ochenta años, cuando un tal Capone creó aquella implacable maquinaria en cuyo funcionamiento la crueldad se destilaba con sutiles dosis de cortesía, de modo que el crimen organizado se revistió de la sana apariencia de la familia, como una rama noctámbula de los jesuitas. Capone ordenaba sus crímenes con una mezcla de odio y pudor, cuidándose de no ofender al mismo tiempo al Cielo y al FBI, con esa extraña deontología de alguien que se siente a salvo de la ira de Dios por haber ido de putas con los calzoncillos de un cardenal.
Pan con lápiz - José Luis Alvite
Pan con lápiz - José Luis Alvite
Una madrugada en el Savoy el columnista Chester Newman me contó que la ilusión de su vida habría sido dar con una mujer que se quedase a su lado el tiempo justo para que pudiese escribir una novela corta en el vuelo de su vestido, pero nadie se detuvo tanto a su lado. «Ni quisiera recuerdo que una sola de mis mujeres se haya quedado conmigo tantos días que se nos repitiesen mis frases o su ropa». Al columnista del «Clarion» nunca le gustó mezclar el ritmo demoledor del periodismo con la calma terapéutica de la vida, ni encuentra agradable que alguien pida la factura del restaurante mientras aún tiene la cena en la boca, «como me ocurrió con aquella chica de Kansas, que al cabo de nueve días de compartir mi apartamento en Baltimore me dijo que por mucho que yo tratase de inculcarle mi paciencia, ella se sentía incapaz de dejar el futuro para más tarde». Comprendo a Newman. Ha vivido mucho y sabe por experiencia que la gente que cuenta el tiempo por las flores no encaja bien con aquella otra que lo mide por el reloj. También yo concibo la vida con esa aparente resignación de quien sabe que el lugar en el que se encuentre en cada instante es exactamente el sitio al que tendría que haber ido. Se trata de establecer la meta justo donde te pueda el cansancio, ni un poco antes, ni un metro más allá, como le ocurre al caballo cuando se da cuenta de que insistir en el trote sólo le va a servir para que el viento le devuelva el aliento a la boca. Es algo que, sin saberlo, aprendí de niño, cuando me di cuenta de que la vida era aquello tan breve y tan hermoso que ocurría mientras yo escribía a lápiz el nombre de una niña en el pan de la merienda. (A mi colega Pepa Fernández, con cariño y gratitud).
jueves, 4 de diciembre de 2014
Tentación sureña - José Luis Alvite
Tentación sureña - José Luis Alvite
Por muchas razones es admirable Italia, un país unido por las bisagras de la guerra, como ocurre con esos boxeadores que con la extenuación del combate permanecen un rato abrazados y temen que el golpe determinante, el que decida la pelea, sobrevendrá en el primer descuido al ordenar el árbitro que se separen. Como suele ocurrir en España, también los italianos se debaten entre el Norte cartesiano e industrioso y el Sur instintivo, cálido y fisiológico. Los italianos tienen sobre nosotros la ventaja tradicional de que prosperan cada vez que concurre en sus vidas la inmensa suerte de quedarse sin gobierno. Sobreviven al jaleo con dignidad, incluso con un toque de esa distendida elegancia que tienen los pueblos que, como Italia y como España, saben convertir en una ocupación la pereza, en lotería el álgebra y en arte el dolor. A mí me ha costado mucho aceptar el valor emocional del Sur como ese solar a veces árido, a menudo caliente, en el que surgen con frecuencia esos poetas formidables en cuyas manos se convierte en agua dócil el tacto consonante del esparto. Es ahora cuando comprendo que en los momentos difíciles el Norte se derrumba sobre sus contables mientras que el Sur permanece como siempre ha sido, luminoso y esperanzado, lleno de azaleas y chiquillos, lejos de lo racional, de espaldas a lo sensato, como ocurre en Italia, ese país en el que dieron lo mejor de sí mismos los poetas ingleses y alemanes, aquellos tipos que huyeron de la pulcra y fría isobara de la razón y se marcharon al Sur, a esos parajes meridionales en los que los marineros cavan vaginas de agua al hincar en el mar de Positano la turgencia sudada de sus remos. Y yo, que soy del Norte, siento también la tentación de esas tierras de sombras blancas en las que no es impensable que vuelen las palomas por el interior de los gatos dormidos. (A Carlos Herrera, porque sí).
Gafas de leer - José Luis Alvite
Gafas de leer - José Luis Alvite
No tengo nada en contra de que en las ferias literarias triunfen esos personajes que le deben su popularidad a la televisión, se sientan en sus casetas y firman centenares de libros. Muchos de sus seguidores son personas que compran libros con el convencimiento de que por suerte no encontrarán ocasión para leerlos, como hacen los coleccionistas de armas, que adquieren pistolas y escopetas que no disparan. Lo que se busca es la firma del autor, sin otra pretensión. En una ocasión firmé ejemplares en unos grandes almacenes de una ciudad con playa. Era verano, hacía calor y se me acercó un tipo calzado con chanclas que me pidió que le echase una firma en su toalla de baño. Agradecí su franqueza y le escribí una dedicatoria. Después recogí los bártulos y me largué con la sensación de que aquel tipo me había pedido una firma porque no encontró a mano al surfista de moda. También pensé que si escribiese una novela basada en un asesinato real, firmaría menos ejemplares que si fuese yo el asesino. Hay gente que adquiere libros de cocina con el dinero que ese día necesitaría para comprar comida. Y tengo un amigo que va en verano a las casetas de los libreros porque son el único sitio de la ciudad en el que regalan los abanicos, de modo que entienden la literatura como un agradable refrigerio. Comprar libros para no leerlos es algo tan legítimo como sin duda lo es escribir cartas y no echarlas al correo. Además de pozos de sabiduría, los libros son también una manera segura de ahorrar la pintura de la pared y tener localizado el polvo. Y puesto que cada ejemplar que se presta raras veces se recupera, un libro puede ser también un recurso para perder amigos. A mí lo que me fascina de la literatura es dar con una de esas mujeres tan cultas que en la cama jamás pierden juntos el control y las gafas de leer.
San José Ortega Cano - José Luis Alvite
San José Ortega Cano - José Luis Alvite
Una vez dictada tan benevolente sentencia en el caso de José Ortega Cano a mí sólo se me ocurre pensar que ha sido una suerte que la señora juez no haya condenado al muerto, ni haya tenido la ocurrencia de encarcelar a los testigos. También me felicito porque la sentencia no incluyese una postdata instando a que los ujieres del juzgado sacasen a hombros al torero y lo llevasen en triunfal paseíllo hasta su domicilio. Naturalmente, la opinión pública es ahora libre de hacer consideraciones de todo tipo sobre los términos de la sentencia, incluida la idea novedosa y pintoresca de exigir que se le haga la prueba de alcoholemia a quien dictó una sentencia que, a falta de que se incluya como relevante novedad en los anales de la Justicia, sin duda nutrirá los del humor. Invalidada la agravante del alcohol porque se vulneró la cadena de custodia de la muestra de sangre, queda pensar que de nada han servido tampoco las declaraciones de los testigos en orden a confirmar que el señor Ortega Cano conducía ebrio. Poco importa que varias personas le hubiesen visto beber alcohol por encima de las dosis razonables para conducir sin riesgo y confirmasen su penoso estado de inconsciencia. El resultado del juicio será un escándalo en la calle durante algunos días y acabará constituyendo una incómoda anécdota en la vida del torero, que sale del envite con una condena suave y con esa nueva imagen de hombre sensato y abatido que aprovecha el dolor del proceso para arrinconar el ominoso tinte del pelo y convertirse en un canoso galán maduro. Le esperan ahora los platós recaudatorios de la televisión y brindar por la suerte procesal que ha tenido. Llevará un cadáver en su conciencia, es cierto, pero, ¡qué demonios!, el tiempo pasa y es bien sabido que al remordimiento no le huele a ginebra el aliento. Además, ¿quién nos asegura que no estaba borracha la muerte?
Aquellos días afrutados - José Luis Alvite
Aquellos días afrutados - José Luis Alvite
Al final, la vida de un hombre se reduce a amontonar los recuerdos y tener a mano el teléfono de las ambulancias. El resto son ilusiones pasajeras, planes que no cuajaron y la suerte inmensa de hacer tres comidas al día. Uno se hace mayor y comprende que cada mañana al despertar le espera otro esfuerzo fuera de su alcance, un café que destruye la leche y ese periódico local en el que en cualquier momento será noticia su propio cierre. Hay que rendirse a la evidencia y seguir adelante como se pueda, conscientes de que las posibilidades de que surja una buena noticia no son en absoluto mayores que las de encontrar sangre en las heces. En la vida de un hombre llega un momento en el que se da cuenta de que aquellas cosas que aún le tolera la conciencia ya no se las permite el cuerpo y que hasta podría ocurrir que –por extenuación, por rutina o por desidia– le sobrevenga un bostezo en la mitad de un beso, como recuerdo que le ocurrió a una amiga mía que cumplidos los cincuenta años descubrió que en su declive emocional se daban juntos la resignación y la esperanza, la ganas de leer y la presbicia, y que en el momento de mayor placer sexual se le mezclaban el orgasmo y la llorera. Una madrugada de copas le dije: «No hagas planes y vive cada instante. Los días del ansia de comer dejarán paso a los días en los que habremos de conformarnos con la suerte de no vomitar. No hay otra manera de entender la vida, amiga. Nos quedará el recuerdo de cuando en Navidad nos sentábamos lejos de la cabecera de la mesa, de aquellos días dominicales y afrutados en los que había playas a las que ni siquiera había llegado aún la geografía, aquel tiempo indulgente y bautismal en el que incluso la muerte se perdía camino del cementerio». (Al admirable Andrés Aberasturi)
Estuario con chiquillos - José Luis Alvite
Estuario con chiquillos - José Luis Alvite
Fue un atardecer, en las postrimerías del verano, regresando a casa en taxi con tía Pepita, después de acompañarla a un parto. Ella ganchillaba ensimismada sus hilos portugueses y yo miraba el paisaje con el aliento estampado en el cristal. A la salida del puente en la desembocadura del Umia, tía Pepita detuvo las manecillas de la suave hilatura: «Arrime el coche a la orilla, Benito, por favor; el niño quiere aplaudirle al paisaje». Y así ocurrió una tarde de verano, en aquel estuario de Mar de Frades al que acudían arremangados los muchachos de los Maristas y se metían enhebrados en la bajamar y enfriaban su piel y sus tentaciones con aquel agua herbácea y anfibia en la que trotaba la espuma como una yeguada de escrotos, robalizas y oblea, muy cerca de la playa O Borrón, adonde acudían mis vecinitas de la calle Infantas para ver pasar a lo lejos, como siglas de luz sobre el agua, la silueta del apuesto Albino deslizándose impulsado por el suave molinillo de las lentas brazadas con las que teñía de rosa el agua y grapaba el mar. Fue un instante breve y sacramental, un párrafo de gaviotas en vilo sobre el agua y un extenuado jadeo de los marineros bogando en gris a contraluz, como pestañas a las que fuese a vencer el sueño abatidas en los bancales de una trainera de rímel. «Siga la marcha, Benito, por favor». El taxi se ceñía a la carretera y en el ganchillo de tía Pepita medraba otra vez la lenta buganvilla de algo fosco que nunca supe muy bien de qué prenda se trataba. Quedaban atrás el estuario del Umia y los muchachos de los Maristas con los pantalones abrazados por el agua a sus piernas, la felicidad difuminada en la marimba de su risa y el sexo lacio como una robaliza empalada en un taco de membrillo. Por alguna razón supuse siempre que Dios era una imitación de todo aquello...
Noches con tren - José Luis Alvite
Noches con tren - José Luis Alvite
En una ocasión me quedé sin trabajo en el periódico y no dije nada en casa. Durante dos años fingí unas ocupaciones que ya no tenía. He tenido siempre cierta facilidad para ser contenido e inexpresivo, de modo que mi rostro podría reflejar con el mismo gesto un premio de la lotería, un gatillazo o un cáncer de colon. He sido siempre tan contrario al elogio, como reacio a la compasión. Nunca entendí muy bien que aquel periódico tomase semejante decisión, ni creo que en realidad me haya importado mucho. A veces al anochecer caminaba sin prisa hasta la estación del ferrocarril y me sentaba en el andén a ver salir los trenes. Aquella penumbra y los gálibos rojos en los topes de los vagones me producían una agradable congoja, una tristeza que me gustaba pensar que sería insuperable, un dolor existencial que yo convertía en frases que anotaba de madrugada en los posavasos de papel de los bares que frecuentaba. Ni estaba orgulloso de mi situación, ni era algo que me desesperase. Dormía poco y estaba rendido. Siempre supe que el cansancio produce una especie de agradable resignación, una derrota placentera, como cuando al final de una pelea descubre uno que hay un momento en el que incluso resulta analgésico el dolor. Un día alguien me ofreció trabajo y acepté casi a regañadientes, temeroso de que la relativa prosperidad acabase con mi independencia y modificase mis vicios. Fue entonces cuando Carlos Herrera se fijó en mí y me llamó a su lado. No le importó que fuese errático e imprevisible, ni que pudiese despertar cualquier día en el cadáver apócrifo de otro hombre. Aunque ahora parezco más cumplidor, en el fondo sigo siendo el de antes, el de siempre, el periodista iconoclasta y descreído que a veces se queda mirando a una mujer porque le parece haber visto el rictus de su ligadura de trompas en la sonrisa pagana de Dios.
La chimenea de Treblinka - José Luis Alvite
La chimenea de Treblinka - José Luis Alvite
¿Es moralmente defendible que se aleguen criterios de rentabilidad en la aplicación de la Ley de Dependencia? ¿Cabe estimar en su provisión de fondos los mismos criterios ideológicos con los que se patrocinan otras partidas del gasto público? ¿Será que la derecha política es menos sensible a los inconvenientes de la vejez porque puede atender a sus ancianos y a sus desvalidos sin recurrir al dinero público, igual que cuida sus caballos y sus palos de golf? El envejecimiento es un engorro no sólo para el que lo sufre, sino para quienes comparten su vida. Un anciano es una carga funcional, un lastre económico, una terrible servidumbre. Vivimos en una sociedad que soporta mal el dolor y prefiere delegar en el Estado la incomodidad que supone la vejez. Por otra parte, los políticos recortan gastos sin la menor reflexión sobre la ética del presupuesto, sin que importe que el ahorro resulte no sólo equivocado, sino inmoral, incluso delictivo. Podríamos culparnos los unos a los otros con argumentos y nadie resultaría impune. Entre todos hemos convertido la vejez en un asunto casi agropecuario que se resuelve agrupando a los ancianos en granjas asistenciales que se administran sin la menor emoción, con escrupulosa frialdad, tratando de ahorrar en la medicación, en el abrevadero y en los piensos, utilizando en ello una mecánica en la que para rozar el holocausto sólo falta que al final del tren de lavado alguien se encargue de que funcione con máxima rentabilidad un horno crematorio. A eso hemos llegado en imparable degradación. Hemos convertido la vejez en un subproducto social, y su administración, en una industria de residuos sólidos. Es cuestión de tiempo que la degradación moral de los servicios públicos siga su avance implacable y que sobre los tejados de nuestros asilos y residencias asome la espeluznante chimenea de Treblinka.
Agua de corcho - José Luis Alvite
Agua de corcho - José Luis Alvite
Hay dos maneras de percibir la desalentadora realidad económica por la que atraviesa el país: escuchar las previsiones optimistas del Gobierno para dentro de seis años o meter las manos en nuestros bolsillos y hacer cuentas. Son maneras bien distintas de evaluar la cruda realidad y creo que los ciudadanos se quedan sin remedio con la segunda, es decir, con la evidencia de que las grandes cifras y los grandes conceptos de la macroeconomía importan poco cuando lo perentorio es disponer del dinero que se necesita para la próxima comida. Lo primero que muchos españoles hacen al enfrentarse cada mañana a la vida no es tomar nota de las previsiones abstractas de los economistas, sino abrir con temor la puerta de la nevera y preguntarse como harán para reponer lo que se ha ido consumiendo. No se trata de leer las alentadoras previsiones para dentro de seis o siete años, como nos proponen los políticos, sino de reunir algo de comida, nada del otro mundo, cualquier cosa que no pudra el agua al hervirla en ella. ¿Cuántos de nuestros gobernantes sufrieron la angustiosa sensación del hambre inminente? ¿Y cuántos de ellos conocen el precio de un huevo, el de un kilo de pollo o hicieron cuentas alguna vez porque ni siquiera podían pagar el autobús en el que subirse para recorrer la ciudad en busca de empleo? ¿Recuerdan haber tomado alguna vez café por la mañana en el mismo bar en el que suelen hacerlo su cocinera o su chofer? Mucho me temo que viven en una realidad distinta de la de los ciudadanos, en un mundo amable, antibiótico y feliz en el que todo está en su sitio, igual que están en su lugar de siempre el profesor de equitación, el fuego de la chimenea y las manchas del dálmata. Después vendrá el verano y se irán a nadar sin riesgos en una piscina con los bordes de cretona y el agua de corcho.
Portazos de nailon - José Luis Alvite
Portazos de nailon - José Luis Alvite
A veces echo de menos entre los muchachos del Savoy la “razonable violencia desesperada” de la que suele hablarme Kate Sinclair cuando la visito en su residencia en la costa. Estoy acostumbrado a la ira contenida de Fiore y a la agresividad impasible de tipos como Giacomo Fidanza, que reprimía la tentación de la violencia chascando como nueces los huesos de las manos en el interior de los bolsillos, pero creo que encontraría agradable conocer a uno de esos tipos de los que solo tengo noticia por haberlos leído en algunos párrafos de mi querida escritora. Supongo que entendería mejor esa pasión de Kate si pudiese concebir los sentimientos que despiertan en ella los hombres “cuando pierden la calma obcecados por un impulso primitivo, por una pasión ciega, tal vez por el simple motivo de que el sudor les escuece en las ingles, acaso, ¡Oh Dios,!, porque un hombre resulta más espontáneo, más fiable y también más atractivo cuando es evidente que de un momento a otro incluso podría echarte en cara el tedio de su felicidad”. Dudo que Kate pudiese soportar una experiencia semejante al lado de uno de esos tipos imaginarios, pero, como suele exclamar con nostálgico desaliento, “¡Es tan sincera la furia!...¡Resulta tan razonable un hombre cuando busca una excusa para haber perdido la razón!...¡Resulta tan agradable la sola idea de compartir la vida con un hombre en el que resulte temeraria la prudencia!”...Hace muchos años me dijo algo parecido Lorraine Webster a raíz de haber cenado ella y yo en el Savoy con un tipo que masticaba el humo y los dientes al fumar. A mí aquel fulano me había parecido un hombre impulsivo y poco razonable al que cada palabra que pronunciaba le causaba en el rostro una mezcla de dolor y de furia. A Lorraine, por el contrario, le pareció un hombre interesante y aún recuerdo la contrariedad que me causó su opinión cuando aquel fulano se ausentó después de la inquietante sobremesa: “Sé como se sentiría Kate si hubiese cenado esta noche con ese hombre... Esa violencia no es la violencia gratuita del matón, ¿sabes?, sino la agresividad de un hombre cautivo de sus impulsos que entienda la vida como una partida de cartas en la que la suerte de ganar produjese la misma incertidumbre que la desgracia de perder.. A simple vista ese fulano resulta un tipo violento, agresivo, peligroso, pero a su lado he sentido un riesgo lejano, el sereno y sordo rumor de la angustia, cariño, la misma seguridad que sentiría un soldado si durante el bombardeo pudiese permanecer al lado de la artillería”. Según Kate Sinclair, “un hombre pierde mucho cuando sustituye el simple calor de la furia por la calculada fiebre de la codicia”. Dice el detective Fuller que esa visión de mi amiga escritora esconde alguna clase de insatisfacción sexual. Personalmente no sabría que decir, pero recuerdo una frase leída en una de sus novelas: “A veces la impotencia que produce que un hombre se sobrepase contigo solo es comparable a la decepción que te causaría si se disculpase”. ¿Machismo femenino? Puede ser. Según el columnista Chester Newman, “a las mujeres como Kate Sinclair les gustan los hombres que abren las cartas con la llama del mechero”. ¿Un hombre al que la última mirada de la noche le pudra los ojos? Como lo veía Lorraine Webster, “no es fácil olvidar a uno de esos hombres temerarios e impulsivos que eligen el camino en un mapa arrugado y abren las puertas del coche con un elegante portazo de nailon”...
Pandilla de lluvia - José Luis Alvite
Pandilla de lluvia - José Luis Alvite
JOSE LUIS ALVITE Miro a mi alrededor por la mañana temprano en el café y hay dos tipos leyendo el periódico arrimados a la barra. En el azúcar cuajado de la bollería vendimian sus patas las moscas. Es temprano. Recorre la calle una pandilla de lluvia. Entumecidas en la parada del autobús, dos de cada tres señoras son hombres de mediana edad. En la pantalla de mi móvil alguien dice que me quiere, pero podría ser un descuido, el cruce de un fallo con un error, como cuando en la tintorería te devuelven la prenda de ropa de alguien más apuesto que tú.
Los tipos que leen la prensa en la barra son asiduos del local y hasta se parecen al dueño del bar. Las personas que se aburren se parece mucho las unas a las otras, igual que en el campo de batalla la muerte emparenta los rostros yertos de los soldados caídos en combate. Yo sorbo mi desayuno en una mesa y pienso que no pasarán muchos años antes de que los diarios de papel desaparezcan y entonces otros dos hombres acodados en el mismo bar necesitarán una excusa nueva para pasar el rato a primera hora mientras en sus ojos fragua como tiza la presbicia, en su sonrisa caduca inclinada la esperanza y en la barra enfría el café. El viejo modelo de periodismo se extingue y yo mismo tengo la sensación de que mi tiempo se esfuma y que incluso son cuesta arriba para mí muchas de las calles que hasta hace poco eran de bajada. Todos los quilos de peso que a cierta edad coge un hombre son los que va a necesitar para sus bocados la jodida y tenaz gula de la muerte. ¡Como se ha ido el tiempo! ¡Cuánto corren los días tan pronto no le ves sentido a la prisa! Una noche empecé a trabajar en La Redacción de "El Correo Gallego" y tenía tanta vida por delante, y tantos planes que cumplir, que ni siquiera me importaba que la emoción del trabajo me retuviese la orina y que el empleo me costase dinero. ¡Que idiota fui!¡Que estúpido soñador! ¿Cómo pude creer que no habría en el futuro un solo tren que no pasase, sin luces y sin frenos, por las rayas de la palma de mi mano, con los vagones aplaudiendo al husmear en las traviesas? Una madrugada salí de la redacción de aquel bendito periódico, crucé la calle y en la acera de enfrente me di cuenta de que era cuarenta años mas tarde. Mantenía ciertas ilusiones y algunas esperanzas, pero el mundo había cambiado y mis ojos malamente eran familia de mi letra. Casi todos mis colegas de entonces yacen enterrados y yo me mantengo porque era más joven que ellos, acaso porque el reloj de la muerte tiene las agujas frías y atrasa más que el mío. Todo es distinto de como era entonces. Los niños cuidan de sus madres, en el aire sucio frena con asco el viento y las gallinas se asustan si ponen huevos. Ya nadie engorda por culpa de haberse sentado de vez en cuando un rato a leer. Cada día es más evidente que ya ni el pan ni las manos están al mismo tiempo calientes y que los placeres conducen sin remedio a las enfermedades, si es que ya no son la misma cosa. Una amiga mía que creyó haber tenido con el guante de cocina el primer orgasmo de su vida, corrió a contárselo al ginecólogo y resultó que lo suyo era cáncer de matriz.
Hay ahora muchas más noticias importantes que cuando yo empecé en este oficio y sin embargo a mí me parece que son mas rutinarios mis colegas, seguramente porque están desbordados de trabajo y se han dado cuenta de que en el mundo enloquecido en el que viven ocurre que las noticias de primera página ya no caben en la portada. Su falta de entusiasmo también sería comprensible si se tiene en cuenta lo mal pagados que están, hasta el punto de que el ejercicio del periodismo se ha convertido en una manera decente de mendigar sin que se note, como les ocurre a las fulanas del burdel cuando al acabar su faena, y para conjurar su mala conciencia, mientras con una mano le suenan los mocos a la vagina, con la otra mano limpian de la boca el anzuelo de un beso y de paso se santiguan.
¿Y que fue de los dos tipos que tomaban café temprano en la barra del bar? Allí quedaban cuando marché, leyendo cada uno un periódico en el que seguramente el día de mañana será portada la noticia de su cierre.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Humo con pamela - José Luis Alvite
Humo con pamela - José Luis Alvite
Desde la ventana de mi infancia se veía a lo lejos un tren amarillo arrastrando un enorme moño de humo azul, una locomotora de azabache a la que le sentaba como un bocio aquella curva en cuyo desenlace entre la maleza yo sabía que con el estrambote de los vagones empezaba el somnífero tambor de Kenia. Fue aquel el tren que me dejó en África, en el palíndromo de la infinita sabana capicúa, un atardecer en el que me pareció cruzarme en la estación anaranjada de Nairobi con aquella mujer cuyo rostro tanto se parecía a alguien a quien ni siquiera recordaba haber conocido. Estaba aturdido y no se me iba de la cabeza el mambo del tren, el estribillo de madera de aquellos vagones amarillos caldeados por el azafrán fucsia del atardecer. Un taxi con los rasgos de tres coches distintos me acercó al hotel Empire, en un cruce de calles en el que se escuchaba la risa plural y cobriza de una trenza de chiquillos en cuyos cuerpos medraba lentamente la cucaña de la pubertad. Pensé que aquel era exactamente el único lugar del mundo en el que, a pesar de sus privaciones, y aunque empañase las ventanas el aliento oleoso de la malaria... aquel era sin duda el único lugar del mundo en el que ni siquiera la felicidad tendría remedio. En el vestíbulo del Empire molía lentamente el aire uno de eso ventiladores de aspas que divierten a las moscas y cambian de sitio el calor. En un sillón leía la prensa una elegante mujer madura que pasaba las hojas con indiferencia, casi con desprecio, acaso con resignación, como si supiese que cada página del diario era justo lo que necesitaba para enterrar con alivio lo que no hubiese ocurrido en la página anterior. «Creo que nos vimos hace una hora en la estación de Nairobi», le dije casi con pudor...
«Usted, señora, fue lo único que le ocurrió en aquel instante al humo»...
Se cruzaron dos mozos arrastrando sus percheros dorados por el vestíbulo del Empire y al remitir la gente ya no estaba en su sillón la señora del diario. Ocupaba su lugar y su periódico un hombre mayor con los bolsillos de la americana deformados por el naipe irregular de un puñado de cuartillas. Tenía un estupefacto rostro con las facciones flojas, una cara con culera en la que eran evidentes el cansancio, la decepción y la experiencia. Plegó el diario. «Leía mi crónica de hace unos días. Ni Kenia ni yo somos los mismos de la semana pasada, hijo. Mucho me temo que en África está empezando el pasado». Vi su foto apestillada en la columna del «Examiner». Era Phil Forrester, el escéptico columnista inglés del que se decía que le debía su estabilidad profesional y su equilibrio como persona a que llevaba puestos desde hacía años los zapatos de un viejo camarero de Covent Garden. Me senté a su lado con una mezcla de curiosidad y devoción. «¿Y dice usted que en África está empezando el pasado, señor?». «Así es, hijo. ¿Has visto cómo es ahora el río camino de Mombasa? El agua arrastra un arrabio de peces, banderas y sombreros. Es el fin de una época, muchacho. Mañana se cumplirán diez años de cualquier cosa que hayamos hecho hoy. Ese río... ese río, hijo, ya no está tan vivo y tan caliente como cuando yo metí por primera vez los pies en él hace treinta años y fue como vadear el tacto untuoso y genital de una cesárea. Aquel agua era a partes iguales inocencia, fertilidad y sexo. ¡Un derroche de geografía, sinceridad y vicio!». Lió un cigarrillo y lo selló pasándole la lengua al filo del papel. «¿Y puede saberse que hace un muchacho como tú en Kenia?». «Me asomé a mi ventana en Compostela y me vine en el humo que arrastraba un tren. Necesitaba ser extranjero, señor...».
Le pregunté al columnista si había visto a la mujer que había ocupado antes su sillón. «¿La señora Chandler? ¿Dorothy Chandler? Me precede cada mañana en este sillón, hijo. Suelo leer el periódico con sus páginas recién perfumadas por las manos lactosas de esa mujer. No importa que tan malas sean las noticias cada mañana si ella les ha echado un vistazo con sus dedos. Esas manos, hijo, podrían convertir en trufa las heces de los rinocerontes». Phil Forrester conocía de memoria la vida y los pensamientos de aquella mujer de la que yo sólo sabía que era el único rostro que se me había repetido en sitios distintos desde mi llegada a Nairobi. «Lady Chandler se sube cada tarde a un tren hacia cualquier destino y regresa al día siguiente», dijo el columnista, «y lo hace porque necesita sentir el placer recordatorio de la primera vez que llegó en tren a Nairobi. Hoy va vestida de Irving Berlin. Compra sus vestidos con el vuelo pensado para bailar canciones que le traen recuerdos. Gershwin, Kern, Newman, Rogers, incluso esas cosas suaves de Glenn Miller en las que da tiempo a que medre la hierba entre las vías...». Por si se me ocurriese pensar algo raro sobre el carácter de aquella mujer, Forrester me hizo una precisión: «Es inteligente, cuerda y agradable. Se aloja en el "Empire" desde que enviudó de un latifundista holandés del que se dice que murió a causa de una infección contraída por no desinfectar el dinero sucio que amasaba con sus negocios turbios», añadió Forrester mientras en el bajo vientre del ventilador de aspas se reflejaba el ir y venir hipermétrope de los mozos arrastrando sus equipajes. Cogí el «Examiner». Aún olía al perfume retrasado de Dorothy Chandler y la imaginé abordando en la estación de Nairobi un tren que llevase en el bies de su humo el compás de una rapsodia de Gershwin en la que siempre fuese ayer...
Pasaron los días y no volví a saber nada de la señora Chandler. El señor Forrester había saldado su cuenta en el «Empire» y, por lo que supe en recepción, se había marchado porque «encuentra poco interesante permanecer en un país tan pronto se sabe de memoria sus enfermedades y sus vicios» y también porque sabía que «no hay un solo precedente de que detrás del cricket no impongan los ingleses su moneda, su hipocresía y sus dioses». Me senté en el viejo sillón del vestíbulo y leí en su última columna un párrafo que me puso sobre aviso: «Me aterra la idea de quedarme a ver cómo arraigan en Kenia esos deportes ingleses tan balnearios en los que no hay un solo esfuerzo que no produzca tedio en la mirada y grasa en la cintura. A la estación de Nairobi llegó esta mañana un tren sin humo. Ya está aquí la maldita puntualidad y no tardarán en hacer mella la codicia en los hombres y el pudor en las mujeres. Me largo sin un destino conocido, motivado por la esperanza de llegar a cualquier lugar en el que casi nadie sepa de qué raza es su dios, ni de qué color es siquiera su bandera; un sitio en el que el humo del tren se considere aún el ala gris de una elegante pamela azul. Dentro de nada, en Kenia ya sólo serán extranjeros los nativos». ¿Y Dorothy Chandler? Aunque su estancia en el «Empire» no había sido cancelada, nadie en recepción supo explicarme su ausencia. Pedí un ejemplar atrasado del «Examiner» en cuyas páginas aún duraba, como un mosto de papel, el perfume de aquellas manos de mujer. Llegaba desde la calle el bullicio de los chiquillos y el claxon de los coches, el sonido primario y mestizo de una ciudad en la que los lugareños eran felices sin necesidad de tener motivo y los europeos sudaban una mezcla de membrillo, soberbia y orina.
Sin la excusa de una mujer como Lady Chandler que me retuviese en Kenia, devolví mi equipaje a la maleta y decidí tomar en la estación el último tren con humo, mientras el Imperio Británico se desmoronaba y en el «Empire» se corría la voz de que en Mombasa habían visto la sangre en las tacitas de té. Como tantas veces, también en Kenia la revolución se imponía a los modales y los ingleses se marchaban con ese estilo inimitable en el que tanto se parecen la cobardía y la prudencia, dejando una romántica estela de buena literatura, esmerada cortesía y pésima gastronomía. Para aquellos ingleses el sexo sólo era una manera de cruzar las piernas. Me subí al tren justo cuando partía. Para hacer sitio a más viajeros se decidió que arrojásemos los equipajes por las ventanillas. Alguien comentó que si el maquinista no se daba prisa, el «Mau Mau» habría levantado las vías más al norte y tendríamos que escarbar nuestras tumbas con los dientes. Hacía un calor sofocante. Anocheció al poco rato y quedé dormido en el sopor de aquel cocedero en el que hasta olía a sexo el barniz de la madera. Después desperté en una nube de vapor densa como un albornoz. El tren se había detenido en un paisaje distinto y no había nadie en los vagones. Y recuerdo que por una puerta mal cerrada salí del tren entre aquel humo que se fue enrareciendo hasta disiparse. ¡Ni rastro de Kenia! Frente a mis ojos, la estación de trenes de Compostela. Entré en la cantina y me senté en una mesa. El camarero me trajo un café y un ejemplar del «Examiner» doblado por la columna de Phil Forrester. «Raro, ¿verdad?» –preguntó el camarero–. Este ejemplar es todo cuanto sé de mi mujer desde que se lio en Kenia con aquel periodista inglés. Mi mujer había ido a una boda a Nairobi. Por eso la columna se titula «Humo con pamela».
Desde la ventana de mi infancia se veía a lo lejos un tren amarillo arrastrando un enorme moño de humo azul, una locomotora de azabache a la que le sentaba como un bocio aquella curva en cuyo desenlace entre la maleza yo sabía que con el estrambote de los vagones empezaba el somnífero tambor de Kenia. Fue aquel el tren que me dejó en África, en el palíndromo de la infinita sabana capicúa, un atardecer en el que me pareció cruzarme en la estación anaranjada de Nairobi con aquella mujer cuyo rostro tanto se parecía a alguien a quien ni siquiera recordaba haber conocido. Estaba aturdido y no se me iba de la cabeza el mambo del tren, el estribillo de madera de aquellos vagones amarillos caldeados por el azafrán fucsia del atardecer. Un taxi con los rasgos de tres coches distintos me acercó al hotel Empire, en un cruce de calles en el que se escuchaba la risa plural y cobriza de una trenza de chiquillos en cuyos cuerpos medraba lentamente la cucaña de la pubertad. Pensé que aquel era exactamente el único lugar del mundo en el que, a pesar de sus privaciones, y aunque empañase las ventanas el aliento oleoso de la malaria... aquel era sin duda el único lugar del mundo en el que ni siquiera la felicidad tendría remedio. En el vestíbulo del Empire molía lentamente el aire uno de eso ventiladores de aspas que divierten a las moscas y cambian de sitio el calor. En un sillón leía la prensa una elegante mujer madura que pasaba las hojas con indiferencia, casi con desprecio, acaso con resignación, como si supiese que cada página del diario era justo lo que necesitaba para enterrar con alivio lo que no hubiese ocurrido en la página anterior. «Creo que nos vimos hace una hora en la estación de Nairobi», le dije casi con pudor...
«Usted, señora, fue lo único que le ocurrió en aquel instante al humo»...
Se cruzaron dos mozos arrastrando sus percheros dorados por el vestíbulo del Empire y al remitir la gente ya no estaba en su sillón la señora del diario. Ocupaba su lugar y su periódico un hombre mayor con los bolsillos de la americana deformados por el naipe irregular de un puñado de cuartillas. Tenía un estupefacto rostro con las facciones flojas, una cara con culera en la que eran evidentes el cansancio, la decepción y la experiencia. Plegó el diario. «Leía mi crónica de hace unos días. Ni Kenia ni yo somos los mismos de la semana pasada, hijo. Mucho me temo que en África está empezando el pasado». Vi su foto apestillada en la columna del «Examiner». Era Phil Forrester, el escéptico columnista inglés del que se decía que le debía su estabilidad profesional y su equilibrio como persona a que llevaba puestos desde hacía años los zapatos de un viejo camarero de Covent Garden. Me senté a su lado con una mezcla de curiosidad y devoción. «¿Y dice usted que en África está empezando el pasado, señor?». «Así es, hijo. ¿Has visto cómo es ahora el río camino de Mombasa? El agua arrastra un arrabio de peces, banderas y sombreros. Es el fin de una época, muchacho. Mañana se cumplirán diez años de cualquier cosa que hayamos hecho hoy. Ese río... ese río, hijo, ya no está tan vivo y tan caliente como cuando yo metí por primera vez los pies en él hace treinta años y fue como vadear el tacto untuoso y genital de una cesárea. Aquel agua era a partes iguales inocencia, fertilidad y sexo. ¡Un derroche de geografía, sinceridad y vicio!». Lió un cigarrillo y lo selló pasándole la lengua al filo del papel. «¿Y puede saberse que hace un muchacho como tú en Kenia?». «Me asomé a mi ventana en Compostela y me vine en el humo que arrastraba un tren. Necesitaba ser extranjero, señor...».
Le pregunté al columnista si había visto a la mujer que había ocupado antes su sillón. «¿La señora Chandler? ¿Dorothy Chandler? Me precede cada mañana en este sillón, hijo. Suelo leer el periódico con sus páginas recién perfumadas por las manos lactosas de esa mujer. No importa que tan malas sean las noticias cada mañana si ella les ha echado un vistazo con sus dedos. Esas manos, hijo, podrían convertir en trufa las heces de los rinocerontes». Phil Forrester conocía de memoria la vida y los pensamientos de aquella mujer de la que yo sólo sabía que era el único rostro que se me había repetido en sitios distintos desde mi llegada a Nairobi. «Lady Chandler se sube cada tarde a un tren hacia cualquier destino y regresa al día siguiente», dijo el columnista, «y lo hace porque necesita sentir el placer recordatorio de la primera vez que llegó en tren a Nairobi. Hoy va vestida de Irving Berlin. Compra sus vestidos con el vuelo pensado para bailar canciones que le traen recuerdos. Gershwin, Kern, Newman, Rogers, incluso esas cosas suaves de Glenn Miller en las que da tiempo a que medre la hierba entre las vías...». Por si se me ocurriese pensar algo raro sobre el carácter de aquella mujer, Forrester me hizo una precisión: «Es inteligente, cuerda y agradable. Se aloja en el "Empire" desde que enviudó de un latifundista holandés del que se dice que murió a causa de una infección contraída por no desinfectar el dinero sucio que amasaba con sus negocios turbios», añadió Forrester mientras en el bajo vientre del ventilador de aspas se reflejaba el ir y venir hipermétrope de los mozos arrastrando sus equipajes. Cogí el «Examiner». Aún olía al perfume retrasado de Dorothy Chandler y la imaginé abordando en la estación de Nairobi un tren que llevase en el bies de su humo el compás de una rapsodia de Gershwin en la que siempre fuese ayer...
Pasaron los días y no volví a saber nada de la señora Chandler. El señor Forrester había saldado su cuenta en el «Empire» y, por lo que supe en recepción, se había marchado porque «encuentra poco interesante permanecer en un país tan pronto se sabe de memoria sus enfermedades y sus vicios» y también porque sabía que «no hay un solo precedente de que detrás del cricket no impongan los ingleses su moneda, su hipocresía y sus dioses». Me senté en el viejo sillón del vestíbulo y leí en su última columna un párrafo que me puso sobre aviso: «Me aterra la idea de quedarme a ver cómo arraigan en Kenia esos deportes ingleses tan balnearios en los que no hay un solo esfuerzo que no produzca tedio en la mirada y grasa en la cintura. A la estación de Nairobi llegó esta mañana un tren sin humo. Ya está aquí la maldita puntualidad y no tardarán en hacer mella la codicia en los hombres y el pudor en las mujeres. Me largo sin un destino conocido, motivado por la esperanza de llegar a cualquier lugar en el que casi nadie sepa de qué raza es su dios, ni de qué color es siquiera su bandera; un sitio en el que el humo del tren se considere aún el ala gris de una elegante pamela azul. Dentro de nada, en Kenia ya sólo serán extranjeros los nativos». ¿Y Dorothy Chandler? Aunque su estancia en el «Empire» no había sido cancelada, nadie en recepción supo explicarme su ausencia. Pedí un ejemplar atrasado del «Examiner» en cuyas páginas aún duraba, como un mosto de papel, el perfume de aquellas manos de mujer. Llegaba desde la calle el bullicio de los chiquillos y el claxon de los coches, el sonido primario y mestizo de una ciudad en la que los lugareños eran felices sin necesidad de tener motivo y los europeos sudaban una mezcla de membrillo, soberbia y orina.
Sin la excusa de una mujer como Lady Chandler que me retuviese en Kenia, devolví mi equipaje a la maleta y decidí tomar en la estación el último tren con humo, mientras el Imperio Británico se desmoronaba y en el «Empire» se corría la voz de que en Mombasa habían visto la sangre en las tacitas de té. Como tantas veces, también en Kenia la revolución se imponía a los modales y los ingleses se marchaban con ese estilo inimitable en el que tanto se parecen la cobardía y la prudencia, dejando una romántica estela de buena literatura, esmerada cortesía y pésima gastronomía. Para aquellos ingleses el sexo sólo era una manera de cruzar las piernas. Me subí al tren justo cuando partía. Para hacer sitio a más viajeros se decidió que arrojásemos los equipajes por las ventanillas. Alguien comentó que si el maquinista no se daba prisa, el «Mau Mau» habría levantado las vías más al norte y tendríamos que escarbar nuestras tumbas con los dientes. Hacía un calor sofocante. Anocheció al poco rato y quedé dormido en el sopor de aquel cocedero en el que hasta olía a sexo el barniz de la madera. Después desperté en una nube de vapor densa como un albornoz. El tren se había detenido en un paisaje distinto y no había nadie en los vagones. Y recuerdo que por una puerta mal cerrada salí del tren entre aquel humo que se fue enrareciendo hasta disiparse. ¡Ni rastro de Kenia! Frente a mis ojos, la estación de trenes de Compostela. Entré en la cantina y me senté en una mesa. El camarero me trajo un café y un ejemplar del «Examiner» doblado por la columna de Phil Forrester. «Raro, ¿verdad?» –preguntó el camarero–. Este ejemplar es todo cuanto sé de mi mujer desde que se lio en Kenia con aquel periodista inglés. Mi mujer había ido a una boda a Nairobi. Por eso la columna se titula «Humo con pamela».
Bombillas negras - José Luis Alvite
Bombillas negras - José Luis Alvite
No podría negarlo. Aun siendo ellas mismas, las mujeres a las que conocí no son casi nunca las mujeres que luego recuerdo. Muchas veces ni siquiera en el instante de conocer a una mujer estoy seguro de que tenga mucho que ver con la mujer que será tan pronto por un instante cierre los ojos. Suelo recordar mucho el vestido blanco que llevaba puesto aquella chica que vestía de verde, igual que recuerdo que la llevé en coche a su casa la lluviosa madrugada de enero en la que por un enfado se marchó andando. Supongo que se trata de una indulgencia literaria que me ayuda a reconvertir en algo agradable cualquier momento que en realidad no lo fue. En la mayoría de los casos a ellas no les importó demasiado, otras veces ni se dieron cuenta y con cierta frecuencia me tropecé con la clase de mujer que reacciona como lo hizo aquella amiga mía al final de un estrepitoso fracaso en la cama: «No importa lo que esta noche no haya ocurrido entre nosotros. Los dos estuvimos desacertados, pero yo sé, cariño, que lo mejorarás cuando lo cuentes». Y no se equivocó. Me conocía bien y sabía que lo que no pudiese lograr la lencería, lo conseguiría sin duda la literatura, del mismo modo que, después de una batalla perdida, el poeta endulza el fracaso con un elogio de la derrota que para si querría el vencedor. Consciente de mi manera de entender ciertas cosas, en otra ocasión me dijo: «Acabaremos este cigarrillo preparatorio y después apagaré todas las luces para que te fijes bien en mí». Y sin embargo no fue tampoco aquella una noche afortunada. Porque en medio de la perfecta oscuridad me falló la maldita inspiración y durante el buen rato que estuvimos en la cama imaginé que había sido imposible apagar las luces. Nunca pude entender que en la ferretería no vendiesen lámparas con las bombillas negras...
El aliento y las ideas - José Luis Alvite
El aliento y las ideas - José Luis Alvite
Cerca de mi casa han cerrado tiendas de ropa y restaurantes, disminuyeron drásticamente los quioscos y hay un par de mendigos que tienen más d compensarla con el recurso de los santos. En el bar de mi amigo Antonio ya no toman café las putas que acudían cada mañana con la boca deformada por la mueca rumiante del sexo, porque, como sugiere él, el cauce está tan vacío, muchacho, que ni hay agua bastante para que se moje el río. Antes de echarle el cierre a su negocio, el propietario de un reputado restaurante compostelano me comentó que la progresiva decadencia del gremio de hostelería significaría el desconcierto social de España y el fin de una era de felicidad colectiva en la que al final de una cena de amigos los comensales no hacían cola en el baño para evitar el pago de la factura. Se dice que en los países calvinistas y fríos es la cultura lo que evita las revoluciones y que esa contención en el sur sólo pueden ejercerla los bares, esos locales tan abundantes y tan concurridos a los que acudimos tradicionalmente los españoles, ciudadanos cálidos y sociables de un pueblo que sabe que una guerra tiene más sentido si al final de la columna de blindados avanza sobre una peana de humo la silueta de la cantina. Lo terrible es que el entusiasmo que tendríamos que haber puesto en las ideas, lo hemos empleado en el aliento.
Talento y pegada - José Luis Alvite
Talento y pegada - José Luis Alvite
JOSÉ LUIS ALVITE Jamás oculte mi respeto hacia la luminosa expresividad de los textos de Roberto Vidal Bolaño, ni mi admiración por su arrolladora fuerza vital. Se daban en Roberto dos cualidades que raras veces coinciden en la misma personalidad: talento literario y vigor físico. Tomando copas con él, uno comprendía enseguida que se hallaba ante un tipo capaz de defender sus ideas con una brillantez intelectual en cuyo remate nunca parecía improbable un apasionado arranque de cólera. Tenía talento y pegada. Recién nombrado director del Centro Dramático Galego me tomé unas copas con él en el sótano de "Maycar" y me pareció que su semblante era tan inexpresivo como antes de la buena noticia. Y también eso me gustaba en el formidable escritor compostelano. Roberto Vidal Bolaño encajaba el éxito como una contrariedad cualquiera, como si entendiese a regañadientes que el éxito es el único fracaso que un hombre no puede sobrellevar sin dar explicaciones. A veces me quedaba distraído mientras Roberto soltaba su infinito discurso nocturno y me daba la impresión de estar tomando copas con un tipo hondo, hosco e inteligente que por su categoría cultural y por su vigor físico con el tiempo podría haberse hecho acreedor a que le entregasen el Nobel de Literatura en el ring del Madison Square Garden. Aun en el caso improbable de que con el cansancio le fallasen los argumentos, Roberto Vidal Bolaño tendría siempre la razón en aquel rostro amartillado e impenetrable con el que lo mismo podría ganar un premio teatral, que atracar un banco empuñando el forro de sus bolsillos. Cuando el cáncer le había minado, el actor Pancho Martínez se pasaba cada noche por "Rahid" y me contaba la increíble fuerza física de aquel tipo terminal y corpulento que todavía se subía a los escenarios y derrochaba más energía que nadie. La quimioterapia le había bruñido el cráneo pero Roberto conservaba la rara vitalidad de alguien dispuesto a recibir su propio duelo sentado en la conserjería del tanatorio con el pelo en una bolsa. Dicen que fue siempre así, un talento arrollador e incandescente, uno de esos tipos que sostienen sus argumentos y sus razones contra viento y marea y que llegado el caso de que trates de ofenderlos, reaccionan como solía hacerlo Roberto, que te absolvía con una sonrisa ácida y ambigua, a la vez duro y tolerante, vertical y a pecho descubierto, con la benéfica firmeza de alguien que te estuviese perdonando sin contemplaciones. Recuerdo una de aquellas madrugadas tomando copas en "Maykar". Entramos juntos a mear en el retrete y mientras nos lavábamos las manos, me miró por el espejo y dijo: "Joder, Alvitiño, tenemos el aspecto de dos tipos que tratasen de ocultar la cara con el rostro". Como siempre, Roberto tenía razón. Eran las cinco de la madrugada y a las cinco de la madrugada y en aquellas circunstancias, no sabíamos muy bien si el otro le convencía, o, simplemente, le intimidaba. Cada vez que nos abrazábamos, aquello, en vez de afecto, era combate nulo. Después seguía su paso el tiempo y al borde de amanecer nos dejábamos caer por la barra alta de "Araguaney", luego salíamos a la calle y Roberto prolongaba en la acera su interminable discurso lleno de sinceridad, de categoría y de rabia. Jamás le entraba sueño, a no ser que aquel bronquial ronroneo de su talento fuese su manera de dormir. La última vez que hicimos algo semejante, Roberto me confesó su desencanto por la renuncia de algunos amigos intelectuales a vivir a deshora en las calles la pulsión de las gentes del subsuelo. Creo recordar que hizo la excepción de Luis Mariño, aquel intelectual culto e inolvidable que siempre me hizo creer que el dinero sólo se necesita para conservar intacto el prestigio que dan las deudas. Luis y Roberto murieron con tres años de diferencia. Muchos de aquellos otros intelectuales de hace quince o veinte años se retiraron a sus casas en el campo y no cogen un libro de Bukowski sin ponerse el antibiótico guante de la masturbación. Yo creo que esos tipos sólo se atreverían a asaltar el poder armados con sus palos de golf. De L.C. me dijeron que ahora sólo bosteza en el dentista. Será por eso que cada vez que trasnocho, me retiro a casa con la sensación de haber pasado la madrugada en cualquiera de esos sitios en los que los viejos trasnochadores sólo corremos el peligro de resultar ilesos.
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